El corazón más grande del mundo
El amor reside en el corazón. Por supuesto que no me refiero a teoría médica, porque igual el amor no está en ninguna de las páginas de la Anatomía para Estudiantes de Gray, o en el Atlas de Anatomía Humana de Netter, ni siquiera en el Tratado de Cirugía de Townsend y Sabiston.
Cuando un ser humano ayuda a otro, sin ningún interés, solo porque le nace, es el corazón el que mueve su cuerpo, no es el cerebro, no son los músculos, ni siquiera son los grandes y fuertes huesos de sus piernas; es el corazón.
Y el mundo, para bendición nuestra, está repleto de gente de buen corazón. Talvez padezcan de una cardiopatía coronaria, o de una arteriopatía periférica, incluso de algún mal congénito; pero su corazón está sano de amor, pleno de solidaridad y radiante de desprendimiento desinteresado.
Los buenos corazones, llevados fuera del pecho por buenas personas, se manifiestan de miles de formas diferentes. Algunos consagran su vida al prójimo, como la Madre Teresa de Calcuta, quien nos recordó lo que es el amor, con estas hermosas palabras:
"El amor no puede permanecer en sí mismo. No tiene sentido. El amor tiene que ponerse en acción. Esa actividad nos llevará al servicio. El que no sirve para servir, no sirve para vivir." Madre Teresa de Calcuta
O regalan su corazón a los demás a través de las palabras gravadas sobre mármoles de celulosa en libros que destilan amor, como esta joya que se aplica a cualquiera con un corazón bondadoso, de Santa Teresa:
“El amor en sí se demuestra con hechos, así que ¿cómo yo hago para mostrar mi amor?, las grandes obras me son imposibles. La única manera en que puedo demostrar mi amor es por la dispersión de flores y estas flores son cada pequeño sacrificio, cada mirada, cada palabra, y el hacer por amor hasta los actos más pequeños”. Santa Teresa del Niño Jesús
Incluso pueden entregar su vida sin temor al riesgo personal, solo porque hay quien la necesita, como el Padre Damián, que nos dejó una señal en el camino del servicio:
"Siembro la buena semilla entre lágrimas. De la mañana a la noche estoy en medio de miserias físicas y morales que destrozan el corazón. Sin embargo, me esfuerzo por mostrarme siempre alegre, para levantar el coraje de mis pobres enfermos." Padre Damián de Molokai
Pero también el buen corazón se expresa en personas más normales, como ustedes o como yo, con acciones que parecen sencillas o insignificantes, pero que su peso de amor es igual al de cualquiera de los citados. Porque el amor no se mide con metros, por litros o en horas. El amor se mide por el tamaño del abrazo que se brinda a quien se ofrece, no uno físico que te aprieta hasta dejarte sin aliento, sino uno solidario que abraza directamente al corazón del otro, recargándolo y sanándolo.
Así hay gente que recorre el mundo con el corazón en la mano, en las calles de nuestras ciudades, en el trabajo y en la casa. Ellos levantan el paquete que se le cayó a la muchacha que va apurada y se lo entregan para que no lo pierda, o le regalan una sonrisa a alguien que sentado en el parque, con la mirada perdida en la nada de sus tribulaciones; incluso ceden su lugar al señor apurado que no tiene en la cabeza más que calendarios y relojes calculando lo tarde que se le ha hecho para cuplir su cronograma.
Al hablar de corazones, yo puedo decir con orgullo y profundo agradecimiento, que conozco a la persona que porta el más grande corazón del mundo. Elizabeth. Ella es la mujer más solidaria, desprendida, servicial y valiente que conozco. Igual que me ayuda a mí cuando paso alguna dificultad, brinda un espacio en su mesa a la persona que toca su puerta pidiéndole comida, o separa un lugar en su casa para dar abrigo a un anciano sin hogar.
Y a través de su ejemplo, su familia replica sus actos de amor, transmitiendo y esparciendo la semilla del servicio a los demás de forma desinteresada.
Hoy, en su cumpleaños, saludo a la distancia a esta maravillosa mujer, a quien admiro, respeto y agradezco todo lo que ha hecho por mi, por mi familia y por seguir construyendo a diario, un mundo mejor para todos.

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