Un tesoro en tus manos
Mi abuelo
ha sido, desde mis más tiernas memorias, mi compañero de vida, el que ponía
colores, sabores y sonidos en mis sueños; nutría de trenes, barcos y aviones a mis
locas fantasías infantiles y fue siempre la fuente más confiable cuando tenía
dudas sobre lo que fuera, o cuando quería conversar de algún tema, de
cualquiera, porque él se comprometía con la discusión por igual si hablábamos
de física cuántica, que de la expulsión de un jugador de fútbol en el partido
del domingo.
Él era un
sabio.
Siempre
lo vi jovial, sano, dispuesto a subir el Everest si se lo propusiera, pero un
día tuvo un quebranto de salud, que no entendí bien a que vino, pero que lo
llevó al hospital. No pude verlo los días en que estuvo internado, pero en
cuanto regresó a su casa, me pasé por allá después del colegio.
Se veía
bien, hablaba con la misma pasión de siempre, pero se notaba que algún mosquito
cadavérico al servicio de la Santa Muerte, le había picado y se le escapaba la
vida por un huequito pequeñito, muy lentamente, pero me daba cuenta de que ya
no era el mismo.
Esa
semana fui a acompañarlo todas las tardes y un día, en que venía de mal humor
porque tuve una discusión con mi profesor de Gramática por el uso de la coma,
encontré en él al sabio que siempre admiré, así que tras confirmar que mi
posición argumentativa era la correcta y darle satisfacción a mi ego, me atreví
a preguntarle: “Oye abuelo, ¿cómo te convertiste en sabio?”.
Tardó un
rato rumiando su respuesta y al final me dijo que no podía responderme, pero
que si me comprometía a seguir sus instrucciones, me enseñaría cómo hacerlo.
Por supuesto que me comprometí.
Entonces
me dio un libro. El Principito de Saint-Exupéry. Obedecí sin chistar. Me
llevaba el libro y cuando lo terminaba lo comentábamos. Siguieron muchos otros,
algunos más ligeros como Juan Salvador Gaviota, o más complejos como Los
Hermanos Karamazov. Algunos los leía en una noche y otros me llevaron casi una
semana.
También puso
en mi lista de tareas libros de física, matemática, astronomía (cómo disfruté
Un punto azul pálido de Carl Sagan), incluso uno de medicina (Confesiones de
Atul Gawande lo devoré en un par de noches.
La salud
de mi abuelo seguí deteriorándose y encontré que ese era el único tema del que
se negaba a conversar, pero seguía teniendo la mente lúcida que siempre admiré.
Ya no conversábamos tanto, él sufría ahogos y a veces le costaba mucho hablar,
pero cuando estaba con asistencia de oxígeno, me ordenaba darle mi opinión
objetiva del libro que me había encomendado. Sabía si estaba o no de acuerdo
conmigo, porque sus maravillosas muecas seguían siendo como todo un lenguaje
especial que nos unía en complicidad.
Incluso
cuando estaba más grave y le aplicaban medicamentos para el dolor que lo mantenían
sedado, dejaba con su enfermera el libro que tenía que darme cuando llegara a
verlo.
Fueron
seis meses intensos, al principio leía por compromiso, porque no quería quedar
mal con mi abuelo, pero con los días sentía un placer intenso por saber que
libro me tenía preparado mi sabio personal. Leía con mayor facilidad y entendía
cada vez más lo que leía. Las asociaciones de ideas en mi mente empezaron a
crearse casi sin darme cuenta, pero en las conversaciones con mi abuelo me pillaba
cuando para sostener mis argumentos, empleaba ideas que había incorporado a mi
arsenal discursivo de libros que había leído días antes.
Pero este
carnaval de saber tenía que parar.
Fue en
abril, un día lluvioso, oscuro y frío. Mi abuelo fue ingresado grave al
hospital. Aunque no podía entrar a verlo, no quise irme de la sala de espera.
Fueron horas llenas de interrogantes, de miedo, de dolor al imaginarme mi vida
sin ese hombre tan maravilloso, y por la mañana del día siguiente, mi abuelo
pidió verme. Mi mamá ya me había explicado que los doctores lo habían desahuciado
y su vida se apagaría en cualquier momento, por eso lo sacaron de Cuidados
Intensivos a una sala intermedia donde pudo recibir a su gente amada, para
despedirse. Sin decir una palabra sobre lo que pasaba, llorando mucho,
condensando amor en el aire.
Cuando me
tocó verlo, me pidió que acercara mi oído a su boca, ya no tenía mucha fuerza
para hablar. Quise pedirle que no se esforzara, pero su mirada me comunicó su
orden implacable. Me acerqué y me dijo: “¿Ya encontraste el camino de la
sabiduría?”.
Me dejó
frío, no estaba preparado para esa pregunta. Lo vi a los ojos y su ternura me hablaba.
Pasaron por mi mente las imágenes de todos los libros que me dio para leer, de
las discusiones, de otras discusiones que tuve en el colegio o en mi casa, de
la forma en que interpretaba lo que pasaba a mi alrededor, los escándalos políticos,
las maromas hedónicas de los periodistas, hasta los arranques de ira del
profesor de Filosofía cuando veía que alzaba mi mano parta preguntar.
Entonces
mi abuelo asintió con su cabeza y tomó a duras penas, mis manos entre las
suyas. Y con un esfuerzo supremo susurró: “La sabiduría está en tus manos”. Y
empecé a ver como se iba, tranquilo, pleno, lleno de amor. Como el sabio que
era.
Creí que
habían pasado cien mil años, pero fueron solo unos pocos minutos y al momento
una enfermera estaba junto a mí, para escoltarme a la salida.
Antes de
una hora, mi abuelo por fin siguió su camino fuera de su cuerpo.
Sentí
como se despedía en mi corazón.
Y vi mis
manos y las besé enviándole todo mi amor y admiración hasta donde estuviera.
Por
meses, mi abuelo me enseño dos cosas muy importantes: primero que el camino de
la sabiduría está en la educación y segundo, tal vez mucho más importante, la
sabiduría es el camino, no existen los sabios, solo existen los que transitan
los senderos de la sabiduría.
Educación.
Así se llama la sabiduría cuando llega a nuestro mundo.
Gracias
abuelo.
Obsequio
a mi hermana Adriana, porque lo ocupa y yo la amo.
© Esta
historia es propiedad de A.C.V.
Escrita el 25 de mayo del 2021.

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