Chaika soñó que volaba
La vida del campo nunca fue fácil, en ningún lugar del mundo, en ninguna época. Pero en las zonas rurales de la recién formada Unión Soviética, lo eran mucho menos.
Ella nació en una familia que la esperaba, la amaba y estaba preparada para protegerla, con amor sobre todo, porque no había mucho más. Sus papás Vladimir y Elena, trabajaban una pequeña parcela que se les asignó en esta tierra olvidada, donde nada había. El gobierno prometió entregar tierras para trabajo a todos los que quisieran trabajarlas, porque si algo le sobraba a la vieja Rusia – y a la nueva también – es tierra. Lo que no se imaginaban las personas es que ese pedazo de sueño con el que tanto se emocionaban, quedara literalmente en el lugar más recóndito del mundo. Pero sus papás no arrugaron la cara, llegando no más empezaron a preparar la tierra para trabajarla, antes incluso de construir un rancho para vivir.
Su abuelo paterno vino a ayudar a su hijo a preparar su nuevo hogar y le trajo como obsequio el viejo tractor que utilizó en su propia tierra durante años y que su hijo sabía manejar desde antes de aprender a caminar.
Así, con la ayuda del tractor, la tierra se preparó más rápido y además su papá pudo ayudar a sus vecinos con sus propias tierras. Ese tractor fue la salvación de mucha gente. Cuando se descomponía, toda la comunidad se congregaba para producir verdaderos milagros que lo pusieran a caminar nuevamente. Talvez nunca un vehículo con un motor de combustión interna había vivido tanto trabajando arduamente, jornadas de doce o más horas.
Pero con todo y el tractor de Vladimir, la tierra no era fácil de trabajar, la zona pasaba meses de crueles heladas que no ayudaban a mejorar la fertilidad de los suelos y cada grano de trigo, cada planta de papas, cada semilla de hortalizas que lograban rescatar, se cuidaba como si fuesen de oro puro.
Así nació Valentina, a quien su hermana Ludmila de tan solo dos añitos compartía su pequeña camita y le daba calor por las noches, para mantenerla siempre con unos cachetes rojos hermosos y una naricita que parecía una fresita en medio de su cara cargada de ternura.
Entonces, cuando apenas se estaban estabilizando en sus nuevas tierras, cuando empezaron a arrancarle casi a la fuerza, las primeras cosechas, sobrevino la catástrofe humana más terrible hasta entonces, la Segunda Guerra Mundial. Su país ingresó al conflicto primero con turbios convenios con la Alemania de Hitler y luego defendiéndose de la víbora con la que pactó, así que echó mano de su única ventaja militar: la posibilidad de reclutar grandes cantidades de hombres, gracias al tamaño de su población. Y a su pueblo también llegaron a reclutar a los hombres disponibles. Su papá fue llevado de inmediato al frente occidental, a las batallas en las tierras nórdicas de Finlandia, donde se le asignó como conductor de un tanque de guerra, debido a su experiencia con el famoso tractor.
Las batallas fueron cruentas, dolorosas, tomando la vida de tantas personas que ni si quiera entendían lo que sucedía o la razón de que tuvieran que sacrificarse. Murieron en una lucha que no era la suya, en una tierra extraña, a manos de balas que no se sabía de donde venían. Ahí murió también Vladimir.
La noticia llegó pronto a su casa y destrozó a todo el pueblo. Todos los hombres fueron reclutados para la guerra y ninguno regresó. Elena, su madre, no podía encargarse sola de esa tierra tan agreste, menos aun en estado de embarazo, ya que estaba ya esperando a su nuevo hermanito, que se llamaría Vladimir, en honor a su padre fallecido. Elena tomó la decisión más difícil de su vida, con valor y sobre todo con el interés de proteger a sus hijos, se trasladó hasta una ciudad cercana, a tan solo 32 kilómetros, porque no podía ir mucho más lejos caminando en estado de embarazo, con su Ludmila con apenas tres años y Valentina todavía en brazos.
Se instaló a como pudo en un albergue comunitario temporal y empezó a trabajar en una empresa textil, donde se fabricaban paracaídas para la industria militar que requería la guerra. En la fábrica se criaron sus hijas y Vladimir estuvo a punto de nacer ahí mismo, pero su nacimiento se complicó, así que fue trasladada al hospital local. En cuanto Ludmila pudo hacerse cargo de sus hermanos, se quedaba cuidándolos en el pequeño cuarto que su mamá pudo alquilar, y cuando cumplió 9 años, empezó a trabajar en la fábrica textil con su mamá. Valentina muy pronto entró a trabajar en una fábrica de neumáticos y luego terminó trabajando con su mamá y su hermana. La vida no era nada sencilla para su familia, pero el amor que estaba ahí cuando esperaban que naciera, estaba intacto, incluso con su padre ausente, su presencia amorosa y protectora era parte de la familia.
Pero ella tenía sueños demasiado grandes para quedarse cortando y cosiendo telas en la fábrica. Ella quería volar, quería convertir el aire en su campo de cultivo, quería que un avión fuera su tractor y la llevara a sembrar semillas de paz por el mundo, como su papá labraba las tierras duras e infértiles con su tractor revejido y descompuesto. Sentía que todo su cuerpo la movía hacia el cielo, le exigía salir de la fábrica y la ponía en el techo para que levitara y alcanzara las estrellas.
La ciudad tenía un pequeño aeropuerto militar, donde llegaban los aviones que cargaban los paracaídas para llevarlos a los centros militares en los frentes de guerra. Averiguó cómo podía aprender a pilotar un avión y tras risas, burlas, descalificaciones y hasta agresiones físicas de algún macho que sintió vulnerada su masculinidad, encontró a un muchacho de su edad, que dirigía las juventudes comunistas del pueblo y que le habló de las maravillas del comunismo, de las posibilidades de eliminar la pobreza y el hambre, de promover a todos por igual, sin importar la edad, el origen o el género. Le habló de utopías y sueños y su mente que ya estaba en el aire, con su tractor volador, se subió en ese mundo magnífico al que podría tener acceso y empezó a participar activamente del grupo juvenil, en el que conoció a muchas personas, todas con sueños, todas dispuestas a cambiar el mundo. Una de ellas, huérfana por la guerra, se hizo su amiga de inmediato y un día la animó a ver su sueño desde otra perspectiva: ‘Si no te dejan volar un avión, seguramente te dejarán lanzarte de uno, seguro pensarán que así te matas y dejas de molestar’.
Valentina entendió que el cielo tenía muchas puertas de acceso y la suya tenía un paracaídas a su espalda. Fue aceptada en el club local de paracaidistas y se convirtió pronto en una de las mejores. Era tan buena, que un soñador con un puesto importante en el Partido Comunista, que además era coordinador de un programa secreto para el Ejército Rojo, la vio lanzándose de una avioneta y caer perfectamente en el punto señalado y la vio en su propio sueño. Preguntó quién era aquella osada paracaidista y le contestaron que era Chaika, la gaviota.
Resulta que el club de paracaidismo al que pertenecía Valentina, era un programa auxiliar del Ejército Rojo, y este soñador viajó por todo el país, buscando reclutas con futuro para su proyecto, por lo que cuando vio a Chaika en acción, no dudó un momento y se llevó a la gaviota para Kazajistán, instalándola en el Cosmódromo de Baikonur.
Tuvo que superar muchas pruebas, empezando por su formación académica ya que apenas había completado sus estudios secundarios. Se le recibió de forma honoraria en la Fuerza Aérea Soviética y empezó su entrenamiento como cosmonauta, dentro del cual fue entrenada para pilotar aviones MIG… por fin la gaviota llegaba a su hogar, al cielo que tanto anheló. Pero no se quedó ahí, el 16 de junio de 1963 dejó la atmósfera terrestre para convertirse en la primera mujer y la primera civil en volar al espacio. Su tractor voló mucho más alto de lo que soñó.
Cuando estaba en órbita recordó con cariño a su familia, a su mamá Elena, a sus hermanos y a su papá, a quien aunque no conoció, siempre fue una presencia que les dio fuerzas y los llevó a ir más allá, a mover su tractor interno para hacer lo que parecía imposible. Valentina, Chaika, nunca dejó de volar. Su tractor tenía la fuerza de un cohete espacial, sus sueños mucho más.
Obsequio a Lorena por su cumpleaños 57.
© Esta historia es propiedad de L.M.V.
Escrita el 30 de septiembre del 2020.

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