Con los ojos abiertos


Era el primer día de Kim en el colegio y se sentía sola, extraña y algo asustada.

De sus amigos de escuela, solo tres ingresaron a este colegio y ninguno de ellos estaba en su misma clase, por lo que sentía esa ansiedad natural de llegar a un lugar nuevo, con gente nueva y mil interrogantes en sus caras. Además, con solo ver la lista de materiales para el curso, entendió que aumentaba el número de materias por cursar, casi al doble, y que los libros que había ojeado eran enredados y complejos. Para poner aun más tensión en su primer día, durante las vacaciones dio un estirón enorme; cuando terminó la escuela era de las más pequeñas, pero ahora era más alta que casi todos sus compañeros.

Llegó con un enorme bolso que le había dejado adolorido el brazo. Su mamá le había advertido que eso pasaría y que lo mejor sería usar un salveque con ruedas, que pudiera mover sin mayor esfuerzo, pero a ella le pareció que eso de los salveques era un asunto de niños y ella ya no era una niña, era una adolescente. Y cuando se sentó en uno de los pupitres de en medio, ni muy atrás como para encontrarse con los traviesos y problemáticos, ni muy adelante para que la calificaran de nerd, se dio cuenta de inmediato que la adolescencia es dolorosa.

Su primer día de clases fue muy agradable, rápidamente se olvidó de sus preocupaciones y para el recreo de media mañana, ya se había hecho amiga de sus vecinas de pupitre. Pero conforme fue avanzando la semana, empezó a sentir la carga de las materias. Su mamá le había advertido que la única forma de no correr al final para entender toda la materia en una noche, era ir estudiando diariamente. Y aunque no le parecía la actividad más agradable de la vida, le hizo caso y se puso a estudiar.

Los días pasaron y aunque tal y como supuso desde el principio, este año era mucho más difícil que su último año de escuela, la cantidad de cursos y las montañas de materia por estudiar, no le habían representado un problema mayor. Se sentía además muy cómoda con las amigas que había hecho y en general se llevaba muy bien con todos. Podía decir, claro en secreto sin que nadie la oyera, para no parecer rara, que el colegio le gustaba.

Una de sus profesoras le caía particularmente bien. Se llamaba Esther e impartía las clases de biología. Era muy afable, siempre estaba de buen humor y tenía una forma de explicar la lección que hacía de la clase una experiencia de viaje por el mundo de las urbes de tejidos que componen a todos los seres vivos. Su clase era tan interesante, que pronto empezó a investigar más en internet sobre temas adicionales que le daban curiosidad y así se hizo fanática de la biología.

Un día, cuando la profesora Esther estaba de licencia por maternidad, llegó una profesora sustituta, que la llamó antes de entrar a clase, se llamaba María y la profesora Esther le había dicho que ella era la mejor alumna de sus cursos por lo que le preguntó qué habían visto, cómo se daba la clase y algo sobre cómo eran los alumnos. Kim de inmediato se sonrojó, porque nadie nunca le había dicho que era la mejor de la clase. Sabía que sus calificaciones eran buenas, pero no creía ser mejor estudiante que los de enfrente, que siempre sacaban las mejores notas, pero la profesora Esther pensaba que era la mejor. Estaba tan emocionada de saberse reconocida, que casi ni escuchaba los que la profesora María le estaba preguntando.

Pronto se encariñó también con la profesora María. Kim tomó una confianza renovada y se atrevió a averiguar aun más sobre los temas de su interés. Aprovechó su buena relación con la profesora sustituta para preguntarle sobre muchas de las dudas que, Wikipedia de por medio, aun no entendía.

El año terminó, y el desempeño académico de Kim fue brillante. Pero eso no fue lo realmente importante, sino que junto con unas de sus amigas, que compartían el gusto por la biología con ella, decidieron dedicar sus vacaciones a investigar más sobre un tema que les apasionaba: la forma en que el cuerpo se encargaba de protegerse de las estructuras extrañas, como virus y bacterias.

Sus papás, al ver el genuino interés de su hija por la biología, y tras asegurarse de que no sería otro pasatiempo que al final acabaría guardado en la chochera, donde ya casi no entraba el carro de tantas aficiones superadas y olvidadas, decidieron comprarle algunos instrumentos de laboratorio. María, que tras el fin del curso había seguido en contacto con ella y sus compañeras, les recomendó algunas piezas básicas para que pudieran empezar a investigar. También les ayudó a orientar sus búsquedas y a elaborar experimentos que no las pusieran en riesgo.

Las vacaciones se pasaron volando y cuando regresaron a clases, también regresó la profesora Esther, que de inmediato las llamó, porque María le había comentado lo que habían hecho durante las vacaciones y quería enterarse de lo que habían logrado. Ellas la pusieron al tanto de lo estudiado, experimentado y del curso de sus afanes científicos y la profesora se puso a sus órdenes para lo que requiriesen.

El año estuvo lleno de momentos alegres, de situaciones tristes, de enojos y de alegrías. Kim y sus amigas vivían plenamente las experiencias del colegio y disfrutaban de las actividades locas que inventaban sus compañeros, pero igual seguían dedicando varias horas a la semana a su trabajo investigativo.

El trabajo que hacían no era ni por asomo baladí, tenían evidencia del efecto de la esencia de ‘uña de gato’, para atacar al rinovirus asociado a la gripe común. Publicaron sus hallazgos en la feria científica del colegio, cuando cursaban el cuarto año. Al año siguiente, mientras estudiaban el bachillerato, completaron los experimentos de su investigación previa y elaboraron varios procedimientos para obtener los elementos activos de la ‘uña de gato’ que son efectivos contra el resfrío.

Kim y sus amigas ingresaron juntas a la Universidad, aprovecharon la nueva plataforma académica para profundizar sus investigaciones y siguieron publicando sus descubrimientos, por lo que gozaban de cierto reconocimiento en el ambiente científico local.

Cuando estaban cursando el cuarto año de carrera, la Universidad de Cambridge les ofreció una beca y se fueron a Inglaterra a estudiar un Doctorado en Biología Molecular de esa prestigiosa universidad. Como parte de su trabajo doctoral, las jóvenes descubrieron la efectividad de nanotubos de carbono cargados de componentes activos obtenidos de la ‘uña de gato’ para anular la carga viral de una enorme lista de virus y bacterias.

A su regreso al país, siguieron trabajando en sus investigaciones, auspiciados por varias universidades y entidades científicas y cuando perfeccionaron la tecnología de los nanotubos con cargas antivirales y antibacteriales, fueron nominadas al Premio Nobel en Química, que para sorpresa de muchos, sobre todo de ellas, ganaron.

En su discurso de aceptación del premio, Kim agradeció a sus profesoras María y Esther, que fueron tutoras y mentoras de su trabajo, agradeció a sus amigas de toda la vida, pero le agradeció especialmente a su mamá, quien antes de empezar el colegio, cuando se sentía particularmente angustiada por lo que vendría, por lo abrumador que parecía todo lo desconocido, le dijo:

“Kim, no tienes que temer al conocimiento, todos estamos destinados a hacer grandes cosas, no la grandeza fútil del reconocimiento banal, la fama y la gloria mundana, sino grande para uno mismo como ser humano. Pero para alcanzar esa grandeza interior, tienes que estar atenta, tienes que tener los ojos abiertos, para que cuando tu corazón salte de emoción ante algo que encuentres, sepas identificarlo y entonces si, a perseguir tus sueños, sin miedo, sin excusas, sin posponerlo. Solo ten los ojos abiertos.”

Y entonces Kim concluyó su discurso así:

“Yo hoy invito a todas las niñas del mundo a que abran bien sus ojos, para que encuentren pronto lo que hace que sus corazones brinquen de emoción. Y no tengan miedo de perseguir ese pálpito, ese brinco interno. Arte, letras, ciencias, no importa lo que sea, si eso mueve tu interior, no lo dejes ir, no permitas que te distraigan, o que te disuadan de hacer lo que de verdad amas. Les aseguro que vale la pena.”

Obsequio a Keissy por su cumpleaños 14.
© Esta historia es propiedad de K.G.T.
    Escrita el 15 de septiembre del 2020.

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