Dejando ir a mi abuela
Cuando mi abuela murió, sentí que se me caía el mundo encima. Desde muy pequeña, cuando mi mamá perdió su batalla contra el cáncer y yo no había cumplido dos años, vivo con ella. Es mi abuela materna, pero mi papá ya no tenía a sus padres vivos, por lo que decidió aceptar el ofrecimiento que ella le hizo para que nos mudáramos a su casa.
Siempre trató de que recordara a mi mamá y que entendiera que ella no era el sustituto de su hija, era solo mi abuela, pero mi corazón no ha conocido a nadie que me ame tanto como ella. Mi papá es maravilloso, me quiere muchísimo y yo a él, pero esa relación de complicidad, de cercanía intensa, solo la sentí con ella. Por eso, cuando falleció, caí en un profundo estado de depresión.
Era tal la desesperación y el desamparo que sentía, que quise suicidarme, tomándome un frasco de pastillas para dormir que mi abuela tenía en su cuarto. No lo pensé, no consideré ninguna consecuencia, solo me las tragué. De pronto todo se puso negro, dejé de sentir, era como si me desvaneciera en la nada. Entonces, sentí los brazos de mi abuela rodeándome por la espalda y cuando quise verla, solo podía ver una luz lejana, que empezó a iluminar la nada en la que estaba, que me devolvía calor en el cuerpo y que se siguió de un tsunami sensorial, que nubló mis sentidos, y perdí el conocimiento.
Cuando por fin desperté, estaba en el hospital, con aparatos a mi alrededor y mangueras en mis brazos. Al fondo estaba mi papá en una silla, con los ojos rojos e inflamados. Hasta ese momento sentí por fin lo grave de mi acto y lo egoísta que fui con él, que me amaba y no tenía a nadie más en su vida. Quise hablarle, pero me percaté de que tenía una manguera también en mi boca. Él se acercó a mi, me tomó la mano con ternura y sentí que estaba bien, que me protegía como siempre lo hizo. Llegó una enfermera y algo manipuló en una de las máquinas junto a mi y me quedé dormida.
Luego de una semana por fin salí del hospital. Iba sostenida por los brazos amorosos de mi papá, con muchas dudas en la cabeza, con enormes hoyos en mi corazón. Estaba muy triste y muy confundida. Al llegar a la casa, sentí una opresión enorme sobre mi pecho, como si me estrujara y quisiera asfixiarme. Mi papá se percató de mi turbación y me habló quedito al oído, como lo hacía desde que era una bebé: ‘Mi brujita, no te angusties, no estás sola’. Su amor era reconfortante, pero el sinsabor de las enormes interrogantes que volaban a mi alrededor, me atenazaban el alma.
Mi papá me ayudó a acostarme en mi cama, me arropó y encendió la lámpara lunar del escritorio junto a la puerta. En cuanto cerró la puerta empecé a llorar, quedito, sin sobresaltos ni escándalo. Esa lámpara me la regaló mi abuela cuando entré a la escuela, me dijo que empezaba a recorrer un camino lleno de posibilidades, que nada era demasiado distante o difícil para que lo alcanzara. Que si quería, hasta la luna estaba en mis manos. Seguí sollozando, no con dolor, sino como queriendo ahogar los conflictos de mi cabeza y de mi corazón, llenando los hoyos con lágrimas.
Fue entonces cuando junto a la lámpara estaba ella. Era mi abuela. Me veía con esos ojos llenos de amor que me acompañaron cada minuto de mi vida. Su cara llena de arrugas servía de marco espléndido para la sonrisa más sincera y contagiosa que había visto. Estaba ahí, de pie, mirándome con ternura. Cuando quise levantarme me hizo una señal para que esperara y ella se acercó a mi, tomó mi mano y me dijo: ‘Mi hermosa niña azul, no vuelvas a darme un susto como ese. Se que mi partida te ha dolido mucho, pero no puedes dejarte vencer por la adversidad, ya lo hemos hablado cientos de veces, los sueños no se alcanzan si no pones en el esfuerzo, tu alma, tu corazón y tu voluntad más férrea. Si algo me partiría el alma sería verte vencida, derrotada por fantasmas que solo desean tumbarte y encadenarte al suelo’.
De pronto me dormí y no supe más.
A la mañana siguiente me sentí mucho mejor, me desperté y no sentía el dolor, ni la ansiedad de la noche anterior. No estaba feliz, pero si me sentía diferente, como si de pronto tuviera esperanza de superar aquello que me tenía vencida en el suelo. Entonces, recordé la visita de mi abuela y me pareció que fue un hermoso sueño. Me levanté para bañarme y afuera de mi cuarto estaba otra vez mi abuela, viéndome con la misma ternura que en la noche. Pensé que seguía dormida y pasé directo a la ducha. Cuando salí ahí estaba, en el mismo lugar del pasillo. Sonriendo.
Me sobresalté un poco y ella vino hasta mi, me abrazó y me tranquilizó. Me acompañó al cuarto y se sentó conmigo en la cama. ‘No te preocupes’ me dijo calmadamente, ‘no estás loca, por lo menos no más de lo que ya estabas’ y se ha carcajeado tan sonoramente, que todo mi cuerpo vibraba de su sonoridad y alegría. Me vio directo a los ojos y dijo: ‘no te dejaré hasta que me asegures que estás bien’.
Y así fue. A los días retomé mi rutina normal, con algunos cambios en la casa, porque mi papá estaba más presente. Las conversaciones con él eran realmente divertidas, porque él pensaba que hablaba solo conmigo, pero yo tenía una conversación con él y con mi abuela al mismo tiempo. Él se sorprendía de mis respuestas a preguntas que no había hecho, o con giros en el tema del que hablábamos que lo sacaban totalmente de balance. No creo que pensara que me había vuelto loca, porque igual que mi abuela, pensaba que ya lo estaba, que todos lo estábamos y que era normal. Con el paso de los días se fue habituando a estas conversaciones con líneas fantasmas de las que no se enteraba.
Tras un mes desde el fallecimiento de mi abuela, fuimos al cementerio a llevar flores a su tumba. No quería ir, pero mi abuela me obligó: ‘¿cómo que no me vas a llevar flores?, yo se que a una la olvidan cuando muere, pero apenas pasó un mes, así que muévase muchacha, no me haga esperar… ah, y lleve un trapito y algo de jabón, quiero que mi tumba esté bien limpia, faltaba más’ y empezó a carcajearse. ¿Cómo negarse?
En el cementerio, mientras entre mi papá y yo limpiábamos un poco del barro que salpicó la tumba, debido a los fuertes aguaceros de los últimos días, le conté que la abuela estaba con nosotros. Él por supuesto que lo dio por hecho, porque la gente a la que amamos siempre vive en nuestro corazón y no se que otras frases que seguro leyó en algún libro de Paulo Coelho, que destrozó para siempre el imaginario literario de mi papá, así que le aclaré la presencia de la abuela, cómo era real, estaba ahí junto a él. Mi papá me vio preocupado y no dijo ni una palabra. Al rato insistí y entonces se sentó en la hierba, se recostó hacia atrás sobre sus brazos y me dijo con los ojos en blanco, como previendo que le estaba tomando el pelo para hacerle alguna broma, ‘a ver dime, ¿de qué diantres hablas?
Le conté todo lo que me había sucedido, incluí varias frases que mi abuela me iba diciendo y al final se incorporó y me vio con la mayor seriedad que le había visto nunca, ‘Mi brujita preciosa, dile a tu abuela que esto tiene que terminar ya. Ella tiene mucho camino que recorrer en su nueva etapa de existencia y vos tenés que valerte por vos misma’. Justo cuando iba a replicarle molesta, mi abuela intervino, ‘Tu papá tiene razón. No quería decírtelo, pero ya me tengo que ir’. Para mi sorpresa mi papá estaba viendo directamente a mi abuela, con una cara de terror graciosísima, que no pude disfrutar porque la noticia de que mi abuela ya se iría fue como un balde de agua fría.
Entre los tres conversamos por más de una hora, yo argumenté mil cosas, mi abuela sonreía y rebatía cada uno de mis argumentos y mi papá, entre sorprendido y a punto de desmayarse, no articulaba ninguna frase completa.
Al final terminamos abrazándonos muy fuerte los tres. Le vi los ojos, con los míos totalmente inundados de lágrimas y le dije ‘gracias abuela, gracias por ser parte de mi vida’. ‘Gracias a vos mi querida niña azul, porque se que viviré en tu corazón para siempre’. Mi papá y yo nos quedamos abrazados mientras ella empezó a desvanecerse y a volar hacia su nueva morada.
Hoy se cumplen seis meses desde que mi abuela dejó físicamente este mundo. Pero nunca más me sentí sola, ni con dolor por su pérdida. Su presencia a mi lado era tan fuerte, que no tuve tiempo de añorar su ausencia.
El amor nos une, me dijo siempre. Y hoy doy fe de ello.
Obsequio a Luciana por su cumpleaños 21.
© Esta historia es propiedad de L.M.M.
Escrita el 28 de septiembre del 2020.

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