Dyehuty y el regalo de la palabra


Hubo un tiempo en el que los dioses caminaban con los hombres. Convivían con ellos, conversaban, reían y se enojaban. Se enamoraban y tenían hijos. Y a veces también compartían su grandeza con ellos.

Los hombres sabían que eran dioses, no solo porque resplandecían como si estuviesen hechos de oro puro, sino porque por su inmortalidad, trascendían generaciones. Un niño que conocía a un dios, lo veía exactamente igual durante toda su vida, hasta que moría; entonces sus hijos y sus nietos seguían viéndolo incólume, eterno, celestial.

Esa fue una buena época para la humanidad. Los dioses tenían mucho que enseñar y dar a los hombres y mujeres, pero también aprendían de la naturaleza humana. Por ejemplo el amor, no es una fuerza divina, es una fuerza humana que fue aprendida por los dioses en sus devaneos por la Tierra. Pero vaya que aprendieron bien.

Cuando los dioses sucumbieron a los embrujos del amor, cayeron indefensos, vulnerables, totalmente a merced de sus amados, fueran hombres, bestias u objetos, ya que el amor para ellos era libre, sin condiciones, sin ataduras, sin falsas modestias. Su eternidad les permitía vivirlo plenamente, sin importar las consecuencias. Así se enamoraron muchas veces y tuvieron muchos más hijos (y otras criaturas de las que mejor evitamos detallar).

Por eso hoy podemos afirmar que somos el resultado de la sangre humana combinada con la divina. No deberíamos llamarnos homo sapiens sapiens, sino homo sapiens divinus, porque desde que nuestra naturaleza se combinó con la naturaleza divina, nos hicimos poseedores de un espíritu inmortal que, tras nuestra muerte, vuelve al origen de todo, de donde salió para encarnarse en nosotros.

Pues Dyehuty, el dios de la sabiduría, prefería pasearse por Meidum, una ciudad al oeste del Nilo, lejos de los bullicios, de las multitudes y de los fanáticos. Allí podía caminar por las pequeñas calles, entrar a las cálidas casas de sus habitantes y sentarse en sus mesas, sin que nadie armara un alboroto porque Dyehuty estaba entre ellos. También prefería Meidum, porque no quería sucumbir a la fuerza del amor, que volvía a sus congéneres divinos en piltrafas de emociones descontroladas, tan lejanas de su naturaleza superior. No es que se sintiera mejor que los hombres, o que caminara arrogante entre los humanos, era solo una observación obvia con la que cualquiera podría estar de acuerdo.

Vivía en una villa pequeña, pero cómoda, dentro de los muros del palacio de Rahotep, príncipe de Egipto y semidios, ya que fue engendrado por su hermana Isis en uno de sus tantos amoríos con la familia real egipcia (de aquí nace la tradición de que la deidad de los faraones egipcios, la transmitían las mujeres). Eso lo volvía un ser humano mejorado, que vivía más que los demás. Para cuando Dyehuty vivió en Meidum, Rahotep ya contaba con más de 100 años de edad y seguía viéndose como un veinteañero, radiante y joven, pero con un espíritu viejo y una sabiduría que le venía de eones de vivencias divinas a las que podía acceder a través de su espíritu divino, como podríamos hacer todos hoy en día, si nos lo propusiéramos.

Pero un día Dyehuty quedó petrificado en media plaza, cuando una joven morena, de unos veinte años, vestida con una hermosa túnica blanca de lino, ceñida a la cintura con un hilo dorado apenas perceptible y amarrada en su cuello por dos tirantes de cáñamo. No era una mujer de curvas sinuosas o de formas muy llamativas, pero cuando cruzó su mirada con el dios, él quedó atrapado para siempre.

Tras un breve cortejo, Dyehuty se casó con Zahra, la hija de un pequeño comerciante de Meidum, para el escándalo oprobioso de los demás dioses y diosas, que no entendían como uno de los suyos, el más sabio, no solo sucumbió al amor, sino que se unió en matrimonio a un ser tan efímero como una humana. Su espanto proviene de una de las pocas reglas que los dioses respetan y es que solo una vez pueden unirse en matrimonio, por lo que Dyehuty no podrá casarse nunca más una vez que el segundo de vida de su esposa concluyese. Claro, las más celosas y furiosas eran las diosas que probablemente se imaginaron una unión con un dios tan importante como Dyehuty.

Pero él no encontró ninguna razón válida para perderse la oportunidad de unir su destino a un alma tan profundamente bella como la de Zahra. Y de tanto amor, por supuesto que no tardó en llegar un niño a la familia. Dyehuty se encontraba otra vez a merced de sentimientos que no comprendía. Nunca creyó que engendrar un hijo fuera una experiencia tan transformadora y crucial en la vida de un ser eterno, pero cuando nació su hijo, creció una luz tan poderosa en su interior, que todo el pueblo vio el destello que venía de la Villa del dios y que los alumbró día y noche por más de una semana.

Dyehuty amó a su hijo tanto, que quiso obsequiarle su más valioso don, la palabra. Por eso le llamó Kalima.

El tiempo de los dioses en nuestro Universo terminó, por lo que un día solo se fueron, siguieron su camino en otros Universos y en otras realidades, porque la eternidad tiene esa particularidad, es inacabable, a pesar de que su manifestación si tenga fecha de expiración. Tras su partida, solo quedaron sus recuerdos, sus historias, sus retratos y sobre todo sus leyendas. Y para un dios como Dyehuty que obsequió tantos dones a la humanidad, las leyendas eran tantas y tan variadas, que su fama de ser el más importante de los dioses mientras caminó entre nosotros, solo aumentó tras su partida.

Pero su más recordada leyenda no era propiamente de él, sino de su hijo.

Kalima se quedó junto a su madre hasta que su tiempo de vida concluyó, lo cual sucedió cuando él apenas tenía 52 años. Era un joven hermoso, muy correcto y con una inteligencia privilegiada. Pero más que eso, sabía que tenía un don que llevar por el mundo, hasta el último rincón del planeta.

Así, luego de llorar a su madre el tiempo necesario, emprendió un viaje por el mundo y por la historia. Fue a todas las ciudades del mundo, utilizando otro regalo de su padre, uno que muy pocos sabían y era la posibilidad de invocar un Ibis para transportarse entre sus alas mágicas a donde necesitara ir. De esta forma visitó miles de ciudades, conoció a muchísimas personas y de vez en cuando encontraba a alguien especial a quien obsequiaba el don que representaba su nombre, Kalima, el don de la palabra.

Las personas que recibieron ese regalo divino del hijo de Dyehuty, eran seres particulares, que Kalima sabía identificar con gran tino. Se trataba de gente que tenía tanto por decir, tanto por expresar y por sacar de adentro, que en su corazón se formaba una luz parecida a la que su padre vivió tras su nacimiento. No muchos podían verla, pero Kalima la veía como si fuera una pequeña estrella en el pecho de los indicados.

Era una luz que le generaba a esas personas un dolor inmenso, por la necesidad de salir y la incapacidad de brindarle un puente para hacerlo. Así que cuando Kalima les obsequiaba su don, la liberación que sentían era absoluta, profunda y gratificante.  Ellos adquirían el don de la palabra y compartían toda esa luz que estuvo atrapada en su interior, con todo el que quisiera escucharles, leerles y acompañarles.

Kalima ya terminó su trance terrenal, pero el don que difundió por el mundo está ahí, está vivo y sigue paseándose entre nosotros. Cuando sientes que necesitas decir algo, tómalo, sin miedo, sin preocupaciones, está ahí precisamente para servirte de vehículo entre tu corazón y el mundo. Y a fin de cuentas, ¿qué sería del mundo sin la palabra?

Obsequio a Rober por su cumpleaños 52.
© Esta historia es propiedad de R.V.F.
    Escrita el 23 de agosto del 2020.

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