El arcángel de Puriscal


Me llamo Mario, soy un campesino de piso de tierra, orgulloso de mi origen, celoso de la tierra que cultivo y feliz de la vida de agricultor que abracé desde niño.

Vivo en Barbacoas de Puriscal a algunos kilómetros al norte de un pueblo que se conoce como Bajo Campos. Tengo un pequeño terreno de 1.5 hectáreas, que heredé de mi mamá a los 12 años, cuando ella falleció en el parto de Miguel, mi hermano menor. Con nosotros vivía un tío que era sacerdote, pero que por su edad (yo le calculaba unos 100 años) ya estaba retirado, así que él se hizo cargo de mí y mis otros cinco hermanos y nunca nos faltó comida en la mesa y cuadernos y lápices para ir a la escuela.

Mi tío Bernardo murió cuando ya yo tenía veinte años, por lo que calculo que ya tenía unos 150 años de edad, o por lo menos parecía que los tenía; en su cara no cabía una sola arruga más y su piel colgaba por todas partes de formas tan graciosas que parecía que se abanicaba mientras caminaba, pero fue un gran hombre y un padre cariñoso para nosotros.

Mis hermanos mayores Juan, Daniel y Salomón, así como mis hermanos menores Manuel y Miguel, se fueron pronto de casa, les gustaba el estudio y mi tío les procuró la educación que quisieron, primero en un internado en Tres Ríos, donde terminaron el colegio y luego en los estudios universitarios que cada uno quiso emprender, tras los cuales hicieron vida en San José. Yo nunca tuve mucho interés en el estudio, aunque me encantaba leer y a veces escribir. En realidad lo que amaba era la tierra, los siembros, el campo, así que me dediqué a cuidar de mi tío y a cultivar la finquita que me dejó mi mamá.

Aunque no conocí a mi papá, se que se casó con mi mamá por obligación y como obligación la trató a ella y a sus hijos. Solo vivió con mamá los primeros años de matrimonio, pero cuando quedó embarazada de mi, se fue y solo venía muy esporádicamente, por la noche y se iba en la madrugada, como ladrón que teme ser atrapado en pleno delito. Y es que mi presencia en el vientre de mi madre fue realmente penoso para ella, se puso muy mal, tenía grandes dolores y no podía casi moverse. Varias veces pensó que iba a tener una pérdida, porque sentía que yo estaba saliendo antes de tiempo.

Pero afortunadamente el arcángel de Puriscal pasó por nuestra casa y atendió a mi mamá. Le dio medicinas y se quedó cerca varios días, hasta que la vio mejor. Al término del embarazo regresó y ayudó a Juana la partera, a traerme al mundo. Me cuentan que tuvo un gran sangrado tras mi nacimiento y el arcángel se ocupó de detenerlo y de curarla. A los días ya mi mamá estaba totalmente recuperada.

Probablemente se preguntarán sobre el arcángel. Pues si, en Barbacoas teníamos la visita del Arcángel Rafael, el médico de Dios. Él venía varias veces al año y visitaba todas las casas, hasta las más remotas como la nuestra. Revisaba a todos, personas y animales, y a todos atendía, les hacía recomendaciones y les daba medicamentos para que sanaran. Nadie moría en manos del arcángel, nadie dudaba que fuera un envido de Dios, porque su mano era realmente santa.

Mi tío, que por su formación clerical era muy escéptico a estas creencias, enfermó gravemente del hígado, justo cuando el arcángel pasaba por el pueblo. Mi mamá lo mandó a llamar y él preparó varios remedios que le dio a tomar y otros que le puso con paños sobre el abdomen. Al día siguiente mi tío se levantó sin dolor, totalmente recuperado, y aunque nunca lo dijo, su forma de ver al arcángel cambió.

Cuando murió mi mamá, yo preguntaba por qué no llamaban al arcángel y nadie sabía decirme lo que pasaba. Tras su muerte me dediqué a averiguar y nadie veía al arcángel desde hacía unos dos años. Su presencia era tan habitual, que todos seguíamos creyendo que sus visitas continuaron, aun y cuando nadie lo había visto realmente.

A los años, cuando cumplí 16, doña Marielos, la dueña de la pulpería del centro, me mandó a llamar con su chiquillo, que llegó a la casa al borde del ahogo, porque venía corriendo. Yo bajé con él y cuando llegué doña Marielos me mandó a la trastienda, donde tenía un cuartillo que alquilaba a los agentes vendedores que visitaban la zona. En el cuarto, que estaba oscuro y olía a alcanfor, estaba un señor muy grande, acostado en la cama, respirando con dificultad, con la cara pálida, casi macilenta, aunque no había suficiente luz como para apreciarlo bien. El señor me llamó y me señaló con su esquelético dedo, una silla junto a la cama, para que me sentara. Así lo hizo y entonces encendió una lámpara de cafín, que daba una luz tan débil, que solo creaba largas sombras en las paredes de tablones y en el techo de zinc.

- Hola Mario, talvez no me reconoces, pero yo estuve en tu nacimiento hace dieciséis años. Ayudé a doña Juana con tu llegada al mundo y traté a tu mamá hasta que se sintió mejor.

No tenía que decir más, era el Arcángel Rafael. Tuve la intención de arrodillarme y persignarme, pero con una seña de su mano me mandó a acallar mis pensamientos y a ponerle atención.

- Mario, te he llamado porque desde que naciste, supe que serías mi biógrafo.

No es que desconociera la palabra biógrafo, pero bueno, para ser sinceros, no me quedó muy claro a lo que se refería. El Arcángel percibió mi cara de signo de interrogación, porque siguió diciendo:

- Un biógrafo es el que relata la vida de otra persona, para que conste en alguna parte, como un libro o una crónica, y yo quiero que vos te encargués de registrar mi vida. Te contaré todo lo que he hecho y vos lo escribirás en los cuadernos que están en la mesa del fondo. Así que de ahora en adelante, vendrás todos los días después de almuerzo y yo te narraré mis historias por dos horas y media, luego puedes regresar a tu casa. Dile a tu tío quien soy lo que te he pedido.

Salí de ahí con el corazón en la mano. No es que el Arcángel me atemorizara, pero la situación era realmente extraña. Al llegar a la casa, le conté a mi tío lo sucedido y me pidió que regresara al pueblo y le pidiera al padre Gerardo que lo fuera a recoger en el carretón de la Iglesia. Así lo hice y mi tío vino al pueblo a hablar con el Arcángel. Entró a su cuarto con el padre Gerardo y me ordenaron quedarme afuera y no husmear por las rendijas de los tablones de las paredes. El padre me advirtió que si me veía asomado, me sumaría penitencias en mi próxima confesión, así que preferí quedarme con doña Marielos en la pulpería. Ella me tenía cariño y me regalaba confites cuando me veía pasar.

Con la misma actitud de secreto con la que entró, salió mi tío del cuarto y regresamos en el carretón a la casa. No me dijo ni una palabra, en cuanto entró se preparó para dormir, se encofaló las piernas y los brazos y me llamó para hacer las oraciones de la noche, tras lo que se quedó profundamente dormido.

Al día siguiente, cuando ya yo regresaba de ordeñar a la vaca y recoger algunas hortalizas del huerto, para empezar a cocinar el desayuno, mi tío se levantó y me dijo que a partir de ese día, tenía que ir al pueblo, tal como me dijo “el señor del cuartucho de doña Marielos”, claro mi tío nunca se refirió a él como el Arcángel Rafael, seguro le parecía sacrílego, pero al final, desde ese día voy diariamente, incluyendo sábados y domingos, a tomar dictado de las historias del Arcángel.

Me ha contado cosas increíbles, me ha descrito lugares remotos que son como paraísos en la tierra, me ha presentado a tantas gentes que ha conocido en sus viajes y sobre todo me ha hablado de los milagros que ha realizado. Bueno, él no los llama así, solo me dice que sirvió como instrumento de Dios en esas personas, pero para mí son milagros.

Ahora tenía noventa y tres años. Nació en México y estudió medicina en la Universidad Autónoma de México. Tras graduarse de doctor, su mamá, que era costarricense, enfermó gravemente y luego de unos días de agonía, falleció. Ella les pidió siempre que al morir la enterraran en su país, en su tierra. Nació en Esparza, en Puntarenas, por lo que acompañó al cuerpo de su madre en un eterno viaje por tierra desde México, por toda Centroamérica, hasta Esparza. Tras los ritos funerarios y el entierro, decidió pasear por el país, para conocer más la tierra de su madre, de la que ella tanto se enorgullecía y de la que tantas maravillas contaba.

Muy pronto se enamoró del país, pero le alarmó lo abandonada que estaba la gente del campo, los pobres, los desposeídos. No tenían acceso oportuno a servicios médicos de calidad y muchas veces morían por enfermedades que pudieron tratarse con la medicina moderna.

Su familia tenía una muy buena situación económica, por lo que escribió a su padre, comentándole que se quedaría en Costa Rica y se dedicaría a atender a los enfermos que no tienen quien los trate. Su padre montó en cólera y se negó a dar su permiso para que su hijo se quedara de misionero en tierras tan lejanas, pero como no logró hacerlo cambiar de opinión, le dijo que si se quedaba, se olvidara de que tenía familia, se olvidara de él y nunca más lo buscara. Así su padre le dio la herencia que le correspondía por deseos de su madre y nunca más lo volvió a ver.

Con el dinero de la herencia, financió sus visitas médicas a los pueblos más alejados de las ciudades, atendiendo gratuitamente a cualquiera que lo necesitara. Viviendo con lo mínimo, apenas comía, rara vez cambiaba su ropa, todo lo gastaba en medicamentos para sus enfermos.

Cuando llegó al país tenía solo veinte años. De eso hace ya setenta y tres años. Pero su memoria era privilegiada. Recordaba cada hecho de su vida, como si estuviera viendo una película en el cine, cada detalle, cada nombre, cada lugar, cada enfermedad, cada milagro o servicio al prójimo, como él lo llamaba. Y yo estaba feliz de tener la oportunidad de escuchar sus historias y de escribirlas para que se recordaran siempre.

Pasé varios meses escribiendo todas las tardes, dos horas y media exactas. Llené muchos cuadernos, gasté muchos lápices, rellené la lámpara de canfín muchas veces. Pero no me sentía cansado o aburrido. Su vida fue sorprendente. Incluso me narró con lujo de detalles mi nacimiento, describiéndome cómo era yo al salir del vientre de mi madre, las muecas que hice, cuánto tardé en empezar a llorar y cómo me prendí del seno de mi madre en cuanto ella pudo darme de mamar.

Un día me dijo que ya había terminado. Que eso era todo. Me pidió que me llevara los cuadernos y se los diera a mi tío. Me dijo que no le interesaba cómo quedaran al final sus memorias, que podían cambiar lo que fuera, que podía omitir lo que quisiera, pero que me pedía un favor muy especial: que no dejara ningún lugar a duda de que era una persona común y corriente y no un ángel y mucho menos un arcángel.

Y que por favor quedara claro que no se llamaba Rafael, que su nombre era Mauricio.

Hice como me pidió, llevé los cuadernos a mi tío que los tomó y empezó a leerlos con avidez. Al día siguiente el hijo de doña Marielos nos contó que Mauricio, nuestro amado arcángel, había muerto.

Mi tío envió los cuadernos que por meses llené con sus historias, a un amigo suyo de la capital, que se encargó de ordenarlos y publicarlos. Unos meses después nos llegó el libro. Memorias de un arcángel de Puriscal. Y en la parte inferior tenía mi nombre y al lado, la palabra biógrafo.

Me preocupó mucho que no se hubiese cumplido el deseo de Mauricio de que no se le recordara como un ángel, sino como una persona normal, pero en la primera página se aclaraba que “Esta no es la historia de un ser celestial con poderes sobrenaturales, es la historia de un hombre muy terrenal, que dedicó su vida a la santidad, al servicio y al amor”. Esa frase la escribió mi tío.

Tras leer esas primeras páginas me puse a llorar. Me sentía muy bien de que Mauricio fuera recordado como el santo que fue. Yo jamás lo podría haber olvidado, pero me enorgullecía haber colaborado a que nadie más lo olvidara.

A los años, un escultor de Barbacoas que leyó el libro, creó una escultura hermosa del doctor Mauricio con un estetoscopio auscultando a un niño. Era una escultura de bronce y la obsequió a nuestro pueblo. Se colocó en el jardín de la Iglesia, como corresponde a los santos y para su develación vino el alcalde y el síndico y hasta el padre de Puriscal. Fue una linda ceremonia. Pero para mi, su recuerdo no está en el libro o en el jardín de la Iglesia, a él lo llevo en el corazón.

Obsequio a Mauri por su cumpleaños 51
© Esta historia es propiedad de M.V.V.
    Escrita el 20 de agosto del 2020.

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