El día en que fui un héroe


En mi escuela hay un gran patio que colinda con un lote baldío, que es utilizado por los vecinos del barrio, como un basurero a cielo abierto. En verano, las plagas de moscas, mosquitos y otros insectos que nacen en el basurero, llegan hasta la escuela como nubes, picando y molestando a todos. Alguna vez se han suspendido las clases por lo molesto del asunto.

Siempre escuchamos a los profesores o en nuestras casas, que se han quejado con la Municipalidad y que van a limpiar el lote y a cercarlo para que no tiren más basura, pero al final no llegan, o lo limpian un día y ya al día siguiente hay otra vez bolsas con desechos.

Un día en que la plaga de mosquitos era terrible, mi hermanito menor fue picado por un mosquito con dengue y pasó varios días muy enfermo, hasta lo internaron dos días. Yo me preocupé mucho porque nunca había visto a mi hermano tan enfermo, así que cuando él se puso mejor, decidí que era el momento de hacer algo.

Traté de sacar la basura en bolsas, para que los camiones recolectores se la llevaran, pero fue muy difícil, además, cuando mi mamá me vio, me regañó y me mandó a bañarme. Después me explicó que entendía mi intención, pero que me estaba arriesgando a que me pasara lo mismo que a mi hermano o algo peor, si me cortaba con vidrios o latas contaminadas.

Después de pensarlo bien, mi mamá tenía razón, pero yo no podía quedarme sin hacer nada, así que se me ocurrió buscar los focos de contaminación en el barrio y advertirle a la gente que debía eliminarlos y de paso montar guardia en el lote baldío para convencer a los que tiran ahí su basura, para que no lo hagan.

Primero investigué un poco en internet, para conocer mejor cómo se forman los criaderos de mosquitos y así poder identificarlos con más facilidad en las casas de los vecinos. Hice unas tarjetas en la computadora con la advertencia de eliminación de criaderos y cada vez que encontraba un posible criadero, le entregaba la tarjeta a quien atendiera a la puerta o se los dejaba en las rejas si no abrían.

Mi mamá volvió a regañarme, porque el primer día que salí a hacer vigilancia, se me fue el tiempo y regresé después de las noticias de la noche y eso ya era tarde. De castigo me dejó sin comer y yo mejor no le dije que doña Roxana me había regalado dos empanadas de papa como premio por mi vigilancia. Al día siguiente mejor pedí permiso antes de salir y mi mamá se aseguró de que ya hubiera hecho la tarea de la escuela y después me advirtió que cuando empezara a oscurecer tenía que estar sentado en la mesa para comer. No quería más regañadas, así que los siguientes días fui más cuidadoso del tiempo.

Salí todos los días, hasta fines de semana, y encontré muchos posibles criaderos. Además mi vigilancia del lote dio resultado. Pesqué a cuatro carros que venían a dejar basura, tres de ellos se fueron con su basura, pero el otro tomó la tarjeta de infracción que le di y la rompió en mil pedazos, me la tiró encima y cuando creí que también me iba a tirar la bolsa, por dicha la arrojó al lote y no a mi cara. Cuando le conté a mi mamá, no me regañó, pero si me prohibió ir a vigilar el lote. Ante mis reclamos y explicaciones de lo importante que era impedir que siguieran usando ese lote de basurero, me sugirió hacer carteles para pegarlos en la cerca de alambre de púa y así no me arriesgaba a que me tiraran a mí al lote con todo y las tarjetas de amonestación.

Los primeros carteles que puse no duraron ni un día, porque eran de papel y cuando cayó una lluviecilla, se deshicieron y seguro sumaron más basura en el lote. Así que le pedí ayuda a mi mamá, que me ayudó a hacer unos rótulos forrados en papel adhesivo. Cuando alguien los rompió (los pude ver en una esquina del lote, debajo de unas bolsas de basura), mi papá me ayudó a hacer unos carteles en madera. Los pinté de colores brillantes y puse las letras en rojo. Él me acompañó al lote para clavarlos en la tierra del frente. Quedaron muy lindos.

Varias veces encontré los rótulos volcados o arrancados y lanzados al lote. Así que los recuperaba y los volvía a sembrar al frente. Tras varias veces de hacerlo, dejaron de arrancarlos. También pude ver como había menos basura. Eso me puso muy feliz, así que fui corriendo a la casa y me traje a mis papás y a mi hermanito a ver cómo ya había menos basura. Mi papá me dijo que era bastante menos la cantidad de bolsas que habían echado, por lo que me prometió que al día siguiente llamaría a la Municipalidad, para que limpiaran el lote. Así lo hizo, pero bueno, la Municipalidad vino como una semana después.

Cuando limpiaron el lote, mi papá me sugirió repintar los carteles de madera y poner un mensaje agradeciendo por mantener el lote limpio. Nuevamente me ayudó a llevarlos a la casa y a lijarlos y me consiguió pintura verde para el fondo y amarilla para las letras. Mi hermanito les dibujó unas flores y unos gusanitos en la parte de abajo y se veían muy lindos. Mi papá fue conmigo a sembrarlos otra vez y cuando llegamos, ya había una bolsa de basura en el lote. Él se molestó mucho, dijo algunas cosas que tengo prohibido repetir o – según me dijo mi mamá – me lavaría la boca con jabón, pero si se enojó. Él sacó la bolsa y la llevamos a la casa, donde la dejó en la canasta de la basura que tenemos al frente.

Yo seguí revisando el barrio y llevando mis tarjetas de amonestación, pero cada vez habían menos criaderos a la vista. En la escuela también era evidente que las plagas de bichos ya no llegaban y el lote se mantenía muy limpio. Desde el último berrinche de mi papá, varios vecinos se unieron a él, para mantener el lote limpio. Si encontraban bolsas adentro, las sacaban y las ponían en las canastas de basura, para que los recolectores se las llevaran.

Mi plan había funcionado muy bien.

Un día, que celebramos la independencia, el Alcalde vino a la escuela para inaugurar el gimnasio. Yo no entendía cómo iba a inaugurar el gimnasio si desde que yo entré a kínder, siempre había estado ahí, pero mi mamá me dijo que era porque le cambiaron el techo. Me imaginé al Alcalde inaugurando el gimnasio cada vez que se quemaba un fluorescente, me reí mucho, le conté a mi mamá y me dijo que no fuera a decir eso en la escuela.

En el acto cívico el director, don Alfonso, nos presentó al alcalde, que era un señor viejito, panzón y con los cachetes muy colorados, parecía San Nicolás, pero sin barba y sin el traje rojo. El Alcalde se llamaba don Rodolfo, por lo que a mi me dio risa que se llamara igual que uno de los renos de Santa, pero como mi mamá me tiene amenazado con lavarme la boca con jabón, mejor no dije nada, solo me reí para adentro, como dice mi abuelita.

Don Rodolfo empezó a recitar su discurso y yo creí que me iba a aburrir mucho, pero estuvo hablando del acto heroico de Juan Santamaría y de cómo nosotros tendríamos que imitar esas ganas que el tamborilero de Alajuela tenía por defender al país y por hacer de Costa Rica un lugar mejor. Entonces de pronto todos empezaron a aplaudir y mis papás estaban en la parte de atrás del marco de papifútbol, donde yo no los había visto y vinieron al frente. Creí que los iban a felicitar por algo, pero de pronto todos me estaban empujando a la cancha y mis papás me llamaban, así que fui, sin entender nada de lo que estaba pasando.

Entonces don Rodolfo me dio un título y me felicitó y todos estaban aplaudiendo. Yo por un momento creí que me había graduado antes, pero me acordé que mis notas no daban para tanto, iba algo obligado en Sociales y en Mate, así que mejor puse atención y oí a don Alfonso decir que yo era un héroe ambiental y contó algo de lo que había hecho para limpiar el lote vecino. Mis compañeros vinieron a abrazarme y a molestarme porque era el chineado del director. Mi mamá estaba llorando, pero después me dijo que era de alegría. Mi papá me dijo que estaba muy orgulloso de mi y me dio un abrazo, que me dejó sin aire, tuve que zafarme, para no morir ahogado.

Ese día, fui el héroe de la escuela. 

Obsequio a Sebas por su cumpleaños 11.
© Esta historia es propiedad de S.R.C.
    Escrita el 15 de septiembre del 2020.

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