El encierro de Isabel
Ella era
casi una niña. No llegaba aun a los dieciocho años y ya estaba casada con un
importante comerciante de la capital. El matrimonio, organizado por sus padres,
buscaba dotarla de un hogar de buen nivel, y asegurar su futuro para que no
pasara ninguna necesidad. Era lo usual en la vieja Costa Rica del siglo XIX,
además era la materialización del lugar que la mujer tenía en la sociedad,
menos que humana, casi un adorno. Algunos hombres de la época bromeaban diciendo
que su caballo valía más que su esposa. Y probablemente así era.
Pero Isabel era mucho más que un adorno y valía infinitamente más que un caballo.
Desde que llegó a la casona de su esposo, sufrió constantes abusos de parte de él. La trataba mal, la obligaba a realizar labores domésticas innecesarias, solo para molestarla. Más de una vez, como se enamoraba de cuanta criada llegara a la casa, encargaba a Isabel los oficios domésticos, mientras él se escurría en las sábanas de la sacra cama matrimonial, aprovechándose de la empleada doméstica, a quien daba tratamiento de esposa, con lo que acallaba su conciencia.
Isabel nunca decía nada, solo obedecía. Incluso cuando decidía golpearla, casi que por diversión, ella solo permanecía lo más quieta posible, rezando para que aquella tortura acabase pronto y en cuanto él se cansaba de hacerle daño y la dejaba tirada, hecha un despojo en el piso de algún aposento, ella solo se levantaba, se bañaba y cambiaba la ropa, y limpiaba los estropicios resultantes de su infierno particular.
Cuando el doctor salió de la habitación, donde Isabel estaba hirviendo en fiebre, con una tos sanguinolenta que llevaba días, ya su esposo sabía que se trataba de la tisis, no hizo falta que se lo dijera. El buen doctor, creyendo que el gran señor se preocuparía, trató de darle algunas recomendaciones para que la salud de su esposa mejorara, por lo que su asombro fue mayúsculo cuando solo le pagaron y lo despacharon.
El marido ordenó de inmediato un transporte para que llevaran a Isabel al Hospital de Tísicos y contrató a dos mujeres para que sacaran todo lo que ella pudiera haber tocado y lo destruyeran. Esa misma noche se armó una gran pira en el patio de la casa, donde ardió todo, la ropa, los libros, los recuerdos, las escasas joyas, los muebles y hasta el colchón de su cama. Todo lo que recordara a Isabel, fue transformado en cenizas.
De inmediato el señor de bien empezó a comportarse como un viudo de mediana edad en busca de una nueva esposa que le ayudara a calmar el dolor por la muerte de su querida Isabel y quisiera construir junto a él, una nueva vida. Pronto encontró otra pobre víctima a la que sus padres le encomendaron para tener un mejor futuro.
Mientras tanto Isabel fue admitida en el Pabellón de la Misericordia, donde se recibían los enfermos que no tenían como pagar sus gastos médicos y que eran subsidiados por el Estado. Se trataba de un gran cuarto con unas cincuenta camas de metal con colchones de paja, acomodadas en fila junto a la pared. Dos bombillos que apenas alumbraban y ni una ventana. Pero en cuanto se le acomodó en su cama y una de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana, que eran quienes se encargaban de atender a los pacientes del sanatorio, le arropó y le marcó la señal de la cruz en su frente, sintió que por fin su ángel de la guarda la logró rescatar del infierno.
Realmente Isabel había salido del martirio diario a un lugar en el que, sin muchas comodidades y luchando por su vida contra una enfermedad que era más bien una sentencia de muerte, sentía que por fin le trataban como a un ser humano.
Con los meses, la salud de Isabel mejoró, aunque los doctores insistían en que no se había curado aun de la enfermedad, pero como ella se sentía tan bien, empezó a ayudar a las hermanas con los cuidados de los pacientes. Aprendió rápido y era muy trabajadora, así que cuando por fin se le declaró libre de tisis, las hermanas la invitaron a quedarse trabajando con ellas. Y así lo hizo.
El resto de su vida, que fue muy larga, Isabel trabajó incansablemente en el sanatorio, dándole a los desahuciados de la sociedad, un tratamiento humano y todo el amor del que era capaz.
Isabel se reinventó y demostró, sobre todo para sí misma, que para todos esos pacientes, ella valía mucho más que un caballo.
Santa Isabel de Prusia, falleció a los ochenta y dos años de edad, de muerte natural, en el Convento de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana, orden en la que se ordenó hacía cincuenta años ya.
Dedicado a tía Virginia, porque ser mujer nunca ha sido fácil y no lo fue para ella.
Escrita el 23 de abril del 2020.

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