El hijo de la luz
De pronto una luz cegadora entró por los grandes vitrales del salón principal del Palacio en el Cielo, iluminando todo el interior en mágicos haces de luz multicolor, cambiando el semblante de cuanto tocaba, llenando de belleza el mesón enorme que llenaba el centro de la habitación y transfigurando a todos los que se sentaron a la mesa desde temprano a discutir los asuntos del día de la Orden.
El Gran Maestre se levantó cuando la luz aun entraba por los ventanales, brindando un alegre espectáculo de luces y sombras batallando los espacios de su vieja túnica, rasgada y decolorida, que por un segundo parecía adornada por diamantes y zafiros, provocando risas reprimidas de algunos de los presentes y la mirada severa del anciano que no pudo lograr su cometido, porque la luz también suavizó su semblante, llenándolo de gracia y ternura.
Las hojas del portal principal se abrieron ruidosamente a su paso y su lento caminar, con el repunte de su pesado cayado, se oyeron por un largo rato, rebotando por las paredes del corredor, hasta que un sonoro golpe prosiguió al cierre del portal. Fue tal la disrupción del sonido generado, que hasta las luces que ingresaban por las ventanas, se apagaron.
Todos en la sala recogieron sus cosas y empezaron a salir. Cuando estas explosiones de luz sucedían, un nuevo ser de luz nacía en la Sala de la Estrella, así que el Gran Maestre estaría ocupado por largo tiempo… o por corto tiempo, al final, la luz es atemporal y todos los presentes existían gracias a ella, y heredaban sus bondades y atributos.
La Sala de la Estrella debía su nombre a que se construyó sobre una estrella, de la que solo sobresalía una pequeña parte de su superficie desde el suelo, suficiente para que emanaran de ella las luces primitivas que servían de zócalo a los seres de luz. Cuando el Gran Maestre entró, ya las Sabias Madres tenían la luz que emanó de la estrella, contenida en un cristal de sal. El viejo inclinó su cabeza ante las eminencias y observó extasiado el espectáculo de aquella luz joven, pura, perfecta.
Pronto entraron las Hijas de la Estrella, encargadas de transportar al espíritu de la luz al Templo Solar donde elegiría su destino. Tras ellas salió el Gran Maestre, que gustaba de presenciar el momento sagrado de la elección, tal vez uno de los más maravillosos actos de libre albedrío en la Creación.
Dentro del Templo, el espíritu de luz se colocaba en un atanor, desde el que podía acceder a todo y al Todo. El momento era tan corto, que un suspiro quedaría entrecortado antes de su fin, pero tan largo, que un planeta podría ver su nacimiento y su final sin que terminara. Estas paradojas confluían en el atanor, donde eran armonizadas y resueltas por la luz que las convocaba.
Tras la elección, el espíritu ocupaba un espacio físico temporal, mientras llegaba su momento. Durante el tiempo que pasaban en el Palacio en el Cielo, conversaban con los espíritus mayores, aprendían y enseñaban, escuchaban y hablaban, nacían y morían a mil experiencias en una gota de agua. Este espíritu era particularmente inquieto. Lo quería todo y lo entregaba todo. El Gran Maestre le tomó gran cariño, porque le recordaba su propia experiencia como neófito en los salones eternos, por eso lo tomó como discípulo y como maestro, como correspondía, y empezó a aprender y a enseñar con él.
Hubo grandes caminatas por los jardines del exterior y muchas más por los pasadizos del interior. Las preguntas no tenían fin, pero para cada una había una respuesta. Por fin el Gran Maestre entendió la razón de la luz, para dejarse atrapar voluntariamente en una fugaz vida terrenal. La luz necesita manifestarse para existir plenamente y esa manifestación solo puede ser efectiva ante los ojos de quien no puede entenderla, porque las conexiones que se generan entre el cerebro mundano y el espíritu luminoso, vulneran la eternidad de la luz y la materializan en un tiempo y un espacio determinados. Así, los espíritus de luz adquirían más brillo, porque su fuerza interior se potenciaba al romper las barreras de la eternidad abrazando la materialidad de una existencia.
El Gran Maestre le explicó a su vez que su momento terrenal podría durar un parpadeo o una eternidad, que solo él podría determinar las razones y las sinrazones de sus procederes y que en el Palacio en el Cielo siempre estaría su hogar, hasta que decidiera reintegrarse a la luz.
Aprendió el neófito que una vez encarnado en el mundo, podría iluminar a quienes le rodearan, a sus vínculos directos, que han estado ligados a él por siempre y lo estarán para siempre. Esos vínculos terrenales son espíritus de luz que olvidan momentáneamente que su esencia es de luz y que las prisiones materiales son temporales, por eso es importante que los nuevos espíritus les recuerden su naturaleza.
Aprendió el Gran Maestre que la luz no es infinita, pero si es eterna, y que no lo ilumina todo, pero nada se escapa de su brillo. Gracias a esta naturaleza de opuestos, se logra la armonía necesaria para que el espíritu ascienda y ocupe alguna de las moradas celestes. Aprendió que el espíritu no tiene que dejar su celda material para elevarse entre los planos y los niveles, porque su naturaleza trasciende la existencia del mundo material y también la del mundo celeste.
Pasaron muchos días, pero solo transcurrió un segundo desde que fue emanado a los brazos de las Sabias Madres, por lo que decidió su lugar y su momento.
Sus vínculos inmediatos: un papá, una mamá y una hermana. Sus vínculos posibles: un mundo cercano y unido a él. Era el momento y dejó que su luz lo guiara por el laberinto del rayo, hasta la eternidad de los ojos de su mamá, la fortaleza de los brazos de su papá y la alegría de la sonrisa de su hermana.
Una nueva estrella abrió sus ojos en el mundo para iluminar a todos a su alrededor.
El Palacio en el Cielo está de fiesta.
La luz ha triunfado otra vez.
Obsequio a Mary, a Carlos y a Emma, por la estrella entre sus brazos.
© Esta historia es propiedad de M.V.V.
Escrita el 9 de agosto del 2020.

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