El lamento del águila
Huitzilopochtli siempre fue un hombre orgulloso, incluso antes de convertirse en dios. Era fuerte, hermoso y muy inteligente, por lo que se ganaba el respeto de todos los pobladores de Toxcatl, donde vivió por muchos años. Allí era como un sabio joven al que todos consultaban sus asuntos importantes, para tener certeza de que iban por el camino correcto y él adoraba que lo necesitaran, así que los atendía espléndidamente, les daba explicaciones, les hacía dibujos y hasta los acompañaba para ver de cerca el problema que se le consultaba.
También amaba subir al Monte a conversar con los habitantes del bosque. Igual se comunicaba con el jaguar, que con el quetzal; y a ellos también les atendía sus consultas y recibía con gran placer sus halagos.
No es Huitzilopochtli fuera humano, siempre fue un dios, hijo de la bella Coatlicue y de Tonatiuh, soberano de los dioses. Pero su naturaleza no era ni por asomo sumisa, le fascinaba desafiar a quien se le pusiera enfrente, a debatir argumentos, a destrozar creencias, incluso tomando la posición contraria a la suya, solo por el placer de ganar una discusión, y bueno, los dioses como padres, son tan humanos como cualquiera y si algo no soportan los padres es que sus hijos los desafíen constantemente.
Con solo unos cientos de años, en la flor de su juventud, decidió dejar los salones divinos de la casa familiar, para morar entre los hombres. Su padre casi provoca la extinción de toda la vida en la Tierra, porque se encolerizó tanto que las llamas solares que provocó, se vieron a simple vista desde el suelo. Afortunadamente Coatlicue siempre supo como calmar los ánimos de su esposo y hacerlo entrar en razón, y aunque esta vez logró apaciguarlo, su enojo con su hijo solo creció cada día más en su interior.
Debe entenderse a Tonatiuh, tenía demasiados siglos fungiendo como el dios sol y pensaba que era justo que su sucesor tomara el control del cielo y de los dioses, por lo que siempre preparó a Huitzilopochtli para que tomara su puesto y éste, solo para hacerlo enojar y disfrutar de la discusión, se negaba a tomar su lugar. Irse del cielo solo añadió más sal a una herida que tenía demasiados años abierta.
Huitzilopochtli ni siquiera se cuestionaba por su futuro, su único interés era disfrutar de la Tierra todo el tiempo que el planeta durara, a fin de cuentas, ¿cómo se puede decir que es el momento justo para asumir un puesto entre los dioses, cuando eres inmortal y el tiempo no es una razón en tu naturaleza?
Pronto la fama del sabio de Toxcatl se extendió por toda Mesoamérica, todos venían a consultarle, a conocerlo y a documentar su encuentro con un dios en algún códice que contara a las futuras generaciones tan magno suceso. Pero era demasiada la fanaticada de Huitzilopochtli y ya no podía atender a todos como quería, ya no sentía que se le alabara suficiente, todos pasaban rápido frente a él, porque venían más atrás y nunca disfrutaba los agradecimientos o los halagos que eran para él lo verdaderamente importante.
Mientras caminaba por su bosque amado, una mañana de primavera en que las flores perfumaban su paso y las aves acompañaban con su canto el ritmo de su caminar, entendió que necesitaba un lugar para vivir digno de un dios como él, del más grande, del más inteligente, del mejor de todos. Así que solicitó que se construyera una ciudad en el centro de un lago. En el gran lago de Texcoco.
Les dio los planos detallados, les indicó como drenar las áreas en que se construiría el palacio y las zonas aledañas que ocuparían sus súbditos, les enseñó nuevas técnicas de construcción, de navegación y hasta de agricultura, para sostener a miles de trabajadores sin que muriesen de inanición. Supervisó cada detalle, en la construcción, en los puntos de acceso, en las plantas y animales que se conservarían en la fortaleza. También dirigió la creación de los ornamentos del palacio, de las casas y de las personas, priorizando las suyas propias, por supuesto.
Hermosos vestuarios tejidos con los materiales más finos, adornados con oro y piedras preciosas. Grandes coronas tejidas con plumas de quetzal y adornadas con jade y oro. Utensilios de oro y de plata, o de maderas finamente talladas. Grandes estatuas de piedra, en fin, su paraíso en la tierra iba tomando forma rápidamente.
Por fin, tras el duro trabajo de su pueblo que lo amaba, se terminó la construcción de su Palacio y su ciudad. Era ya tarde, estaba por ocultarse el sol, lo cual para él era una señal de que su grandeza trascendía a su padre, y desde el Cerro del Tepeyac, vio la grandeza de su visión convertida en realidad: era Tenochtitlán.
Cómo disfrutó Huitzilopochtli de su ciudad. Cómo disfrutó de la veneración de su pueblo. Por un instante creyó que viviría ahí por siempre, hasta que el planeta se apagara y tuviera que buscar una nueva morada. Pero lo que no sabía era que mientras él daba rienda suelta a su autocomplacencia y su narcisismo, en el cielo había una revuelta.
Muchos eran los que adversaban a Tonatiuh y los dioses mayores habían sido particularmente fértiles, por lo que el cielo se había llenado de nuevas generaciones de dioses, que demandaban un cambio. Y un día, tras la negativa del dios rey de hacer cambios o ceder algo de su poder, el cambio le cayó encima.
La guerra entre los dioses fue una carnicería. Sus poderes se usaron sin control y sin misericordia y fueron cientos de dioses los que terminaron desintegrados y separados de su espíritu, lo cual los sustraía de forma terminal de este Universo, para regresar al todo de donde los espíritus provienen. Coatlicue fue alcanzada mientras atendía a varios heridos. Su esposo corrió a ella, pero la liberación del espíritu era instantánea y nada podía hacer el gran dios con todo su poder, para revertir la tragedia.
Dicen que Tonatiuh se quedó junto a los despojos de la desintegración de su esposa, llorando y clamando que regresara, que no lo abandonara. Y ahí, en su tragedia personal, encontró una vía para unirse con su amada en el todo. Tonatiuh fue desintegrado por la espada ardiente de Buluc-Chabtan, quien de inmediato reclamó el trono del sol para sí mismo y el palacio del cielo para sus dioses guerreros.
Pero lo que Buluc-Chabtan desconocía y que lamentablemente para Huitzilopochtli, tampoco nadie lo puso al tanto, es que el trono del sol solo puede ser heredado por un hijo de la esposa del dios rey, por lo que cuando Buluc-Chabtan y los suyos quisieron tomar el poder, fueron expulsados del palacio por las fuerzas solares que estaban contenidas en el palacio y que solo podía utilizar el dios rey legítimo.
En esa misma explosión en que los verdugos de Tonatiuh fueron disparados a los confines del Universo, una poderosa luz sustrajo a Huitzilopochtli de su palacio en Tenochtitlan. El trono del sol lo reclamaba como legítimo heredero.
Aunque al principio no entendió lo que sucedió, Ixmukané, la abuela diosa del maíz, entró a la sala del trono, tomó la cara de su nieto entre sus manos con ternura y le dijo:
“Hijo, eres un dios y eso no lo puedes negar, ni evitar. Es tu naturaleza y tu destino. No quisiste tomar tu lugar de buena forma y hoy te toca tomarlo sin que lo buscaras o lo quisieras. Este es tu lugar por toda la eternidad y no lo podrás dejar hasta que tengas un heredero. Tu majadería por demostrar que siempre tenías la razón, te hizo pagar el precio más alto. La matanza que ha provocado tu rebeldía, así como la desintegración de tus padres, pesará siempre en tu corazón. Espero que encuentres la tranquilidad que necesitas para gobernar en este trono que hoy te demanda y te aprisiona.”
Y así, Huitzilopochtli asumió su papel de dios sol, de dios rey. La carga que le había generado todo lo que ocurrió, todas sus decisiones y la forma en que se comportó por miles de años, no dejaba de herirle su corazón.
Ahora solo puede bajar a la Tierra como un águila, por lo que desde el aire, sobrevuela lo que fue su casa soñada, al pueblo que le regaló aquella casa y su bosque querido, donde conversaba amenamente con plantas y animales. Y mientras vuela por los azules cielos de Mesoamérica, su chillido es doloroso, es un lamento lleno de culpa, de recriminaciones y sobre todo de mucha tristeza. Ahora la inmortalidad ya no es un horizonte infinito donde disfrutaría de una vida maravillosa, sino una tortura de recuerdos, de confinamientos y de agonía.
Obsequio a Mau por su cumpleaños 36.
© Esta historia es propiedad de M.L.S.
Escrita el 26 de agosto del 2020.

Comentarios
Publicar un comentario