El matemático de Siberia
Mientras estudiaba matemática en la Universidad, conocí a un profesor al que le tomé mucho cariño. Sandro Miguel. Era una buena persona y un mejor profesor. Su pasión al enseñar era tan grande, que uno no podía más que enamorarse del conocimiento que nos transmitía. Se notaba que estaba enamorado de los números y era tan grande su amor, que terminaba por contagiarlo a todos en su clase. Bromeaba mucho con su nombre, decía que sus papás no se conformaron con darle tres nombres (se llamaba Luis Sandro Jesús), sino que también le pusieron otro nombre en el apellido.
Ya el semestre anterior había llevado Álgebra IV con él, pero quise aprovechar que este semestre impartiría la materia Análisis Numérico II, para tener nuevamente el privilegio de tenerlo de maestro. Era difícil encontrar cupo en sus clases, no solo porque era un profesor fenomenal, sino porque era muy famoso internacionalmente. Había escrito varios libros de teoría matemática, que decía le habían sido dictados por un matemático que no podía publicarlos por su cuenta, por estar preso en algún lugar de Asia. De hecho, se consignaba como autor de los libros a Omar Miletich, quien según el profesor, le transmitía desde su encierro, cada palabra y cada número incluido en el texto.
Nunca le pregunté sobre el tema, porque era un asunto un poco delicado. Mucha gente decía que era una locura, acusación que no se hacía más grave, solo porque la calidad académica y científica de sus libros era cercana al virtuosismo. Pero realmente era muy enigmático el asunto de los mensajes en clave desde un lugar a miles de kilómetros de distancia, que precisamente le llegaban a un matemático en la pequeña y casi invisible Costa Rica.
Pero si me movía la curiosidad y pensé que en esta nueva oportunidad para estudiar en sus clases, aprovecharía alguna ocasión para preguntarle y saciar mis dudas.
Sus clases eran amenas, llenas de magia de números, apasionantes. Aun y con lo complejos que eran los temas que trataba. Pero nunca encontraba un momento adecuado para conversar con él. Un día en que estaba decidido a sacar el tema después de clases, dedicó la segunda mitad de la clase a explicar el Método de Rayleigh-Ritz a tal velocidad, que mi cerebro empezó a dar vueltas y sentí que me caería por el mareo. Después solo escuché sus palabras de despedida, tranquilizándonos, porque ampliaría el tema en la siguiente clase. Quedé en tal estado de agotamiento, que no pude ni levantar la mirada del cuaderno para verlo salir.
En otra ocasión, ya tenía planeado el diálogo con el que supuestamente rompería el hielo, para conversar con el profe y de pronto usó nuevamente la segunda mitad de la clase para introducirnos a los Polinomios de Chebyshev y otra vez quedé en shock. Ya esta vez me pareció extraño que cada intento por conversar con él sobre su amigo Omar, salía de pronto con una bomba numérica para desconectar mi cerebro. Me imaginé que tenía alguna habilidad paranormal y me leía los pensamientos. Pero ni siquiera pude ahondar en esta teoría de conspiración, porque ya mi cerebro no daba para más.
Unas semanas antes de que terminara el semestre, después de una clase de Cuadratura Gaussiana en la que toda la clase terminó con el cerebro fundido, incluyéndome, el profesor concluyó la clase antes y dijo que lo hacía por motivos de fuerza mayor, ya que estaba viendo tanto humo salir de nuestras orejas, que sintió una amenaza de incendio. En medio de sus ruidosas carcajadas y de los suspiros de alivio de sus alumnos, nos invitó a la cafetería de la Facultad, a tomarnos un café y a conversar “de cualquier cosa, menos de Gauss, porque no quiero llevarme el incendio conmigo” y siguió riendo mientras salíamos de la clase.
Aunque este era el momento ideal para sacar el tema de Omar a colación, realmente tenía tan agotada la mente, que no pensaba en eso, solo disfrutaba de la charla ligera que teníamos, de los chistes que nos contaba el profe, realmente graciosos y de sus risotadas cada vez que alguien decía algo gracioso.
Cuando mis compañeros empezaron a irse, el profesor se fue a servir otro café y vino directo a la mesa en la que solo yo quedaba. Empecé a temblar como si me fuera a interrogar la CIA en una celda de Guantánamo.
- Se que quieres conocer la historia que me une a Omar Miletich, desde hace muchas semanas, pero yo no estaba seguro de si confiaba en vos para contártela. Por eso me he tardado un poco, pero ya decidí que si confío en vos, así que te la voy a contar.
Mi estado de petrificación debe haber sido tan evidente, que el profesor Miguel fue al mostrador a pedirme un refresco azucarado. Me lo pasó y me dijo “tomate eso, necesito que estés vivo para que escuches mi historia” y claro, empezó a reir con esa risa tan profundamente honesta y tan efusivamente escandalosa, que no podía pasar desapercibida.
Pues el azúcar del refresco me resucitó y el profesor empezó su relato.
- Quiero que sepas que nunca he tenido seguridad de contar la historia de Omar, porque mientras él estuvo vivo, me parecía que podía ponerlo en riesgo, y ahora que ya no lo está, quisiera creer que algún agente ruso de la ex – KGB puede venir a liquidarme. Pero en este momento de mi vida, siento que ya es momento de revelar lo que pasó.
Yo no sabía que Omar Miletich había muerto, ya que el último libro que publicaron con su nombre, salió al mercado hace menos de un año. El profesor, como leyéndome los pensamientos otra vez, me aclaró mi duda.
- Si claro, Omar murió hace tres años y medio. Me enteré porque un compañero de la celda contigua, se lo contó a su hermano y le pidió que me avisara. Me llegó una carta escrita en ruso, que entendí gracias al Profesor Guillén de Lenguas Modernas, que por cierto fue un episodio graciosísimo, no por la noticia de la muerte de Omar, sino por la cara de Guillén palideciendo mientras me daba la noticia. Aunque nunca supe si su espanto era por la mala nueva o porque siempre se burló a mis espaldas de mi relación paranoica con un amigo imaginario encarcelado en Rusia. Ya ves que por motivos que no logro comprender, la gente pensó que Omar era ruso y estaba preso en Siberia.
Bueno, lo cierto es que Omar no era ruso, era búlgaro. Nació junto a un río llamado Maritsa, te lo juro, no es una broma como la de mi apellido, así se llama el río, atraviesa una ciudad muy hermosa de Bulgaria, llamada Plovdiv, que tiene más de seis mil años de historia, lo cual pesa en la conciencia de sus habitantes, que de pronto, con su primer suspiro de vida, absorben un conocimiento colectivo de siglos y de millones de seres humanos extraordinarios que vinieron antes que ellos a ese lugar. Pues Omar fue uno de esos seres de conciencia pesada, de alma vieja, como la ciudad que lo vio llegar al mundo.
Desde pequeño fue un genio con los números, encontraba las matemáticas como una pasión de su vida y eso lo hizo descollar entre tantos otros niños brillantes de su escuela. En su juventud, su país estaba bajo el control de un gobierno satélite de la Unión Soviética, por lo que no era fácil ser diferente. Así que para no generar problemas, sobre todo a su mamá, que se preocupaba cada vez que la policía del estado venía por su hijo para llevarlo a un centro “científico” en Sofía, agradeció el gesto de Omar, que sin ella pedirlo, bajó su perfil.
Empezó a jugar ajedrez, que por supuesto respondía a muchas de sus inquietudes matemáticas, por lo que pronto empezó a ganar torneos y a hacerse de una fama “normal”, no como genio matemático, sino como deportista destacado. A los 17 años ya era Maestro Internacional y estaba listo para disputar un título mundial a los 19 años, pero se negó a realizar algunas labores de espionaje que le encargaron durante su visita a Bruselas, por lo que el gobierno no le permitió salir del país y se perdió la oportunidad de convertirse en Campeón del Mundo.
Pero lo peor no fue eso, sino que lo confinaron a un internado militar, hasta que aceptara cumplir las instrucciones de la policía del estado. En ese encierro, al que no dejaban entrar ni siquiera a su madre, pasó Omar casi dos años. Antes de su cumpleaños 21, se le dio a escoger: o aceptaba su papel de agente del estado o sería enviado a una cárcel. Ante su nueva negativa, fue encarcelado en la Prisión Central de Sofia, un palacio de horrores que albergaba a los principales enemigos del estado.
Tras siete años de confinamiento en solitario, su salud empezó a deteriorarse, dictaminándose que padecía de tuberculosis. Para evitar el contagio de los demás presos, el gobierno decide trasladar a Omar a la cárcel de Daugavpils en Lituania, que era más un campo de concentración y un centro de torturas de la policía secreta rusa.
Aprovechando que en Lituania nadie hablaba búlgaro y que él no hablaba lituano, y también que el traslado lo realizaron policías rusos, que no tenían los pormenores del preso, cuando se le preguntó su nombre, Omar dijo llamarse Boris Tovilev. En esa cárcel pasó preso en diferentes tipos de confinamiento, por treinta y cinco años. Tras la independencia de lo que fue la URSS, en 1991, la cárcel no sufrió mayores cambios, excepto que empezó a llenarse más de lituanos y menos de presos políticos de las repúblicas exsoviéticas. Pero a Omar no lo sacan del lugar, porque nadie tiene claro lo que sucedió con él o por qué terminó en ese lugar, nadie reclamó su liberación, no se sabía ni siquiera su origen búlgaro y Omar se convirtió desde hacía muchos años en un ermitaño muy celoso de su intimidad, no hablaba casi con nadie, apenas comía y no se aseaba voluntariamente. Pasaba dedicado a crear partidas de ajedrez, que después enviaba por correspondencia.
Las primeras cartas de Omar que recibí, me llegaron de mano del profesor Stefan Neimitz, un profesor de ciencias políticas noruego que por esos azares de la vida, en 1988 pasó un tiempo preso en Daugavpils y conoció a Omar, quien le tomó confianza y le contó su historia. Omar hablaba perfectamente inglés, pero solo cuando quería y con quien quería, por eso pudo narrar su historia a Stefan, con la solicitud de que encontrara a algún matemático que pudiera traducir sus códigos y publicar sus hallazgos. Le entregó cientos de pliegos de papel con partidas de ajedrez escritas por ambos lados de las hojas, algunas tenían dos, tres y hasta cuatro partidas. También le entregó un pequeñísimo papel, que parecía ser la envoltura de un chicle, con una fórmula escrita en su lado interno.
Stefan fue rescatado de la cárcel por el gobierno noruego en 1990, en cuanto se instaló el gobierno de Kazimira Prunskienė. Él llevó consigo los documentos de Omar y se aseguró de que, a través del consulado noruego en Vilna, le hicieran llegar la dirección en la que viviría en Noruega y además que se intercediera por Omar para que le permitiera tener correspondencia. Desde entonces, Stefan recibió correos semanales, a veces más de uno a la semana, de parte de Omar, siempre con uno o dos pliegos llenos de partidas de ajedrez.
También localizó a los organismos de derechos humanos de su país, para gestionar la liberación de Omar de la cárcel, pero los intentos fueron infructuosos, sobre todo porque el mismo Omar se negaba a reconocer ese nombre, insistía en que se llamaba Boris Tovilev y no hablaba más. Parecía que Omar no quería salir de lo que ya para él, era su hogar. Lo que si se logró fue mejorar sus condiciones, trasladándolo a un pabellón de seguridad mínima, donde tenía acceso a un jardín y un patio de juegos, que él nunca utilizó.
Aunque buscó matemáticos, entre sus amigos de la Universidad de Bergen, donde daba clases y también en otras universidades noruegas, realmente no sintió confianza de entregarle el valioso material de Omar a ninguno de ellos. Incluso se hizo de amigos en Oxford, Cambridge, en el MIT, en Princeton y otras de las universidades con los mejores departamentos de matemática del mundo, pero seguía sin sentir confianza.
Algunas veces trató de jugar las partidas descritas por Omar, para ver si en verdad eran partidas reales, y cada vez encontraba partidas formales, que terminaban con alguno de los reyes vencidos o con una declaración de tablas, por lo que no entendía cómo aquello podía tener información matemática oculta.
En el año 2000, la Universidad me envió al Primer Congreso de Educación Universitaria e Innovación, organizado por la Universidad de Barcelona junto a otras universidades españolas, en el Palacio de Congresos de Girona. Yo pedí que me enviaran porque estaba muy interesado en el desarrollo de la docencia universitaria y de la utilización de los nuevos medios tecnológicos en las clases. Sobre todo quería escuchar la ponencia del Profesor Carlos Cruz Limón, Rector de la Universidad Virtual del Sistema Tecnológico de Monterrey, de quien ya había leído varias ponencias sobre el uso de innovaciones tecnológicas en la docencia.
Por más azares en nuestros caminos, Stefan también asistió por parte de la Universidad de Bergen y nos correspondió compartir habitación. Fue fácil trabar amistad con Stefan, era un tipo realmente afable, cuando te veía parecía que lo conocías desde siempre y bueno, yo también soy muy hablantín, así que no nos costó hacernos amigos.
El último día del congreso, cuando ya bajábamos al lobby del hotel, para que nos llevaran a El Prat, para que él regresara a Noruega y yo me embarcara en una serie de vuelos que parecían un circuito de la Periférica, que duraba dos días. Pero bueno, eso no es importante, lo cierto es que mientras nos sentamos en el lobby a esperar el transporte, Stefan me contó la historia de Omar y yo quedé boquiabierto. Me pareció intrigante, fascinante, increíble, todo resumido en un gran ¡oh por Dios!, que historia tan impresionante. Al final intercambiamos correos electrónicos y números de contacto y tomamos nuestros transportes.
Unas semanas después recibí una caja de parte de Stefan, con una nota que decía: tienes que hacer algo bueno con esto, si no puedes, por favor encuentra alguien que reivindique el genio de Omar.
Pasé varios meses leyendo y clasificando los cientos de folios que me envió Stefan. Cada folio tenía la fecha en que lo escribió, por lo que entendí que cuando Omar llegó a Lituania, ya traía varias decenas de folios escritos, o sea que su encarcelamiento en Bulgaria lo llevó a desarrollar sus ideas matemáticas y a plasmarlas en un código que no fuera sencillo de descifrar por quienes lo metieron en esa celda. El envoltorio traía una fórmula realmente sencilla pero muy inteligente, que combina los 128 primeros dígitos del número π, con la serie de Fibonacci. Cuando descubrí cómo descifrar el código de los juegos de ajedrez y empezó a tomar forma el texto oculto enviado por Omar, sentí que alcancé el cielo.
Dediqué todo mi tiempo libre y mucho del que no lo era tanto, a traducir las páginas que recibí de Stefan. A finales de ese año Omar empezó a enviarme sus folios directamente, de forma sistemática, hasta unos meses antes de su muerte. En los últimos años me enviaba diez, doce y hasta quince folios por semana. Su velocidad para escribir el texto codificado era sorprendente. Yo le escribí varias veces explicándole quien era yo y que ya no necesitaba codificar sus escritos, pero nunca recibí respuesta, solo más partidas de ajedrez.
Lo más sorprendente es que al decodificar sus partidas, encontré prácticamente un dictado en inglés de sus textos. Yo no tuve que añadir ni quitar nada, desde el título, el índice, las referencias, era impresionante. Por eso yo no podía poner mi nombre en sus libros, lo cual fue una lucha de casi un año con las editoriales interesadas en su publicación, porque no podían entender que el autor fuera un preso en una cárcel lituana.
Todavía tengo cientos de folios sin decodificar, creo que son por lo menos dos o tres libros más que dejó escritos antes de que ya no pudiera hacerlo más. Yo ya no soy tan joven como en el 2000 y aunque me sigue impresionando la pureza de la creación de Omar, no puedo dedicar tanto tiempo como antes a este trabajo.
Y por eso es que decidí contarte la historia.
En ese momento el profesor Miguel sacó un pesado maletín que traía desde la clase y lo puso sobre la mesa. Lo abrió y sacó algunos de los folios de Omar. Cuando los tomé entre mis manos sentí escalofríos, era como si millones de años de conocimiento del universo, se condensara en la mente magistral de un búlgaro residente en Lituania y me pidiera a gritos que lo tradujera a un lenguaje humano para su difusión. La pesada carga que lleva la consciencia de los búlgaros por más de 6000 años de historia, de pronto se pasó a mis hombros y a mi consciencia.
El profesor no tuvo que decir mucho más, solo sacó la envoltura amarillenta y arrugada, me explicó brevemente el brillante método de codificación de los textos y me entregó todo. Me dijo que eso era solo lo que aun no descifraba, que por la noche me enviaría lo que llevaba descifrado del libro que estaba trabajando y que en los próximos días me enviaría también todos los demás folios ya descifrados.
Y así, sin buscarlo, por pura curiosidad, soy el custodio del conocimiento matemático más impactante de la historia de la humanidad. A diferencia del profesor Miguel, a mi me sobra energía y tiempo, por lo que estoy trabajando día y noche.
Los genios como Omar no aparecen muchas veces en la historia humana, y me siento honrado de ser parte de la difusión de su sabiduría. El genio de Siberia, el hombre de Plovdiv, el preso de Daugavpils, marcaron la vida de Stefan, la del profesor Miguel y la mía, pero sobre todo, dejará una huella imborrable en el conocimiento humano para siempre.
Obsequio a Gilberto por su cumpleaños 52.
© Esta historia es propiedad de G.V.V.
Escrita el 20 de agosto del 2020.

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