El miedo de Lena, la valiente
Quien está vivo teme. El miedo es consubstancial al ser humano y nos conecta con cualquier otro organismo vivo en el Universo, aun y cuando no tengan consciencia de ello, o de la vida, o de la muerte, que es, a fin de cuentas, el origen del miedo.
Tememos a dejar de vivir, tememos a la muerte.
La irracionalidad de este temor, de esta fuente del miedo, es irrelevante, porque lo tenemos conectado a la amigdala, que es un conjunto de estructuras cerebrales que acompañan a la humanidad desde que salimos del mar como peces que caminaban, e hicimos ese largo recorrido hasta subirnos a los árboles como homínidos y luego caminar erguidos como homo erectus. Son las estructuras más primitivas de nuestro cerebro y se les responsabiliza de nuestro ‘instinto de supervivencia’.
Pero por más normal que sea, cuando tu trabajo es ser la heroína del pueblo, el conflicto entre tu misión de vida y los latidos de tu complejo amigdalino son más que discusiones, son peleas callejeras donde cada parte trata de destrozar y hacer polvo al contrincante.
Justo esto sucedía con Lena.
Desde muy pequeña fue criada en el Templo de las Hermanas Trinas, a quienes fue confiada su crianza y educación por la misma Atenea, que en una noche particularmente oscura y tenebrosa de abril, la salvó de las fauces de su padre, Zeus, quien tras nacer y al saber por medio de un oráculo que esta niña se enfrentaría a su padre y lo derrotaría, sufriría el mismo destino de otros tantos hijos del padre de los dioses, que fueron devorados por su hambre de poder.
Lo que Zeus no sabía, ni sabría nunca, es que la niña era fruto del amor de su madre Medea con Apolo, quien se enamoró sin remedio de la sacerdotisa de Hécate. Atenea, cuya labor era conocerlo y saberlo todo, se enteró de lo sucedido y antes de que Medea diera a luz, la rescató del palacio donde Zeus la mantenía cautiva y la llevó con su madre Idia, que la alojó junto a las otras ninfas y entregó a la niña al cuido de su tía.
Ya en su adolescencia Lena descollaba de cualquiera otro joven de su edad, pero las hermanas le recordaban tener cuidado, porque si Zeus sospechaba que seguía viva, no pararía hasta matarla. Pero cuando llegó a la edad en que tu voluntad es más importante que los lazos familiares, empezó a ayudar a la gente de su pueblo. Primero eran cosas sin importancia: salvar a un niño que caía de una palmera de dátiles, o sacar a un pescador del Río Evros, que al caer de su barca era presa de las terribles corrientes del río. Pero pronto empezó a defender a las familias del pueblo de cobradores de impuestos abusivos o a la ciudad de ataques furtivos de ladrones y otros vándalos. Hasta salvó a la ciudad del intento de invasión de Meteora, que quería capturar el Templo de las Trinas, porque eran famosas tejedoras de hilos de oro.
Pero Lena vivía en un constante conflicto entre su deseo de ayudar y mantener a salvo a la gente del pueblo que la conoció desde niña, que la alimentó y la protegió y por quienes sentía un sincero cariño, correspondido por sus vecinos; y el miedo que aprendió a sentir de su abuelo Zeus.
Solo una vez en su vida la visitó su padre, Apolo, quien le regaló una armadura forjada en los hornos de Hefestos, y le advirtió sobre el peligro que representaba para ella, la furia de Zeus, porque a diferencia de los dioses, a quienes no se les podía matar, solo se les podía contener, como Zeus hacía en su estómago, y los dioses menores, que tenían algo de sangre humana en sus venas, lo que les hacía vulnerables. Y su madre Medea era hija de la ninfa Idia, una diosa, su padre fue el rey Eetes, por lo que la vulnerabilidad estaba en ella y Zeus era experto en detectarla, como si la olfateara. Y su padre también le advirtió que, por más divina que fuese la armadura, nada la protegería del rayo de Zeus.
La vida te presenta frente a tu futuro para que tomes una decisión y cuando esa decisión está tomada, tienes que aferrarte y ser consecuente contigo misma, eso pensaba Lena y por eso, a pesar del miedo a ser encontrada por su abuelo, nunca dejó una lucha sin atender, por miedo; no abandonó a ninguno de sus vecinos, por estar paralizada de terror; jamás abandonó su destino autoescogido solo para proteger su vida.
Su fama creció, la gente venía a verla, era una celebridad. Se escribían obras con sus aventuras, se esculpían hermosas piezas de mármol representándola y los homenajes se sucedían uno tras otro, gracias a tanta gente que la quería y que entendía el sacrificio que estaba haciendo. Ella no era particularmente afecta a las ceremonias y por lo general no asistía, pero su pueblo, como todos en el mundo donde nació, amaban el vino y cualquier excusa era buena para decantarlo.
Y sucedió lo que tenía que suceder, Zeus escuchó los rumores de la herculina semidiosa que defendía uno de los pueblos de sus dominios y disfrazándose de cisne, uno de sus cuerpos favoritos, visitó a Lena. Varios días la siguió, viendo lo que hacía, atento a sus movimientos, descifrando las razones que la movían a actuar como lo hacía. Se sintió gratamente complacido, al punto que cuando empezaba a favorecerla, una voz en su interior, su propio miedo – porque el miedo no perdona ni a hombres, ni a dioses – le recordó el oráculo que advertía que esa agradable muchacha, esa valiente heroína, sería su verduga.
Un fuerte trueno retumbó en todo el pueblo y el cisne que paseaba elegantemente por el foro, se llenó de rayos y nubes, dejando ver solo una luz tan brillante que lastimaba los ojos. Es sabido que los hombres no podían soportar la naturaleza divina de Zeus y cuando en el pueblo vieron aquel espectáculo sobrenatural, intuyeron que algo no andaba bien, corrieron a sus casas, escondieron a sus niños, encerraron a sus animales. Nadie quería perder la vida. El miedo cundía por cada rincón, a sus anchas, declarándose dueño de aquellas tristes criaturas.
Lena sabía lo que sucedía, pero curiosamente no había miedo en su corazón cuando se enfrentó a su abuelo, solo había paz y tranquilidad. Se plantó frente a Zeus que, ante tal desplante sintió una rabia interna que empezó a materializarse en un rayo más brillante aún que la claridad circundante. Y no medió palabra alguna, en cuanto su rayo terminó de formarse, lo descargó inclementemente sobre Lena, quien recibió toda esa fuerza, como si abrazara a un amigo, como si el destino que escogió, la liberara de cualquier pena, odio o rencor contra su atacante.
Un ruido fuerte y sordo se escuchó en todo el mundo.
No era normal que Zeus transformado en su divina forma, descargara todo su poder en la Tierra, así que muchos habitantes del Olimpo acudieron de inmediato a averiguar lo que sucedía. La primera en llegar fue Atenea, quien arribó solo unos segundos antes de que Zeus descargara su poder sobre Lena, y se interpuso entre su padre y la niña. Cuando la luz regresaba a una intensidad soportable, Zeus vio encolerizado, como su hija se había interpuesto en la aplicación de su sentencia de muerte sobre aquella criatura y se preparó para enfrentarse a Atenea, quien se levantó pronto, se acercó a su oído y le susurró: ‘recuerda padre, la primera vez que me comiste rompí tu cráneo para salir, no me obligues a seguirte consumiendo desde tus entrañas’.
Para entonces ya muchos dioses estaban en el lugar y Zeus estaba un poco confundido. Guardó su rayo, ocultó su grandeza en una apariencia humana y pudo ver como una niña pequeña estaba abrazando a Lena. Cuando por fin la claridad deslumbrante se disipó, la niña se puso de pie frente a Zeus y le dijo: ‘Padre de todos los dioses, ella es una de nosotras, ella es familia, y yo defiendo a mi familia’.
Era una niña de no más de ocho años, pero se erguía con tal valentía y talante frente al dios mayor, que Zeus bajó de inmediato sus defensas. En ese momento Apolo dio por fin un paso al frente y contó a su padre y a todos la verdad sobre la paternidad de Lena. Tras un barullo ensordecedor, como solo los dioses sabían crear, Zeus habló con su voz de trueno: ‘Lena, nunca atentaré contra tu vida y decreto la protección del Olimpo para este pueblo que desde ahora, será protegido por mi rayo’.
Lena se levantó con gran dificultad. Se veía que a pesar de la protección de último minuto que tuvo de su tía Atenea, estaba malherida. Pero eso no le impidió ver fijamente a su abuelo. No estaba molesta, no se le veía la venganza en los ojos o el rencor en su cara. Ni siquiera se lograba divisar dolor en sus gestos. Tenía una cara hermosa, tranquila y agradablemente feliz.
“Abuelo, yo no necesito tu perdón, ni tu protección. Mi muerte sobrevendrá cuando tenga que hacerlo. Toda mi vida he tenido miedo de que este día sucediera, pero ya pasó y sigo viva. La defensora de este pueblo soy yo. Nunca te necesitamos y no es ahora cuando empezaremos a pedir ayuda de alguien tan soberbio e iracundo como el padre de los dioses. Te sugiero que vuelvas a los cielos donde moras, porque no te daré una segunda oportunidad de acabar conmigo o de lastimar a los míos”
Los dioses regresaron a sus moradas y Lena fue llevada por las hermanas al templo, para que se recuperara de sus heridas.
Por la noche, cuando la Sacerdotisa Mayor llegó a sus aposentos, para ver por si misma cómo progresaba su recuperación, Lena la vio a los ojos y las lágrimas brotaron como ríos. La vieja hermana la abrazó con cariño y tras unos minutos de sollozos y muchas lágrimas, Lena le dijo: ‘Hermana, al fin entiendo quien soy. Al fin comprendo por qué soy como soy, porqué usted es como es, por qué el mundo es así. Solo con el contraste somos capaces de apreciar algo o a alguien. Solo entendiendo la muerte, podemos apreciar la vida. Solo abrazando al miedo, podremos empuñar el valor’.
Ese día Lena aprendió que no tiene necesidad de combatir su miedo, porque es infructuoso y porque es como si combatiera una parte de si misma. Aprendió que la plenitud proviene de abrazar todo lo que nos compone. Aprendió que el miedo y el valor son parte suya, como la luz y la sombra son parte del día. Ese día Lena se sintió plena.
Se abrazaron por mucho tiempo, hasta que Lena se quedó dormida, soñando con héroes y villanos, con valientes y cobardes, con vida y también con muerte.
Obsequio a Marlene por su cumpleaños 59.
© Esta historia es propiedad de M.M.R.C.
Escrita el 26 de septiembre del 2020.

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