El viejo jeep verde
Hoy salí con mi primo a caminar por la finca de mis padres. Desde hace más de un mes decidí regresar a la casa paterna para cuidar de ellos durante el encierro. No es que ellos no puedan valerse de sí mismos, es más, lo más probable es que regresé para no estar solo en mi apartamento de San José, pero bueno, para efectos de la historia, supongamos que vine a cuidar de ellos.
Su casa
está en Buenos Aires de Puntarenas, un pueblo rural, muy alejado de la capital.
Además ellos viven en su finca, que queda varios kilómetros más allá del centro
de Buenos Aires.
Es una finca cafetalera, como todas las de la zona, aunque a veces siembran caña de azúcar o palma de oliva. La finca es muy grande, más de la mitad está dentro de una reserva biológica, por lo que no se puede tocar, ya que debe preservarse el bosque virgen. La parte cultivable se ha reducido mucho desde que mi papá decidió que ya había trabajado mucho y separó la tierra de trabajo en varias parcelas y las alquila a agricultores de la zona que buscan este tipo de negocios. Cada año alquila menos parcelas y las que no alquila las ha dejado crecer de forma silvestre, así que la zona boscosa se ha extendido, recuperando lo que probablemente siempre le perteneció.
Hoy tenía ganas de recorrer los campos, así que le pedí a mi primo que me acompañara. Él también vive con mis papás, porque mis tíos se fueron de la zona hace muchos años y él no quiso irse, así que mi mamá le ofreció quedarse en la casa. Como crecimos juntos, nos vemos como hermanos, pero cuando salí del colegio, yo me fui a estudiar a la Universidad y él no quería dejar su terruño, amaba la agricultura. Todavía se encarga de administrar las tierras de mis tíos.
Pues muy temprano ensillamos un par de bestias y salimos al camino. El lugar es mucho más hermoso de lo que recordaba. Pasamos varios riachuelos limpios de agua fría y transparente, que alberga poblaciones multicolores de plantas floridas, incluyendo algunas orquídeas y muchas calas y hortensias. Este lugar es precioso.
Tras varias horas a caballo, nos encontramos con el viejo jeep de mi papá.
Está casi irreconocible por la maleza que lo ha usado como macetero, por lo que además está muy herrumbrado y su lata carcomida. Bueno, la parte que no es de aluminio.
Cuando yo estaba pequeño, mi hermano y yo soñábamos con tener un jeep para ir de paseo, como el que tenía nuestro primo el mecánico, pero papá decía que un vehículo que no fuera para trabajo, era inservible. Pero un día nuestro primo nos ofreció un viejo Land Rover serie 3 de 1977. Para ser más exacto, nos ofreció la mitad, ya que se lo trajeron de un terrible accidente que hubo en el Cerro de la Muerte y ya le había separado todas las partes inservibles. Realmente no era un carro, sino más bien un conjunto de piezas que pretendían llegar a ser un carro, pero para nosotros era suficiente.
Mi primo nos lo llevó al galerón detrás de nuestra casa y cuando papá lo vió, nos regañó por horas, hasta que le dijimos que nos lo habían regalado. Al día siguiente trajo un pedazo de un Toyota Land Cruiser del 70 y lo tiró junto al Land Rover.
-Si logran hacer de esos pedazos un carro, iremos a pasear donde quieran.
Mi hermano y yo empezamos a ir al taller de nuestro primo a aprender mecánica y pasábamos horas trabajando en nuestro rompecabezas de metal. A veces nos daba la medianoche trabajando y si nuestra madre no nos llamaba a dormir, seguro que pasábamos en vilo hasta el día siguiente.
Tras mucho trabajar, al final logramos armar un vehículo que, aunque se veía como el carro de los payasos del circo, era básicamente funcional. El motor del Land Rover estaba muy dañado, pero el del Toyota fue fácil de reparar, por lo que ese era el corazón de nuestro sueño.
Papá estaba realmente sorprendido de lo que logramos y tal como lo prometió, nos dijo que a donde queríamos ir. Le pedimos que nos llevara a acampar a la playa. Y así, empezó una serie de paseos de campamento realmente inolvidables. En el jeep - que es como se le dice genéricamente a cualquier carro de doble tracción - nos montábamos todos los que cabíamos. A veces mi papá y mi mamá iban adelante y atrás íbamos una docena de primos, unos encima de otros, no nos importaba. Algunos viajes eran de horas, pero no nos importaba. La sed de aventura movía nuestras mentes y nuestros corazones.
Tras varios años y miles de operaciones de by pass para que no muriera, el jeep no dio más, y quedó abandonado ahí, donde lo encontramos hoy. Realmente no lo recordaba bien, es como que estaba en mi memoria cubierto por una tenue tela semitransparente, pero en cuanto lo vi a lo lejos, todos esos maravillosos recuerdos volvieron a mi de una sola vez.
Este viejo jeep, que luego de unos años, cuando pintaron el techo de la casa de nuestros padres y sobró pintura verde, aprovechamos y lo pintamos de ese color, era un monumento a la felicidad.
Tendré que mandar a hacer una placa para venir a ponérsela con una ceremonia formal, como se merece ese viejo amigo.
Obsequio a Ari, porque la historia la inspiraron los cuentos de su papá.
© Esta historia es propiedad de A.E.C.
Escrita el 20 de abril del 2020.

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