Entendiendo la fuerza de voluntad
Siempre quise ser científica.
En la escuela la única materia que me interesaba era Ciencias. En Matemáticas me iba bien, por pura habilidad innata, porque no hacía ningún esfuerzo para sobresalir; en Español y en Estudios Sociales, raspaba el alambre, de hecho en quinto grado tuve que presentar en un examen de rescate en ambas materias, porque no me dio la nota mínima para aprobar el curso. Lo mismo me pasó en secundaria, aunque fui más cuidadosa con las materias que no me movían ni una neurona, para no tener que pasar otra vez al paredón de los exámenes de rescate, en cambio en Química, Biología, Física y hasta en Matemáticas, me sentía en mi charco.
Entré a la Universidad dispuesta a ganarme un Premio Nobel de Química o Física antes de cumplir treinta años. Estaba segura de que mi destino era hacer un descubrimiento enorme, que cambiara la vida en el planeta como lo conocíamos. Saqué una doble licenciatura en Física y en Química, graduándome con honores y recibiendo una invitación de la Universidad de Cambridge para seguir mis estudios doctorales con ellos. Durante mis estudios de grado me enfoqué en la investigación de métodos para el aprovechamiento del tritio producido naturalmente en los niveles superiores de la atmósfera, para crear energía limpia y libre de riesgo.
Mi trabajo era meramente teórico, por lo que aproveché la oportunidad de asistir a una universidad con un área de investigación de alto nivel, para empezar la fase de experimentación, como parte de mi trabajo doctoral. Uno de mis héroes de toda la vida, el Dr. John Ellis, aceptó dirigir mis estudios. Estaba literalmente volando por un mundo de sueños que casualmente eran realidad. No podía creerlo, me sentía la mujer más afortunada del Universo.
El entusiasmo me translucía, era como si brillara de felicidad y plenitud, a mis ojos, todos me veían sorprendidos. Cuando bajé del avión en Heathrow, sentía las miradas de todos sobre mí, como felicitándome, agradeciéndome por buscar soluciones para todos y admirados de mis éxitos siendo tan joven. Al chofer del UBER que me llevó hasta el campus de la universidad, le tocaron más de 80 kilómetros de mis aventuras por el conocimiento, de mis estudios, de mi felicidad máxima. Estaba pletórica de dicha.
Pero el subidón de adrenalina y endorfinas terminó en cuanto llegué a mi primera reunión con el Doctor Ellis. En su despacho ya estaban otros tres estudiantes y entonces me percaté de que llegué tarde. Su mirada severa y acusadora, terminó de confirmarme que la puntualidad es un bien mayor en este país. No fue mi mejor reunión académica, pero tampoco fue la peor. Me asignaron un laboratorio y a los tres estudiantes que estaban en el despacho de mi tutor, como asistentes. Ese mismo día le presenté al profesor mi plan de trabajo y lo aprobó casi sin verlo.
Al día siguiente me levanté muy temprano, no quería volver a sentir la mirada de reprobación de nadie, por ser impuntual. Además nunca había sido impuntual en mi vida y no era el momento de probar nuevas experiencias. Llegué al laboratorio, me reuní con los asistentes, coordinamos el trabajo y empezamos a hacer lo que adoraba, a hacer ciencia.
Mi intención era preparar un experimento que pudiera presentarse a la Agencia Espacial Europea, para que ellos lo ejecutaran en la Estación Espacial Internacional.
Pasaron las semanas, trabajaba quince, dieciocho o veinte horas diarias. Mis asistentes fueron renunciando y siendo reemplazados, porque referían que mi forma de tratarlos era agresiva y humillante. Uno de ellos incluso me acusó de acosarlo. No me importaba, mi prioridad era demostrar que mi experimento era posible, para se autorizara su ejecución en la termósfera terrestre, donde se da la fusión nuclear del tritio, que viene en los rayos cósmicos y genera la reacción en su contacto con los niveles superiores de nuestra atmósfera. ¿Acaso no era evidente que esto era mucho más importante que cualquier sensibilidad de un asistente de laboratorio?
Cuando me di cuenta, llegué un día al laboratorio y tras cuatro o cinco horas de trabajo, me percaté de que nadie me acompañaba. Salí al pasillo para ver si había ocurrido algo, pero todos los otros laboratorios parecían operar con normalidad. Justo en el laboratorio enfrente del mío vi tras los cristales a uno de mis asistentes. Toqué el vidrio con fuerza y le hice señas para que saliera. Le pregunté por qué no estaba en mi laboratorio trabajando y me contestó con una mirada de desdén que literalmente me partió el ego en miles de pedazos, que tenía más de dos meses de no trabajar conmigo y que por lo visto ya no habían encontrado a nadie que se atreviera a ser atormentado por mi soberbia y mis constantes ataques de ira. Me dijo que así me sentiría mejor cuando me dieran el Nobel, porque no tendría nadie a quien agradecerle. No había terminado de decirme lo último cuando se dio media vuelta y regresó al laboratorio.
Hasta entonces me di cuenta del paso del tiempo. Volví al laboratorio a revisar las bitácoras y llevaba más de siete meses trabajando sin éxito. Sentí que por mucho tiempo estaba en un letargo del que hasta ahora salía y que alguien se apoderó de mi para cumplir mis rutinas diarias, pero que yo nunca estuve ahí. Me dio un ataque de pánico por lo que a como pude, fui al baño a mojarme la cara y a esperar que me pasara el temblor de mis manos y de mi cara.
Regresé a mi cuarto en el campus y me acosté a llorar. Lloré como nunca antes y me quedé dormida sin darme cuenta del tiempo que pasé escurriendo mis glándulas lacrimales. Me despertaron unos golpes fuertes en la puerta. Un mensajero del Profesor Ellis me indicaba que el doctor tenía más de tres horas de esperarme y que exigía mi presencia inmediata. Me puse algo de ropa, me mojé la cara para terminar de despertar y fui a verlo.
El doctor me hizo un recuento de fracasos en mi trabajo, aparte de que al parecer tenía dos meses de no atender las reuniones de tutoría, por lo que él dio instrucciones de que no me asignaran más asistentes, buscando que yo reaccionara y fuera a verlo, como tenía meses de pedirme. Me sentí tan confundida, que no supe que contestar y me puse a llorar nuevamente. El Dr. Ellis se levantó de su silla, pasó junto a mi y me dijo que me recompusiera, que esa no era la actitud de una aspirante a doctorado y que mi obligación era retomar el trabajo de investigación, replantear las fechas de entrega, y entregar resultados. Me advirtió que si volvía a fallar a una de las citas de tutoría, solicitaría la anulación de mi investigación y de mi beca. Se fue tan dignamente como era de esperar de un Comandante de la Orden del Imperio Británico, cerrando la puerta tras de sí y dejándome en el piso, llorando.
Le llevé al profesor el nuevo calendario de trabajo y le ofrecí mis más sinceras disculpas. Le pedí además que me ayudara para que me asignaran nuevamente un par de asistentes. No dijo más de tres palabras, revisó el calendario y me lo devolvió con su firma de aprobación y me despidió, ‘tiene mucho trabajo, empiece ya’.
Con la ayuda de dos asistentes retomé la investigación, pero los resultados no cambiaban. Acudí semanalmente a mi cita de tutoría con el Dr. Ellis, que en cada ocasión me ofrecía nuevas formas de ver el problema, que me ayudaban a replantear el rumbo de los experimentos, pero de igual forma no lo logré. Tenía un año para completar mi trabajo y entregar mis resultados en una tesis formal, incluyendo el documento de la Agencia Espacial Europea aceptando llevar a cabo las pruebas de mi investigación y no lo logré. El día anterior a cumplir el plazo recibí una nota del Decano de la Escuela de Ciencias donde me agradecía el trabajo y me deseaban éxitos en mi futuro profesional. La sequedad inglesa me atropelló por completo.
Mi vuelo de regreso a casa partía al día siguiente. En la noche tuve un severo cuadro de descompensación por estrés, perdí el conocimiento y me llevaron al Hospital Universitario. Pasé una semana sedada y al despertar me sentía peor que cuando me dio el ataque. Una amable enfermera me explicó que la universidad me daría una semana adicional de seguro médico, para que me recuperara y que ya habían reagendado mis conexiones para emprender el regreso.
Al llegar a casa me sentía derrotada, fracasada, sin ningún sentido que darle a mi vida. Todo lo que soñé, todo lo que trabajé, todo lo que estudié, no había servido para nada, había sido incapaz de concretar mis sueños. Mi papá estaba muy preocupado por mi y decidió llevarme a la casa de mi tío, quien vivía en una reserva natural en el sur del país, en una zona de selva tropical virgen que era realmente un paraíso verde. Cada verano en vacaciones de la escuela y el colegio, visitábamos a mi tío y nos quedábamos al menos dos o tres semanas con él. Cuando entré a la universidad tuve una gran discusión con mi papá porque no quise ir al paseo familiar, le dije que él no entendía la importancia de mi trabajo y de mis sueños, que no era momento de vacacionar. Hoy todas esas palabras se me venían encima, punzándome el corazón, acusándome, recordándome que era un fracaso.
Mi papá no se quedó, por lo que mi tío llevó mi pequeña maleta a uno de los cuartos del segundo piso, el que siempre usaba cuando venía de vacaciones. Él ya era un señor mayor, no estoy seguro de su edad, pero tendría unos 70 años. Su esposa murió cuando tenían solo dos años de casados, por una complicación del embarazo de su primer hijo. Para mi tío el dolor fue tan intenso, que tuvieron que internarlo en un hospital psiquiátrico para que se recuperara del severo cuadro de depresión en el que estaba sumido. Si alguien sabía de dolor, ese era él. Cuando empezaba a anochecer me ofreció un chocolate caliente con malvaviscos, como los que nos hacía cada vez que lo visitábamos en vacaciones. No me dijo nada y yo tampoco sabía que decir. Al rato, cuando el firmamento estaba dándonos un espectáculo maravilloso, con millones de estrellas alumbrándonos los pensamientos, él se levantó y me dio las buenas noches. Yo subí al rato.
El olor del desayuno me despertó por la mañana. Bajé y mi tío tenía todo dispuesto. Me sirvió un café humeante y me dijo que comiera bastante, porque iríamos a caminar en cuanto me vistiera.
Caminamos un largo rato por los senderos que se adentraban en la Reserva Natural y llegamos a un pequeño mirador, en un risco, desde el que se veía todo el valle que se formaba por el sistema montañoso en el que se encontraba este bosque. Era una visión del paraíso a la que nadie tenía acceso. La belleza, los miles de tonos de verde, los sonidos de animales y aves, el mar color turquesa que se veía a lo lejos, era intoxicante, sentí como si todo este paraíso natural se metiera en mi por cada poro del cuerpo, lo respiraba, lo exhalaba, me invadía el cerebro y sentí paz. Por primera vez en mucho tiempo, sentí paz.
Entonces me animé y le dije a mi tío lo que había pasado. Unas lágrimas se asomaron a mis mejillas, pero había llorado tanto y además me sentía tan tranquila por efectos de los influjos naturales que se habían apoderado de mí, que realmente no me sentía triste, no era posible. Le expliqué cómo había fallado y mi sensación de no tener nada en la vida a qué aferrarme. Al decirlo me dolió no haber tenido tacto con la situación de mi tío, pero ya lo había dicho.
Él se me quedó viendo sin decir nada. Unas lapas verdes pasaron junto a nosotros para entrar al nido que tenían en uno de los árboles cercanos al mirador. La brisa empezó cesar, dando lugar a un tímido sol que apenas si se sentía intentando calentarnos. Me señaló a lo lejos una zona de un verde intenso, muy diferente a los demás y me dijo, ‘sabes, ahí en esa zona vivía una gringa loca que se afincó en la zona porque quería devolver al planeta algo de lo mucho que le había quitado… no me veas así, eso decía ella. Compró todas esas tierras, que eran potreros abandonados, tierras que habían sido quemadas muchas veces, para utilizarlas en cultivos que degradaron el subsuelo y básicamente era tierra yerma. Su idea era sembrar toda la zona de árboles de cuipo, que son los que prefieren las lapas verdes para anidar. Hizo toda clase de procedimientos para enriquecer la tierra, realizó varias siembras, algunas lograron crecer más de un metro y entonces morían. Duró casi treinta años sin desmayar, hasta que un día falleció. Los terrenos los dejó en su testamento a la reserva, por lo que nadie más tocó esas tierras. Un año después de su muerte, empezaron a verse brotes de un árbol de más o menos metro y medio. Eran almendros. Resulta que además de sembrar cuipos, diseminó muchas semillas de almendro, porque los frutos de ese árbol son la dieta principal de las lapas, pero entre tanto remover la tierra, y aplicarle fertilizantes y tratamientos de nitrógeno y tantas cosas, los almendros nunca nacieron, pero cuando el terreno por fin se quedó tranquilo, los almendros empezaron a nacer poblando todas las tierras que le pertenecieron. Por eso ahora se ve esa mancha de un verde diferente, los árboles han poblado cada centímetro de las tierras que antes fueron yermas, y las lapas se han multiplicado por cientos, por eso ahora es tan fácil verlas por toda la reserva. Seguramente ella pensó que fracasó, que su esfuerzo por devolverle al mundo algo había sido un esfuerzo inútil, pero logró mucho más de lo que alguna vez pensó que podría. A veces se necesita dejar reposar la tierra antes de ver resultados’.
Bajamos de la montaña en medio de una llovizna y en su cabaña nos acomodamos junto a la chimenea. Me quedé con mi tío un poco más de un mes, hasta que sentí fuerza en mi interior. Necesitaba desintoxicarme de tanto dolor y ahora necesitaba recrearme.
Fui a mi universidad para ver si podía colocarme en algún sitio y topé con la suerte de que un excompañero era el director de la Escuela de Física y no solo me ofreció medio tiempo como profesora en la escuela, sino que me pidió sumarme al programa de postgrado para que obtuviera mi título de Maestría. Acepté.
Sabía que mucho había sucedido hasta ese momento y que mis esfuerzos por ser la nueva Marie Curie chocaron con un muro inglés. Pero para mi sorpresa, no tenía esa sensación de derrota que me asfixiaba. Me sentía con renovadas energías y llena de esperanzas por un futuro que no tenía muy claro, pero que sabía me haría muy feliz.
Dar clases me llenó de muchas formas que no estaba esperando. Me sentí orgullosa de ayudar a desarrollar el interés científico en mis estudiantes, sobre todo en las muchachas que entraban a una carrera que nadie les recomendó, que muchos les advirtieron que iban a padecer hambre y frío cuando salieran de la universidad y que estaban cursando más por terquedad, que por convencimiento. Logré transformar mis experiencias pasadas en material para motivar a estas jóvenes a seguir adelante. Además terminé mi maestría. No quise hacer nada parecido al estudio sobre el tritio, sino que preparé una investigación académica sobre la modificación de las partículas de sodio por la acción natural de un volcán activo. Mi tesis fue utilizada por unos colegas de física experimental, que hicieron su tesis probándola en uno de los volcanes activos del país. Creo que aun no encuentran nada, pero siguen trabajando. El año pasado la universidad abrió un doctorado en física experimental y me ofrecieron un espacio, ya decidí tomarlo, empiezo la otra semana.
Mi tío vino hace unos días a una de mis clases. Mi corazón saltó de alegría cuando lo vi sentado en las bancas de atrás. Fuimos a tomar un café por el campus y me preguntó qué estaba haciendo. Le conté lo bien que me sentía dando clases, lo feliz que estaba de que mi tesis de maestría estuviera siendo probada y que empezaría los estudios doctorales en la misma universidad. Él se me quedó viendo con esa mirada que toma mi corazón y lo sacude de todos los muros que le construyo y me dijo: ‘no quiero que me digas que abandonaste tu investigación sobre el tritio, no quiero escucharlo, así que solo ten esto y ponte a trabajar, ya descansaste demasiado tiempo’. No dije nada y seguimos caminando y conversando de la vida. Frente a la Facultad de Arquitectura tomó el tren. Cuando se despidió me dijo que esperaba mis avances. Me hizo gracias, pero no le di mucha importancia.
Por la noche, cuando llegué a casa, abrí la carpeta que me dio y eran los resultados de un grupo de físicos al mando del Dr. Ellis, que siguieron mis experimentos sin obtener resultados concluyentes. Revisé los datos y de inmediato supe cuál era el error. Me emocionó tanto que empecé a escribir y escribir. Pasé toda la noche sacando datos, cálculos, fórmulas, información que estaba en mi cabeza descansando, como el lote de la gringa y que ya tenía vida por dejar salir. Por la mañana recordé que había recibido una carta de la Universidad de Cambridge que no quise abrir, la dejé en alguna gaveta, por lo que la busqué y se trataba de una nota del Dr. Ellis explicándome sobre el trabajo que empezarían y me decía que le encantaría si aceptara sumarme al proyecto, que tenían nuevas formas de entrar al problema y que mi conocimiento y experiencia serían muy apreciados. Seguramente como no le contesté siguió adelante, su carácter tan británico era así.
Llamé a mi tío por teléfono y le conté lo que pasó y cómo creía tener la solución. Él solo se rio mucho y me dijo que esperaba que viera muchas lapas verdes en mis nuevos árboles de almendro.
Escribí al Dr. Ellis y le envié los hallazgos que escribí. Por la tarde me llamó por teléfono, casi caigo de espaldas, seguro esto le habrá costado varias canas en su cabellera perfecta. Tras varias conversaciones le expliqué que estaba por empezar mi doctorado en mi universidad y que me encantaría seguir el trabajo aquí, ojalá con el apoyo suyo y de su universidad. Ayer me comunicaron que harían los contactos para hacer un convenio. Al parecer me doctoraré con ambas universidades a la vez. Además el Dr. Ellis decidió venirse a Costa Rica una temporada para dirigir personalmente la investigación.
A veces solo hace falta dejar que el terreno repose. Nunca se me olvidará. Por cierto, hoy por la mañana vi a una bandada de lapas verdes volando sobre el campus. Al parecer son mis guardianas aladas.
Obsequio a Karla por su cumpleaños 43.
© Esta historia es propiedad de K.P.M.V.
Escrita el 29 de septiembre del 2020.

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