Érase una vez


La vida es un paseo maravilloso en el que pasa de todo, hay alegrías y tristezas, momentos de placer y otros de dolor, creamos y destruimos el universo que nos pertenece. Nos bañamos en la luz más pura, solo para tirarnos de cabeza en un pozo de barro negro y pegajoso. Y es que si algo define nuestra naturaleza es la dualidad.

Somos seres duales en un universo bipolar que nos ofrece y nos facilita los medios para conquistar las energías que queramos, en la intensidad que queramos, sin juzgarnos, sin culparnos, sin ponernos pesadas cargas de manchas de consciencia en nuestros hombros. Porque para un universo que también experimenta plenamente su dualidad, es natural que quienes se crean, viven y se destruyen en él, hagan lo mismo.

Cuando miro hacia atrás, me doy cuenta de que mi vida ha sido fascinante. He disfrutado plenamente de la dualidad que me compone y de la bipolaridad del mundo en el que materialicé mi realidad. No es que fuera una vida alegre o llena de amor o de servicio (que aun y cuando Teresa de Calcuta dice que son lo mismo, realmente se manifiestan de forma distinta y hasta opuesta), una vida de acción o de eternos reposos. Ha sido una vida llena de diversidad, de contrastes y de millones de tonos grises en los que la luz y la oscuridad que tengo dentro, se han disputado el dominio de mis actos, de mi verbo y de mi mente.

Nací en un pueblo olvidado, en medio de unas montañas verdísimas y enormes, con un solo camino que llegaba a la Ermita del Padre Moncho y ya no había forma de devolverse. La gente de mi pueblo sembraba lo que comía, cada quien en su patio. Compartía libremente lo que producía con sus vecinos, y nadie pensaba en pagar y mucho menos en cobrar por lo que otro necesitaba. Todos éramos pobres, hasta el Padrecito, que fue enviado al pueblo como castigo por algún comportamiento que sus jefes no vieron con buenos ojos y que muy pronto entendió que en este lugar, el que no sembraba para comer, se moría de hambre; pero la pobreza en la que vivíamos era de alguna forma digna, no era una realidad de desposeídos y mendigos, sino de gente que nada tenía, pero tampoco esperaba o ansiaba tener nada más.

Me encantaba mi pueblo. El camino polvoriento y lleno de zanjas que marcaban el camino de las carretas que a veces llegaban, se topaba de pronto con la Ermita y ahí mismo terminaba. No había más edificaciones a los lados del camino, solo monte, y árboles, muchos árboles, que daban una sombra permanente sobre el camino y así impedía que se destrozara en los intensos inviernos que llegaban a esta montaña.

Detrás de la Ermita estaba el cementerio. Habían como tres cruces de madera vieja y con clavos herrumbrados. Alguna vez tuvieron nombres y fechas, pero la pintura se había caído con los años y ya nadie recordaba quien estaba ahí. Las demás tumbas solo tenían piedras. Las piedras tenían esculpidas algunas letras o números, nada inteligible, solo señas de la familia a la que pertenecía el muerto. Con los años, solo los miembros de esas familias sabían realmente quien estaba bajo cada piedra.

A un costado de la Ermita, en medio de unos Cenízaros enormes, de troncos rojos como si sangraran y con unas ramas fuertes, llenas de follaje, que de vez en cuando el padrecito tenía que escalar, con un serrucho maltrecho, para cortar las ramas que amenazaban con atravesar el techo de paja de la casa de Dios, apenas se veía un trillo de tierra, que luego de unos doscientos metros, de vueltas, recovecos y otras glorias de laberinto, daban a un despoblado entre el denso bosque, diez casonas maltrechas, de madera y paja, repartidas una frente a otra. Cada casona albergaba a una familia, y cada familia daba cobijo a muchas generaciones que parecían tener un pacto con el espíritu travieso de Dorian Gray, porque los chiquillos al nacer, eran abrazados al menos por uno de sus bisabuelos y algunos de sus abuelos.

Tras las casonas estaban los patios que alimentaban a toda esta gente. Y más allá, como si fuera un cerco enorme creado por la naturaleza para dejar claro quien mandaba ahí, se alzaba nuevamente el bosque atiborrado de troncos, de ramas, de hojas, de flores y algunos frutos.

En el otro costado de la Ermita había un gran llano, donde se sembraba tabaco. Cada cierto tiempo una o dos carretas subían al pueblo desde San Gregorio el Mayor, para llevarse la cosecha de tabaco, dejando a cambio algunos productos que no podían arrancarse de la tierra en los traspatios: sal, manteca, tela, medicinas, utensilios varios para las casas y para el trabajo de la tierra.

Los jóvenes del pueblo, cuando sentían que ya necesitaban amancebarse, bajaban a San Gregorio a buscar marido o esposa. Los hombres normalmente regresaban con la pobre condenada al destierro en el pueblo, los casaba el padrecito en la Ermita y se acomodaban en la casona de su familia. Pero algunos se quedaban en el pueblo de su esposa, al igual que la mayoría de las mujeres.

Así salí yo de mi pueblo. Nunca me sentí particularmente encariñada con el pueblo, o con mi familia, así que me dio igual cuando mi abuela decretó que ya era hora de que bajara a buscar marido.

Pero cuando llegué a San Gregorio, algo me picó y en un descuido de mis hermanos, seguí el camino que bajaba hacia San Mateo, luego llegué a Santa Elena y ahí, cuando ya estaba muy cansada y estaba anocheciendo, me encontré una casa vieja con una viejita en una mecedora en su corredor, a la que le pedí un vaso de agua. Ella me dio agua, café, comida, cama y casa.

Era doña Estela María de Marichalar y Junco, viuda de Gutiérrez. Tenía más de ochenta años, ella no sabía cuántos y a mi me parecía que por lo menos ciento cincuenta, vivía sola, no tuvo hijos y su marido, en un acto de buena fortuna, según ella misma decía, murió pronto tras su matrimonio, dejándole la casa, el jardín que la rodeaba y un dinerillo con el que vivía sin que nada le faltara.

Siempre fue una mujer sola, desde muy niña, cuando unos marineros borrachos la secuestraron en las cercanías de una Cantina en el Puerto de las Arenas. Tenía solo seis años y era más brava que una cabra loca, por lo que sus captores no pudieron con ella. Cuando se le acercaban los pateaba, los mordía, les escupía, en fin, fue tal el hartazgo de los viejos sátiros, que la tiraron a una jaula que luego bajaron en el siguiente puerto, mezclada con otras mercancías. Estaba inconsciente por un fuerte golpe que le dieron en la sien derecha y cuando recuperó el conocimiento, estaba en medio de cajas de madera con botellas y sacos, en la carreta de un arriero, jalada por una yunta de bueyes.

El boyero la dejó en la Iglesia de la Dolorosa, donde el cura, sin dejarla descansar, sin darle algo de comida o agua, y sin dirigirle la palabra, la tomó del brazo y la llevó casi arrastrada hasta el convento de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana, que quedaba unas cuadras abajo del templo. Las monjas no fueron muy diferentes, pero al menos si llenaron sus necesidades inmediatas, le dieron de comer y beber, la bañaron y le dieron ropa limpia. Le ofrecieron un catre en el que dormir y al día siguiente le asignaron sus labores como ayudante de limpieza de la Hermana Corina, que además cumplía un voto de silencio, por lo que se acostumbró a no hablar.

Unos años más tarde se escapó del convento y llegó a Santa Elena, donde con solo catorce años, aceptó una propuesta de matrimonio de un borracho que recién salía de la cantina del pueblo. Cuando recuperó algo de sobriedad y le preguntó qué hacía en su casa, ella le recordó su propuesta, por lo que don Antonio llamó a su criada, la mandó a bañar y a comprarle ropa decente y en cuanto estuvo presentable, fueron a la Iglesia donde se casaron con la bendición de Dios Todopoderoso.

Como no sabía cuál era su apellido, y las monjas nunca le pidieron uno, ni le obsequiaron alguno otro, cuando le preguntaron su nombre, recordó el libro de aventuras de la Baronesa Rosalía de Marichalar y Junco, que la hermana Julia mantenía oculto bajo su cama y que Elena leía cada vez que entraba a su celda a limpiar, y le pareció que esta nueva vida requería un apellido de abolengo, así que sin duda alguna en su voz, le dijo al padre que se llamaba Elena de Marichalar y Junco. Ni el padre, ni don Antonio tenían ningún interés en saber de donde salió la muchacha o cuál era su origen, el primero solo quería terminar con este trabajo para uno de sus parroquianos más influyentes, y el segundo solo quería autorización divina para aprovechar los evidentes obsequios que aquella niña traía en su cuerpo, que estaba algo desarrollada para su edad.

De su matrimonio doña Elena no contaba nada. Una vez le dijo que hizo lo que le tocaba, como si fuera un trabajo, igual que lo hizo cuando las monjas la emplearon de doméstica sin consultarle, y a cambio, tenía todo lo que necesitaba y más. Don Antonio era además un hombre bastante mayor, por lo que sus necesidades eran escasas y no duraban mucho. Tomaba de día y de noche, por lo que su prioridad no era ella, sino la bebida, lo cual se acomodó muy bien a su tranquilidad.

Cuando su marido murió, el pueblo no tomó a bien que su joven y bella esposa heredara su extensa fortuna y propiedades, por lo que el padre juró sobre la Biblia, que el último deseo del acaudalado marido fue dejar a su esposa la casa en que vivía y una pensión vitalicia para cubrir sus necesidades y que nunca le faltara nada, dejando el resto de su fortuna a la Iglesia, para sus obras de bien social, y para borrar sus muchos pecados en esta tierra.

Elena se carcajeaba cuando contaba de esta treta eclesial, le decía que al final la mayor parte de la fortuna de Antonio estaba en joyas, que guardaba en un cuarto oculto en el sótano de la casa y de eso el hipócrita representante de Pío XI en estos lejanos y olvidados parajes que funcionan a la buena de Dios.

Y así, cuando cumplió quince años, doña Elena me adoptó y me dio su apellido. Me llamaba Ramona, porque nací el día de San Ramón Nonato, y aunque mi mamá quería que me pusieran su nombre, Valentina, al Moncho, el padre que me bautizó, le pareció un nombre indigno y profano, por lo que me puso Ramona. Como nunca me gustó mi nombre y estaba empezando una nueva vida, decidí llamarme igual que mi madre adoptiva, por lo que a partir de ese día fui María Elena de Marichalar y Junco.

Doña Elena tuvo que pagar muchos sobornos para que el registro se efectuara, porque la idea de que una mujer viuda decidiera adoptar a una hija, sin la presencia de un esposo que se hiciera cargo de su futuro, pero desde siempre el dinero ha sido la ley más valorada por todo el mundo.

Por veintisiete años viví con la mujer más maravillosa del mundo. Me enseñó a valerme por mi misma, a creer en mis sueños, a no darme por vencida. Ella me enseñó a leer, a escribir y a pensar. Y el resto de mi vida fue un homenaje a esa libertad que ejercí con orgullo, con la frente en alto.

Nunca me casé, no tuve hijos y creo que ya estoy cerca de estirar la pata, por lo que quiero dejar el legado más preciado que tengo: lo que he aprendido sobre ejercer como mujer con plenitud, con independencia y con amor propio, así que escribiré mis memorias. Dejo este legado de conocimiento, experiencia y sabiduría a todas las niñas a las que les dicen que su papel en el mundo es servir a su marido, tener hijos, cuidar la familia o dedicarse a servir a una iglesia que desprecia a las mujeres. Para todas ustedes, mi vida:

Érase una vez una niña rebelde en el lugar más recóndito del mundo…

Obsequio a Karina por su cumpleaños 48.
© Esta historia es propiedad de K.S.C.
    Escrita el 18 de septiembre del 2020.

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