Hijo de la Luna
Para estas alturas del partido, creo que todos habrán escuchado esa maravillosa canción de Mecano: Hijo de la Luna, que relata una leyenda en la que una gitana le pide a la Luna su intercesión para que un calé se casara con ella. La Luna le concede su deseo a cambio de su primer hijo, y hacen un trato. La Luna cumple su parte y la gitana desposa a un calé y queda embarazada. Al nacer el niño es blanco como el armiño, lo cual distaba del color de piel de sus progenitores, por lo que el calé se consideró traicionado, tomando al niño y abandonándolo en el bosque, matando primero a su esposa como castigo por el engaño. La historia nos cuenta por último, que la Luna recogió a su niño y lo arrulló en su cuarto creciente.
Bueno, hay que reconocer que es una de las canciones más hermosas de todos los tiempos y que José María Cano, su compositor, nos regaló una joya no solo musical, sino literaria.
Pero, ¿alguien se ha preguntado como hizo la Luna para cuidar a su niño?, o ¿qué fue de él? Eso es lo que trataremos de determinar aquí.
Hemos recorrido el mundo entero buscando información, consultando a los más ancianos y recabando historias de todos los pueblos, para configurar una especie de hipótesis de lo que pudo ocurrir. Les compartimos esa construcción para conocer lo que piensas. Entre todos daremos con la verdad.
Está claro que el niño, aun cuando fue engendrado por los medios usuales, por un calé y una gitana, se concibió con el influjo lunar, que cambió su ADN y a nivel molecular imprimió el genoma lunar en cada una de sus células. Su color de piel, blanca como el armiño, y sus ojos grises, son una clara confirmación de la naturaleza lunar del niño. También queremos desechar desde ahora la posibilidad de que la gitana hubiese engañado al calé con un payo, porque ella estaba absolutamente enamorada de su hombre piel canela, por lo que un engaño o una traición están fuera de toda discusión.
Teniendo esto claro, aunque la tragedia de sus padres es deplorable y lo mejor hubiese sido una salida más decorosa, sin muertos, ni traicionados, parece que la idea de entregarle el niño a la Luna, no solo era un compromiso que no podía soslayarse, sino la mejor opción para el crecimiento de una infante que no es propiamente humano y que tiene necesidades especiales que una pareja gitana no podría resolver.
La Luna por su parte, estaba preparada desde siglos atrás para criar al niño que siempre añoró. Sus ciclos lunares, preparaban el camino de la maternidad, así que cuando recuperó a su retoño, lo llevó con ella al firmamento, en donde se sentiría como en casa, porque el niño era un cuerpo celeste, como las demás habitantes del cielo nocturno. Estaba conformado de polvo de estrellas y contenerlo dentro del hogar hubiese sido imposible.
Y así fue, el niño creció y se convirtió en una estrella luminosa sin par, con luz propia, gracias al aporte humano de su concepción y sobre todo, tenía la posibilidad de moverse entre el cielo y la tierra convirtiéndose en un hermoso azor, fuerte, orgulloso, blanco como su madre y con los profundos ojos grises de su género celestial.
Bien es sabido que la Luna visitó la tierra por muchos años, transformada en una mujer espigada, de cabellos negros, de piel taciturna. Los egipcios la llamaban Isis y a su hijo el azor, le llamaron Horus.
En los diferentes pueblos y tiempos, se les dio diferentes nombres, se les consideró seres mágicos, dioses, iluminados y sabios. Su presencia en el planeta se pierde en lo infinito del origen de los tiempos. Los seres compuestos por polvo de estrellas, no son eternos, son atemporales, por eso, aun cuando Horus, el azor de la Luna, nació en los años ochentas en Cataluña, su presencia atemporal puede alcanzar cualquier tiempo humano en el que quisieran encarnarse.
La Luna tiene un esposo, Osiris, el toro, quien fue encarnado de madre humana, tal como su hijo Horus, vivió una vida humana normal, murió y resucitó por la fuerza de su naturaleza. Por eso en los reinos antiguos, a Osiris se le conocía como el resucitado.
Por último, es menester prevenir que Isis, su esposo Osiris y su hijo Horus, pueden pasearse entre nosotros, pueden ser nuestros vecinos, los compañeros de viaje, los asistentes a un bar al que también fuimos. Les gusta la gente y por eso no nos dejan. Hoy mismo, quien esto lee, puede ser vehículo de uno de los seres celestes que hemos descrito, lo sabrá cuando tenga una idea especialmente grandiosa, cuando sus fuerzas sean tales que parezcan sobrehumanas o cuando disfrutas de un placer mundano a un nivel tan intenso que abre canales divinos con el cielo.
Y así la Luna cuidó de su hijo junto a su esposo, por siempre y para siempre.
Obsequio a Roci por su cumpleaños 58
© Esta historia es propiedad de A.R.H.R.
Escrita el 1 de septiembre del 2020.

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