Juana de Irujo


Vivo en un pueblo con un nombre común, algún santo o santa, como decenas de otros pueblos de este país. Tenemos una Iglesia, una plaza de fútbol, un comisariato y dos cantinas y media (la media cantina es una ventana que no tiene ni siquiera bancos para que los borrachos se sienten). También hay una escuela y un Templo Bautista que tiene más de diez años cerrado, porque desde que murió el Reverendo Smith, un gringo viejo, veterano de Vietnam, que quién sabe cómo vino a parar aquí y además cómo resultó ser reverendo cristiano, nunca enviaron sustituto y sus feligreses poco a poco se reintegraron a la Iglesia del pueblo o sencillamente dejaron de atender a ningún culto religioso.

En el centro hay un edificio que probablemente es más viejo que la Iglesia, que alguna vez fue un cine, pero que con la llegada del cine sonoro y la falta de dinero de su propietario, dejó de proyectar sueños en una pantalla de tela blanca y empezó a acumular polvo, arañas y muchos ratones, que tienen ahí su utopía ratonil.

Hay pocas familias y pocas casas, por lo que el pueblo se reduce a unas doce cuadras, donde la mayor parte de la gente se reparte en el más amplio sentido de la palabra. Los hijos de unos se casan con los hijos de otros y así las familias se entrelazan hasta perderse las fronteras familiares.

Es un pueblo pequeño, de agricultores, principalmente cultivadores de café, que no son terratenientes y por ello no acumulan fortunas como los Peters o los Guardia, pero que viven bien. Yo soy hijo del dueño de la media cantina, así que soy uno de los bichos raros, que no se dedican al café y cuyo único objetivo en la vida es salir de aquí en cuanto pueda, ir a la ciudad, a cualquiera de las que si tienen nombre, que no se recorren de lado a lado en una hora y donde cuando caminas en la calle nadie sabe cómo te llamas y menos aún te gritan el apodo que algún graciosillo te puso desde pequeño.

Una vez al año, durante unos dos o tres meses, tenemos una arribada de forasteros que vienen a trabajar en las cosechas de café o las cogidas, como se les llama. Normalmente vienen familias enteras, que se instalan en las fincas y que rara vez vienen al pueblo, no más que a misa los domingos y el día de paga a gastar el jornal en las cantinas o en el comisariato.

Ellos y ellas no vienen al pueblo a conversar y bueno, nadie tampoco busca hacerles conversación, son como cuando en diciembre llegan los pericos de paso en sus migraciones, se alojan en los árboles de mango alrededor de la plaza, hacen unos escándalos enormes y se van. Ellos en lo suyo y nosotros en lo nuestro.

Nada especial pasa en este pueblo. Los días parecen haber sido escritos desde hace siglos por un comediante de un humor muy negro, que quiso hacer una comedia y le salió un cuento de suspenso, porque aun y cuando nada pasa, es como si todos los que vivimos en el pueblo, estuviéramos esperando a que pase algo, lo que sea, por lo menos un buen temblor que sacuda los rincones de los casones y la iglesia (talvez vuelva a sonar la campana de la Iglesia, o se caiga por fin, para ver si se les ocurre reparar el campanario).

Pero un día llegó ella, Juana, la nueva maestra.

Resulta que el Gobierno consideró que las poblaciones migrantes que venían para las cogidas de café, tienen niños que deben ser educados. La destartalada escuela del pueblo solo tenía una maestra para todos los niveles, así que decidieron enviar un refuerzo, para atender a los niños adicionales que llegaran por la temporada. Y esa era Juana, Juana de Irujo.

Causó revolución desde antes de llegar, con solo ese apellido tan buscapleitos.

Pero no tardó mucho en moverlo todo en el pueblo. Solicitó a las autoridades policiales (un policía gordo, que ni si quiera tenía un puesto decente, sino que atrás del comisariato le habían construido una casucha donde pasaba durmiendo todo el día, todos los días) que requiriese a las cantinas no abrir hasta después de las 2 de la tarde, para que los niños que iban y venían de la escuela, no tuvieran que ver los bochornosos espectáculos de los borrachos habituales y de los visitantes, en los caños del centro.

También habló con el padre Juan, para que quitara la restricción de que las mujeres usaran pantalones, esto porque ya algunas de las señoras más beatas habían ido a quejarse de que la nueva maestra pervertía a los niños con su forma de vestir. Y de paso le recordó que desde el Concilio Vaticano II no se exige velo a las mujeres, ni a las niñas para asistir a misa. Amenazó con acudir al Obispo si no atendía sus demandas.

Como los niños no venían a la escuela, se iba todas las mañanas y los sacaba de las chozas y cafetales. Su deber docente la volvía implacable.

De pronto el pueblo empezó a efervecer. Algo estaba pasando, más allá de los reclamos y las acciones de la maestra, era como si de pronto se hubiese venido el terremoto de 7 grados en la escala de Richter que llevábamos un siglo de esperar. Hasta a mi se me movió alguna neurona loca en el cerebro, porque después de tres años de dejar la escuela, por repetir tres veces sexto grado y volver a perder el curso, decidí apuntarme en las clases para adultos que la maestra daba por las noches, para combatir el analfabetismo tan extendido en el pueblo. Mi papá no recibió mi noticia con alegría, porque perdía un apoyo en las ventas de la ventana de guaro, pero tampoco se opuso. A los meses él y mi mamá también se matricularon en clases los fines de semana en las tardes.

Hasta el padre Juan empezó a dar catecismo a los niños, lo cual no era una costumbre desde hacía muchos años. Yo recuerdo que cuando hice la Primera Comunión, el padre nos llamó antes de misa y nos puso a recitar tres oraciones que él escogía. A mi me tocó el padrenuestro, el avemaría y el gloria, por lo que pasé sin problemas. A mi primo Beto le tocó el Credo largo, el Credo pequeño y la Salve. No pudo hacer la comunión y se peleó con la Iglesia y no volvió a intentarlo.

Aunque al inicio Juana fue mal recibida y hubo comisiones de vecinos para pedir que el Ministerio de Enseñanza la sacara del pueblo, a fuerza de trabajo arduo, de voluntad de hierro y de una vocación tan enorme como su apellido, se ganó el cariño de todos.

Hoy mi pueblo es un lindo lugar, gracias a Juana de Irujo.

Obsequio a Raque por su cumpleaños 35.
© Esta historia es propiedad de R.V.R.D.
    Escrita el 20 de septiembre del 2020.

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