Jugando con los dados del Universo


Tantos años que la humanidad ha vivido en este planeta, aprendiendo, conociendo y desafiando sus límites, ha generado muchas visiones de ver lo que esta ahí, en el mundo, en la naturaleza.

De las primeras formas de interpretar la realidad, nos llegan los cuentos mitológicos y las cosmogonías, las que se consideran fantasía y también las que se incorporaron a religiones y creencias que siguen vigentes hasta hoy y que, en el más puro sentido de verdad, son más interpretaciones.

Pero siempre es divertido adentrarse en esos mundos fantásticos que nos ayudan a soñar despiertos y a vivir en las vidas de personajes mágicos que nos dejan volar libremente por los cielos, o nadar más rápido que los delfines jugueteando y disfrutando del vasto océano.

Mi historia mitológica favorita me la contaba mi abuelo, cuando yo apenas era un niño y me quedaba en vacaciones en su casa en Turrialba. Era el cuento de Alejandro Magno. Pero era un relato diferente, que no se si sería mi abuelo quien lo inventó, porque nunca se lo escuché a nadie más que a él.

Resulta que Alejandro era un ser milenario. Aunque en todo era como cualquier otro humano, incluyendo la memoria, por lo que no guardaba un registro preciso de sus vidas pasadas, ni siquiera las recordaba todas, solo venían a sus recuerdos fragmentos, episodios especiales y como en la memoria de cualquiera, lo que se resguardaba era una especie de collage entre la memoria real y otros recuerdos inconexos o recursos propios de la memoria para maquillar lo que no se quiere recordar tal y como fue.

Aun así Alejandro recordaba vidas de varios miles de años antes de nacer a las orillas del Mar Egeo, en Pela. Esta vez nació como un bebé, de una madre. No recordaba su nacimiento, pero si la impotencia de tener que esperar a que su cuerpo madurara lo suficiente para poder expresar en toda su magnitud, su grandeza, su conocimiento, su camino milenario. Por eso cuando le llegaba la muerte, siempre tenía una gran discusión interna sobre su futura encarnación.

Y es que al morir, Alejandro salía del cuerpo inerte que había ocupado y podía escoger cualquier cuerpo cercano a él, lo cual lo podía llevar a una persona de cualquier edad, incluyendo bebés que estuvieran cerca. El inconveniente de encarnar un bebé, era el tiempo desperdiciado mientras ensuciaba sus mantillas y aprendía a hablar; pero cuando encarnaba a una persona mayor, incluso a un niño, tenía que abrazar como propias las memorias de aquel ser, que como es de esperarse, no siempre eran agradables. Muchas veces le tocó vivir vidas horrorosas, sometidas a violencia y abusos. Por eso le costaba tomar la decisión de cuál cuerpo ocupar.

El problema era que si no lo decidía, en cuestión de dos o tres días tras la muerte de su último cuerpo, el hilo que lo ataba a aquella materialidad se debilitaba y se rompía, soltando su espíritu al vaivén de los eflujos circundantes y en ese estado no podía decidir donde encarnar, solo era succionado por algún cuerpo cercano.

Pero cuando su vida como el gran Alejandro concluyó, sintió por primera vez algo curioso, tenía control de su espíritu, podía subir, bajar, atravesar paredes y personas, era libre y pleno. Entonces decidió buscar más allá del horizonte que conquistó en vida y de los lugares que ya había visitado en otras vidas. Quiso probar la redondez del planeta, de la que escuchó en tantos lugares y de tantas bocas, así que sin demora, se dirigió más allá del Mediterráneo.

Al principio no vio más que agua. Temió encontrar el fatídico fin del mundo y caer en los terrenos de Hades, de quien nunca creyó que existiera, lo cual sería un trágico y paradójico fin para alguien que ha vivido tanto. Pero cuando estaba por dar la vuelta, identificó tierra en la lejanía.

Era una tierra diferente, con colores y olores nuevos, con gente que hablaba otras lenguas y vestía otras ropas. Y así, sin saberlo, Alejandro llegó a América 1800 años antes que Colón.

No quiso encarnar cualquier cuerpo, por lo que se quedó varios días observando y aprendiendo de las culturas que habitaban estas nuevas tierras. Se paseó de isla en isla, hasta que encontró terreno continental. Llegó al Caribe mexicano, donde encontró a los olmecas, decidiendo encarnarse con este pueblo.

Eligió un sacerdote, porque ya había visto en otros pueblos que estos personajes eran los más útiles para aprender de la cultura de un pueblo, porque saben siempre lo que es, lo que parece y lo que no es. Y los olmecas tenían tantos dioses, que no fue difícil encontrar un sacerdote apropiado.

La vida de Alejandro en América fue dichosa. Era como si naciera por primera vez y todo fuera nuevo. Tantos colores, sonidos, sabores, y gente tan diferente a todo lo que vio en Europa, Asia y África. Claro que las pasiones eran las mismas, aunque con diferentes cuerpos y herramientas. La gente amaba, peleaba y conspiraba igual en Egipto que en China o en Macedonia. Pero el sabor, y más que eso, el ritmo al que se movía y bailaba la vida en estas tierras, era único.

Pasando entre un cuerpo y otro, conoció toda América, desde las tribus descendientes de los mongoles en el norte, hasta los polinesios que se radicaron en el lejano sur.

América le apasionó a Alejandro, pero su vida empezaba a pesarle.

Nunca puso demasiado cuidado en lo que sucedía a las criaturas que se veían forzadas a desocupar sus cuerpos para darle espacio a su propio espíritu. Nunca vio ninguna, nunca sintió pesar o remordimiento. Pero había encarnado y reencarnado tantas veces, que se preguntó dónde terminaría su vida.

Todos los pueblos que conoció, todas las personas que habitó, cada relación que emprendió al final llevaba a un desenlace, cuando las personas morían y pasaba algo que él no conocía, porque hasta el momento nunca conoció a nadie que reencarnara como él, todos eran almas nuevas, que tras la encarnación se iban y desaparecían.

De pronto empezó a considerar su larga vida como un castigo, como una maldición que le impedía continuar, como todos hacían. Por qué él estaba estancado aquí, por qué no podía pasar al siguiente nivel. Y las encarnaciones empezaron a pesar, a volverse una carga que le dolía, que le abría heridas profundas que no sanaban.

Entonces empezó a buscar respuestas en las personas de fe, pero sus respuestas las había escuchado millones de veces antes. No le daban ninguna información útil. Porque claro, nadie sabía en realidad lo que pasaba al morir. Nadie había muerto y luego regresado como para que contara su historia y experiencia. Así que no sintió ningún gusto por seguir vivo.

Pasaban las vidas sin que las aprovechara, moría y esperaba a ser ubicado en otro cuerpo.

Mientras viajaba en una de las naves de Magallanes, desembarcó en el Cabo de Santa María y se ofreció a quedarse junto con los colonos que establecerían un pueblo en el lugar, para que sirviera de punto de partida a la exploración intra-continental. Tras trabajar durante varios meses unas tierras cercanas a la playa, donde se montaron unas casuchas y se colocaron picas en el perímetro, decidió explorar por su cuenta las nuevas tierras y en un paseo por una larga playa vio a lo lejos un animal enorme, de un tamaño descomunal.

Primero pensó que era su imaginación. No recordaba haber visto algo tan enorme en el mar antes.

Era una ballena.

Tras una larga observación sintió que se salía de su cuerpo, pero no violentamente, sino con suavidad, con cuidado, dejó su cuerpo y rápidamente estaba junto a la ballena y ante su sorpresa mayúscula, ocupó el cuerpo del enorme cetáceo.

Fue una experiencia realmente memorable.

La ballena era un animal cautivante, inteligente y muy sociable. Su forma de vida, de hablar, de escuchar y de actuar, le dieron una nueva vida a la desolación que Alejandro vivía desde hacía tantos años.

Pero su nuevo viaje no dejaba de sorprenderle. Encontró que la ballena podía moverse a través del espacio, abriendo portales que la llevaban con rapidez de un lugar a otro del mar. Así podía disfrutar por la mañana de las costas argentinas y por la tarde pasearse por las costas neozelandesas.

Con los años se agrupó en una manada de viejas ballenas azules y con ellas aprendió los secretos del universo. Entendió que la masa no está sujeta ni al espacio, ni al tiempo. Que aun cuando ellas eran enormes, podía viajar en segundos al lugar que quisieran, en el planeta y en el universo. También que al igual que se abren portales espaciales, pueden abrirse portales temporales. ¡Cómo disfrutó Alejandro viajando en el tiempo!

Adquirió nuevas destrezas en su transferencia corporal, de forma que podía llegar a cualquier costa y pasear por la playa en una gaviota, o adentrarse tierra adentro en una persona. Descubrió que solo era un pasajero temporal en un cuerpo físico y que él decidía cuánto duraba en ese medio de transporte material y cuándo salir a otro. Es como si durante miles de años no hubiese aprendido nada y en unos cuantos años con las ballenas, sus ojos se abrieron al verdadero universo.

Hoy Alejandro se pasea por las calles de San José. Se enamoró de una bella tica y está disfrutando de cada minuto de su viaje.

Lo que haya más allá de la vida es un conocimiento pueril. Lo que es realmente valioso es lo que está aquí, lo que se puede disfrutar hoy.

A fin de cuentas, lo que tiene que venir, vendrá.

Obsequio a Tenis por su cumpleaños 50.
© Esta historia es propiedad de L.A.T.G.
    Escrita el 19 de agosto del 2020.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

El corazón más grande del mundo

Un tesoro en tus manos

Una piedra en el camino