Kali el Koala de la Luna
A Sara le encantaba que cuando su mamá le daba su beso de buenas noches, le dejara la cortina de la ventana de su cuarto abierta, sobre todo cuando había luna llena, porque le encantaba ver la luna mientras se quedaba dormida.
Un día, mientras sus ojitos se estaban entrecerrando, vio algo que se movió en la luna. Primero pensó que era su imaginación, pero volvió a ver algo moverse.
Sin hacer mucho ruido, se bajó de la cama, subió a la silla del escritorio junto a la ventana, y miró con más cuidado. Algo se estaba moviendo.
Luego de unos minutos viendo aquello, por fin logró identificar la forma de lo que estaba moviéndose: era un hermoso koala blanco, de ojitos azules. Estaba jugando con el polvo lunar, y mientras brincaba y rodaba, y se escondía y daba vueltas de carreta, su hermoso pelaje brillaba más que la luna misma. Unos minutos después, el koala corrió y se ocultó en el lado oscuro de la luna. Seguro ahí estaría su mamá y lo había llamado a dormir. Sara regresó a la cama y se durmió enseguida.
Al día siguiente, se quedó viendo fijamente a la luna, para estar atenta a los paseos del hermoso koala y tal como el día anterior, en un momento dio un salto y empezó a juguetear, alegre y lleno de energía, pero esta vez, entre una pirueta y otra, volvió su carita hacia Sara y con sus ojitos más azules que el cielo de la mañana, la vio y le sonrió.
El koala bajó junto a su ventana y la saludó, con su manita peluda y blanca. Ella le devolvió el saludo y lo invitó a pasar a su cuarto, para que no le diera frío ahí afuera.
Se sentaron en la alfombra del suelo y entonces el koala le dijo que se llamaba Kali, que vivía en la luna con su mamá, pero que a veces venía a jugar a la Tierra. Ya sabía que ella se llamaba Sara y ya la había visto antes, mientras se quedaba dormida, pero no había querido llamarla, para no despertarla.
Sara y Kali conversaron por largo rato y cuando ella se dio cuenta, era ya de mañana, se había dormido en la alfombra y ya Kali no estaba.
Era tal su emoción de haber conocido al koala en la Luna que corrió al cuarto de sus papás y les contó lo que había pasado. Su mamá le dijo que no podía quedarse hablando tanto tiempo, porque esa era su hora de dormir, pero le dijo que esa noche le llevara una galleta a Kali, por si bajaba, para que le ofreciera algo de comer.
Así fue, esa noche Kali regresó a conversar con Sara y le agradeció la galleta. Jugaron un poco y esta vez Kali subió a la Luna más temprano, para que Sara pudiera dormir.
Varios días pasaron y cada noche Sara esperaba con mucho cariño a Kali, que ya era su amigo. Les encantaba conversar y jugar. Se divertían y se sentían muy felices. A Kali le encantaban las galletas de avena, pero no le gustaron las de mantequilla, por lo que cada noche Sara le llevaba una galleta que su mamá le daba para él.
Pero un día la Luna no brilló en el cielo y Kali no apareció. Sara corrió a llamar a su mamá para que le ayudara a encontrarlo y juntas vieron por la ventana. La Luna no estaba. Sara se preocupó, pero su mamá le explicó que la Luna regresaría pronto. Que ella también se iba a dormir, pero que su día era más largo que el nuestro. Mientras dormía no podía verse en el cielo, pero cuando iba despertando se iba iluminando poco a poco, hasta que volvía a estar despierta.
Su mamá tenía razón, la Luna regresó unos días después y Kali también regresó a jugar con Sara y a comer galletas de avena.
Obsequio a Sara por su cumpleaños 6.
© Esta historia es propiedad de S.M.A.
Escrita el 15 de septiembre del 2020.

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