La flor más bella
Melina era una hermosa cigüeña blanca muy joven, apenas acababa de cumplir cuatro años, pero su tamaño era como el de sus padres, sus alas enormes y fuertes ya le permitían viajar grandes distancias.
Su familia era muy especial. Sus papás fueron traídos desde España a un zoológico en el sur de California, cuando apenas eran unos pichones. Junto a ellos venían una docena más de cigüeñas de igual edad. El experimento fue fatal para casi todos, porque se les sacó de la zona en que habían vivido sus padres y los padres de sus padres, por cientos de años, a un territorio que no solo era desconocido para ellos, sino que era inclemente ante sus necesidades. Los únicos que sobrevivieron fueron sus padres, quienes afortunadamente congeniaron, porque como es sabido, las cigüeñas blancas solo tienen una pareja durante toda su vida, a la que escogen desde muy jóvenes.
El zoológico en el que vivían, ante la muerte de casi todos sus ejemplares, decidió liberarlos, pero en lugar de hacerlo en la tierra de la que los extrajeron, lo hicieron en las grandes planicies californianas, donde tuvieron que aprender a sobrevivir.
Sus papás sentían la urgencia de emigrar, porque la migración de largas distancias está en su naturaleza, es un llamado interior que los mueve a volar lejos en ciertas épocas del año, pero ellos no quisieron aventurarse lejos del nido, sobre todo cuando Melina nació. Sus tres hermanitos no sobrevivieron el primer año, por lo que sus papás tenían un especial cuidado de su única hija.
Este era un año especial, porque ya Melina podía volar largas distancias, igual que sus papás, por lo que decidieron visitar un lugar maravilloso del que habían escuchado hablar a las ballenas azules en sus visitas a las playas de California. Al parecer era un grupo de varias islas, en el Pacífico Sur. Las ballenas son excelentes marineras y le dieron indicaciones muy precisas a sus papás, por lo que esperaban tener un buen viaje hasta aquella tierra, a la que los humanos llamaban Galápagos.
El viaje fue tranquilo, bordearon el Océano Pacífico pernoctando en varios lugares, conociendo cosas nuevas, muchas increíbles, muchos amigos y lo mejor de todo es que tanto Melina como su mamá se sorprendían con todo, porque ninguno había hecho un viaje de larga distancia hasta ahora.
Volaron por las tardes y parte de la noche y descansaron en las mañanas, hasta que por fin se adentraron en el mar y a lo lejos vieron el paraíso que les describieron las amigas ballenas, ahí estaba Galápagos. Y era todo lo que les dijeron y mucho más. Un paraíso en la tierra.
La visita a las islas fue realmente memorable, conocieron a tantos amigos, criaturas que en su vida habían visto y jamás imaginarían que existieran, compartieron tardes de tertulia viendo el sol sumergirse en el horizonte, derritiéndose y tiñendo todo el mar de color oro y contando historias de estrellas lejanas, de otros tiempos, de dioses y héroes.
Entre los mejores amigos que hizo Melina, estaban las enormes tortugas de tierra de Galápagos, animales majestuosos que parecían tener todos los años del mundo sobre sus caparazones. Que seres tan maravillosos, llenos de sorpresas y de historias. Su preferida era Sara, una vieja tortuga, que según los humanos tenía ciento veinticinco años, pero que cuando le preguntaban su edad, ella reía y les contestaba “¡si fueran solo esos!”.
Pero como todo en la vida, este viaje memorable llegó a su fin. Tanto Melina como sus padres estaban realmente tristes de tener que irse, pero era momento de responder a sus voces internas y regresar a su hogar adoptado en California.
Cuando alzaron el vuelo sobre el Pacífico, rumbo a las costas de Ecuador, Melina no pudo contener sus lágrimas, por lo que su papá se acercó y la consoló. Le aseguró que tanto su mamá como él, se sentían igual de tristes de dejar un lugar tan maravilloso atrás y sobre todo a los sorprendentes amigos que habían hecho. Pero su papá le aseguró que no tenía que preocuparse por sus nuevos amigos, porque de ahora en adelante seguirían viajando cada año a pasar su migración en las aquellas islas paradisiacas.
Y así fue, cada año, sin falta, viajaron a inicios de septiembre, tardaban alrededor de un mes en llegar a Galápagos y se regresaban a finales de octubre para pasar las navidades en su casa en California. No fallaron ni una sola vez, por nueve años consecutivos, vivieron una temporada en las islas, donde su presencia era tan cotidiana, que sus habitantes las consideraban parte del pueblo. De hecho cuando Jonathan, la más vieja de todas las tortugas, convocaba a Asambleas del Pueblo, ellos también eran convocados y se les tomaba opinión, sin distinción alguna con los demás asambleístas.
El décimo año, cuando ya estaban preparando todo para volar al Sur, su mamá empezó a sentirse un poco mal. Parecía un catarro, por lo que le traían caldos de verduras y bayas salvajes, para que le subieran las defensas. Pero a los días, su papá también cayó enfermo. Ellos ya eran mayores, tenían, según las cuentas de Melina, unos treinta años, por lo que ella no estaba preparada para que pasara lo que lamentablemente pasó. Una semana después de que enfermó su papá, ambos fallecieron.
Melina se sintió desolada. No sabía que hacer, no tenía más familia en estas tierras, y su pesar era tan grande, que no sentía ganas de moverse.
A inicios de enero, cuando las grandes ballenas azules pasan por la costa californiana en su camino al Océano Ártico, llamaron a algunas gaviotas que encontraron en la playa, para que buscaran a Melina.
Les costó encontrarla. Se había refugiado en un viejo galpón, tierra adentro, del que según unas ardillas que vivían en un árbol vecino, casi no salía, ni para comer. Las gaviotas tuvieron que usar sus mejores técnicas de persuasión para convencerla de ir con ellas a la playa, pero lograron llevarla con las ballenas.
Al verla, las ballenas, que eran sus amigas desde hacía muchos años, se preocuparon y la llevaron en sus lomos a pasear por el océano, para conversar y para ayudar a Melina a salir de ese estado catatónico en el que la encontraron. Ellas le contaron que en Galápagos estaban muy preocupados porque no llegaron ese año y les pidieron averiguar lo que pasaba. Melina les dijo que no quería moverse más, que ya no tenía razón para vivir, ni familia por la que ocuparse.
Maya, la matrona de las ballenas, la vio con su gran ojo gris oscuro, que parecía un pozo infinito en el que se veía el origen del Universo, y luego de un gran rato, resopló agua por su lomo y la bañó de pies a cabeza. Cuando Melina se sacudió y estaba más alerta, le dijo: ‘Melina, estás cerrando los ojos de tu corazón. No estás sola, tienes muchos amigos que te amamos y nos preocupamos. En Galápagos está tu familia, no puedes olvidarlo’.
Melina se quedó cavilando de las palabras de Maya, por mucho rato, hasta que cayó la noche y se preparó para regresar a su galpón. Rania, una de las ballenas jóvenes, le dijo a Melina que no se fuera, que se quedara a dormir con ellas esa noche y ya vería el día siguiente lo que podría hacer. Melina accedió y durmió como hacía mucho no lo lograba, un sueño tranquilo, sin revueltas mentales, ni sustos nocturnos.
Al amanecer, abrió sus ojos y se encontró en medio de un océano hermoso, azul profundo, tranquilo e infinito. Sus amigas ballenas estaban cerca, pendientes de ella. Eran realmente unas buenas amigas. Conversaron un largo rato y al final, Maya la invitó a emprender el viaje a Galápagos, allá la esperaban todos.
Y así fue, Melina emigró a Galápagos. Era el décimo año en que viajaba al Sur, el primero en que lo hacía sola y aunque todavía no lo sabía, era el último viaje migratorio que haría.
En Galápagos, sus amigos que la amaban y que eran realmente su familia, la acogieron, la consolaron y le ayudaron a sanar la enorme herida que tenía en su corazón por la pérdida de sus papás. Melina se sintió en casa, además no encontró razón alguna para regresar a California, por lo que decidió quedarse a vivir ahí, con su familia, rodeada de amor, de cariño y de maravillosos amigos que la entendían y a los que ella entendía muy bien.
Pasaron los años y un día, su vieja amiga Sara, una de las tortugas más longevas de Galápagos, la mandó a llamar.
- Melina, siéntate aquí, junto a mi. Necesito decirte algo importante.
Ya llegó la hora de partir de este mundo, y no quiero hacerlo sin antes pasar mi tesoro a quien creo que será la mejor portadora que puede llevarlo.
Melina se sobresaltó y quiso empezar a alegar y a pedir ayuda, pero Sara no la dejó.
- Tranquila mi niña, debes entender que todo lo que tiene un comienzo, desde el mismo día en que empezó, tiene marcado el día de su final. Así funciona nuestro Universo y no es algo con lo que debas combatir, porque solo encontrarás frustración y desánimo.
Yo he vivido muchos años, muchos más de los que los humanos creen. He vivido 1223 años y ya es el momento de dejar este cascarón viejo y arrugado, para seguir el camino de mi corazón, más allá de este mundo, mucho más allá de las estrellas del firmamento. Ahí hay un lugar para mí y para ti en tu momento. El mío ya llegó.
Pero no puedo irme sin trasladar mi tesoro a quien merezca portarlo y yo te elijo a ti mi niña, porque eres el ser con el corazón más puro que he conocido en mi larga vida.
Hace muchos años conocí a un tortugo hermoso del que me enamoré y él me correspondió. Vivimos un idilio de ensueño por muchos años, pero su momento llegó, como hoy llega el mío, y entonces me contó su historia.
Yo lo conocía como Atu. Sabía que venía de muy lejos, nadie sabía de donde, pero un día solo apareció en esta isla, como un día tu también lo hiciste. Pero a diferencia de tu aterrizaje grandioso, con tus enormes alas blancas de puntas negras, él no tenía alas, ni tampoco aletas para nadar. Pero a mi no me importó, cuando lo vi, supe que era mi compañero de vida y lo fue, por mucho tiempo.
Pero ese día Atu habló conmigo, serio, casi ceremonioso. Me contó que su nombre en realidad era A’Thuin y que había nacido en Grecia hacía 1501 años. Que cuando era joven, un viejo oso pardo, enorme, peludo y de ojos infinitos, le pasó un tesoro maravilloso. Le obsequió la flor más bella. Era una palabra cargada de energía, que permitía a quien la portaba tener una vida muy longeva, viajar largas distancias por medio de portales en el espacio-tiempo y transformarse en la criatura que quisiera. Me contó que originalmente fue una cabra de montaña, después un delfín, una ballena y cuando llegó a la costa de Galápagos y me vio, se transformó en una tortuga de galápagos. Yo creía que me lo decía solo por halagarme. Y lo agradecía profundamente.
Me enseñó luego una hermosa marca en su caparazón, que siempre vi, pero que no sentí nunca curiosidad por saber de que se trataba. Era algo escrito en un idioma que yo desconocía, pero Atu me contó que era árabe antiguo y decía ‘la flor más bella’.
Entonces cerró sus ojos y la palabra se iluminó y empezó a salir de su caparazón, flotando en el aire hasta llegar a mí. Cuando me di cuenta ya tenía esta marca en mi caparazón.
Sara le mostró a Melina su hermosa marca. Esta era su forma:
اجمل زهرة
- Me dijo que se leía 'ajmal zahratan, pero cuando me lo dijo, ya yo lo sabía. No entendía cómo, pero de pronto sabía muchas cosas.
La flor más bella no solo es un pase de vida longeva, de poderes transformadores o de viajes entre el tiempo y el espacio, es sobre todo, un conjunto de conocimientos guardados por milenios que están al servicio del portador y, a través de él, del mundo.
Así, sin decir más, cerró los ojos, empezó a iluminarse de un color blanco azulado muy hermoso, muy brillante, pero que no lastimaba la vista. Y la luz se fragmentó y empezó a difuminarse por todas partes, en todas direcciones. Así mi amado Atu partió de este mundo.
Yo nunca quise cambiar mi forma, y no sentí ninguna necesidad de viajar a través de portales a otro lugar. Mi vida estaba aquí y me sentía satisfecha con el lugar en el que estaba. Pero cuando te pase la flor, ya sabrás lo que querrás hacer con ella.
Así sin más, la palabra en el caparazón de Sara empezó a brillar y a salir de su caparazón, flotando hacia Melina y colocándose en su ala derecha. Se veía hermosa en su plumaje blanco, como si fuera una mariposa de hermosos colores azules y verdes, que tenían sus plumas como marco.
Entonces, tal como Sara describió la desintegración de su amado Atu, ella igualmente se difuminó en millones de pequeñas luces que volaron hacia cada rincón del Universo.
Melina no sintió dolor ni pena. De pronto entendía todo. Eso le dio paz.
Igual que su amiga Sara, decidió quedarse en Galápagos. Ya verán los humanos cómo explicar que una cigüeña blanca esté tan lejos de su hogar en Europa y África, y aún más, que traten de buscar una respuesta a la larga vida que tendría por delante.
La flor más bella es el regalo del amor del Universo y cualquiera que desee recibirlo, lo tendrá grabado en su corazón.
Obsequio a Laura por su cumpleaños 48.
© Esta historia es propiedad de L.A.M.
Escrita el 7 de septiembre del 2020.

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