La Hermana Humana
Estaba por terminar las materias de la carrera de periodismo en la universidad y uno de los trabajos finales era realizar una entrevista a alguna personalidad que fuera de alguna forma significativa para nosotros. Desde que nos avisaron de las reglas del proyecto, vino a mi mente una mujer a la que siempre quise conocer, que ni siquiera sé si existe, pero a quien adoraría entrevistar. No se trataba propiamente de alguien famoso, pero tras comentarle a mi profesora, ella vio una buena oportunidad de desarrollar una historia y me autorizó a seguir adelante.
Mi primera tarea fue localizarla. Supe de ella a través de mi profesora de español del colegio de monjas al que asistí, quien a su vez escuchó su historia de una conversación entre algunas monjas. Poco después le pregunté a una de las hermanas que se había hecho muy amiga mía, porque en alguna ocasión la defendí de mis compañeros que se referían a ella como ‘la hermana berenjena’, por la forma de su cuerpo. Pero el problema es que hacía varios años me contaron que había dejado los hábitos y regresó a la casa de sus padres en San Carlos. Tendría que ir al colegio a preguntar.
Pedí una cita por teléfono con la directora del colegio, que para mi sorpresa seguía siendo la Hermana Estela, una monja que probablemente tenía unos 300 años y confirmaba el dicho de que hierba mala, nunca muere. No más pasado el portón principal, sentí como me cayó encima el recuerdo, que mi cerebro se había esmerado en archivar cuidadosamente escondido en los rincones más alejados de mi memoria, sobre mis experiencias en este lugar. Me sentí apesadumbrada, adolorida y muy herida. Al parece me falta mucho por trabajar conmigo misma.
Afortunadamente la Hermana Estela no se acordaba de mi, o fingió muy bien, porque fue muy amable desde que llegué, hasta que salí. Me contó que ella conocía de la historia por algunas novicias que se la contaron hacía muchos años y que en algún momento en que pasó una temporada en la sede de la congregación en Grecia, le confirmaron su veracidad y lo último que supo es que trabajaba la finca de sus papás en Grecia y me dio su dirección. Ella había perdido todo contacto con las hermanas que le contaron la historia, por lo que no sabía si aun estaría allí, asi que preparé mi viaje a Grecia para el fin de semana, para lo cual recluté a mi hermano como chofer y guardaespaldas, nunca me he sentido cómoda yendo sola a lugares que no conozco, por lo que siempre que puedo, echo mano de mi hermano, a quien le aseguro que esa es su misión en la vida, acompañarme.
Nos fuimos temprano. El lugar se llamaba Altos de Peralta en el distrito Puente de Piedra, que al parecer estaba bastante alejado del centro de Grecia. Llegamos cerca del mediodía y pasamos a almorzar a una sodita que estaba a un costado de la pequeña iglesia del lugar. Empecé a averiguar si alguien la conocía y fue bastante difícil, porque no sabía cómo se llamaba. De pronto me pareció que la Hermana Estela no fue amable conmigo, solo quiso jugarme una broma pesada enviándome a buscar a un fantasma en la tierra de nadie y lo estaba logrando. La gente nos veía con recelo, como si estuviésemos buscando víctimas para un asalto. Toda la tarde recorrimos el pueblito caminando y preguntando hasta que por fin, cuando ya el sol estaba ocultándose, un niño pequeño, que nos oyó conversando con su abuelo, se nos acercó y nos dijo: ustedes deben estar buscando a Lola la loca. Asi sin más, mi personalidad famosa se convirtió en una loca llamada Lola. El niño nos dio algunas indicaciones, pero al parecer la finca donde vivía era bastante lejana, por lo que regresamos a Grecia a dormir en in pequeño hostal que vimos de camino y regresaríamos al día siguiente.
Por la mañana, luego de desayunar en el pueblo, fuimos directamente al lugar donde supuestamente estaba la finca. El niño nos dijo que no había forma de perderse, porque la calle por la que nos envió, no tenía desviaciones y terminaba justo en la entrada de la finca de la loca, como le conocían los vecinos.
Los lugares que pasamos eran realmente hermosos. Grandes bosques de árboles que definitivamente tenían más de cien años, no solo por la altura, ya que sus copas hacían cosquillas de las escasas nubes del cielo más azul que había visto en años; sino porque el grosor era impresionante, probablemente se requerirían varias personas para abrazarlo. Eran robles, higuerones y otros que no reconocí, claro tampoco es que fuera experta en biología vegetal, pero tampoco era necesario, la belleza era el lenguaje que nos conectaba con aquel lugar, no las palabras.
Tras varias horas de viaje, cuando ya creíamos habernos perdido, al fondo se veía un gran arco sobre un portón de hierro herrumbrado, que tenía escrito en unas letras desgastadas sobre madera, ‘Tierra de Dios’.
Alcanzamos el portón pero no encontramos cómo abrirlo. No se veía mucho hacia adentro, ya que los bosques que nos acompañaron todo el camino, seguían luego del portón, solo interrumpidos por una pequeña callecita que muy pronto daba vuelta y se perdía de nuestra vista.
Mi hermano empezó a sonar el pito del carro, aun y cuando le dije cuán inútil sería el esfuerzo. Al rato, a punto de regresarnos a Grecia, unos perros se oyeron ladrando dentro de la propiedad. Se oían lejanos, pero al menos era una señal de que alguien podía estar por ahí. Volví a ver a mi hermano, que me devolvió la mirada con una gran señal de interrogación, y le dije ‘ay por favor, ¡¡ahora es cuando tienes que tocar el pito!!’.
De pronto los perros corrieron hacia el portón, desde el sendero que se perdía en el bosque y cuando pensé encerrarme en el carro para evitar ser devorada por una jauría salvaje de lobos, una figura humana se vio a lo lejos. Se detuvo a unos doscientos metros del portón, llamó a los perros que regresaron a su llamado, con una docilidad impresionante y nos gritó: ¿A quién buscan?, era una mujer, y yo me quedé en blanco, a quién busco, como le explico que es a una persona de la que supe hace años, mientras estaba en el colegio y de quien no se ni el nombre. Entre cavilaciones, la mujer se acercó cautelosamente al portón y mi hermano, que no suele pensar lo que dice, sencillamente le soltó: ‘a una mujer que llaman Lola la loca’.
La cara de ofuscación con que se acercó la mujer, era tan evidente, que mi hermano dio unos pasos hacia atrás. Yo aproveché que estaba cerca y empecé a contarle mi historia, cómo supe de ella, cómo llegamos hasta aquí y mi intención de entrevistarla. Ella se quedó viéndome por largo rato, ninguno decía ni una palabra; los perros se echaron a sus pies y el silencio se estaba volviendo incómodo, hasta que un sonido metálico, rechinó en nuestros oídos, el portón se abrió, la mujer se dio media vuelta y nos dijo: pueden pasar, el carro se queda afuera. La seguimos y tras nosotros se cerró el portón.
Mi hermano tenía cara de haber entrado en la finca de recreo de Freddy Krueger y que dentro de una hora estaríamos cortados en julianas, adornando algún cuarto de torturas en el sótano de una casa imaginaria. Ya conocía esa cara y le pellizqué el brazo, para que recobrara la compostura. Entonces la mujer dijo, sin volvernos a ver, ‘no se preocupen, no soy una asesina en serie’. No es que eso nos tranquilizara, pero ya estábamos dentro y teníamos que seguir.
Caminamos un poco más de un kilómetro, y tras una curva en el sendero, totalmente oculta por los grandes árboles y la maleza que reinaba por doquier, se abrió un pequeño claro, con una cabaña rústica, de madera, pequeña pero muy bien cuidada. Pasamos a la casa y la mujer nos ofreció un café. Cruzamos por la pequeña cocina y nos señaló un corredor posterior, con algunas mecedoras y nos dijo que esperáramos ahí, que ya casi nos acompañaba con el café.
No sentamos a conversar en la hermosa terraza de la cabaña y ella por fin nos dijo su nombre. Se llamaba Dolores.
El café estaba realmente delicioso. Nos trajo también unas galletas de mantequilla que mi hermano devoró como si no hubiera comido nunca en su vida, por lo que Dolores entró a traer un frasco de vidrio lleno de galletas. ‘Sírvete’, le dijo.
Entonces me hizo algunas preguntas generales, de dónde éramos, como supimos de ella y cómo llegamos hasta ahí. Cuando le mencioné a la Hermana Estela, rompió en carcajadas, luego de lo cual, casi sin poder hablar, me dijo: ‘esa cabrona, sigue molesta conmigo. ¿Sabías que Estela es mi hermana?’.
Y como si se hubiese roto el glaciar que estaba bloqueando el acceso a su corazón, empezó a contarnos su vida:
(continuará)
Obsequio a Wendy por su cumpleaños 40.
© Esta historia es propiedad de W.V.V.
Escrita el 27 de septiembre del 2020.

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