La niña y el higuerón


Vivir en el campo no es fácil, el trabajo agrícola es cansado, pesado y muy mal remunerado, las contingencias se suceden de imprevisto en imprevisto sin dar tiempo a tomar medidas contingentes. Si no es exceso de lluvia, es la falta de esta. Si no es una plaga o una enfermedad, es un problema de calidad de semilla o de suelo. Llevar comida a la mesa diariamente, es una lucha incesante. Pero la pobreza en el campo es diferente a la de la ciudad; en el campo la pobreza es digna, no tiene cara de hambre y está libre de estigmas y prejuicios. Es la bendición de vivir entre gente sencilla, honesta y en general inocente.

Por eso ella vivía feliz, llena de juegos y magia, alimentada más por la naturaleza en la que se movía, que por la cocina de su casa. Sabía que era pobre, pero no era algo que le preocupara o pasara por su cabeza al levantarse de madrugada a ayudar con las tareas de la casa. Ella tenía todo lo que quería y lo que necesitaba para ser feliz.

A sus doce años ya conocía las tierras, fincas y caminos de su pueblo, mejor que cualquier geógrafo o cartógrafo. Las conocía por recorrerlas descalza, junto a sus hermanos y vecinos, subiéndose a los árboles frutales, a disfrutar de los deliciosos frutos directamente de las ramas que los sostienen. Bajando a los riachuelos a mojarse los pies o a pescar alominas. O subiendo a las colinas en los potreros desde los que se lanzaban en cartones o tablas de madera, que enjabonaban por uno de sus lados para que se deslizaran más rápidamente.

Recorrer grandes distancias saltando de la copa de un árbol a otro, no era una actividad peligrosa, sino una proeza que todos los chiquillos como ella querían alcanzar. Ella se ufanaba de su destreza para moverse entre los árboles, mejor que cualquiera.

Sabía lo que era trabajar, cuidando las gallinas y recogiendo sus huevos, ordeñando la vaca bien temprano en la madrugada, participando de las cogidas de café, recogiendo los frutos maduros que se amontonan en las ramas de los cafetos, que uno a uno llenan los canastos de los cogedores, para ir a los sacos y luego a la medida para determinar el pago. También sabía lo que era trabajar en los tabacales, el cuidado que tenía que darse a las enormes hojas de sus plantas, y un cuidado todavía mayor cuando la hoja se cortaba para llevarla a secar a la troja, terminando con la delicada tarea de amarrar las hojas ya secas, que eran quebradizas, por lo que se tenían que tratar como la porcelana más fina de los comedores de un palacio en Europa.

Le encantaba ir a la escuela cada mañana, a recibir clases junto con los demás niños del pueblo, donde todos en una sola clase, aprendían lo que les correspondía de acuerdo al nivel que cursaban. El maestro era un señor grande, de cabellos blancos y voz grave, con un temperamento muy poco tolerante, pero el amor con el que enseñaba hacía que todos los niños se sintieran a gusto en sus clases, aunque se llevaran una regañada o se volviera de pronto desde la pizarra y le lanzara el borrador a la cabeza de quien estuviera distraído o conversando.

La escuela también les permitía hacer una comida que buscaba suplir cualquier deficiencia en la alimentación que recibían en sus casas, por lo que les daban muchas proteínas y vegetales, lo cual les encantaba. Ella disfrutaba en particular los días de olla de carne, porque le encantaba comerse los trozos de carne hasta dejar el hueso limpio, y entonces succionarlo para extraer el sabor que se guardaba en sus poros durante la cocción.

Pero lo que más disfrutaba eran las tardes que pasaba sola, construyendo mundos fantásticos que habitaba de forma tan natural, que parecían reales. Su palacio de sueños estaba bajo el higuerón que daba paso a la fuente de agua, a la que cada tarde tenía que bajar a recoger agua para el café y para la comida de la noche.

Era común que tras varias horas sin que regresara, alguno de sus hermanos o hermanas fuera a buscarla para que recibiera las reprimendas correspondientes de parte de su mamá, que necesitaba del agua que ella tardaba en llevar, para seguir con sus labores domésticas. Ellos sabían donde buscar, siempre estaba subida en el higuerón, descansando entre sus ramas, conversando con sus amigos imaginarios o soñando despierta esos mundos maravillosos que llenaban su mente.

A veces no quería bajarse, porque estaba viviendo aventuras maravillosas que no podía dejar a la mitad, por lo que su mamá tenía que venir a gritarle para que bajara o a amenazarla de que bajaba por las buenas o por las malas. Ella igual bajaba, aunque tenía plena seguridad de que su mamá no podría subir por las enredadas ramas del higuerón, por más que quisiera perseguirla.

Y es que su mente se movía tan rápido cuando estaba en ese espacio mágico, que era fácil perder el sentido del tiempo.

El higuerón era un árbol viejo y enorme, con un tronco que ella no podía abarcar al abrazarlo. Había calculado que necesitaría al menos tres niñas más de su tamaño, para rodear al vetusto árbol. A diferencia de otros árboles, con cortezas uniformes, el higuerón era maravillosamente complejo, parecía que cientos de árboles se hubiesen fundido y sus troncos salían desde el suelo creando espacios entre ellos, nichos naturales para albergar la imaginación de cualquiera. Las raíces más inmediatas al tronco son superficiales, por lo que transcurren de forma irregular por el área que rodea al árbol. Entre las raíces de este higuerón, se hicieron escalones, que permitían bajar con mayor facilidad y seguridad, desde la casa, hasta el pozo.

Era un árbol enorme, de unos 20 o 30 metros de altura; el tronco era largo, subía en esa enredadera de árboles fundidos, por unos dos metros y entonces cada árbol que lo componía se separaba y de cada uno de ellos salían las fuertes ramas que se extendían por varios metros, hacia arriba y a los lados. Era un árbol frondoso que albergaba a muchísimas otras vidas que vivían junto a él o de él. Enredaderas, ardillas, muchos pájaros y hasta algún tigrillo que se extraviaba de sus territorios y subían al higuerón a refugiarse para pasar la noche.

La habilidad de la niña para escalar el árbol, era sorprendente. Apoyándose en los nichos que creaban los árboles fundidos en el tronco, iba subiendo hasta encontrar las ramas que se separaban y le servían de escalera, para ascender hasta el mismo cielo. Asomarse sobre las ramas superiores del higuerón era toda una experiencia. Podía ver su casa y la escuela, la plaza de fútbol y las casas de sus vecinos, como si fuera un pájaro sobrevolando el pueblo. Muchos de sus sueños y de las fantasías que crecían en su interior, las motivaba la magia que acompañaba a este anciano árbol y a todos sus habitantes.

La vida en el campo no es fácil, pero con un higuerón y un pozo, una niña de doce años tiene más que suficiente para ser feliz.

Obsequio a mamá por su cumpleaños 74.
© Esta historia es propiedad de L.M.V.C.
    Escrita el 26 de agosto del 2020.

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