La Santa Sabiduría



- Hola mi niña, que bien que vienes a verme – le dijo el abuelo – porque he estado pensando en vos desde temprano.

- Ya se abuelo, hoy cumplo años, ¿recuerdas?

- Ay mi niña, mi niña, ¿cuándo se me ha olvidado tu cumpleaños? Además, no he pensado en vos por eso, aunque que dicha que viniste para darte un abrazote cumpleañero, sino porque me encontré esta postal y te la quería regalar.

La postal del abuelo era de algún lugar con el nombre София. Por detrás tenía un saludo para mi abuelo: “Rodrigo, mi hermano; te saludo desde el corazón de Bulgaria, donde los comunistas están en el poder, pero igual no pueden decir ni una palabra que el camarada Zhivkov no les haya autorizado antes. Me encantaría que estuvieras viendo esta hermosa ciudad conmigo. Tu amigo y hermano Rodrigo”. El matasellos indicaba la fecha de 20 de agosto de 1986.

Antes de que pudiera formular ni una pregunta, mi abuelo empezó a contarme una de sus historias, de esas que adoraba escuchar y que me provocaban sueños fantásticos por las noches. Así que callé y me dispuse a escucharlo.

- Sabes mi niña, en mi juventud milité en las filas del comunismo criollo desde muy niño. Nunca dejes que te hablen mal del comunismo criollo, éramos jóvenes voluntariosos, que creíamos en la posibilidad real de construir una sociedad más justa, donde la pobreza estuviera proscrita y la salud y la educación fueran derechos inalienables de cada habitante. Donde nadie fuera tratado diferente, ni las mujeres, ni los negros, ni los chinos, nadie, porque todos formábamos parte de la misma sociedad y teníamos derecho a que el Estado nos tratara igual, sin distingos, sin preferencias. Un país en el que no hubiera ricos, sino solo gente normal, feliz, que podía trabajar, estudiar y realizarse, que no tuviera que correr porque no tenía que llevar a la mesa de sus hijos, que supiera al acostarse, que sus hijos y sus nietos heredarían una tierra que manara justicia, donde se cosechara equidad y en la que los frutos supieran a libertad.

Pero bueno, ya ves que por más que uno sueñe, a veces la realidad es dura y te golpea en la frente, y te deja marcas de sangre en las manos.

Desde muy chiquillo iba con mi papá a las reuniones de Manuel Mora en la casa de don Víctor. Él nos hablaba de las grandes conquistas que estábamos consiguiendo, que ya había convencido al terco de Calderón de promulgar las garantías sociales, que buscar el apoyo de Víctor Manuel, el curita del pueblo, fue una gran idea. Y tenía razón don Manuel, fue algo grande aquello que logró el partido en esos días, fue tan grande, que los dueños de todo se sintieron amenazados y nos cayeron encima.

Toda mi juventud milité en un partido que estaba proscrito por ley: “los comunistas”, así nos decían, como si con eso nos ofendieran. No nos ofendían, pero si nos hicieron daño, éramos prohibidos. Yo no podía entender cómo podían declararte “prohibido”, pero así lo hicieron.

En los setentas, cuando el viejo Figueres ya estaba chochando y sentía cerca la muerte, como que le entró un remordimiento por habernos tratado tan mal, traicionando su palabra y vendiéndose a los intereses de los poderosos, logró que la prohibición a nosotros y a lo que perseguíamos, que estaba vergonzosamente gravada en la misma Constitución, se eliminara, y de pronto, un día nos acostamos prohibidos, y al día siguiente ya no lo éramos.

Aquellos años fueron muy difíciles, la gente nos trataba mal, creían las mentiras que decían de nosotros y nos veían diferente, nos discriminaban y a veces también nos agredían.

En esas revueltas fue donde conocí al doctor, el que me envió esta postal, Rodrigo Gutiérrez. Él era joven, como yo, pero tuvo oportunidad de estudiar. Se graduó de médico y empezó a atender a la gente pobre, a la que no tenía cómo llegar a los hospitales, o cuando llegaban, eran maltratados por su origen humilde. Así vino a dar a Puriscal y así lo conocí. Nos entendimos y nos hicimos grandes amigos.

Teníamos largas conversaciones sobre política, sobre justicia y sobre tantas necesidades que veíamos en la gente, en nuestros compatriotas. La pobreza no salía en los libros, pero estaba en la calle, en las mujeres que trabajaban de sol a sol, con salarios miserables, para mantener a una catizumba de niños, porque su padre los dejó abandonados en la calle. O los niños descalzos y sucios, que ni siquiera parecía que tuvieran alguien que viera por ellos. Siempre teníamos mucho de lo que hablar.

En una de esas tardes en las que queríamos solucionar el mundo con un botón de algún invento de esos modernos, el doctor, como yo siempre le dije, me propuso irnos a pasar una temporada a la tierra de la Santa Sabiduría. Yo creí que era uno más de los juegos dialécticos que le encantaban, así que le seguí la corriente.

Me explicó que en un lejano país, al este de Europa, en esa parte que los europeos burgueses no consideran parte de su continente y por eso prefieren referirse a ellos como “los que están del otro lado del muro”, pero por más que lo intenten, los mapas siguen poniéndolo donde están, en Europa. Ahí, antes de cruzar el Mar Negro, pero lejos del Mar Mediterráneo, ahí está la joya de la civilización occidental, ahí está la ciudad que fue fundada para venerar a la Santa Sabiduría.

Yo estaba como embobado de imaginarme aquel lugar maravilloso. No podía dar crédito a lo que escuchaba y pensé que el doctor me estaba jugando una broma, lo cual no sería extraño en él. Pero entonces sacó un mapa arrugado, como si lo hubiera rescatado del basurero de una librería. No solo estaba arrugado, sino lleno de anotaciones, de marcas de colores y de una flecha roja que iniciaba en el norte del Océano Atlántico, atravesaba Irlanda y la Gran Bretaña, cruzaba las fronteras entre Bélgica y Holanda, se adentraba en la Alemania “buena” para partir Austria y Yugoslavia por la mitad y terminaba señalando una ciudad en el oeste de Bulgaria: Sófia.

El doctor me contaba que aquella ciudad surgió del deseo de una parte del Imperio Bizantino, que tuvo que correr hacia el noroeste huyendo de los Otomanos, y que quería fundar una ciudad donde la razón y el conocimiento fueran la base fundacional en la que se erigiera toda la civilización. Así que la Iglesia de Oriente erigió una ermita y la ofreció a la advocación de la Santa Sabiduría, Hagia Sófia.

Ya el doctor había visitado varias veces la Europa Roja, y siempre hablaba bellezas de las viejas ciudades de esos países. Pero me dijo que tras tantos kilómetros recorridos, ninguna ciudad era tan bella como Sófia. Por eso quería que lo acompañara a visitarla.

Yo primero pensé que era una broma o un cuento muy hermoso, pero un cuento al fin, pero resulta que el doctor ya estaba preparando todo para el viaje, incluso hizo reservaciones de avión para mi y me dijo que él cubriría los gastos, que para eso había trabajado de esclavo de las familias ricas, para que nos financiaran este viaje.

A mi me hubiese encantado ir con él, pero yo tenía muchas obligaciones aquí que no podía dejar, no podía dejar a mi familia, no podía irme como si fuera aquel muchacho que recorría lugares recónditos con el doctor veinte años atrás. Así que un día que venía medio apurado, lo detuve un momento y le dije lo que pasaba. No le dejé darme opciones, no quería que me convenciera, así que solo le agradecí y mi viaje terminó antes de empezar.

Pero de cada ciudad que visitó en ese viaje, el doctor me enviaba una postal. Esta que me envió de Sófia fue la última que recibí. También recibí unos días antes una carta en la que me contaba con gran desilusión que en este viaje había entendido que el mundo justo que habíamos soñado, en el que todos tendrían igual acceso a la riqueza y a los servicios del estado, no era más que un sueño. Me contó con gran tristeza que había visto cómo las ciudades bajo gobiernos comunistas, estaban maniatadas, amordazadas y encadenadas. La gente tenía todo menos libertad. En muchas lograron erradicar la pobreza, pero la falta de necesidad no significaba felicidad, no en una sociedad que no los dejaba hablar, que no los dejaba realizarse como seres humanos, que trataba a la gente como piezas de una línea de producción, donde el libre pensamiento era innecesario y proscrito.

Sentí tanta tristeza y desilusión en las letras del doctor, que mi corazón sintió el dolor que él sentía a tantos miles de kilómetros de distancia.

Después de esa postal, recibí otra misiva, desde Varna, una ciudad a las orillas del Mar Negro, famosa por sus balnearios, y seguro desde alguno de estos sitios medicinales me escribió, porque lo noté más tranquilo. Me decía que seguía creyendo en que podíamos transformar al país en una utopía de libertad y confraternidad, pero que no sería por la vía política, que el cambio lo tendríamos que generar todos desde nuestro interior, en nuestras acciones, en lo que hablábamos y lo que callábamos, en nuestras familias, trabajos, escuelas y barrios. Lo sentí con esperanza otra vez y eso me dejó muy tranquilo.

A los días su hermano Francisco me llamó para contarme que el avión que llevaría a Rodrigo a Turquía, se estrelló justo antes del aterrizaje y que no habían sobrevivientes. Me dijo que en las próximas semanas repatriarían sus restos y que me estaría informando.

La noticia me dolió muchísimo. El doctor era realmente mi hermano. Saber que ya no le vería más, me sumió en una depresión horrible, de la que solo tu abuela y su carácter tan reacio, me logró sacar.

Justo diez años después, naciste vos, mi niña. Y te aseguro que yo nada le dije a tu mamá sobre tu nombre, pero cuando me dijeron que te llamarían Sofía, mi corazón dio un salto enorme, tan grande que cuando caía creí que no regresaría a mi pecho. Saberte portadora de la sabiduría del Imperio Bizantino, de los conocimientos de otomanos y turcos, de búlgaros y cosacos, de gente que creyó en que el triunfo del conocimiento era la sabiduría y que la sabiduría era el estado pleno de las personas, me hizo feliz.

Por eso te regalo esta postal mi niña, porque es tu legado milenario, tu herencia de conocimiento y saber. Nada te dejaré cuando me vaya de este mundo, porque nada tengo, pero el conocimiento no se tiene, no se compra, ni se atrapa en bóvedas bajo cerrojos inexpugnables, el conocimiento se toma libremente y se fortalece en nuestro interior. Vos sos mi heredera de la sabiduría, es tuya y espero que te sirva para lo que debe servir, para ser feliz y hacer felices a quienes te rodean.

Tras esas palabras, mi abuelo empezó a llorar y yo rompí en un llanto lleno de escándalo, de amor y de melancolía. Nos abrazamos por mucho tiempo, una eternidad. Entonces nos miramos a los ojos y supe que su Sófia era mía. Me abrazó de nuevo, me deseó feliz cumpleaños y se puso de pie para llevarme a la cocina a tomar café.

Obsequio a Sofía por su cumpleaños 24.
© Esta historia es propiedad de S.J.M.
    Escrita el 20 de agosto del 2020.

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