La tortuga y la rosa


José era una hermosa tortuguita que vivía en el jardín de doña María. Tenía apenas cinco años, y era pequeña para su edad, pero su mamá le había dicho que no se preocupara, que en la larga vida que le esperaba por delante, la estatura no era un asunto importante. Él no entendía, pero las palabras de su mamá siempre lo tranquilizaban.

Tenía pocos días de haber llegado a este jardín. Antes vivían en el de don Antonio, pero su hijo Julián decidió poner ahí un gimnasio, por lo que su mamá y él se escondieron en uno de sus túneles y ella empezó a abrir un nuevo camino, que los llevó a la casa de doña María. Ella era una señora muy mayor, que vivía sola y que adoraba sus plantas, por lo que ahí podrían estar seguros por un tiempo. Ya doña María había visto a José cuando salió a regar las plantas del fondo del patio y él estaba distraído conversando con unos escarabajos que estaban de paso.

Doña María lo vio, lo levantó, le dijo muchas cosas bonitas, le hizo cosquillas en la pancita y lo volvió a colocar en el suelo. Al rato trajo unas hojitas de lechuga y ahí también vio a su mamá. A él no le gustaba la lechuga, pero le pareció que si la despreciaba causaría una mala primera impresión y su mamá siempre le advertía que era importante ser cortés y corresponder con amabilidad las atenciones de los demás.

Hoy por la mañana, en una de las plantas en el centro del jardín, nació una rosa.

Era maravillosa. Su color rojo se veía casi encendida cuando el sol la alumbraba y cuando doña María la roció con agua, las gotas se pasearon juguetonas por sus delicados pétalos, hasta que escurrieron por el tallo. Era realmente hermosa.

José se movió lo más rápido que pudo y cuando estaba al pie del rosal, llamó a la rosa:

- Oye, hermosa rosa, ¡aquí abajo!

La rosa, con su natural altivez, que era confundida por algunos habitantes del jardín con altanería, pero que solo era parte de su naturaleza, volteó y cuando vio a José saludándola, le devolvió el saludo con una sonrisa llena de colores, de luz, de texturas y de una felicidad contagiosa.

- Hola niño, ¿cómo te llamas?

- Me llamo José, vivo con mi mamá en la parte de atrás del patio.

- Mucho gusto José, yo me llamo Rosa.

José estuvo a punto de comentar lo poco original de su nombre, pero nuevamente recordó que su mamá le había enseñado a ser gentil y eso podría haberla molestado. En cambio entabló una conversación muy agradable con Rosa, diciéndole lo hermosa que se veía por lo que ella se sonrojaba y su color rojo solo se ponía más intenso.

Se hicieron grandes amigos. José pasaba horas bajo el rosal, conversando con Rosa. Hablaban de todo: del clima, de lo gentil que era doña María y del mal carácter de Joaquín, un grillo muy viejo que vivía en las margaritas del fondo.

Un día, cuando José caminaba hasta el rosal, como todas las mañanas, encontró un pétalo rojo, algo marchito, cerca del rosal. Al acercarse vio otro y bajo el rosal vio algunos más. Se preocupó mucho y le preguntó a Rosa si estaba bien, si necesitaba ayuda, si alguien le había hecho daño. Rosa, con la tranquilidad y afabilidad que la caracterizaban, tranquilizó a José: 

- No te preocupes José, es normal. Ya es hora de que descanse, pero te aseguro que he disfrutado cada minuto de nuestras agradables conversaciones. Este capítulo de mi vida ha sido feliz y plena, y mucho te lo debo a vos, pequeño José.

- Pero ¿te vas a morir?

- No José – y se rio tan fuerte, que un par de pétalos más se desprendieron de su corola – no me voy a morir. Solo cambiaré de vestido. Dentro de unos días volveré a despertar y me verás como siempre.

Ese día siguieron conversando un rato y luego José tuvo que regresar con su mamá, porque era hora de comer. Al día siguiente ya no estaba, solo habían quedado más pétalos sobre el césped del jardín. José se entristeció mucho y se fue llorando a su casa. Su mamá lo abrazó y lo consoló:

- Mi niño, no llores más. Voy a contarte un secreto. Tu amiga Rosa va a regresar muy pronto y ustedes podrán seguir conversando, como siempre. Pero debes entender que un día todos tendremos que dejar este mundo. Y no todos regresaremos como tu amiga Rosa. El secreto es que quienes te aman y a quienes amas, nunca te dejarán, porque cuando amas a alguien, le haces un campito en tu corazón y ahí vivirá para siempre. Aun y cuando no lo vuelvas a ver, porque se mudaron lejos, e incluso aunque no lo recuerdes siempre. El amor no se debilita, no se gasta, y el espacio en tu corazoncito, estará siempre ahí, te acompañará y te cuidará. Ahí estoy yo, y doña María, y hasta Joaquín, que por más malhumorado que sea, te quiere bien, lo he visto. Ahí está Rosa y aunque nos mudáramos mañana y no la volvieras a ver, ella vendrá contigo para siempre, viajará dentro tuyo y nunca te dejará.

José no entendía muy bien lo que decía su mamá, pero como siempre, sus palabras lo tranquilizaban y le calentaban el corazón.

Pero lo que si entendió José, fue que Rosa estaba en su corazón, así que por la noche, antes de ir a dormir, decidió conversar con ella, para así no extrañarla mientras ella volvía a nacer en el rosal. Fue una conversación muy graciosa, le contó un chiste que le hizo tanta gracia, que su mamá vino para ver si todo estaba bien.

Y así fue, durante su vida, José siempre hizo un lugar en su corazón para quienes amaba y le amaban, y siempre estaban ahí para él, en su corazón.

Obsequio a Ian por su cumpleaños 5.
© Esta historia es propiedad de I.J.A.C.
    Escrita el 12 de septiembre del 2020.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

El corazón más grande del mundo

Un tesoro en tus manos

Una piedra en el camino