Lucho y el Palacio de Justicia


La selva nunca fue un lugar fácil para vivir. Los animales se organizaban en clases y géneros, a los que se les daban tareas acordes a su naturaleza. Todos hacían lo que se suponía que debían hacer.

La cabeza del gobierno siempre correspondía a un león. El congreso se componía de varias especies de aves, sobre todo urracas y loros. La justicia la ejercían los búhos como jueces, los impalas como fiscales y los hipopótamos como abogados defensores.

La policía era ejercida por grandes rebaños de elefantes y los cuerpos de choque eran compuestos por enormes toros de lidia.

El ordenamiento no solo permitía un desarrollo agradable de la sociedad animal, sino que permitía a cada uno de sus componentes, ser felices en el lugar donde mejor pueden expresar su naturaleza.

Al parecer todos tenían claras aquellas reglas y las daban por sentadas, nadie se cuestionaba por qué le tocaba la posición en la que se le ubicaba desde que nacía, y tampoco parecía que ninguno sintiera que aquello no tenía ninguna razón.

Pero Lucho siempre sintió que los redondeles y las rondas no eran su lugar. No sentía satisfacción alguna en portarse altanero y peleonero, en aprovechar su físico para burlarse de los más débiles o de intervenir con los grupos de choque, embistiendo a cualquier animal que se le pusiera en frente.

Por eso abandonó la escuela policial, para el asombro de sus profesores y la vergüenza de su familia.

Trató de emplearse en otras tareas, pero las puertas se le cerraban una y otra vez. Solo tuvo oportunidad de sumarse a los equipos de limpieza de calles y parques, junto a algunos monos cariblancos, que eran muy simpáticos y trataron de que se sintiera bien, pero muy pronto Lucho entendió que sin manos con pulgares oponibles, no podría ayudar mucho levantando basura y barriendo calles.

Desde niño sintió gran atracción por el proceso de justicia, así que decidió acudir a las tribunas de las salas de juicio a observar el desarrollo de los juicios. Le fascinaba lo que veía y lo que oía, y aprovechando su memoria privilegiada, muy pronto tenía un dominio absoluto de la ley y su aplicación, mejor que muchos de los funcionarios formales.

Con los días y al tomar confianza de sus conocimientos y habilidades, empezó a organizar la presentación de pruebas y testimonios en su cabeza y antes de que se diera un veredicto, sacaba su propia conclusión, que normalmente era la misma a la que llegaban los jueces. Pronto empezó a conversar con los abogados, fiscales y hasta con los jueces. Su presencia en la sala era tan común, que todos daban por hecho que era parte del proceso.

Sus nuevos amigos le tomaron cariño y él empezó a sentir cierta libertad para conversar con ellos sobre los juicios que se desarrollaban. Al principio no le ponían mucha atención, pero era evidente su capacidad y conocimiento, por lo que no era extraño que los abogados o fiscales, utilizaran sus consejos en los procesos que llevaban.

Un día Abdul, el gran búho negro que presidía el más alto tribunal de justicia, decidió acudir a una de las salas de juicio a conocer al famoso toro del que todos hablaban y comprobar por él mismo si era cierto todo lo que de él se decía.

Encontró a Lucho absorto en la disertación final del fiscal, con tal nivel de concentración, que decidió no interrumpirlo. Pero en cuanto terminaron los argumentos finales, Abdul lo saludó atentamente. Lucho quedó paralizado al ver a uno de sus ídolos personales justo frente a él. De pronto empezó a escuchar una voz lejana que le preguntaba si se encontraba bien y logró recomponerse para devolver el saludo al ilustre juez que lo saludaba.

Abdul quiso conocer lo que le motivaba a estar ahí. Lucho le explicó que nació en el campo, en un hogar muy pobre, de madre soltera. Su papá nunca quiso ver por ellos, lo cual era común en las ganaderías rurales, porque los grandes toros tenían tantas parejas que los hijos eran totalmente ignorados. Pero su mamá era una vaca hermosa y muy inteligente, que le brindó su amor siempre, haciéndole sentir que era especial y que la vida sería lo que él quisiera que fuese. Ella le motivó a seguir sus intereses y sus sueños y a no darse por vencido.

Pero ella enfermó gravemente de brucelosis cuando él todavía era un novillo, falleciendo y dejándolo sin ningún familiar cercano en el pueblo donde nació. Así que sus tíos de la ciudad le invitaron a vivir con ellos.

Su tío era un toro enorme, que trabajó toda su vida en los cuerpos de choque de la policía y cuando se pensionó ya era coronel de las fuerzas. Estaba orgulloso de su servicio policial y estaba convencido de que todos los toros de lidia nacían para hacer carrera en la policía. Su tía, era una vaca cariñosa, pero nunca cuestionaba a su marido, por lo que cuando le matricularon en la escuela de policía, no apoyó a Lucho en sus infinitas explicaciones a su tío, para hacerlo cambiar de opinión.

Cuando dejó la academia su tío enojó tanto, que tuvo un quebranto de salud. Su tía le pidió que por favor dejara la casa antes de que su tío saliera del hospital, porque no quería que tuviera situaciones que lo alteraran y le hicieran recaer en alguna enfermedad grave.

Lucho salió de su casa y empezó a vivir en la calle. Hacía trabajos informales y temporales, casi siempre como bestia de carga, llevando mercaderías de un lugar a otro de la ciudad, con lo que ganaba apenas lo suficiente para su alimentación y para pagar un cuarto de baño algunos días de la semana. Por las tardes asistía religiosamente al Palacio de Justicia y al anochecer buscaba algún lugar tranquilo en la ciudad, usualmente en los parques, donde descansar y soñar con sus intervenciones en el juzgado, imaginándose en todas las posiciones posibles, incluso de acusado.

El viejo juez encontró maravillosa la historia de Lucho y tras conversar un poco con él sobre los juicios que había visto, entendió que era un tipo inteligente y avezado en el manejo de la ley, por lo que decidió que alguien así no podía pasar como visitante por las salas de justicia, tenía que aportar su conocimiento y su habilidad en la interpretación de la ley, así que le ofreció una beca completa en la escuela judicial.

Lucho no podía creer lo que escuchaba, era realmente un sueño hecho realidad. Agradeció de todas las formas posibles al juez Abdul y empezó a asistir a la escuela por las mañanas y continuó asistiendo a las salas de juicio por las tardes. La beca incluía el pago de alojamiento y alimentación, por lo que por fin volvió a dormir en un cuarto cálido y acogedor.

Visitó a sus tíos para contarles lo que había pasado y se reconciliaron. Su tío seguía sin entender cómo era posible que no encontrara plenitud en las tareas policíacas, pero valoró el esfuerzo que hacía su sobrino y le dio un fuerte abrazo con el que se limaron todas las asperezas de su relación.

Cuando terminó la escuela judicial, obtuvo una mención especial por sus excelentes calificaciones y el mismo juez Abdul le entregó su título de abogado y una oferta para integrar una de las salas de juicio, como juez secundario.

Con los años Lucho se convirtió en Magistrado del Palacio de Justicia y su experiencia y conocimiento eran admirados por todos. Escribió varios libros sobre temas jurídicos y legales, que servían de libros de texto en la escuela de justicia. Pero sobre todo, dedicó su tiempo libre a visitar ranchos, haciendas y potreros. Buscaba a los jóvenes y los invitaba a creer en sus sueños, a creer que era posible ser quien ellos quisieran ser, que su vida no estaba escrita y mucho menos limitada por su condición étnica o social.

Las cosas cambiaron muy lentamente, pero la sociedad iba entendiendo que los animales necesitaban realizarse con libertad, sin prejuicios y sin censuras.

Cuando murió, Lucho dejó todos sus bienes a una Fundación que becaba a animales de cualquier tipo que quisieran empezar sus carreras judiciales. A veces solo hacía falta una oportunidad y él quiso dejar su granito de arena para que las oportunidades no les faltaran a los soñadores.

Su huella es imborrable en la selva. Su legado le convirtió en un animal inmortal.

Lucho demostró que el destino se construye con esfuerzo y dedicación.

Nadie está destinado a ser lo que no quiere.

Hoy entro a la escuela judicial, gracias a una beca de la Fundación de Lucho. Nadie me ha cuestionado por ser un hipopótamo, nadie me ha señalado que ese no es mi lugar. Gracias a Lucho hoy empiezo a construir mi propio sueño.

Obsequio a Tavito por su cumpleaños 58.
© Esta historia es propiedad de L.G.V.R.
    Escrita el 17 de agosto del 2020.

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