Paseo por la memoria


Los invito a irse de paseo conmigo.

Vamos a un parque hermoso al que me encanta ir. Es en el centro de la ciudad, está rodeado por calles muy transitadas, por las que transitan muchas líneas de autobuses, que tienen chimeneas apuntando al cielo, como en las fábulas en blanco y negro que veía de niña, donde un tren venía a toda velocidad y una joven yace sobre la línea, atada de pies y manos, amordazada y con los ojos hinchados de gritar ‘¡socorro!’, ‘¡ayúdenme!’, sin que su mirada suplicante emitiera ni un sonido para ayudarla, pero en el horizonte, bajando a toda velocidad por una colina, viene un vaquero enmascarado, montando a su caballo que corre más rápido que el tren y en un movimiento casi de prestidigitador, cruza sobre la línea del tren, se agacha sobre la chica y la levanta de un tirón tan espectacular, que no solo la sube al lomo de su bestia, sino que simultáneamente le arrancó ataduras y mordazas, para que ella se abrazara a su espalda y colocara cándidamente su cabeza tras la suya, dejando sus cabellos dorados volar grácilmente movidos por el aire que atraviesan a toda velocidad, alejándose del tren que casi los arrolla. Bueno, pues resulta que ese tren tenía una chimenea enorme en la parte delantera, que emitía un humo negro, que iba dejando por donde se movía, como una señal de su trayecto, que se perdía en la lejanía, conforme se iba disipando.

Volvamos al parque, antes de que nos montemos en el tren que es de otro paseo.

Entre tanta ciudad, tanto concreto, tantos cristales y mármoles en las paredes, el parque es un oasis lleno de árboles enormes, que deben tener cientos de años de ver pasar la vida bajo sus ramas, de servir de abrigo para muchas vidas en su follaje y de dar sombra a un hermoso laguito, que se extiende serpenteante por todo el parque, creando una especie de río interno, que sin fuente conocida, ni desembocadura a la vista, servía tanto para refrescar las miradas de los que visitamos el parque, como para dar cobijo a una familia de cisnes hermosos, de largos cuellos y elegantes cabezas, con plumajes esponjosos como si fueran de algodón, moviéndose sobre el agua, como si levitara en su superficie sin tocarla, sin mojarse, como un ser etéreo que no se inmuta por lo que le rodea.

Los senderos que se adentran en el parque, son hermosos caminos de lozas de piedra de río, que dibujan caminos de ensueño entre los follajes de los árboles y los verdísimos colores de la vegetación a sus riberas. Entre esta mancha verde, resaltan los lirios y las calas, que viven vidas muy felices dentro de los cielos abovedados de las altas ramas de los más grandes árboles y las paredes húmedas del río – lago que les brinda ese ambiente húmedo que aman. Sus flores blancas, con pistilos furiosamente amarillos, se ven aun más bellas, en el marco de tanto verdor que les rodea.

Los caminos cruzan muchas veces el río – lago, y en cada cruce hay un puentecito diferente, unos en arco, al mejor estilo japonés, otros de piedra, con leones en sus extremos, como si dieran acceso a un majestuoso castillo medieval custodiado por brillantes caballeros en armaduras pulidas, que empuñan pesadas espadas a las que se ciñen con guanteletes aun más brillantes que sus armaduras.

Caminar por el parque es toda una aventura. No hay uno solo sentido de moverse por los senderos, porque ellos, como la vida, se mueven entre los árboles, cruzan por los puentes, se cruzan entre sí y no permiten que el tedio camine sobre ellos, así que cada visita es un misterio, un camino diferente, una historia por descubrir.

En algunos puntos hay bancas de hierro forjado, algunas de un negro tan profundo que parece que no solo absorbe la luz a su alrededor, sino que trata de tragarse a los que se aventuran sentándose sobre ellos. A mi me gustan más los que son rojos, casi ocres, con formas redondas, como colochos de metal que se retuercen sobre ellos mismos y se regodean de su belleza. También me encantan los que alguna vez fueron negros furiosos, pero que con los años y el óxido, han adoptado matices de amarillos, naranjas y cafés, que la convierten en una banca con clase, con ese abolengo que dan los años y las canas.

Sentarse a leer un libro de Hemingway en alguna de sus bancas, o a ver pasar la vida, arrecostada a alguno de los enormes troncos de sus grandes árboles, es un placer que no tiene precio.

Cuando vas de salida siempre encuentras niños corriendo a las orillas del agua, persiguiendo a los cisnes, aunque ellos, tan altivos y señoriales, no dan muestras de que ni siquiera hayan notado la presencia de sus perseguidores, no sería correcto para tan majestuosas aves. También se encuentra amantes embelesados en sus propios entuertos emocionales, para los que el parque brinda un marco bucólico sin par. Y otros lectores o relatores de la vida que, como yo, gustan de imaginar historias para cada cosa que sucede frente a sus ojos, las parejas que camina de la mano, las familias que pasean con sus hijos juguetones, los animales que sienten un respiro al tener donde vivir entre tanto cemento gris y negro hollín. Inventar historias es fácil, cuando solo describir la belleza de lo que ves es ya una historia en si misma.

Visitar este mágico sitio es una actividad profiláctica recomendada a cualquiera que pase cerca. Nadie entra a este lugar y sale igual que como entró. Es un túnel de transformación o más bien de transmutación trascendental.

Alguien le puso como nombre ‘Parque España’. Yo le llamo ‘Oasis de Nuncajamás’.

Ah por cierto, me llamo Lila, tengo 98 años y vivo postrada en una cama desde hace 3 años, 5 meses y 12 días, por un par de derrames que se me vinieron encima. Por eso ahora mis paseos los hago por mi memoria, porque ahí camino como si tuviera veinte años, me siento junto a un árbol sin que me suene ni una sola de mis articulaciones y leo mis clásicos, sin anteojos y sin poner el libro a diez palmos de mi nariz. En mi memoria el Parque del Oasis de Nuncajamás sigue existiendo y las caricaturas en blanco y negro siguen pasando por la pantalla de mis recuerdos.

Vivir tantos años es muy útil, porque en algún momento tienes la oportunidad de revivir lo que has vivido y de saborear los dulces momentos que en aquel entonces no eras capaz de valorar lo suficiente.

Asi es un paseo por mi memoria.

Obsequio a Mary por su cumpleaños 38.
© Esta historia es propiedad de M.V.V.
    Escrita el 8 de septiembre del 2020.

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