Santa Casia de Vargas
No habían sido las cinco de la mañana y ella ya estaba en pie y lista para emprender sus tareas diarias.
Antes de desayunar atendía su huerto, donde plantaba muchas verduras y otras hierbas. Lo revisaba, lo limpiaba de malezas, lo regaba y atendía las plantas que se veían un poco alicaídas. También cosechaba lo que ya estaba listo.
En la cocina, preparaba desayuno para cien personas. Sola. La práctica le había dado maestría y eso le ayudaba a que todo fluyera y saliera pronto. Antes de las seis ya tenía una gran fila de personas hambrientas en su puerta.
Eran hambrientos, no solo de alimentos para calmar sus estómagos. Ella lo sabía y por eso les preparaba la ropa que había dejado lista desde el día anterior, para que conforme fueran terminando sus alimentos, pasaran a las duchas, y tras un baño reparador, se vistieran con ropa limpia que les abrigara el cuerpo y el alma.
Cuando sus invitados se retiraban, porque hay que decir que para ella no eran indigentes, eran invitados a su casa y tenía obligación de tratarlos lo mejor que podía, recogía la cocina y cuando estaba todo listo, hacía lo propio con la ropa sucia, que ponía en grandes baldes a remojar con detergente. A veces solo aparecían una o dos de sus vecinas a ayudar. A veces solo una, por lo que sus tareas de lavado tenían que esperar.
También les brindaba el almuerzo a partir del mediodía, por lo que a eso de las diez de la mañana, algunas otras vecinas venían a ayudarle en la cocina, lo que le permitía dedicarse a atender todo el proceso de lavado, secado y a veces aplanchado de las prendas que tendrá que dejar listas por la noche, para los baños del día siguiente.
A las doce en punto abría la puerta de su casa nuevamente y ayudaba a sus vecinas a servir los alimentos. Tras la comida, siempre les ofrecía un café a los que quisieran tomárselo en el patio, donde habían algunas bancas acomodadas de forma tal que siempre tenían a la vista hermosas plantas en plena floración. No todos se quedaban y no siempre se podía disfrutar del patio, ya que las lluvias a veces aparecían desde temprano. Cuando llovía, ella siempre dejaba capas plásticas para los que quisieran cubrirse de la intemperie.
Tras el trajín del almuerzo, se encargaba de la limpieza de la cocina, nuevamente sola, y luego terminaba de atender el proceso de lavado, por lo general solo faltaba sacarla de la secadora y llevarla adentro.
Durante la tarde se entretenía doblando ropa y preparando conjuntos para cada uno de sus invitados del día siguiente. Los conocía y le gustaba darles algunos gustos, por lo que a unos les ponía un chocolatito en la bolsa del pantalón y a otros una paleta en la bolsa de la camisa. No desaprovechaba la oportunidad de dejarles alguna estampita de San Agustín entre la ropa, con mensajes siempre diferentes, para alimentar el corazón decía.
Atendía el resto de labores domésticas de su casa hasta avanzada la noche, quedando exhausta. Ella no sabía lo que era el insomnio, el trabajo le daba suficientes motivos a su cuerpo y a su mente para dormir plácidamente hasta el día siguiente.
No tenía relojes ni despertador. Sabía cuando era hora de acostarse, cuando poner el agua para el café, cuando abrirle a sus invitados y cuando ir a dormir.
Alguien poco atento creería que su vida era monótona y sufrida, pero ella disfrutaba cada día como lo que era, una nueva oportunidad de servir y con ello de darse a los demás y cuando alguien se da a los demás, cada segundo cuenta y ninguno es igual al anterior.
Sus papás le pusieron Casia, de su difunto esposo solo le quedaba su apellido: Vargas. Y de sus muchos invitados recibió el título de Santa, aunque en su presencia era prohibido mencionarlo. No puedo siquiera compararme con un santo, no podria ni besarles los pies, decía la Santa.
Ella no iba a la Iglesia, no tenía tiempo. Estaba muy ocupada regalándole a los demás lo mejor que tenía, su corazón.

Gracias Rolito esta bellisimo, te quiero muchísimo!
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