SURÁ


Todos los días mueren personas, algunos conocidos, familiares, y algún día seremos nosotros.

Lo que no sucede todos los días es que alguien que falleció, regrese. Se oye que algunas personas han pasado algunos minutos muertas y ven cosas como túneles con una luz al fondo o familiares fallecidos que los llaman.

Pues Lucho supo de primera mano lo que había al otro lado. Resulta que cuando era muy niño, su papá murió, lo prepararon para la vela, lo llevaron a la capilla funeraria del pueblo y cuando pasaba la medianoche, tras varias horas de haber fallecido, despertó un poco desconcertado de encontrarse en un ataúd, a oscuras, solo con algunas velas encendidas alrededor.

Tras la conmoción del fallecido/resucitado y de sus familiares, periodo que duró unos cuantos días, su papá por fin pudo hablarles de lo que pasó mientras estuvo muerto.

Curiosamente no contó las típicas historias de túneles y luces, sino que tras dejar su cuerpo, subió a un lugar lleno de expedientes, estanterías que se perdían de la vista en la lejanía, cientos o miles de presencias, que no sabía bien como llamar, si ángeles o fantasmas, o espíritus, pero que se notaba que estaban apurados sacando expedientes para llevarlos a alguna parte o devolviendo expedientes a su sitio en aquellos interminables pasillos etéreos.

Frente a todo aquel barullo había un señor con la cara de un abuelito amoroso, lleno de arrugas, con el cabello blanco y con una sonrisa que invitaba a acercarse al mostrador tras el que estaba de pie. Y así, el papá de Lucho llegó al mostrador tan confundido por lo que veía, que no pudo articular palabra, así que fue el anciano quien le habló:

- Hola, has llegado a tu morada celestial.

Realmente aquellas palabras no le aclaraban absolutamente nada, por lo que seguramente puso una cara de interrogación que afortunadamente fue bien interpretada por su interlocutor:

- Claro, claro, estás un poco confundido. Es natural, no te preocupes. Resulta que falleciste y tu espíritu llegó hasta aquí, que es donde te daremos las indicaciones para que sigas tu camino en esta nueva fase de existencia.

Tras una incómoda pausa, en la que el anciano buscaba por todas partes algo que evidentemente no encontraba, le dijo:

- Lo siento, normalmente cuando un espíritu asciende hasta aquí, ya su expediente debería estar listo sobre el mostrador, para poder orientarlo con rapidez y no prolongar este espacio de incertidumbre y confusión que es natural luego de la muerte. Pero es tan grande la cantidad de espíritus que han decidido encarnar en nuestro Universo, que ya mis ayudantes no dan abasto. Pero te aseguro que pronto solucionaremos el inconveniente. Por favor espera en la sala de allá y yo te llamo cuando tenga tu expediente.

El anciano le mostró una pequeña sala de espera, que no había notado antes, con dos sillones grandes y cómodos y una luz cálida que hacía que el espacio se viera muy acogedor. Fue hasta allí, como se le indicó y se sentó a esperar.

Habían varias revistas en una mesita junto a los sillones, y se puso a ojearlas mientras esperaba y sobre todo mientras procesaba todo lo que estaba sucediendo.

Cuando estaba absorto en la lectura de un interesantísimo artículo sobre la levedad del ser, que se encontró en la revista Celestial Chic, alguien vino con una taza humeante de algo que parecía té, que puso en la mesita con una enorme sonrisa y le dijo ‘¡Provecho!’ y dio media vuelta para rehacer los pasos por los que había llegado.

Si era té. De canela, su favorito.

El tiempo pasaba y ya estaba un poco incómodo. Los artículos de las revistas eran muy interesantes, pero no le apetecía seguir leyendo. Así que se puso de pie para estirar las piernas y de paso observar más de cerca los cuadros que adornaban la sala. En uno le pareció ver la firma de Rembrandt, su pintor favorito del barroco y en general de todos los tiempos. Había estudiado la vida y obra del pintor neerlandés y tenía varios libros con sus obras completas, por lo que estaba seguro que aquel cuadro no era ninguno que hubiese visto antes, aunque estaba claro que los trazos, el estilo, el difuminado, el uso magistral de la oscuridad, era definitivamente su técnica. Notó que todos los cuadros en la sala eran del mismo artista, todos desconocidos para él. En eso se entretuvo varias horas, que se le pasaron volando, por lo que cuando el anciano entró a la sala y llamó su atención aclarándose la garganta, lo tomó por sorpresa.

- Si son de Rembrandt, se lo aseguro, lo que pasa es que aquí él eligió seguir pintando y cuando viene un entusiasta de su obra, nos encanta adornar la sala con sus cuadros, para su disfrute.

Al parecer la sala de espera era un espacio personalizado para cada uno de los que eran invitados a permanecer en ella.

El anciano le dijo que estaba muy apenado por la situación de su caso, pero que no aparecía su expediente. Además, le explicó que no podían dejarlo ahí por más tiempo y tampoco lo podían enviar a ninguna otra parte, sin revisar primero el expediente, por lo que habían decidido enviarlo de regreso a la Tierra, para que siguiera su vida, hasta tanto ellos localizaran su expediente.

Nuevamente el papá de Lucho estaba sin habla. Pero acompañó al anciano sin chistar hasta un vestíbulo en el que había una puerta de lo que parecía un ascensor, con un interruptor al lado que fue accionado por su acompañante. Pronto las puertas se abrieron y el anciano lo invitó a pasar y le reiteró sus disculpas, deseando que disfrutara de este ‘tiempo extra’ en su vida. Al entrar todo se oscureció y cuando abrió los ojos estaba en el ataúd.

Lucho realmente quedó impactado con la historia de su papá y los veintitrés años que les llevó a los encargados del archivo encontrar su expediente, los aprovechó al máximo para averiguar hasta el último detalle de lo que vivió en su lapso lejos de su cuerpo, convenciéndose de que él podría hacer algo para mejorar la situación de aquel lugar.

Se interesó por la archivística, por la forma en que la tecnología se aplicaba a los registros electrónicos y cuando entró a la Universidad, estudió Bibliotecología e Informática simultáneamente, graduándose de ambas con honores. A decir verdad, para cuando Lucho cursó las carreras, ya había explorado por su cuenta todo lo que le enseñaban en las aulas. Su pasión desde niño, lo había hecho un experto en el tema de registros electrónicos y manejo de archivos digitales.

Aunque parecía un proyecto ilusorio o infantil, siempre pensó que podría desarrollar un sistema electrónico para manejar los archivos de aquel lugar, de forma que no tuvieran problemas como el que les ocurrió con su papá.

Tardó varios años, pero al final creía tener listo el sistema informático para manejar los registros de las almas. Le preocupaba no conocer mucho de las posibilidades materiales de ese lugar, pero confiaba en que pudieran encargarse de obtener unidades de almacenamiento suficientemente grandes y de acceso rápido, como para manejar la cantidad inmensa de registros, que suponía almacenarían en aquellas estanterías. Así que creó todo el sistema, presumiendo que la parte de hardware estaría resuelta por el anciano y sus ayudantes.

Cuando terminó, aun no le había puesto nombre, había pensado en varios, pero ninguno le pareció apropiado para tan importante herramienta. Pero mientras dormía, tuvo un hermoso sueño. Soñó con la creación del Universo, que le había contado muchas veces su abuela Dolores. En su sueño, Sibú y Surá jugaban en el espacio vacío. No existía nada más que los dioses y en la nada, era poco probable encontrarse alguno. Ellos estaban enamorados y pasaban cada fracción de su existencia disfrutando de su amor. Un día, Surá quedó embarazada y cuando a dio a luz, de su vientre salió el Universo. Primero era como un huevo, pequeño y frágil, sólido y lleno de energía, pero pronto se resquebrajó y empezó a expandirse, a una velocidad realmente vertiginosa. Al día siguiente del nacimiento del Universo, Surá decidió plantar las semillas de maíz que Sibú le regaló cuando le declaró su amor, en uno de los planetas que le quedaron más a mano. Era la Tierra. Y de las semillas de maíz nacieron los hombres y las mujeres. Sibú estaba encantado con la humanidad, le pareció interesante, impertinente pero invencible. Así que decidió obsequiarles las semillas del cacao, el árbol de Jícaro y además les enseñó a construir el Ú-suré, la casa cónica que los protegería de los malos espíritus y favorecería su crecimiento y sus proyectos. Para poderlos ver siempre, disfrutar de sus andanzas y enredos y apoyarlos cuando fuera necesario, Sibú se unió al Sol que alumbraba cada mañana las casas de su pueblo, que como les enseñó, solo tenían una puerta, que daba al Este. Por su parte, Surá decidió recibir a su pueblo cuando les llegara el momento de dejar sus cuerpos de maíz y regresar a la madre que los contuvo desde el comienzo, así que creó un lugar infinito, luminoso y pacífico, donde van los hombres y las mujeres, cuando dejan sus cuerpos en la tierra. Y así la humanidad prosperó, Sibú sonrió cada mañana cuando volvía a verlos y Surá los abrazó cada vez que alguno o alguna llegaba a su casa en el firmamento.

Al despertar Lucho supo cuál debería ser el nombre de su proyecto de vida: Sistema Unificado de Registros Átmicos, SURÁ. Al añadir el nombre al sistema, toda su oficina se llenó de luz, dejó de ver las paredes, los muebles, el techo y el piso. Y en un parpadeo, estaba en un archivo interminable lleno de seres atareados moviendo expedientes de un lado a otro. Entonces un anciano le habló:

- Hola, te doy la bienvenida a nuestra oficina celeste. Hace algún tiempo te seguimos los pasos, porque estamos muy interesados en el proyecto que construiste. Te agradecemos de corazón que hayas pensado en nosotros y queremos pedirte que nos ayudes a instalar el sistema en nuestros equipos y a entrenar a nuestro personal en la digitalización de nuestros archivos.

El anciano le mostró una sala/oficina muy hermosa, donde Lucho trabajó incansablemente para implementar a SURÁ en el archivo celeste. El anciano le dijo que tras terminar el trabajo, como premio por su esfuerzo, podría decidir regresar a la Tierra, al mismo instante del que se le extrajo, a continuar con su vida hasta el momento indicado para dejarla, o podría quedarse y dirigir el archivo con el sistema que había creado.

Lucho no ha tomado su decisión aún, pero la satisfacción del deber cumplido le inflama el corazón y le aturde su cerebro. La vida es mucho más de lo que creyó y estaba satisfecho de haber dejado su huella en la de todos.

Obsequio a Alo por su cumpleaños 41.
© Esta historia es propiedad de L.A.N.B.
    Escrita el 6 de septiembre del 2020.

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