Cambiando al mundo gota a gota

Foto por Chelsey Faucher

Cada invierno pasaba lo mismo. Los torrenciales aguaceros creaban una piscina de barro en la cancha de fútbol de la escuela, que era aprovechada por los abusadores de quinto y sexto grado, para llevar a los más pequeños, de primero y segundo grado, a lanzarlos de cabeza al barrial, empujarlos y no dejarlos en paz hasta que quedaran completamente cubiertos de barro. Nadie decía nada, porque sabía que si denunciaban lo que pasaba, le repetían el castigo.

A mi me tocó doble en primer grado, porque mi mamá me obligó a contarle lo que había pasado, y en segundo grado solo me pasaron por el barrial una vez, porque aunque mi mamá volvió a insistir, esta vez había aprendido mi lección.

Don Pedro esa el director de la escuela. Parece mayor que mi papá y yo creo que mi papá debe ser muy mayor, porque es mi papá. Él dice que eso son cosas de niños, que la adrenalina – que según mi mamá es algo que le pasa a uno por dentro, como la sangre, pero solo cuando estás asustado o emocionado – en los hombres tiene que liberarse de alguna forma y que el juego en el barro es algo normal, no es violento y nadie salía lastimado. Yo creo que don Pedro nunca ha sido lanzado a una poza de barro, porque de haber estado ahí, sabría que lo de la adrenalina y eso es solo una gran mentira.

Como ya estaba en tercer grado, y además había crecido mucho en las vacaciones, porque según mi abuelita me dieron polvo de hornear con la leche, aunque yo no recuerdo que la leche me supiera diferente, pero seguro era cierto, porque los queques que hace mamá, crecen como en un santiamén; pero seguro como estaba más grande, ya los abusadores no me tiraban al barro, aunque a Mirna, la más pequeña de mi clase, si la pasaron por el barro la primera semana del invierno. Cada vez que veo que alguien viene escurriendo barro, siento algo adentro que me calienta y se me ponen rojos los cachetes, pero cuando vi a Mirna llorando barro, porque las lágrimas se le enredaban con toda la tierra en su cara y con zacate en el pelo, como si se hubiera hecho un gorro verde, y el uniforme de la escuela todo sucio y mojado, no pude contenerme, algo dentro de mí me movió corriendo hasta donde estaban los de quinto y sexto y me les planté enfrente.

No solo se me movió el cuerpo sin que yo realmente lo controlara, cuando me di cuenta estaba gritándoles que eran unos abusadores, que se aprovechaban de la gente que era menos fuerte y que aunque la adrenalina se les liberara por la nariz, o lo que sea que don Pedro dijo que les pasaba, nada podía justificar que lastimaran a una compañera tan gentil y servicial como Mirna. Empecé a amenazarlos con ir de inmediato a denunciarlos a la Dirección y sin que terminara de hablar, sentí donde me levantaron, me empezaron a lanzar al aire, cada vez más alto, y sentí un terror enorme de que me dejaran caer, pero al final entre lanzamientos y atajadas, me llevaron hasta la cancha y me hicieron consumido en el barro. Me ponían los pies en la espalda, para que no pudiera levantarme, me empujaban con los pies para restregarme contra el suelo y alguien me dio una patada en el estómago que me dejó sin aire. Cuando me retorcí del dolor que me provocó la patada, se fueron, seguro pensaron que ya era suficiente castigo. Braulio, el más grande de todos, me gritó mientras se iba, que si los acusaba, mañana estaría otra vez bañándome aquí.

Cuando llegué a mi casa, mi mamá no había regresado del trabajo y solo estaba mi abuelito, que durante unos meses me ha estado cuidando cuando regreso de la escuela y me ayuda a hacer las tareas, me hace el almuerzo y se sienta conmigo a ver alguna película o un programa de animales, que a ambos nos encantan. Cuando me vio supo de inmediato lo que pasó, porque ya le había contado cómo me calentaba cuando veía que le hacían eso a mis compañeros de primero y segundo grados. Me ayudó a quitarme la ropa llena de barro y me pasó ropa limpia al baño, para que me limpiara bien. Me ayudó a sacar la tierra de mis orejas y a lavarme bien el pelo, porque tenía terrones enredados en mis colochos.

Ya seco y calientito, me senté a tomarme un chocolate con mi abuelo en la mesa de la cocina y le conté lo que me pasó. Le dije que no me parecía correcto lo que hacían los grandes y que yo solo no podía hacer nada y eso me molestaba y me sentía triste.

Mi abuelo, con esa sonrisa brillante que me tranquiliza solo de verla, me dijo que uno no combate el fuego con fuego, que tenía que probar atacar el problema desde otro punto de vista. Después me explicó lo que era punto de vista y aclaró que atacar el problema no era volver a plantármeles enfrente, porque seguro me volverían a tirar al barrial. Entonces me dijo que tenía que cambiar la forma en que se ve en la escuela, lo que hacen los abusadores. Que alumnos y profesores parecieran haber aceptado la tonta idea de que eso es normal y que es cosa de hombres por la adrenalina. Ya mi mamá le había dicho a don Pedro que eso era una estupidez, pero después, de camino a casa me había dicho que uno no tenía que enojarse así con la gente y que se disculparía con don Pedro y que por favor yo no lo hiciera nunca.

Entonces me propuso crear una campaña contra la violencia escolar. Me dio algunas ideas y a mi se me ocurrieron otras, que al día siguiente le comenté a mi maestra, la Niña Cecilia, que me dijo que le parecía excelente y que ella me ayudaría a pedirle permiso a la Dirección. La campaña era hacer carteles con mensajes contra la violencia y pegarlos por las paredes de la escuela. Unos compañeros y compañeras se apuntaron conmigo a hacer los carteles y en los siguientes días los fuimos trayendo y la Niña nos ayudaba a pegarlos.

La escuela se veía muy linda con los carteles, porque nos quedaron hermosos. Yo hice uno con una frase que me dijo mi abuelito: el más valiente no es el que más pelea con sus enemigos, sino el que más conversa con sus amigos. Le dibujé a un niño conversando alegremente con sus compañeros en el recreo. Mirna también dibujó a una niña, que yo creo que era ella, con una cara muy feliz y un globo en la mano. Este decía que el barro se lava, pero la felicidad siempre está ahí adentro.

Durante unos días no hubo gente embarrialada y yo sentía que habíamos cambiado el mundo con unos carteles y muchas esperanzas de cambiar las cosas. Pero a la siguiente semana no solo empezaron a lanzar pequeños a los barriales, sino que con ellos tiraban los carteles, que arrancaron y rompieron. Cuando vi mi cartel en el barro me puse a llorar. Ya en la casa, cuando le conté a mi abuelo, volví a ponerme a llorar, porque de verdad era tan triste que lo que hicimos no sirviera de nada, que no podía detener mis lágrimas.

Ese día ya no quise chocolate, pero mi abuelo me trajo un vaso de leche con galletas de chocolate, y no pude negarme. Conversamos mucho y mi abuelo me convenció de que los días que logramos mantener a salvo a los niños del barro, habían sido un gran éxito, que no podía sentirme derrotado y que buscara nuevas formas de llevar el mensaje.

Al otro día conversó con sus compañeros y decidieron hacer volantes con unas hojas de reciclar que les regaló la Niña Erica del primer grado. Cada uno escribía un mensaje y una petición para los del quinto y sexto. Los de primer grado y algunos de segundo hicieron dibujos y sus maestras les escribieron el mensaje que querían dar. De pronto la escuela entera se estaba involucrando y yo me sentía tan feliz de que esta vez si lograríamos hacer un cambio.

Unos minutos antes del segundo recreo, la niña Ceci nos dejó salir para pararnos a la salida de las aulas de quinto y sexto grado, y cuando iban saliendo los compañeros y compañeras, les entregábamos un volante. Los más grandes que eran los que abusaban de nosotros, arrugaron sus volantes y los tiraron al suelo, pero la orientadora, doña Leti, los vio y los obligó a recogerlos y botarlos en el basurero. Yo los saqué del basurero, los aplanché lo mejor que pude con la mano y me metí al aula de Braulio y les puse en el pupitre a él, a Robert, a Gerardo y a otros que recordaba de mi última embarrialada, varios de los volantes.

Don Pedro resulta que por fin entendió que ninguno de los afectados por los piscinazos de barro estábamos ni felices, ni pidiendo otra ronda, y convocó a una reunión de toda la escuela, donde indicó que no se permitirían más abusos contra los alumnos menores, entonces doña Leti se le acercó y le dijo algo al oído, por lo que añadió, ni a ellos, ni a ningún otro estudiante. Y se tiró un discurso sobre la violencia tan aburrido, que ni tratando de poner mi mayor atención, logré entender lo que dijo. Lo cierto es que las embarrialadas se detuvieron.

Con los días me di cuenta que los abusadores seguían maltratando a algunos compañeros, ahora lo hacían a escondidas y sin dejar muchas muestras del maltrato para que nadie se enterara. Cuando le conté a mi abuelo que me sentía muy decepcionado, porque tanto esfuerzo que hicimos y solo logramos que se escondieran, pero que seguían siendo tan violentos como siempre, él me dijo que si había visto una abeja. Me explicó que si veía con cuidado, parecía que el néctar o el polen que recogía es abejita solita, no haría ninguna diferencia. Pero cada gota de néctar y cada granito de polen que cargaba, hacían la diferencia para la colmena, que vivía del aporte de todas las abejas. Si las abejas se pusieran tristes porque no llevaban suficiente miel al panal, y dejara de hacerlo, toda la colmena moriría, porque no sobreviven con aportes grandes, con grandes logros, con cantidades enormes de néctar, sobreviven gracias a los pequeños aportes que cada abeja hacia.

Y me dijo: no tienes que desilusionarte porque el problema no ha acabado. El problema que decidiste atacar es muy grande y existe desde mucho antes que vos, por lo que no se acabará tan fácilmente, pero ya hiciste un cambio y si insistes en hacer visibles a los que se esconden para agredir, poco a poco esto irá cambiando, te lo aseguro.

El cambio no se hace a grandes zancadas, se hace con los pequeños gestos y aportes de todos. Mi abuelo tiene razón. Seguiré adelante.

Obsequio a Carlitos para que siga
construyendo un mundo mejor para todos.
Talvez no muchos te lo agradecen,
pero en mi familia tenés fieles seguidores tuyos.
© Esta historia es propiedad de C.R.M.G.
    Escrita el 7 de octubre del 2020.


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