Construyendo un mundo mejor
Antes de que la lectura y la escritura domaran su dominio del lenguaje y lo constriñeran a reglas temporales y pueriles que solo pretenden controlar su forma de pensar, su mente estalló en posibilidades cuando escuchó una historia que le contó su maestra del catecismo.
Era la historia de San Francisco, que en algún momento sus vecinos, que no comprendían como un joven bien parecido, de una familia acomodada, con un futuro brillante por delante, podía abandonar todo, incluso a si mismo, para abrazar la pobreza como si fuera una bendición, le lanzaban piedras cuando se acercaba a sus casas, para ahuyentarlo. Pero Francisco, en lugar de ofenderse o de sentarse a lamentar su destino, recogía las piedras que le regalaban sus vecinos como donaciones para reconstruir la Capilla de San Damián.
Le impactó tanto la idea de que alguien sin ninguna posesión, sin dinero, sin apoyo de nadie, pudiera reconstruir una capilla solo con su voluntad y con las piedras que recogía del camino.
Más tarde, cuando ya el idioma trataba de arrebatarle la magia al lenguaje, escuchó a su hermana mayor conversar con su mamá de la visita de una artista a su clase de Artes Plásticas, se trataba de Priscilla Monge, quien les contó que su sueño era cambiar al mundo, pero que cuando iba a entrar a la Escuela de Artes en la Universidad, y ella mencionaba la razón por la que quería estudiar pintura, le decían que era ingenua e infantil, que con arte jamás cambiaría el mundo. Pero ella no hizo caso, se formó y empezó a cambiar al mundo con su trabajo artístico.
Él no entendía mucho de lo que decían, pero si entendió lo importante: si uno quiere cambiar al mundo, solo hace falta tener voluntad de hacerlo.
En esos días los enviaron para la casa porque a una de las tres aulas de su pequeña escuela, se le desplomó el techo, y tras revisar el resto de la escuela, se determinó que era muy peligroso que volviera a pasar y que esta vez lastimara a algún niño o maestro. La escuela era su pasión, adoraba estudiar, aprender, conocer, viajar a través del tiempo y del mundo, por medio de lo que iba aprendiendo. Por eso, cuando le enviaron a casa porque la escuela estaba maltrecha y no había dinero para repararla, lo consideró una afrenta personal. Y eso que ni siquiera sabía lo que afrenta quería decir… el idioma todavía no ganaba su pulso a la magia.
Decidió que la escuela tenía que repararse y que si nadie hacía nada para lograrlo, lo haría él.
Ese mismo día se fue al patio de su casa a buscar madera. Primero pensó en buscar piedras, como San Francisco, pero entendió pronto que las piedras de nada le servirían, porque su escuela no era de piedra, era de tablones de madera vieja, carcomida y en algunas partes totalmente podrida. Pues resultó que habían muchas piezas de madera sobrante de algún trabajo que hicieron en su casa y la empezó a reunir. Se hizo un buen montón de madera, pero la escuela quedaba algo lejos. Siempre se iba caminando con su mamá, pero tardaba como media hora en llegar. Tenía que encontrar alguna forma de llevar la madera a la escuela.
Corrió calle abajo, hasta la casa roja de la esquina, la del doctor Guadamuz. Esta casa no solo era la referencia para cualquier dirección en el barrio (de la casa roja 100 al este o 200 bajando la cuesta), sino que era la casa de su amigo Julián, quien iba con él a la escuela. Le explicó su plan lo mejor que pudo y Julián hizo lo mejor que pudo para entenderlo, pero le era imposible entender por qué alguien en su sano juicio querría ir a la escuela cuando no hay clases y peor aun, ¡a trabajar de gratis!
Seguramente estaba muy aburrido por el parón escolar, porque aunque no entendía ninguna de las razones de su amigo, aceptó ayudarlo. Resultó que en el patio de Julián no solo encontraron más materiales que podrían servir para el trabajo, sino que había una plancha con rodines, que su tío dejó abandonada hacía tiempo, cuando vino a reparar el carro de su papá. Probaron cargando el material que encontraron en la casa roja, y función muy bien. Le ataron una cuerda a cada una de las esquinas de un lado, para remolcarla entre los dos.
Afortunadamente, tras bajar la cuesta de su casa a la casa roja, el resto del camino a la escuela era bastante plano. Pero por menos pendientes que encontraran, hay que ver lo que pesan las cosas que ya no sirven para nada. Seguro las pobres pesan por su propio peso, más el peso de la tristeza de que las abandonaron a su suerte en un patio, al menos eso era lo que él pensaba. Así que cuando dejaron la primera carga y se regresaron a cargar la madera de su patio, antes de salir conversó muy seriamente con las tablas sobre la plancha y les explicó que tendrían un uso maravilloso, que servirían para reparar la escuela.
Al parecer funcionó, porque el segundo viaje tardó solo 45 minutos, mientras que el primero les llevó más de una hora. Lo sabía porque Julián tenía un reloj con cronómetro en su muñeca izquierda y nunca desaprovechaba oportunidad de medir lo que tardaba lo que fuera: cuánto tardó Mónica en el servicio sanitario, cuánto duró la maestra de ciencias tosiendo después de que se tragó un mosco, cuánto tardaba Miguel en rescatar la bola de fut, cuando caía en el patio de doña Eugenia. Por cierto, esta última medición era muy variable, dependía de si doña Eugenia se daba cuenta y de qué tan bien estuviera de sus reumas mientras perseguía a Miguel.
Pasaron por la casa de varios compañeros de la escuela, que vivían en su mismo barrio o en el camino a la escuela y todos se apuntaron a ayudar. Ese día ya se había hecho tarde, pero quedaron de verse al día siguiente.
Y ninguno falló a su cita. Cuando pasaron frente a sus casas, todos tenían ya los montones de material apilados en la acera, solo para cargarlos. Hicieron varios viajes, uno por montón y se turnaron para jalar la plancha. Los que no estaban remolcando material, empezaron a meter los materiales dentro de la escuela. Supuestamente nadie debería entrar, porque era un lugar peligroso, hasta cerraron el portón con una cadena y candado, pero la escuela no tenía cercas, ni mallas, solo el portón, así que pasar el material no fue difícil. Tampoco había guarda, no había dinero para esos lujos.
Las que si llegaron pronto fueron algunas mamás que venían a ver que diabluras estaban haciendo sus hijos. Eso redujo mucho la cuadrilla de trabajo, porque cada mamá que llegaba, primero regañaba a su hijo, luego daba una pasada de regaño general a los demás, después se llevaba a su hijo o hija de las orejas y de paso, le comentaba a alguna otra mamá lo que pasaba, así que hubo desfile de mamás, seguido por uno más gracioso de mamás cargando hijos jalados de las orejas.
Al final solo quedaron Julián y él, pero nuevamente se hizo tarde, ya era hora de almorzar y seguro que si no llegaban a casa, los castigarían por varios días. Quedaron de verse en la tarde en la casa roja, para planear cómo harían el trabajo.
Por la tarde no lo dejaron salir, así que fue hasta el día siguiente que volvió a ver a Julián y empezaron a planear. Los dos hicieron muchos dibujos de cómo querían que quedara la escuela: uno la dibujaba de varios pisos y muchas aulas, otro con grandes corredores y ventanales, uno lo redibujaba con calles y semáforos, y el otro le respondía con una piscina y una cancha de fut. Se les fue la tarde y al final, cuando Julián tenía que regresar a su casa, concluyeron que los dibujos les quedaron geniales, pero no servían para el trabajo.
Los días pasaron y las reuniones de niños en la casa roja o en la escuela eran cotidianas. Todos aportaban ideas, iban a la escuela, probaban algunas de ellas, no funcionaban, regresaban a seguir planeando y así se sucedió la semana. Un domingo, a la salida de misa, Julián le señaló al papá de Cinthya. Según él era un hacedor de casas o algo así le entendió a su compañera cuando hicieron la presentación de trabajos a principios de año.
Decididos a obtener respuestas, se fueron directo a donde Cinthya y ella les presentó a su papá. Le contaron a don Mario lo que querían hacer, los planes que habían hecho, menos el de la piscina, porque les pareció algo exagerado, aparte de que en la parte de atrás de la escuela había solo un barranco que daba al río y a la piscina se le saldría toda el agua y no podrían nadar. También le hicieron un recuento minucioso de los materiales que tenían acumulados y se ofrecieron a buscar más si hiciera falta.
Don Mario se tomó muy en serio el proyecto y les dijo que fueran por la tarde a su casa para conversar más. Ya en casa de Cinthya, don Mario les dijo algo que ninguno quería escuchar: ustedes no pueden hacer esto solos. Les explicó que los trabajos eran peligrosos y que nadie estaría de acuerdo en exponerlos a esos riesgos. Ante sus ruegos y súplicas, quedaron en hacer una reunión con sus papás y ver que resultado tendría.
Junto a Julián pasaron el resto de la tarde recorriendo las casas de sus amigos y los citaron a una reunión urgente y secreta, el lunes por la mañana, en la escuela. Les dijeron que tenían que llevar cuaderno y lápiz. También un sándwich por si les daba hambre. La reunión resultó poco secreta, porque se hizo en el jardín de la escuela, a la vista de todos los que pasaban por la acera de enfrente, y tampoco fue urgente, porque como siempre, Toño, Rocío y Vero, llegaron tardísimo, así que empezaron a la hora del burro. Pero lo bueno es que si fue muy provechosa.
Les explicaron a sus amigos y amigas lo que don Mario les comentó. Cinthya, haciendo uso de su conocimiento experto en construcción, por haber visto como su papá reparó el planché del patio de su casa en vacaciones de diciembre pasado, iba corrigiendo lo que ellos decían para darle exactitud y precisión. Al final, quedaron en convocar a sus papás a una reunión para que le dieran permiso a don Mario de ponerlos a trabajar en el proyecto de arreglo de la escuela. Decidieron hacer la reunión el próximo domingo después de misa, para que nadie se escapara, de paso, durante la semana, siguieron cargando materiales que le pidieron a todas las casas del su barrio y del camino hacia la escuela.
Don Amparo, que tenía una pequeña ferretería cerca de la escuela, estaba muy interesado por el proyecto y les dijo que en cuanto empezaran, le avisaran lo que les hiciera falta, para ver como lo conseguían. Estaban realmente felices de ver que ya tenían una montaña de materiales y todos los compañeros se involucraron para dejar la escuela como nueva.
La reunión de padres de familia a la que convocaron, fue muy simpática. Cada uno tenía que copiar en su cuaderno el dictado de la convocatoria y traerla firmada por su papá o por su mamá. El domingo, antes de misa, Julián revisó los cuadernos firmados y a la mitad de ellos se les olvidó. Pero la reunión si se hizo. Don Mario le explicó a sus papás en términos de gente mayor, lo que querían hacer y cómo podría lograrse con el apoyo de los niños.
Si algo tenía él claro, es que la gente grande es muy complicada. La reunión tardó demasiado, todos los papás y mamás quería decir algo, nadie decía nada importante, por lo menos nada que él entendiera, así que cuando empezó a ver como que estaban por terminar sin darles permiso para su proyecto, se levantó y se puso en medio de todos y les pidió su atención, lo más cortésmente que pudo, tal como su mamá le había enseñado que tenía que hablarle a la gente mayor. Les contó la historia de San Francisco y les dijo que ellos eran muchos y que si San Francisco pudo arreglar una capilla solo, cómo no podrían ellos, que eran tantos, arreglar la escuela, que además era de madera y no de piedra. Por si acaso les aclaró que otro punto a favor es que a ellos nadie les tira piedras cuando los ve.
Nunca supo si su discurso fue tan efectivo o si San Francisco intervino desde el cielo de plantas y animales donde vivía, pero al final se pusieron de acuerdo en que don Mario preparara el plan de trabajo y que ellos también estarían junto a nosotros para ayudarnos a arreglar la escuela.
Las siguientes semanas todo el pueblo estuvo pendiente de su proyecto. Mucha gente llegó a trabajar, pero sobre todo sus amigos y él, que no faltaron ni un solo día. Con la dirección de don Mario y el apoyo de don Amparo que les facilitaba lo que iban ocupando y que no tenían, la escuela se levantó como nueva. Siempre era pequeñita, solo de tres aulas, pero se veía hermosa. Cuando terminaron de pintarla y don Mario declaró que ya estaba terminada, su amigo Julián se subió a un pupitre, dio un silbido ruidoso y le pidió a todos un fuerte aplauso para él: ‘gracias a Nacho y sus ideas locas’. Todos aplaudieron y su papá lo subió a sus hombros donde todos lo vieron y lo vinieron a saludar.
Nacho no sabía qué quería estudiar de grande, pero si sabía que quería hacer: cambiar el mundo, una construcción a la vez.
Obsequio a Nacho por su cumpleaños 55.
© Esta historia es propiedad de I.V.C.
Escrita el 3 de octubre del 2020.

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