Cosechando amor

Foto por Shannon Douglas

Desde que inició sus estudios en la Facultad de Derecho, sabía lo que quería hacer: defender a los que no tienen quien los ayude, por eso, cuando recibió su título de Abogado y varios conocidos bufetes locales le ofrecieron una posición, solo él podía entender la razón para rechazarlos. Buscó trabajo en la Defensa Pública de la Corte Suprema de Justicia.

Los primeros años tuvo que soportar los reclamos de sus papás, de sus hermanos y hermanas, de amigos y conocidos, hasta algunos profesores de la universidad, que no podían entender cómo un abogado con sus excelentes condiciones personales, con el éxito académico que logró en su carrera y con un futuro prometedor, decidía echarlo todo a la basura, para trabajar con delincuentes.

Pero él sabía que no trabajaba con delincuentes, trabajaba con personas. Personas que merecían que el principio constitucional de inocencia, se cumpliera también para ellos, aunque no tuvieran dinero para pagar un defensor de un renombrado bufete, que juega tenis con el presidente de la Corte y toma whiskey en la casa del Fiscal General; no interesaba si eran o no culpables, lo que importaba es que se les brindara un acceso justo al aparato legal que decidiría la cuestión de su culpabilidad.

Después de un tiempo sus amigos y exprofesores, sencillamente desistieron de hacerlo cambiar de opinión, mientras que sus papás y otros familiares, solo lo veían con una cara de resignación y casi de conmiseración, porque estaba desperdiciando tanto talento y la posibilidad de ganar mucho dinero, solo por un capricho de juventud que cada vez incordiaba más, conforme sus días de lozanía iban pasando.

También fue muy importante que él mismo aprendiera a lidiar con la desazón del prójimo, porque al principio sentía grandes conflictos internos y mucho cargo de consciencia, sobre todo cuando su mamá lo veía con esa sinceridad que el amor pone en los ojos maternos, para suplicarle que reconsiderara, que no era tarde. Pero él tenía un objetivo claro, una realidad para la que se había construido una plataforma apropiada y cuando se tiene este sustento de vida, ni aun la flaqueza que provoca la súplica de una madre, puede botar la torre que apunta a un cielo claramente definido y previamente forjado.

Era difícil. La justicia y la ley no van de la mano. Ya lo sabía, lo supo siempre, lo confirmó en sus días de facultad, pero eso no lo hacía menos difícil, cuando tenía que ver a los ojos a un ser humano que confiaba en la justicia, que creía todo lo que él le había dicho, de la verdad, de la ética pública, de la ley que protege al individuo frente a la injusticia. Partía el corazón.

La realidad era esa, y por ahora no estaba en sus manos cambiarla. Así que siguió dando su mejor esfuerzo, buscando todas las formas posibles y las que se creían imposibles, para construir con solidez los argumentos de la defensa y repeler con todas las armas disponibles, los intentos de la fiscalía por derribar su torre de marfil hacia la verdad. Al final, nadie podía decir que ese no era su objetivo último, la determinación de la verdad, con todo y lo ridículo que puede ser pretender alcanzar algo que no existe, o que no existe como un único estado para toda la sociedad, pero buscaba con todas sus fuerzas, conseguir demostrar la verdad que se ajustara con más propiedad a los intereses de la justicia.

Desde que empezó su trabajo le habló con claridad a todos sus defendidos. “Haremos lo necesario para demostrar la verdad y obtener el mejor resultado posible frente a esa verdad”. Cuando concluían los procesos, sea que se les declarara inocentes o no, sea que se hubiese hecho justicia o no, les recordaba que en ese momento tenían una oportunidad única en sus vidas, tendrían la oportunidad de empezar una vida nueva, diferente de la que tuvieron. El pasado no lo borraría nada, ni nadie, pero el futuro empezaba a escribirse en un nuevo tomo y de ellos, solamente de ellos, era la decisión de dejar atrás una vida llena de tropiezos, de malas decisiones, de omisiones y de caídas ominosas, o empezar el nuevo tomo arrastrando todo ese lastre con ellos.

Cada vez que les daba este consejo les entregaba una tarjeta de cumpleaños, con un mensaje interior que escribía de su puño y letra: “Bienvenido a tu nueva vida”. Llevaba registro de todos los cumpleaños de sus defendidos y en cada aniversario trataba de seguirles la pista, los llamaba, los felicitaba y la mayoría de las veces se encontraba teniendo una gran conversación con gente que le consideraba su amigo.

A veces en estos aniversarios, la gente necesitaba un empujón, necesitaba un buen consejo o solamente alguien que les escuchara, y él siempre tuvo tiempo para todos.

Uno de ellos, a quien defendió por una acusación de robo armado a una farmacia, en el que su defendido se declaró culpable y él procuró que el juez lo tratara con la menor severidad posible, al final se le impuso una pena de tres años de cárcel, a cumplir con arresto domiciliario. Cuando lo llamó para felicitarlo por su primer aniversario, estaba a punto de asaltar un supermercado. Abandonó su domicilio, violando su libertad condicional y se preparaba para cometer un nuevo delito, que lo hubiese llevado irremediablemente a la cárcel y con una pena que demostraría la severidad de la reincidencia. Él lo convenció de que lo esperara y se fue al supermercado donde lo encontró sentado en un caño, cabizbajo, con un arma en la mano cubierta parcialmente por un abrigo. Cuando lo vio se abalanzó a sus brazos y empezó a llorar. Le contó lo difícil que había sido ese año. Vivía en la casa de su mamá, que era su único familiar vivo. Ella sobrevivía con una pensión del Estado, que apenas alcanzaba para medio mantenerse y ahora con la carga del hijo, el dinero no alcanzaba. Su mamá, que lo amaba, no le decía nada, pero él sabía que a veces no comía solo para rendir los alimentos lo más posible. Por estar confinado con arresto domiciliar no podía conseguir trabajo y se sentía impotente e inútil por no poder ayudar en nada a conseguir algo más de ingresos para su mamá. Trató de hacer algunos negocios desde la casa, aprendió cocina, trató de vender helados, empanadas, frutas picadas, pero al final dependía de que su mamá pudiera salir a venderlos y eso era una carga más para ella, que ya no estaba en buena forma como para esos esfuerzos. Ese día se sintió tan desesperado que salió de su casa, buscó a uno de sus ‘amigos’ del barrio y le pidió su pistola prestada, no lo pensó, solo sintió que no tenía opción. Luego de una larguísima conversación, aceptó regresar con él a su casa. Pasaron al supermercado que iba a robar a comprar algunos víveres y cuando llegaron donde su mamá le explicó que había hablado con los oficiales de supervisión del Ministerio de Justicia indicándoles que tuvo un problema con la tobillera electrónica. Al día siguiente solicitó una revisión de la medida impuesta en su contra y logró explicarle al juez que dejarlo en esa situación solo lo empujaba a volver a delinquir. Se le conmutó la pena por acudir a un centro abierto a dormir sábados y domingos, mientras el resto de la semana podía permanecer en libertad. Llamó a mil amigos, conocidos y hasta desconocidos, hasta que le encontró un trabajo, como bodeguero en un supermercado, no el del asalto, porque aunque también los llamó, no tenían vacantes. A veces la vida daba buenas noticias y en este caso fue una de esas.

Cuando lo conocí ya se había pensionado y me interesaba entrevistarlo para el periódico de la universidad. Me recibió en una pequeña oficina que tenía en su casa, donde todavía trabajaba como abogado, ayudando a personas que necesitaban apoyo legal y no tenían dinero para pagar un abogado. Era parte de una fundación que recibía el trabajo pro bono de muchos abogados, que destinaban parte de su tiempo a la gente que necesitaba ese apoyo.

En una de las paredes tenía una colección realmente grande de imágenes de la Virgen María. Cuando le consulté sobre ellas, me dijo que nunca supo cómo sucedió, pero se corrió la voz entre sus defendidos, de que le gustaba coleccionar arte sacro, lo cual realmente nunca fue una afición a la que haya dedicado tiempo o recursos, pero como estos mensajes subterráneos corren como la espuma, de pronto muchos le regalaban imágenes para su colección como agradecimiento. Un día se dio cuenta de que eran realmente muchas imágenes y cuadros, por lo que decidió hacerles un espacio. Y la colección seguía creciendo, me enseño con gran orgullo una de las imágenes, una hermosa figura de yeso de una madre con el niño en brazos, que uno de sus últimos defendidos el había enviado en su cuarto cumpleaños. Resulta que cuando salió de la cárcel, aprendió el oficio de ceramista y empezó un pequeño emprendimiento de figuras religiosas, nacimientos, imágenes de santos y vírgenes, y esa era la primera de la serie que sacaría en estos días al mercado.

Me contó que no tuvo hijos, porque su esposa tenía problemas serios en su útero, que luego la llevaron a su muerte, hace unos quince años, pero que realmente se sentía un padre bendecido cuando repasaba su libreta de teléfonos, para llamar a sus hijos de la justicia en sus cumpleaños.

Puedo dar fe de que era un hombre pleno, como pocos he conocido en mi vida.

Obsequio a Álvaro por su cumpleaños 53.
© Esta historia es propiedad de A.E.C.M.
    Escrita el 25 de octubre del 2020.


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