Grandeza
![]() |
| Foto por Selcuk Yüccel |
Mi nombre es Elizabeth. Nací en Rozavlea, un poblado perteneciente a la región de Transilvania, en Rumania, en el año 1922. Pertenezco a una numerosa familia, tengo siete hermanas y dos hermanos. Mi papá nació con una condición genética llamada acondroplasia, que provoca que sus extremidades no se desarrollen apropiadamente, por lo que su tamaño era menor al de personas que no presentan esta condición. Siete de mis hermanos y hermanas, incluyéndome, heredamos esta condición.
Desde pequeños aprendimos a valernos por nosotros mismos. Mi mamá, Batia, nos alentaba a buscar formas creativas para llegar a los sitios más allá de nuestro alcance, a abrir puertas, cuando no alcanzábamos las manijas o a utilizar las herramientas que estaban fabricadas para personas de mayor tamaño, ajustándonos a la diferencia. Ella siempre nos dijo que no podíamos esperar que el mundo se adaptara a nosotros, porque para el mundo solo éramos una peculiaridad que no merecía su atención.
Fue ella quien sugirió que montáramos una compañía teatral itinerante, para que tuviésemos una forma de ganarnos la vida sin que nos despojaran de nuestra dignidad en un circo o en un espectáculo de rarezas. Así surgió la Troupe Lilliput, donde llevábamos una especie de musical en el que contábamos historias tradicionales rumanas. Era una experiencia maravillosa, porque nos permitió desarrollar nuestro talento artístico, lo cual nos apasionaba, y además con ello ganarnos el dinero para vivir dignamente.
La gente nos veía como artistas consolidados, por lo general no teníamos problemas de discriminación por nuestra estatura, se nos trataba con gentileza, como a cualquier otra persona, porque no tenían motivo alguno para tratarnos diferente. Incluso muchos de mis hermanos y hermanas encontraron esposos o esposas en estas giras de trabajo, gente que les doblaba el tamaño, pero a la que no les importaban esas diferencias que solo estaban en la mente de los cobardes, al menos eso nos repetía mamá constantemente. Los nuevos miembros de la familia se unían a la compañía y aprendían el oficio de trovadores.
Debo decir que recuerdo haber tenido una infancia y adolescencia tremendamente feliz. Vivía en una familia donde era amada, donde no tenía que justificar la razón de mi estatura, y mi valor como persona lo determinaba la calidad de mis actos y no los centímetros que separaban mi nariz del suelo.
Esta forma de educarnos nos permitió sobrevivir a la peor pesadilla que pudiera imaginarse, una que ni en nuestras peores pesadillas habríamos previsto.
Cuando en 1933 subió al poder del gobierno alemán el Partido Nacionalista y se nombró Canciller a su líder, Adolfo Hitler, los rumores sobre sus deseos de poder y de instaurar un régimen de pureza étnica, llegaban de muchas formas, pero realmente nadie tenía claro exactamente de qué se trataba la amenaza. Pero en 1940, cuando apenas había cumplido 18 años, el Rey Carlos II abdicó al trono y una dictadura nombrada por el gobierno alemán, tomó el control del país.
Dentro de las acciones militares para acabar con cualquier muestra de rebeldía de la población, se aplicó en el país el programa Aktion-T4, que pretendía librar a la población alemana y de sus territorios ocupados, de la gente que se salía de la norma de raza aria, por lo que buscaba matar a cualquiera con deformidades, discapacidad, enfermedades mentales, y cualquier otra forma de vida que no valiese la pena en la nueva nación aria. Además se implementó la Solución Final, que buscaba eliminar al pueblo judío de la faz de la Tierra.
Nuestra familia era judía, pertenecíamos al pueblo romaní (gitanos) y además no encajábamos en los estándares que pretendía la ‘nación aria’. Quisimos pensar que tales disparates no llegarían a nosotros, pero ese mismo año nos apresaron mientras viajábamos a una ciudad llamada Arad, donde fuimos contratados para presentarnos en la fiesta patronal, una tropa del ejército alemán nos detuvo, nos amarró de pies y manos, nos pusieron cadenas en la cintura y en el cuello, nos tiraron sin ninguna consideración en un camión de carga, donde aterrizamos en la humanidad de otros a los que ya habían pasado por lo mismo y mientras empezábamos a entender lo que pasaba, pudimos ver a través de las rendijas del camión, como alzaban llamas los carros de la compañía, no quedó nada de la Troupe.
Nos llevaron a un almacén que habían convertido en centro de detención, metiéndonos a fuerza de patadas, hasta que aterrizábamos en el frío suelo del galpón en el que estábamos detenidos. Habían miles de personas en ese horroroso lugar, igual que nosotros, sin nada más que la ropa que llevábamos puesta. Por la noche nos apiñábamos para calentarnos, sin importar nada, ni el tamaño, ni la religión, ni el origen, porque cuando ya no tienes nada, las cosas que no tienen ninguna importancia se resbalan de tu mente y ya no tienes a tu lado a un gitano o a un cojo, o a un enano, solo tienes a seres humanos en el más absoluto desamparo.
Por la mañana empezaron nuevamente las patadas, para que entráramos a los camiones de carga. Muchos caían y eran aplastados por toda la gente que venía empujada por los soldados. Algunos lograban levantarse, pero a los que no se levantaban, les pegaban un tiro en la cabeza. Nuestros papás y otros miembros de la familia de mayor tamaño, siempre estuvieron haciendo un cerco alrededor de los demás, para protegernos y cuando alguno trastabillaba y caía, era levantado de inmediato y seguíamos caminando.
Los camiones nos transportaron a los vagones del tren de la muerte. Así le decían los soldados rumanos que ahora eran parte del ejército del tercer reich. En esos vagones no podíamos ni siquiera sentarnos, íbamos apiñados como ganado al matadero. Que imagen tan dolorosa cuando lo recuerdo en retrospectiva. Pasamos el resto del día y esa noche viajando en el tren, sin poder movernos, sin tomar agua o comer algo. Haciendo nuestras necesidades ahí de pie, encima de los demás.
Las patadas regresaron al llegar a nuestro destino. Nos lanzaron de cabeza a un gran espacio en el que nos obligaron a quitarnos nuestra ropa y de inmediato nos ponían en filas contra una pared, en la que nos lanzaban agua a gran presión, para quitarnos la suciedad, aunque según uno de los oficiales que hablaba rumano, el estiércol lo llevábamos por dentro. Estos baños eran muy comunes y para los que teníamos talla baja, eran tremendamente dolorosos. Cuando el agua nos pegaba, no podíamos mantener el equilibrio y caíamos al suelo resbaloso, donde los guardas jugaban con nosotros, lanzándonos chorros de agua para que chocáramos unos con otros o para usarnos como una especie de bola de boliche, para derribar a otros prisioneros que estaban contra la pared.
Nos dieron uniformes a rallas. Todos tenían la misma talla, por lo que a nosotros no nos quedaba ninguno, así que un oficial sacó un gran cuchillo, que por un momento pensé que venía a degollarnos, pero rompió un uniforme en tiras y nos dijo que viéramos qué podíamos cubrirnos así. De alguna forma nos hicimos una especie de taparrabos, que con los días fue sustituido por algo menos indignante, gracias a las habilidades de mi mamá para hacer milagros con la ropa.
Fuimos ubicados en una de las barracas, donde otros prisioneros que llevaban más tiempo ahí, nos informaron que estábamos en Polonia, en un campo de concentración llamado Auschwitz-Birkenau. Por la noche no pudimos dormir, no solo por el hambre que teníamos, sino sobre todo por las horrorosas historias con las que nuestros nuevos compañeros nos actualizaron sobre lo que sucedía ahí. Nos habían llevado hasta ese lugar para matarnos. Con los días los ruidos que salían de los hornos donde cremaban los despojos de las personas a las que iban matando, eran como gritos de dolor y de auxilio que se desprendían de sus carnes incineradas.
Una semana después de llegar a aquel infierno, nos tocó bajar al último círculo y conocer al mismo diablo, Josef Mengele.
Este científico sádico, era un asesino perverso que utilizaba a las personas como conejillos de indias en sus retorcidos experimentos. Adoraba atormentar a personas como nosotros, diferentes, para fines científicos según repetía constantemente.
Toda nuestra familia, incluso los que tenían más estatura, fue trasladada a las jaulas de estudio del doctor de la muerte. Nuestra condición genética le intrigaba, quería comprender por qué algunos de nosotros la heredamos y otros no, así que hizo experimentos de todo tipo. Nos sangraban casi a diario, para experimentar con nuestra sangre y encontrar donde estaba lo que nos hacía inapropiados para una sociedad de ‘estándares perfectos’. Nos arrancaban pedazos de piel, a las mujeres nos hacían cosas atroces, a varias mujeres de talla baja, incluyendo a dos de mis hermanas, las inseminaron con muestras de hombres de talla baja, para medir las posibilidades de transmisión de la condición. A los bebés ni siquiera quiero imaginar lo que les harían, lo cierto es que no los volvimos a ver.
En esos días de torturas y vejaciones, pensaba constantemente que mejor sería que me hubieran asesinado en la cámara de gas y que incineraran luego mis restos, porque esta pesadilla inacabable era insoportable. Pero por las noches, en las jaulas donde ‘viviamos’, conocí a un señor maravilloso. Jonah Goren, un rabino polaco que terminó en nuestro ‘vecindario’ por ser de talla baja. Tenía dos años más que nosotros de estar padeciendo el infortunio de pertenecer a los objetos de estudio del diablo, pero cuando lo veía, no encontraba en él señales de desesperación, como las que yo tenía cada minuto, tenía una cara que daba paz a quien la veía, con una mirada tierna que siempre estaba dispuesta a tranquilizarte. Era un anciano de por lo menos 80 años, aunque con el deterioro que se sufría en este lugar, nadie podía estar seguro de la edad que aparentaba los lastimados y torturados envoltorios de nuestras almas.
Un día en que me tocó la misma jaula que Jonah, aproveché para preguntarle cómo era posible que se viera tan tranquilo a pesar de todas las atrocidades que cometían con nosotros, con él en particular, porque no era común que alguien de talla baja viviera tanto.
Y así empezó mi camino por la senda del autoconocimiento, de la mano de un sabio.
Jonah me explicó que mi alma estaba más allá de cualquier tortura, de cualquier experimento, de cualquier maltrato. Me hizo recordar que yo no era este envoltorio de huesos y pellejos que estaba lleno de pinchazos, moretes, fracturas mal sanadas u oídos segados por alguna obsesión del amo del calabozo. Yo era un espíritu que Dios había puesto en mi y un alma en la que guardaba todo lo que vivía, y que ni Mengele ni nadie más podría jamás llegar a mi esencia.
Aprendí entonces cómo sustraerme de la realidad cuando todo lo que había en ella era dolor, buscando refugio en mi yo trascendente, en ese lugar donde el amor es la única luz que lo alumbra todo. Claro que me dolía cuando trataban de extraerme sangre detrás de mis orejas, o cuando me ponían líquidos en los ojos para probar la resistencia de mi visión, quemándome y dejándome prácticamente ciega por algunos días. No estaba exenta de la desgracia circundante, pero podía elegir no abrazar esa desgracia y hacerla mi vida, y en cambio buscar en mi interior, donde siempre había un amanecer hermoso, en una vía rural de Rumania, junto a mi familia en la ya casi olvidada Troupe Lilliput.
Un día en que le cortaron un dedo de la mano derecha a Rozika, mi hermana mayor, y regresó a las jaulas sangrando sin parar y gracias a las destrezas milagrosas de mamá, no murió esa noche, estaba tan desanimada y lloraba tanto, sin lágrimas, porque ya hace mucho se habían fugado del campo de concentración, Jonah vino a mi lado y se quedó ahí, acompañando mi dolor, mi desesperanza, mi desolación. Cuando le pregunté cómo era posible que alguien hiciera esto con un ser humano, me respondió que no era de extrañarse, que el mundo se regía por una única energía, que provenía de Dios y era el amor. Que cuando había amor, se notaba, porque el amor es un bálsamo que se emana dondequiera que uno vaya, pero cuando no lo había, solo quedaba un vacío, que era rápidamente ocupado por el miedo. Según Jonah era fácil detectar a quien llevaba cargando el miedo a sus espaldas, porque te veía con suspicacia, escondiendo la mirada, y la principal manifestación del miedo era la violencia, que iba desde la descalificación de todo lo que no se pareciera a ellos mismos, porque las diferencias les aterrorizan, hasta atacar a quienes temen, verbal o físicamente. “Estas gentes nos temen, temen que algo de nosotros se les contagie y entonces perderán su ilusión de superioridad”
Unos días después, mientras nos comíamos un pan lleno de moho, que era la única comida que habíamos tenido en todo el día, me dijo: “Te das cuenta de lo ridícula que es la discriminación a quienes somos diferentes. Si algo se puede dar por cierto en este mundo es que nadie es perfectamente igual a otro, todos somos diferentes, todos tenemos características que nos identifican como un individuo único e irrepetible, hasta los gemelos tienen sus diferencias. Ese es el peligro de tener miedo a las diferencias, porque cuando empiezas a señalar límites, todos en algún momento tendrán alguna diferencia, alguna peculiaridad, que los hace merecedores de la discriminación, que es al fin de cuentas, otra arma más al servicio del miedo. Por eso cuando metes en el saco de indeseables a gente por el color de la piel, por su credo religioso, por su condición económica, por su origen, por su sexo, o por cualquier cosa, al final estas fronteras se van diluyendo y cuando menos lo esperas, estás dentro del grupo de indeseables.”
Yo creo que si sobreviví al infierno polaco, fue de alguna forma por las largas conversaciones con Jonah Goren. Cuando el ejército rojo llegó hasta nosotros y liberó a los prisioneros que quedaron vivos, a nosotros nos llevaron hasta Moscú y nos liberaron allá. Jonah decidió quedarse con una familia que lo acogió, porque por su avanzada edad, ya no podía soportar más viajes. Nosotros nos quedamos algunas semanas, y en esos días Jonah murió. Unos días antes de su muerte, mientras conversábamos en el jardín de la casa donde nos permitieron quedarnos y recuperarnos del salvajismo del que fuimos objeto, Jonah me dijo algo que jamás olvidaré:
- Recuerda que la grandeza no está en el tamaño de las personas, no la compone el color de su piel, no la brinda milagrosamente la deidad en la que crean, ni viene acoplada a las glándulas sexuales. La grandeza está en la esencia de quien eres, en esa chispa divina que te habita, eso es lo que te hace grande, eso es lo que te permite hacer grandes cosas, alcanzar metas gigantes, desarrollar tus habilidades hasta llegar al cielo. Nunca permitas que tu cerebro te engañe fijándose en cuánto mides. Tu espíritu no tiene medida, es único y perfecto. Esa es tu medida, eres única y perfecta.”
Jonah, el sabio que me salvó del apocalipsis, era realmente grande.
Obsequio a Ari en celebración del Día Mundial de las Personas de Talla Baja.
© Esta historia es propiedad de A.M.E.C.
Escrita el 25 de octubre del 2020.

Comentarios
Publicar un comentario