Hoy me siento diferente
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| Foto por Frank Albrecht |
Normalmente me despierto temprano, a las 5 de la mañana o unos minutos después. No necesito despertador, ni que nadie me llame, porque a esa hora, parece que la cama me tira abajo. Pero hoy escuché una alarma de un reloj despertador, que me despertó inquieto, sobre todo porque no tengo ningún aparato como ese.
Efectivamente, abrí los ojos y junto a mi, sobre la mesa de noche, estaba el reloj. Me incorporé un poco para alcanzarlo y apagarlo, pero lo que vi me dejó congelado.
Ese no era mi cuarto, ni mi cama, ni siquiera tengo mesa de noche junto a mi cama. Definitivamente este lugar no lo conozco. Era un cuarto enorme, lleno de pinturas de paisajes y retratos, sillones, mesas, televisor, la cama era como el doble de la mía y estaba cobijado por cobijas, cobertores, sábanas y creo que hasta un edredón.
Parecía un cuarto de hotel, pero nada tengo que hacer en un hotel. Estoy seguro de que anoche me acosté en mi cama, en mi casa, cubierto por mi única cobija de pandas que definitivamente no se parece a este tropel de cubiertas que tengo puestas. Ni siquiera me he podido mover, porque me da susto que algo se reviente y empiece a ver un túnel, con una luz brillante al fondo.
Como si toda esta sorpresa no fuera suficiente para acelerar el corazón de cualquiera, en cuanto vi mis manos, ni siquiera pude reconocerlas. Eran blancas, con anillos y un reloj en mi muñeca izquierda. Yo estoy completamente seguro de que ni uso reloj, y mucho menos anillos. Y también puedo dar fe a ojos cerrados, de que mi piel es morena, no blanca, y además estas manos parecen de alguien muy mayor, y yo no soy ya aquel adolescente que corría por las calles polvorientas del Pacífico Costarricense, pero tampoco he entrado a la edad de oro.
Me levanté a como pude y sentí un dolor horroroso en mi espalda. Todo me sonaba, como si fuera un saco de espaguetis a punto de quebrarse. Estaba vestido con una pijama aparentemente de seda, de color oscuro. Creo que la última vez que usé pijama todavía estaba en la escuela.
El piso de madera perfectamente pulido se sentía tibio en las plantas de mis pies, mientras caminé unos pasos hasta un espejo cercano.
¡Por el amor de Dios!
Mi grito fue inmediatamente seguido por un golpe seco en el suelo, provocado por mi pesado cuerpo cayendo desmayado, porque hay que decirlo, ningún ser humano de este planeta está preparado para ver lo que yo vi en el espejo.
Cuando volví a abrir los ojos estaba sobre una camilla de hospital en un cuarto muy blanco, con luces brillantes y algunas personas a mi alrededor aparentemente de algún servicio de urgencias. Me enfocaron con una luz en ambos ojos y me empezaron a hacer preguntas… ¡en inglés!
Desde el colegio tengo un buen nivel de inglés, pero no lo hablo frecuentemente y no estoy acostumbrado a mantener conversaciones en ese idioma. Además, después de lo que vi antes de desmayarme, no estoy seguro de que en ese momento tuviera conectado el cerebro. Traté de concentrarme y poner más atención a lo que me preguntaban.
- Mr. President, are you ok?
Ay, ¡por la sangre de Cristo! Lo que vi en el espejo parece ser cierto. Me desperté en el cuerpo de Donald Jessica Trump… se me salió una sonrisilla cuando recordé este nombre, que usa Randy Rainbow en sus parodias. Pero se me borró muy pronto, despertar en el cuerpo de Donald Trump no es algo que uno pueda tomarse en broma.
Resulta que cuando hablaba, lo hacía en inglés y de pronto como que estaba entendiendo lo que me decían sin ningún esfuerzo. Aunque esto era algo bueno, no me alegró nada, porque seguramente el cerebro que se conectó fue el del tipo que se robó mi cara y eso no me hacía nada feliz.
Las cosas se iban sucediendo demasiado rápido como para terminar de entender lo que pasaba. Afortunadamente descubrí algunas cosas: la gente alrededor mío o me tenía miedo y temblaba cuando se me acercaba, o me trataba con lisonjas y edulcorantes para mi oído, por lo que lo que fuera que contestara, para ellos era una frase digna de ser esculpida en la frente de la estatua de Abraham Lincoln.
Además no parecía que nadie esperara que yo hiciera nada importante. Tuve mil reuniones de las que todos me decían que hicieron lo que yo les dije o actuaron de acuerdo a los límites que les había puesto, o sencillamente me hablaban como si fuera un niño de preescolar, pronunciando cada palabra con pausas exageradas, y escudriñando mi cara para ver si estaba entendiendo. Cuando les parecía que ponía cara de interrogación, lo cual era cada cinco segundos, porque no sabía de qué me estaban hablando, me repetían todo explicándomelo con peras y manzanas.
Con esas explicaciones, aun y cuando no tenía ni la menor idea de las discusiones que tenían, terminaba por entender lo que querían.
También me enteré que mi matrimonio era una fachada y que mi esposa y mi hijo estaban Nueva York. Eso fue un alivio, no se cómo podría fingir una relación, que además presumo que sería la de un abusador con sus víctimas.
Por la noche me quedé largo rato frente al espejo, para ver si algo me daba pistas de que detrás de la cara de este imbécil, estaba yo. Pero nada pasaba, era solo la cara de imbécil del imbécil. No creí que pudiera dormir, pero resulta que me sentía tan cansado, como si hubiera corrido una maratón.
Al día siguiente, otra vez la alarmita asaltó mis oídos y me martilló el cerebro. Y mi día parecía que iba a ser lo mismo del día anterior, pero mientras desayunaba, una señora de pelos teñidos y traje demasiado ceñido, se me acercó y me preguntó si tenía algún problema con mi teléfono. Como no entendía de lo que me hablaba, me explicó que desde ayer no posteaba nada en Twitter y que mis seguidores se estaban preguntando si estaba bien. No supe que decir, así que tras un silencio incómodo, me dijo que si quería que se hiciera cargo, así que mi twitter tampoco lo manejaba yo, lo cual me hizo mucha gracia, porque me imaginé que vomitar la cantidad de estupideces que este idiota lanza sobre su timeline diariamente, debe ser tan grosero para una persona normal, que de fijo terminará con gastritis o algo peor.
Los días seguían transcurriendo igual. Iba a donde me decían, me reunía con quien tuviera previsto, trataba de tranquilizar a tanta gente a la que le parecía una aparición de la chiquilla de El Aro, pero descubrí que cuando trataba de ser amable, se asustaban más, seguro la cara del idiota no tiene activados los músculos de la cara amable. Lo que realmente fue insoportable, fue cuando me llevaron a mi sesión semanal de bronceado. ¡Qué horror! Espero no llegar a la siguiente sesión, porque esto si que es un suplicio.
Tuve que ir dos veces a que me acomodaran el peluquín, porque como no tengo ni la menor idea de cómo cuidar esa alfombra en mi cabeza, al parecer se me estaba desacomodando y alguien podría descubrir que no es pelo real. Creo que mi cara de circunspecto tampoco funciona en este cuerpo, porque nadie reaccionó cuando traté de poner cara de ‘sí como no’.
Cada noche y cada mañana intentaba de todas las formas posibles reconocerme en el espejo, pero era imposible. No lograba comprender por qué estaba sufriendo esta tortura digna de Torquemada, y lo peor es que no tenía ni la menor idea de cómo detener la pesadilla. Una noche traté de llamar a mi teléfono en Costa Rica y cuando estaba timbrando, un amable oficial del Servicio Secreto interceptó la llamada y me preguntó si estaba seguro de hacer una llamada a ese lugar. Fue imposible dejar de notar el énfasis en ‘ese’ como queriendo describir un basurero olvidado en donde el diablo perdió la chaqueta, pero lo pasé por alto, para poner a este tipo en su lugar. Lejos de lograr mi cometido, fue él quien me puso en mi lugar, me recordó los peligros de seguridad nacional de hacer una llamada como esa y que mejor le dijera a quien buscaba y ellos se encargarían de localizarlo.
Por un momento dudé en darle mi nombre y señas, porque me imaginé que estos energúmenos serían capaces de ir a mi casa, ponerme una capucha negra en la cabeza, secuestrarme y traerme amarrado de pies y manos a alguna celda en los sótanos de este edificio. Pero al final le di los datos.
Al día siguiente, con el desayuno, me dejaron un informe completo de mi mismo. Mi nombre, señas particulares, donde vivo, trabajo, a quien veo, cuál es mi perfil político, por cierto parece que soy socialista con tendencias pseudoterroristas. Solo les faltó añadir una transcripción de mis pensamientos. Pero lo que me impactó fue un rótulo rojo en la última página que decía “Extraviado, se presume muerto”.
Quedé al borde de otro desmayo.
Me sentía tan mal, que alguna de las señoras de servicio le avisó a mi doctor, que me pidió de la forma más zalamera que le he escuchado a alguien en toda mi vida, que sería bueno que me tomara el día. Su cara de incredulidad cuando le dije que estaba bien, fue casi tan impresionante como la zalamería, casi.
Me quedé en la ‘residencia’ todo el día, dando vueltas de un lado a otro, tratando de entender lo que pasaba, pero no lograba nada. Intenté averiguar en internet si alguien sabía de un caso parecido, pero como con la llamada, un oficial me llamó y me explicó nuevamente que la seguridad y bla, bla, bla.
Estaba asustado, deprimido y sobre todo muy adolorido, esto último porque al parecer el cuerpo de este idiota está al borde del colapso. Pero igual el dolor solo empeoraba mis preocupaciones y mi presunción de que por fin, me había vuelto total y absolutamente loco.
Al día siguiente, cuando abrí mis ojos sin ninguna alarma en mis oídos, sentí como si el gorila que tenía encima se me hubiera bajado de pronto. Al fin regresé a mi cuerpo y a mi casa, a mi cama y a mi cobija de pandas. Hablé demasiado pronto. Otra vez estaba en un cuerpo extraño, por lo que pude averiguar en la mañana, era el cuerpo de un joven Steve Jobs, de unos veinte años, en los setentas.
Ahora no solo ocupaba cuerpos extraños, sino que también viajaba en el tiempo. Y yo que abjuré toda la vida de las novelas de terror tipo Stephen King y ahora era el personaje de un cuento de La Dimensión Desconocida.
Obsequio a Harold por su cumpleaños 42.
© Esta historia es propiedad de H.E.R.G.
Escrita el 7 de octubre del 2020.

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