La mejor manzana


Su vida era feliz. Se casó enamorada, tuvo dos hijas a las que amó desde que las sintió dentro suyo. Se sentía satisfecha con la vida hogareña que eligió para ella, atendiendo las labores domésticas, cuidando a sus hijas y compartiendo con su marido cada vez que su trabajo se lo permitía.

Pero cuando recibió la llamada de un compañero de trabajo de su marido, avisándole que fuera al Hospital General Mazariegos, porque su esposo estaba delicado, sintió que la vida misma cayó al suelo y por primera vez desde que tenía memoria, se sintió en un profundo desamparo.

Mientras iba con su hija mayor hacia el hospital, su mente era una vorágine de pensamientos, enredados con recuerdos y proyecciones de futuros nefastos, que solo le causaban escalofríos. Al llegar, un doctor muy atento les explicó que don Raúl tuvo un grave accidente cardiovascular y que ahora estaba estabilizado, pero muy débil. Les comentó que se le indujo un estado de coma mientras logran determinar los daños ocasionados al músculo cardiaco y que en dos o tres días, si reaccionaba bien a los tratamientos, le despertarían para que pudieran saludarlo, pero que por su estado, seguramente pasaría por lo menos dos semanas en cuidados intensivos.

Ella no quiso irse del hospital aunque no podía ni siquiera ver a su esposo. Sentía un vacío enorme, como si algo que tenía adentro y que la sostenía en pie, fue arrancado de su pecho y le había dejado un hueco oscuro y frío. Su hija trató de llevarla a casa, pero no quiso moverse de la banca donde las dejó el doctor. Tras varias horas, sintió que todo su cuerpo temblaba, el frío le atenazaba los músculos, no podía moverse ni controlar el temblor y cuando quiso pedirle ayuda a su hija, no pudo mover la boca… y todo se oscureció. Tuvo una crisis nerviosa que le hizo perder el conocimiento. Tras algunas horas con sueros y otros medicamentos, despertó y se sentía mejor. La doctora le pidió retirarse a su casa a descansar, porque en su estado no podía quedarse en el hospital sin arriesgarse a tener otro episodio aun más grave.

A regañadientes aceptó que Milena, su hija mayor, la llevara a casa. Pero su cerebro seguía en una revuelta mayor que no le permitía pensar en nada con claridad, ni concentrarse, y casi no podía seguir conversaciones, estaba en otro lugar, aunque su cuerpo estuviera en cama, arropada y acompañada por sus hijas.

Los días pasaron y su esposo regresó a casa. El doctor les dijo que su condición era delicada, pero que si se cuidaba, podría reponerse y tratar de hacer una vida relativamente normal. Tenerlo en casa bajo su cuidado, le devolvió una razón para vivir. Sabía que bajo su cuidado, su amado Raúl sanaría y volvería a ser el mismo de siempre, lo antes posible.

Y así fue, se dedicó por completo al cuidado de su esposo, incluso a sus hijas les costaba convencerla de que las dejara ayudar en algunas de las labores. Tres meses después del ataque al corazón de su esposo, el doctor que le daba seguimiento les comentó que estaba en una excelente condición y le dio de alta, para que le siguieran dando seguimiento en Consulta Externa. Entre las instrucciones que le dejó, fue muy claro en que no podría volver a su trabajo y que debería pensar en la pensión, como una opción a futuro.

Ya en casa discutieron un poco sobre lo que harían. Raúl trabajó desde siempre en el negocio de su papá, de venta de productos de cuero, que tras su muerte, pasó a él, por ser hijo único. El negocio se trataba de colocar en tiendas, sobre todo de zonas rurales, productos de cuero que hacía una pequeña talabartería que manejaba un tío suyo. Eso lo obligaba a hacer giras de ventas por una, dos y hasta tres semanas, para recorrer cuanto pueblo encontraban y colocar sus productos. Pero ya no podría hacer eso más.

Raúl le confesó algo que ella nunca hubiese imaginado: ‘Mary, tengo que decirte algo. Yo nunca he cotizado para la pensión, no puedo pensionarme y creo que lo correcto es que siga en mi trabajo, talvez con giras menos pesadas y buscando algún ayudante más, para que me alivie el trabajo’. La noticia fue realmente una sorpresa, pero ella no permitió que le bajara el buen ánimo que tenía por las excelentes noticias que el doctor le dio sobre la sanación del corazón de Raúl. Ya verían qué hacer.

Tras hablarlo en familia, Raúl les comentó que ya había hablado con su primo Juan, que estaba a cargo de la talabartería tras la muerte de su tío y que le ofreció trabajo en ventas directamente en la tienda, lo cual todos sabían que era más un favor que una oferta real, porque en la ciudad nadie compraba en las talabarterías nunca más, ahora todo se compraba en las tiendas de los moles o en Internet.

Sus hijas se ofrecieron a abandonar sus estudios o a estudiar de noche, para buscar trabajo, pero su mamá las detuvo en seco. ‘Ustedes tienen que estudiar, les dijo, una mujer sin estudios está condenada a una vida de segunda clase’. No quiso ver a los ojos a su esposo, porque sabía que sus palabras lo hirieron y no fue su intención hacerlo sentir mal. Su vida había sido plena para ella, pero realmente nunca tuvo muchas opciones aparte de atender su hogar, no terminó ni siquiera el tercer año del colegio y en su momento descartó buscar opciones de estudio para concluir su bachillerato, le restó importancia y no pensó en eso nunca más.

Vio con mucha seriedad los ojos de su familia y les dijo que ahora ella se haría cargo. Les contó que tenía algún dinero que había ahorrado a través de los años, porque sabía que Raúl no era particularmente cuidadoso del dinero que ganaba, y que con eso pondría algún negocio que pudiera atender desde la casa, sin descuidar la atención de su marido, que seguía siendo su prioridad.

Cuando pensó en un negocio, recordó que de joven todos le decían que su pastel de manzana era el mejor que habían probado, así que trató de recordar la receta y empezó a hacer pruebas. La verdad es que seguía sabiendo tan bueno como en su juventud. Buscó en las pulperías cercanas y algunos supermercados, oportunidades para vender sus pasteles, pero no encontró apoyo. Empezó a vender pasteles entre sus vecinos y algunos familiares, y sus hijas vendían algunos a sus compañeros de colegio, en el caso de Marta y de universidad en el de Milena. Pero lo que ganaba con esas ventas no alcanzaría para sostener a la familia.

Buscó ayuda en una asociación de mujeres que había en el Centro Comunal y ahí le ofrecieron capacitación para aprender a vender por internet. Al principio le dio mucho miedo. Ella nunca había usado una computadora y casi no sabía usar el celular más que como teléfono, pero ahora no era momento de cobardías. Se propuso aprender todo lo necesario y además aceptó toda la ayuda que le ofrecieron en el Centro. Uno de los muchachos le ayudó a crear una página en Facebook y otra en Instagram. Otra muchacha dio una charla sobre la logística de las ventas por internet y cómo aprovechar los servicios del correo estatal. En unos meses ya estaba vendiendo al menos diez pasteles diarios por Internet, y el servicio postal le hacía las entregas a domicilio.

Con el dinero que hacía podía sostener los gastos de la casa y de las colegiaturas de sus hijas y eso la hizo realmente feliz. Era una felicidad diferente, una que no se esperaba, que era más íntima, la sentía en cada célula de su cuerpo. Era una felicidad que se había ganado a punta de esfuerzo y eso la hacía vibrar de emoción.

Pero el corazón de Raúl no soportó más y un día solo se detuvo.

Le dolió mucho la muerte de su esposo, pero no se sentía desamparada, como la primera vez que enfermó del corazón, esta vez tenía un dolor que provenía de la muerte de un compañero de vida, al que amó con todas sus fuerzas por casi treinta años, pero el vacío horroroso que sintió antes, ya no estaba presente.

Tras unos días de duelo, estaba en la cocina horneando pasteles y otras reposterías que añadió a su tienda en línea, cuando Milena y Marta se acercaron a la mesa del desayunador, y le tomaron las manos: ‘Mamá, ya no tienes que seguir haciendo esto. Sabes que con el dinero de la póliza de vida de papá, será suficiente para mantenerte el resto de tu vida, sin que nada te falte. Deberías descansar y dedicarte a disfrutar de tu vida como quieras hacerlo’ así le habló Marta que era la más hábil de las dos con las palabras.

Ella se quedó pensando con seriedad en lo que sus hijas le dijeron y justo en esos días recibió un correo del coordinador del Centro donde seguía formándose en temas de emprendimientos, contándole que su proyecto había sido seleccionado por una institución financiera, para darle un apoyo financiero importante, para convertir su pequeño negocio en una micro empresa. Le pedían que fuera al día siguiente a una reunión para conversar más sobre el tema.

Pensó mucho si quería ir o no, a fin de cuentas sus hijas tenían razón, ya ella no necesitaba seguir trabajando, pero al final, más por curiosidad que por otra cosa, fue a la reunión.

Las opciones que le ofrecían eran realmente una gran oportunidad. Convertiría su negocio casero en una pequeña repostería, donde además tendría que contratar unas dos o tres personas. Recordó cuando llegó por primera vez al Centro, el estado de desesperación por no saber cómo salir del estado de crisis en el que estaba, y ahí, lo único que encontró fueron manos solidarias, brazos dispuestos a trabajar con ella, gente que de verdad se preocupó por ella, que la acompañó paso a paso mientras se adentraba en el atemorizante mundo del internet y la computación. Ahora ella podría tender esa mano a otras mujeres que pasen por situaciones como la de ella y esa oportunidad de devolver tanto amor recibido, no podía desaprovecharlo.

Y así, convirtió su cochera en una pequeña panadería y junto con dos mujeres vecinas de su mismo barrio, y empezó a vender sus productos, de los cuales el pastel de manzana era su producto estrella, a una gran cadena de supermercados y a varias pulperías. También seguía vendiendo por internet con entrega a domicilio. Estaba sorprendida de lo pronto que creció su negocio y de lo feliz que esto le hacía. Su corazón, que llevaba a su esposo para siempre y por siempre junto a ella, le decía que su amado Raúl estaría muy orgullosa de ella.

Un día, cuando estaba planeando, junto a sus hijas, dar un paso más de crecimiento para su negocio, construyendo una pequeña fábrica de pasteles, en un lote cercano que le había heredado su mamá, se dio un paseo por su cochera para ver en que podía ayudar, como lo hacía a diario y vio a una de las nuevas muchachas que le ayudaban, cortando manzanas. Una de las manzanas que iba a cortar, tenía una parte un poco majada, seguramente por un golpe en el traslado desde la finca que les surtía el producto y ella se le acercó con suavidad y le dijo: ‘¿sabes cuál es el secreto de este negocio? Escoger la mejor manzana. Si pones cualquier manzana, el pastel que hornees será como cualquier pastel. Talvez nadie lo note, pero vos lo sabrás en tu corazón y el secreto de la mejor manzana es poner el corazón en lo que haces’. Le ayudó a escoger las manzanas y se puso a cortarlas con ella.

Con los años decidió dejar la fábrica al completo cuidado de sus hijas, que tenían mucho tiempo ya de manejar todo el negocio. Pero nunca dejó de ayudar a otras mujeres en el Centro Comunitario. Daba charlas, apoyaba con equipo cuando estaba a su alcance hacerlo y visitaba a muchas de las mujeres que apenas empezaban y les ayudaba, sobre todo a las que emprendían en negocios de comida, les daba consejos para comprar los productos, les pasaba algunos secretos de cocina y sobre todo les explicaba la importancia de escoger la mejor manzana.

Hace muchos años creyó ser la mujer más feliz del mundo, pero se equivocó. Hoy era mucho más feliz, de una forma diferente, pero más intensa. Y hoy sabía también que mañana sería mucho más feliz que hoy. La felicidad, como el amor, es infinita, crece a diario, sobre todo cuando el corazón está en todo lo que haces, en todas las relaciones que estableces con otras personas y sobre todo en el cuidado que le des a tu propio corazón.

Obsequio a doña Gilda por su cumpleaños 67.
© Esta historia es propiedad de G.M.V.S.
    Escrita el 4 de octubre del 2020.
 

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