La sabia y la manzana

Foto por Andrik Langfield

 Extraño a mi abuela.

Era una vieja sabia, con la cara llena de arrugas, pero de una dulzura tal que con solo una sonrisa, iluminaba al mundo. Su risa era contagiosa y siempre la veías alegre y dispuesta a compartir su optimismo y su gozo por vivir, por ser quien era, por tener la vida que tenía.

Una vez le pregunté si todo en su vida había sido bueno, porque yo la veía tan feliz, que no parecía haber tenido dolores, conflictos o desconsuelos. Ella, con la sabiduría que la caracteriza, se sentó en su sillón favorito mientras se carcajeaba de mi pregunta, me llamó con la mano para que me acercara. Me encantaba sentarme a sus pies, en la alfombra, para escucharla contar sus historias de vida.

Cuando por fin pudo superar el ataque de risa, me vio con una mirada seria tan poco acostumbrada en su hermosa y alegre cara, que me hizo gracia y a ella igual. No podía ponerse seria, seguro tenía una imposibilidad genética para hacerlo y yo lo agradezco, porque reír sin acordarme de ella, es imposible.

Me pidió silencio y empezó a hablar:

-       Mirá, por supuesto que he tenido muchos momentos tristes, situaciones incómodas, agresiones, momentos en los que realmente he tocado el suelo, pero algo que pasó cuando era muy niña, me marcó para siempre.

Cuando tenía cinco años, me mandaron al catecismo. Todavía no sabía leer, o escribir, pero en esos días solo importaba la memoria, había que aprenderse unas cuantas oraciones y recitarlas al padre cuando viniera a verificar que estábamos listas para hacer la primera comunión. Yo siempre tuve buena memoria, pero esas oraciones no me entraban por ningún lado, así que hasta el siguiente año pude hacer la primera comunión, más por insistencia que por memoria, porque el credo y la salve siempre se me enredaron.

Pero lo importante es que en ese primer año de catecismo, nos contaron la historia de Adán y Eva, de como Eva creyó en el diablo encarnado en la serpiente, comió de la manzana prohibida y además, no contenta con su propio pecado, hizo que Adán también comiera, por lo que el Gran Jefe les canceló el contrato de alquiler y los echó puerta afuera.

Yo nunca pude entender eso de que Eva fuera la culpable de que perdiéramos el Paraíso y además inventó el pecado, como si no fuera suficiente. Empecé a poner atención en misa, pero bueno, mi latín nunca fue bueno, así que no entendía nada. Pero cuando rezaban el ángelus, el padre decía que María vino a reivindicar a la mujer, manchada con el pecado de Eva. Yo solo me cuestionaba todo eso. Trataba de hacer cálculos mentales, pero realmente no pude.

Traté de averiguar más en el catecismo, pero tras dos preguntas algo incómodas que le hice a la monjita que nos ponía a recitar las oraciones y nos contaba las historias bíblicas, creo que me vio con malos ojos y me ordenó dejar de pensar en esas cosas impuras, que el diablo estaba tratando de ganarse mi alma y que me prohibía volver a preguntar sobre el tema.

Cuando le conté a mi mamá, se persignó, se arrodillo, me bajó de golpe para que también me arrodillara y rezamos un trisagio a San Miguel para que me protegiera del mal.

No tenía que ser muy inteligente para entender que el tema no era precisamente popular, así que dejé de preguntar. Claro, nunca dejé de pensar. Hice miles de suposiciones, busqué evidencias en lo poco que se oía en la casa o en la Iglesia, pero al final tenía más dudas que otra cosa.

En segundo grado de la escuela, inauguraron la Biblioteca Pública, en un galerón junto a la Unidad Sanitaria, y entonces se me ocurrió que era un buen lugar para buscar información. El primer día le pregunté a la bibliotecaria por libros sobre la historia de Eva, la del paraíso, y con muy mala cara me regañó por molestar, me aclaró que ella no estaba para prestarse a mis bromas y me sacó. Tuve que armarme de valor para ir de nuevo, lo cual me costó una semana de echarme porras yo sola, pero la siguiente semana volví con la mirada baja, para no suscitar la furia bibliotecológica, y entonces pregunté por libros sobre las manzanas. No se por qué pregunté eso, pero no se me ocurrió ninguna otra forma de abordar el tema de Eva.

Para mi sorpresa, la bibliotecaria con una sonrisa de oreja a oreja, me dijo que si tenían sobre ese tema y se adentró entre los pasillos de estantes y al rato regresó con un libro llamado ‘Guía de cultivo de manzanos para principiantes’. No sabía qué hacer con ese libro, pero ese no era el momento de enojar a la estimable bibliotecaria. Ella me inscribió como usuaria de la biblioteca y tomó mis datos para hacerme una identificación para poder llevar los libros a casa.

El libro resultó muy interesante. Al final me hice fan de las manzanas, aunque claro, nunca en mi vida había comido una manzana. En esos días, las manzanas eran un alimento de lujo del que muy pocas personas habían disfrutado. Las importaban de los Estados Unidos y normalmente para navidad, por lo que no podía ir al mercado, al tramo de don Ulises, a comprarme una manzana, así como así. Pero realmente me fascinó el tema.

Antes de la semana santa, mi papá siempre encargaba una lata de sardinas a don Javier, que hacía un viaje para esas fechas a la frontera con Panamá y ahí compraba infinidad de cosas que no se encontraban en ningún otro lado y las traía por una comisión cómoda, por lo que ya era tradición comer sardinas Del Monte y palmito de Pérez Zeledón, que también compraba don Javier de regreso.

Juanita, la hija de don Alcides, el que tenía un trapiche en la salida de la calle del barrio, que ahora es un supermercado, me contó que en la frontera habían manzanas, que su papá le mandaba a traer una o dos cada vez que don Javier hacía el viaje hasta allá. Eso significaba que al fin iba a poder tener una manzana en mis manos. Le insistí tanto a papá y a mamá y a tía Rita que vivía con nosotros, en fin, hice una protesta unitaria tan insoportable, que un día papá pegó cuatro gritos y me dijo que me iba a mandar a traer la cabrona manzana, pero que dejara de joder por el amor a Dios. Mi mamá le retorció los ojos y entonces dio media vuelta y se metió al cuarto. En la noche parece que mamá lo obligó a rezar un rosario adicional antes de dormir, por decir palabras ‘altisonantes’, como ella las llamaba. A mi no me importaba lo que tuviera que pagar de penitencia, porque en mi mente solo cabía la idea de la manzana.

Faltaba un mes para que don Javier regresara con los encargos y no era seguro que me trajera la manzana, porque según le explicó a papá, no era temporada, luego de lo cual volvió a verme con unos ojos que parecían decir: ‘ves majadera’, pero no dijo nada, por dicha. Pero ese mes tardó tanto en pasar, que yo creo que primero llegó navidad antes que la semana santa.

Y la manzana llegó, era roja, como si la hubieran pintado y después le dieran brillo. Para ese entonces era una experta en manzanas y mi interés era sembrar las semillas para tener mis propios manzanos. Corté con cuidado la manzana, le extraje las semillas y realmente no recuerdo si me comí los trozos de manzana o los dejé olvidados a la vista de mis hermanos, que no se preguntaban dos veces cuando había algo que comer. Lo cierto es que cuidé con mucho cariño las cinco semillas que tenía mi manzana, las dejé secar en un pañito, preparé unos tarritos para sembrarlas, les ponía agua, las sacaba al sol de la mañana y las protegía del sol fuerte del mediodía y de los vientos de la tarde, solo me faltó llevarlas conmigo a dormir, de lo que me abstuve solo porque temí que eso las lastimara y debes entender que no había repuesto.

Creo que mi papá me regañó porque había insistido tanto en la manzana y ni la probé. No recuerdo bien porque lo único que me interesaba eran mis manzanos.

Y nacieron.

Los trasplanté, los cuidé, les eché boñiga de la vaca de doña Nora, para que estuvieran bien abonados, fueron como mis bebés. Solo tres de las matitas lograron echar raíces en la tierra del patio de mi casa. De esos solo dos sobrevivieron y a los tres años uno, y a los cinco años el otro, empezaron a dar frutos. Yo me sentí tan orgullosa que sentía que iba a explotar de alegría. Curiosamente nadie más sentía esa felicidad, a todos les parecía algo sin importancia, mi hermano Juan me dijo que acaso felicitábamos a Víctor, mi otro hermano, cada vez que el cafeto daba frutos.

Fue ahí, a mis once años, que me di cuenta que la felicidad en mi vida iba a depender solo de mi.

Ya desde muy pequeña entendí que las mujeres no teníamos números en la rifa de la buena vida, teníamos que arrimarnos a un hombre que nos obsequiera magnánimamente algo de su propia fortuna. Aunque lo entendí, no lo acepté. Nunca.

Cuando mis papás me invitaron muy cordialmente a casarme con tu abuelo, no discutí, sabía que no tenía ningún sentido. Además tu abuelo era un buen muchacho, lo conocía de toda su vida y a él también sus papás lo estaban ‘animando’ a aprovechar la oportunidad de casarse conmigo.

En los primeros días de casados le dejé claro que yo no era la empleada doméstica de nadie y menos aún una propiedad de ningún hombre. No recuerdo exactamente qué le dije, pero se puso blanco, como un papel. Creí que iba a quedarme viuda ahí mismo, pero por dicha le entró el color pronto.

Nos entendimos muy bien y tuvimos una vida matrimonial muy dichosa, cincuenta y dos años.

Claro que hubo miles de problemas, la pobreza es un mal que tiene un magnetismo perverso y atrae muchos otros males. Pero siempre nos vimos como un equipo. Primero solo nosotros y cuando empezaron a llegar los hijos, también los sumamos al equipo. Salir adelante y ser felices era tarea de todos, no era un regalo, era un premio que se ganaba trabajándolo.

Ya sabes que al final nos quedamos a vivir en la casa de mis papás, que es esta misma donde vos vivís, así que los dos manzanos que están ahí atrás, son los que yo sembré.

Cada vez que sentía que ya no podía más, o cuando me sentía maltratada o agredida, o sencillamente cuando me ponía triste, iba a conversar con mis manzanos. Cuando tenían frutos, aprovechaba para comerme una manzana y en cada bocado sentía que las fuerzas regresaban a mí, porque esas manzanas representaban mi posición firme al lado de Eva, gritaba a los cuatro vientos que las mujeres no somos las culpables del mal en la tierra y que yo había criado dos manzanos sin ayuda de nadie y habían sobrevivido para darme frutos a mí, a mis papás y hermanos, a mi esposo y a mis hijos.

Esas manzanas fueron siempre un recordatorio lleno de color y sabor, de que si quería algo, podía lograrlo, que ser mujer no iba a detenerme. Y así he vivido mi vida.

Cuando uno hace lo que le apasiona, la felicidad viene incluida en el viaje.

Y sus manzanos siguen ahí en el patio. Sus manzanas siguen siendo tan dulces como cuando ella vivía y para mí, ese lugar mágico sigue siendo mi cargador de energía vital, cada vez que siento necesidad de recordar que soy una mujer, fuerte, inteligente, independiente y capaz de forjar mi propio destino.

Obsequio a Karo por su cumpleaños 42.
© Esta historia es propiedad de K.A.M.
    Escrita el 29 de octubre del 2020.

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