La vendedora de sombreros

Foto por Ronald Cuyan

Luisa era una mujer algo mayor. Nadie sabía exactamente cuántos años tenía, pero su cara adusta y marcada por el tiempo, sus ojos lejanos y su boca apenas identificable entre las arrugas de su cara, daban a entender a quien la veía que pasaba de los setenta años.

Vivía sola, en las inmediaciones de la ciudad, en esa otra ciudad que nadie quiere ver, que no se le enseña a ningún turista y que es noticia solo cuando hay muertos o cuando la policía llega a sacar drogas y fugitivos de la ley.

Su casa era tan pequeña y llena de nadas, que nadie podría darla por más que un rancho o una troja abandonada en algún campo lejano, pero para ella, no solo era su casa, era el hogar que se había construido con sus propias manos. Las cuatro paredes que definían el espacio que le pertenecía, eran latas de zinc viejas, herrumbradas y llenas de huecos, amarradas o en el mejor de los casos, sostenida con clavos aun más herrumbrados, a reglas de madera que no se veían mejor que las latas atadas a ellas. El techo era de palma y otras hojas largas que recogía en el camino y las usaba para tejerlas con fibras de cáñamo de alguna planta que también se encontraba en el camino.

Tenía algunas cajas de madera que alguna vez fueron usadas para transportar verduras y que Luisa había encontrado botadas en basureros a los que pasaba regularmente para rescatar lo que aun y cuando para los demás era ya un desecho, para ella podía bien significar un tesoro. A veces encontraba cosas que podía vender o intercambiar con sus vecinos, o sencillamente regalárselos, cuando sabía que lo ocupaban. En las cajas guardaba con delicadeza sus dos vestidos, un fustán, dos juegos de ropa interior, un chal que tejió hace tanto tiempo que ya no recuerda cuándo fue y dos pares de medias. Solo tenía un par de chancletas, que utilizaba casi a diario un par de zapatos cerrados que se ponía cuando se sentía algo resfriada y afuera estaba lloviendo.

Ahí mismo guardaba un paño, con el que de vez en cuando bajaba al río a bañarse y un limpión que usaba sobre todo para cocinar. La cocina eran tres ladrillos rojos y un block de cemento, con una rejilla que probablemente protegió una ventana de la casa de alguien. Usaba pedazos de madera que encontraba botada, normalmente tenía cómo encender el fuego, pero a veces no podía cocinar, porque no encontraba nada que quemar, y ella no podía prescindir de sus escasas posesiones para quemarlas en su cocina.

Aparte de estos dos pequeños espacios, estaba un futón que hizo con cartones y algo de palma seca, que amarró con una sábana vieja y que le servía de cama. Si su casa hubiera tenido puerta, seguramente sería de la mitad del ancho de cada lado de su cubito de hogar, pero no había puerta, una lata se movía para dejarla entrar o salir. No tuvo nunca piso tampoco, pero luego de que una urbanización al lado de arriba de su barrio, empezó a desaguar sus caños directamente sobre ellos, era común que todo se inundara y se llenara de barro, así que poco a poco, con la ayuda del tiempo, fue trayendo piedritas que echaba en su bolso y las fue poniendo en el piso. Ahora tenía un piso de piedras que, aun y cuando no evitaba que el agua que corría pasara por su casa, al menos no se le hacían ni barriales, ni pozos de agua, lo cual le daba algo de tranquilidad, sobre todo en la noche.

No tenía electricidad y el agua la traía de un pozo público a la salida del barrio. Vivía sola, pero durante su vida había compartido sufrimientos con muchas personas. De joven fue víctima de violencia doméstica, recordaba por lo menos tres compañeros que le pegaban sin misericordia, como si fuera un saco de boxeo. Pero un día aprendió a defenderse y se dio cuenta que los agresores eran sobre todo cobardes, y no soportan que sus víctimas se pongan valientes. Desde entonces, empezó a escoger mejor con quien vivir. Tuvo dos compañeros más, dos compañeras y varios perros que fueron los compañeros más fieles que nunca tuvo. De todos ellos se despidió cuando la dejaron para vivir un mundo mejor en el cielo.

La muerte no era un asunto del que uno se preocupara cuando vivía en un barrio como el de Luisa. Era casi una vecina más que un día decidía venirse a pasar la noche a tu lado y por la mañana se iba llevándote entre sus brazos. Para ella la muerte no era una calavera envuelta en trapos negros, con una guadaña en la mano, dispuesta a cortarle la cabeza a su próxima víctima. Luisa entendía la muerte como una parte tan natural en la vida, como respirar. Era una amiga y no un espectro. Y cualquier cambio que la muerte les pudiera dar, diferente a esta vida tan dura, era bien recibido y muy agradecido.

Desde muy pequeña aprendió a tejer con fibras naturales, por eso su techo no era de lata, porque los vecinos que ponían esos techos, tenían lluvia afuera y adentro, en cambio las fibras naturales que con tanta destreza trenzaba y tejía, eran un techo impermeable. Esta habilidad también era su forma de subsistencia. Tejía sombreros que diariamente iba a vender a la ciudad. Cuando encontraba tintes o pinturas, los adornaba con una mano firme y un ojo de artista. Esos días vendía con más facilidad sus sombreros, pero no siempre tenía la suerte de contar con esos materiales, en cambio las fibras las encontraba en cualquier matorral al lado del río.

Fue justo vendiendo sombreros como conoció a doña Eugenia. Ella vivía sola, como Luisa, pero en una casa de verdad, de muros rojos y puertas azules, como las contraventanas. A Luisa le encantaba vender frente a su casa, al otro lado de la calle, porque esos colores de la casa de doña Eugenia, le alegraban el corazón. En cambio la dueña de la casa no sentía ningún afecto con Luisa, la veía como un estorbo en el orden de la ciudad, que afeaba el lugar y hacía que todo valiera menos. Cuando salía a barrer su corredor y de casualidad veía a Luisa al otro lado, sonriéndole, agarraba su escoba bufando de cólera y se metía tirando la puerta de enfrente tras de ella, porque no soportaba que aquel estorbo urbano le sonriera, como si fueran amigas, ¡qué desfachatez!

De pronto, muchos nuevos vecinos de Luisa empezaron a asolar la ciudad, robándose lo que encontraban mal puesto. Vio como varios días se robaban cosas del jardín y del corredor de doña Eugenia: sillas, macetas, estantes, la escoba que dejó olvidada un día, la bolsa de la compra, que puso un momento en el corredor, mientras abría el portón de la casa. A Luisa esto no le gustaba nada, creía que uno debía hacerse de sus propias cosas y que era mejor no tener nada, que debérselas a alguien, que para ella era lo que pasaba cuando robabas, de quedabas debiendo a quien le robaste.

Ella conocía a todos los muchachos que andaban haciendo daño y aunque varias veces les habló del mal que estaban haciendo y también les pidió que no le robaran a doña Eugenia, no le hicieron caso, así que un día decidió pasarse de calle y empezó a vender sus sombreros en el propio muro de la casa de doña Eugenia. Cuando los ladronzuelos pasaban por ahí, la saludaban con cariño, ya que la respetaban mucho y seguían su camino, sin entrar a husmear a la casa roja.

Pero doña Eugenia solo vio que no solo tenía que aguantarse a esa sarta de maleantes, sino que ahora esa sucia indigente estaba afeando su propia casa, esto de fijo sería una maldición de su exmarido, que le cobraba haberle dado un empujoncito cuando accidentalmente se cayó del malecón en Cuba y fue a dar al mar, de donde lo tuvo que traer en caja de madera.

El enojo de la dueña de la casa roja era tan virulento, que primero empezó a gritarle cosas a Luisa, otro día salió armada con su escoba y le dio de escobazos hasta que se fue, le echaba agua con la manguera fría, hasta un día le tiró un cazo de agua caliente, que afortunadamente para Luisa, se estrelló en el muro, porque si no, le pelaban el pellejo. Como nada funcionaba para que la malviviente se fuera de la entrada de su casa, empezó a llamar a la policía. El primer día le pidieron a Luisa que se moviera, y ella se fue a la vuelta de la esquina, mientras la policía regresaba a su comandancia y se volvió a poner al frente. Como doña Eugenia llamaba muchas veces y Luisa nunca dejaba de atender las órdenes de los oficiales, se iba y luego regresaba, ya los agentes no le hacían caso.

Tenía doña Eugenia más de una semana de llamar tres o cuatro veces a la policía sin que atendieran su llamado, así que se puso sus mejores galas, se ajustó en los hombros el reboso más hermoso que tenía, se puso sus joyas finas, sacó su bolso de colección que trajo de Cuba, junto a su esposo muerto y se fue a la Alcaldía. Se paró en la oficina del alcalde y no se movió hasta que la atendieron. Logró ese día que la policía llegara por Luisa y se la llevara a la detención. Estuvo 24 horas ahí, que ella aprovechó para dormir en una cama suavecita, comer algo más que arroz y hierbas del camino y hasta se bañó y le regalaron ropa nueva y limpia. Su ropa siempre estaba limpia y ella era muy cuidadosa con su aseo, pero el tiempo no perdonaba ni a la ropa, ni a la percha, y se veían ambas, muy gastadas.

Al salir, como le decomisaron los sombreros, regresó a su casa a tejer más y otra vez se plantó en la casa de doña Eugenia. Tras tres arrestos con su consecuente noche en prisión, a Luisa la procesaron penalmente por desacato a la autoridad pública y desorden en vía pública. Un juez que ni siquiera puso atención al caso de Luisa y mucho menos a ella, la envió un año a prisión, con posibilidad de conmutar la mitad de la pena por buen comportamiento.

Y Luisa fue a dar a la cárcel de mujeres, donde se sentía como una total extraña. Las otras mujeres la veían con asco, como si trajera enfermedades contagiosas con ella. Además la obligaron a dejar su ropa, que con tanto cuidado lavaba y doblaba a su lado cada noche, para ponerse una pijama como de hospital. Le quitaron todo lo que tenía: sus sombreros, un collar de cuero, con una crucecita de plata, que era el único recuerdo de su madre y su escapulario de la Virgen del Carmen. Se sintió por primera vez sola, desprotegida y en absoluto desamparo.

Las presas no la trataron bien, y aunque tras unos días de burlas y empujones, una de ellas les pidió que dejaran de molestarla, porque ella era como la madre de todas ahí, Luisa seguía en un estado de pánico constante. Su salud empezó a deteriorarse rápidamente y a fin de mes fue enviada de emergencia al hospital por neumonía. Tres días después, Luisa falleció.

No podríamos decir que alguien la echara de menos. En su barrio notaron su ausencia, porque era la persona más amable y cariñosa, sabía el nombre de todos y los saludaba nombrándolos. Les preguntaba cómo estaban, con sinceridad, como si de verdad le importara y cuando se reponían de alguna enfermedad, buscaba cómo llevarles un caldo que preferiblemente se daba por hecho que era de pollo. Pero en estos lugares, la gente va y viene y al igual que no se llora a los muertos, tampoco a los que ya no están, son solo cosas que pasan en el camino.

La única que empezó a extrañar a Luisa fue doña Eugenia y no porque los robos empezaron a llegar a su casa y cada vez con más saña, ya que no sabía el favor que Luisa le había hecho para que eso cesara, sino porque ella estaba más sola de lo que quería creer, y Luisa era la única presencia constante en su vida. Cuando preguntó a la comisaría, le contaron que estaba presa. Un día llamó a la cárcel y le confirmaron que había muerto, pero que había dejado sus cosas para que doña Eugenia las recogiera y que si ella era esa Eugenia, podía pasar cualquier día.

Cuando fue a la cárcel, le dieron cinco sombreros tejidos, un collar con un crucifijo, un escapulario y alguna monedas. Además le dieron un papelito muy arrugado. En su casa abrió el papel y se puso los anteojos de ver de cerca para leerlo. La caligrafía era exquisita, aunque parecía que lo hubiera escrito con un carbón:

Querida doña Eugenia, si esto llegó a usted es porque mi amiga de toda la vida, ya me llevó con ella. Quiero ofrecerle disculpas por haberla molestado tanto tiempo. No fue mi intención. Pero usted tiene su casa pintada de los colores más lindos que vi en toda la ciudad y además su jardín está tan bien cuidado, que no puede una dejar de verlo. Además quiero decirle, con el mayor atrevimiento, que espero sepa disculpar, que usted está muy sola y eso no es bueno. Debería invitar a tomar café a don Tomás, su vecino de al lado. Espero que su vida sea mucho mejor sin que yo le estropee las vistas. Con cariño, Luisa

Para doña Eugenia fue una bofetada, una que se dio ella misma. Trató tan mal a alguien que no merecía su maltrato. Había sido tan mezquina toda la vida. Luisa la conocía mejor que nadie, y ella ni siquiera le dijo una sola palabra mientras vivía. Decidió hacerle caso y salió a tocar la puerta de don Tomás, invitándolo a tomar café.

Cambiar es tan fácil como pararse en la puerta del vecino. Eso decía el papelito de Luisa por detrás. Doña Eugenia no lo alcanzó a leer, pero no hizo falta.

Obsequio a Ericka por su cumpleaños 40.
© Esta historia es propiedad de E.A.S.
    Escrita el 6 de octubre del 2020.

Comentarios

  1. Hace exactamente un mes que recibí este regalo especial, y en medio de un montón de ocupaciones no había podido leerlo, al menos completo. Muchas gracias Rolando, me encantó.

    Muchas veces cometemos injusticias, consiente o inconscientemente. Ojala, nunca sea muy tarde para cambiar...

    ResponderBorrar

Publicar un comentario

Entradas más populares de este blog

El corazón más grande del mundo

Un tesoro en tus manos

Una piedra en el camino