La vida después del final
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| Foto por Sergio Capuzzimati |
Yo doy fe de que la vida después de la muerte existe. No es mejor que la vida que tuviste antes, o por lo menos no lo fue para mí, pero es vida a fin de cuentas y como todas las que hayás pasado, está llena de oportunidades para ser mejor, aun y cuando no lo entiendas al principio.
Mi anterior vida acabó de la forma más trágica que pudiera imaginar. Se que podrías decirme que hay mil historias más trágicas que la mía, pero para mi, fue un apocalipsis mayúsculo.
Con la era de las pandemias y tras superar como planeta cuatro de las más mortíferas en menos de cuatro años, debo decir que ya nadie, no se si en el mundo, pero al menos si en mi ciudad, se tomó en serio la fiebre bovina. Sonaba mucho como la enfermedad de las vacas locas que tantos memes produjo en su momento y la verdad, solo llevábamos unos meses desde que la vacuna contra el dengue mutante fue distribuida por todas partes.
Pero llegó como otras, rápidamente, violentamente y atacando, otra vez, con mucha mayor saña a los ancianos. Era mucho más mortal que las últimas y pronto nos dimos cuenta de que no era un juego. Pero para entonces ya era tarde.
En esos días vivía nuevamente con mis papás, porque tras tres años de universidad en medio de pandemias, no pude continuar mis estudios y preferí ponerme a trabajar para ayudar a mis viejos a los que todo les debo. Conseguí trabajo en la profesión más extendida en el mundo, mensajero de entregas a domicilio. En mi caso, con bicicleta. La paga no era buena, pero el trabajo abundaba, así que dependía de mi propio esfuerzo lo que lograra ganar cada día.
Mi papá estaba pensionado desde hacía más de cinco años y mi mamá siempre trabajó en la casa. Pero las crisis económicas que nos atormentan desde la primera pandemia, desfondó el seguro de pensiones y hace cuatro meses cesaron los pagos a los pensionados. Papá consideró que estaba muy bien de salud como para conseguir otra vez un trabajo y solventar las penurias económicas de la familia, pero claro, su trabajo de toda la vida como oficial de seguridad en un hospital de la seguridad social, no era algo que ahora, a su edad, pudiera buscar de nuevo. Además el desempleo era enorme y no pudo conseguir trabajo.
Mamá decidió ponerse a hacer empanadas para que mi papá vendiera por el barrio y aunque era difícil vender, porque todos estaban pasando situaciones apremiantes como la nuestra o peores, al menos papá sentía que estaba contribuyendo y eso alivió la depresión que le causó la pérdida de la pensión. Entre su trabajo y el mío, íbamos manteniendo a flote la economía familiar.
Entonces sonaron las trompetas de los cuatro jinetes que anunciaban el apocalipsis en mi vida y las escuché tan fuertes, que casi revientan mis tímpanos.
Una noche, regresando de la última entrega que tenía para el día, encontré a doña Marielos, una vecina de toda la vida, en la puerta de mi casa, junto con otros vecinos, en una actitud realmente afligida, lo cual hizo que mi corazón palpitara tan fuerte, que hacía coros a las trompetas proféticas. En cuanto me vio se abalanzó a abrazarme, y entre sollozos me dijo que se llevaron a mi mamá al hospital comunitario, porque cayó desmayada con fiebre muy alta. Mi papá se fue con ella.
Sin pensarlo dos veces, me monté en mi bicicleta y literalmente alcé vuelo por la Calle Matamoros, que conectaba el barrio con la Interurbana 2, a la que accedí como si fuera en un monoplaza corriendo en Mónaco. Las bicicletas no podían usar las interurbanas, pero no era momento para pensar en prohibiciones pasajeras, cuando una situación fundamental estruja tu alma. Pronto llegué a la salida de San Francisco de Sales, que da directo al hospital comunitario.
Dejé la bicicleta tirada en la entrada y corrí en busca de mi papá. Lo encontré sentado en una banca cerca de emergencias, encogido sobre si mismo, llorando desconsoladamente, con las manos en su cara. Lo abracé y en cuanto me vio, a través de sus ojos cristalosos inundados de lágrimas, me tomó en sus brazos y me dijo, casi sin aliento, casi en un susurro inaudible, con voz entrecortada por su llanto, que mamá acababa de morir. Contrajo la fiebre y su corazón no soportó la tensión que le provocó la privación de oxígeno.
Todo a mi alrededor dejó de existir, solo sabía que estaba yo abrazado de mi papá, y que el mundo se había derrumbado.
Pasó un tiempo que no puedo calcular, pero que bien pudo ser una eternidad, que fue interrumpida por un enfermero, vestido con trajes de protección de pies a cabeza, de pronto me impactó esa figura irreal, blanca, sin piel humana que me confirmara que no era una alucinación provocada por el dolor, pero violentamente me devolvió a la realidad, empujándome hacia atrás, separándome de mi papá, sin decir mucho, o diciéndolo todo, da igual, yo no estaba escuchando.
El jalón me tiró al suelo y otros enfermeros vinieron para llevarse a mi papá hacia las salas de emergencias del fondo. Cuando quise incorporarme para perseguirlos, el enfermero me cortó el paso, y abrazándose a mí, me obligó a sentarme en la misma banca donde hasta hace unos segundos estaba papá. Yo veía que me hablaba, pero no escuchaba nada, las trompetas infernales ocuparon mi cerebro, pusieron a brincar cada neurona en mi cabeza, el desconcierto y las emociones tan fuertes, hicieron que me descompusiera, expulsando el contenido de mi estómago directo al blanquísimo traje espacial del enfermero.
Otra enfermera llegó a sustituir a su colega, seguramente para que fuera a descontaminarse de mí y con una firmeza impresionante, me sostuvo por los hombros, me dio una bofetada fuertísima, que además se sentía particularmente violenta, debido a los gruesos guantes que usaba. El golpe me ayudó a enfocarme y a buscar sus ojos bajo el traje de protección, así logré entender que mi papá también dio positivo al virus y que tenía que llevarme al área de control viral, para que me hiciera el examen.
Aunque le escuché, realmente no entendí nada de lo que me dijo, solo resonó en mi cabeza que papá estaba infectado y miles de imágenes de horror me golpeaban al ritmo de los ruidos de pitos y los furiosos tambores de mi corazón.
Pronto me tuvieron en una camilla, a la que me amarraron por mi seguridad, según me explicó alguno de los otros extraterrestres en trajes blancos que pululaban en la sala, que pasaban de un lugar a otro, como abejas alienígenas buscando extraer fluidos de sus presas cautivas.
Luego de un rato que bien pudieron ser días o talvez solo un minuto, logré otra vez, de forma momentánea, enfocarme y sentí que los ojos me dolían por la fuerte luz blanca que tenía sobre mí, por lo que volví instintivamente mi cabeza hacia un lado, luego de percatarme de que mis brazos estaban inmovilizados, y ahí, en la camilla de al lado, estaba mi papá, lleno de aparatos y mangueras, y sueros y sondas, y más alienígenas haciéndole toda clase de cosas. Entonces perdí el conocimiento.
Cuando volví a abrir los ojos una enfermera, esta vez de carne y hueso, no un humanoide robótico como los de la pesadilla que tuve (¿o fue realidad?), me alumbró con un foquillo para ver la reacción de mis pupilas a la luz, me tomó el pulso, activó un aparato que me tomó la presión y me puso un termómetro bajo la axila. Traté de decir algo, pero me pidió que no hablara. Se fue y me quedé aturdido, sin entender si lo que recordaba era lo que en verdad pasó o si fue solo una elucubración febril por algo que comí en la calle y me intoxicó.
No pude darle rienda suelta a mis pensamientos que se aceleraban en mi cabeza, dando vueltas velozmente, como si quisieran convertirse en torbellino, porque la enfermera regresó, apuntó algunos números, me quitó el termómetro y también anotó algo en su tabla de notas, entonces por fin se dirigió a mi, como si yo de verdad fuera un ser humano y no solo un monigote de prácticas en la camilla didáctica de una universidad de medicina.
- Señor José, ¿recuerda algo de lo que pasó?
Traté de decir algo, pero no podía articular palabras, sentí la garganta seca, como si se estuviera resquebrajando por la falta de líquidos, de lo cual la enfermera también se percató y tomó un vaso de papel que estaba en la mesita junto a mi camilla y me dio unos sorbos de lo que espero fuera agua, porque para el caso, no percibía ningún sabor.
El líquido hizo su trabajo y sentí como si se volvieran a encender las prensas del periódico que imprimen mis cuerdas vocales, entonces emití un ‘gracias’ tan rasposo y débil, que no reconocí quién había emitido la palabra.
La enfermera volvió a preguntarme si recordaba algo y le expliqué que sentía un remolino en mi cabeza y no estaba seguro de qué era cierto y qué no. Ella, de la forma más despersonalizada que había escuchado, me explicó que hacía seis días había llegado al hospital mi mamá, por un cuadro grave de fiebre bovina de la que no pudo salir, falleciendo a los pocos minutos de ser ingresada. Me dijo entonces que mi papá, quien acompañaba a mi mamá, también dio positivo para el virus y aunque al principio no parecía tener síntomas, su deterioro fue muy rápido y a pesar de los esfuerzos por sacarlo de la crisis, falleció 48 horas después de ser ingresado a emergencias. Por último, me explicó que yo también di positivo y que tras desmayarme sufrí de fiebres extremadamente altas y falta de oxígeno, por lo que me indujeron un estado de coma para evitar el daño permanente de los órganos internos y me entubaron a un respirador. Me explicó que hace dos días el virus cedió y con los medicamentos prescritos para estos casos, hace 24 horas se me declaró limpio de la enfermedad, por lo que ese día por la mañana me pasaron al salón general en el que ahora estaba, esperando que despertara del coma inducido.
Fue tal la cantidad de información por procesar, que realmente volví a perderme en mis pensamientos y probablemente perdí el conocimiento.
Desperté ese mismo día en la noche, apesadumbrado, con un dolor horrible que me aprisionaba el pecho y que atenazaba mi corazón. Mis papás habían fallecido y no sabía lo que iba a pasar. Realmente no tenía idea de lo que seguía.
Estuve dos semanas mas en el hospital mientras logré recuperar la fuerza en mis músculos, que estaban severamente afectados a consecuencia de la enfermedad y en cuanto fui capaz de ponerme de pie y caminar por mi mismo, me dieron de alta, sin ninguna indicación, ni para mi salud física, ni para los dolores de mi corazón.
El hospital me facilitó algo de ropa, porque la mía fue incinerada por protección. También me dieron algo de dinero, para que pudiera llegar a mi casa. Mi bicicleta no tengo idea de donde pararía, aunque en ese momento tampoco recordaba que la hubiera dejado botada a la entrada de emergencias del hospital. Tomé el autobús que lleva hasta los altos de la Colonia del Prado, que pasaba justo por la entrada de la Calle Matamoros, por la que caminé hasta mi casa. No se realmente si caminé o si la calle me iba arrastrando hacia adelante, porque no sentía ánimos de moverme, estaba tan deprimido y adolorido de heridas que no podía tocar, porque no estaban en mi cuerpo, sino en mi espíritu, que me sentía abandonado por la fuerza de vivir.
Pero todavía faltaba mucho sufrimiento, aunque mi corazón por dicha no lo sabía, porque de haberlo intuido al menos, seguro se detiene ahí mismo.
Cuando llegué a la puerta de mi casa, encontré algunos de los muebles en la calle, y unas bolsas de basura en las que encontré algo de la ropa de mi mamá. Todo estaba apilado en el caño frente a la casa y la puerta principal estaba atravesada por un papel blanco de letras rojas, que decía ‘Posible contaminación, aléjese’.
Doña Marielos se asomó a la ventana de su casa, que estaba en un tercer piso y desde ahí me gritó que el casero había mandado sacar todas nuestras cosas y fumigó y sello la casa. Dijo que lamentaba mucho lo que había pasado, pero que nada pudieron hacer ella y su esposo. Se excusó además de que nuestras cosas hubiesen sido vandalizadas o robadas, que ella llamó a la policía varias veces, pero nunca se hicieron presentes. A como pude le dije que no se preocupara con una señal de la mano, eché otra mirada a lo que alguna vez fue el mobiliario de la película que contó mi vida desde que la recuerdo y que seguramente era un set en desuso que habían desmantelado, verifiqué que no había nada de mi ropa y aparte de lo poco que quedaba de la de mi mamá, nada más sobrevivió.
Un arrojo de rabia trató de calentarme el ánimo, pero realmente no tenía fuerzas ni siquiera para eso. Al final, seguramente nuestros vecinos de toda la vida me dieron por muerto, al igual que nuestros padres y seguramente ellos mismos habrán aprovechado las cosas que parecían servir. Confirmé que eso pudo ser posible, porque un muchacho que estaba jugando bola más abajo en la calle, tenía una camiseta que estoy seguro era mía, de la universidad.
Empecé a caminar sin rumbo. Mi cabeza me dolía muchísimo. No sabía que hacer, entonces llegué bajo un paso elevado de la interurbana y encontré a algunas personas tiradas en la acera, porque no había otra forma mejor de describir el estado de abandono en el que se encontraban, me acerqué y dejé que la vida me tirara a mi también.
Alguien me movió por el hombro, no violentamente, solo para que despertara. Cuando abrí los ojos un joven con una sonrisa que iluminaba todo, me dijo que por favor me incorporara para que me tomara un caldo y recobrara… no supo que podría recobrar y no dijo más, solo me acercó la taza, que yo obedientemente bebí hasta el último sorbo.
Primero sentí que mi estómago resentía la llegada de comida sin previo aviso, pero tras varios retortijones que se me hicieron iguales a los gruñidos escandalosos del Land Rover que mi papá tuvo hace unos años, hacía cuando lo iban a encender, por fin se tranquilizó la tripa y sentí un estado de bienestar, en la medida de mi situación de abandonado por la vida, pero bienestar al fin.
Otros jóvenes me ayudaron a levantarme y me ofrecieron llevarme a un refugio para que tuviera un lugar apropiado donde dormir. En el refugio me permitieron ducharme, me dieron ropa limpia y me indicaron un catre en el que pasé la noche. Por la mañana servían el desayuno y tenía que dejar el lugar, al que podía regresar por la noche. Viví algunas semanas en ese lugar, deambulando como un zombie por las calles aledañas, mientras se hacía hora de regresar, porque no tenía a donde ir. No hablaba, no sentía que tuviera nada que decir, por lo que solo permanecía ahí, vivo, si es que eso era vida.
Pero la situación económica solo empeoraba y el refugio no pudo mantenerse más abierto. Al principio me unía a grupos de indigentes, que sabían como por instinto donde buscar algo de comer o un lugar para dormir que no estuviera muy mojado o muy frío, solo esperaba el momento en que me llegara la muerte, para que esta condena terminara.
En esos caminos sin rumbo, sin dirección, sin intención y sin voluntad, pasé por la entrada de un bosque que delimitaba a la ciudad por el norte y que en algún momento antes de todas estas locas pandemias, era un lugar en el que venía a hacer senderismo. Decidí entrar por uno de los senderos y tras algunos minutos vi una especie de cueva junto al trillo, que parecía un lugar en el que poder dormir esa noche.
Por la mañana me levanté y encontré justo en la entrada de mi refugio temporal, unas ballas silvestres, que realmente me dieron un vuelco al ánimo. Tenía mucho tiempo, ¿años?, ¿siglos?, de no probar algo así. No sabía ni siquiera si era delicioso, pero fue como un bálsamo entre tanta desgracia. Cuando recuperé un poco del control de mis sentidos, me pareció escuchar agua corriendo, recordaba que había un río pequeño que atravesaba la reserva, o era una quebrada, no estaba seguro, pero lo último que supe es que se había secado. Bajé procurando no caerme por lo resbaloso de la pendiente y efectivamente era el río. El agua estaba limpia y fría. Me despertó cada poro de mi piel y cada neurona de mi cuerpo. Sentí por primera vez en mucho tiempo, que otra vez era alguien, era José.
Pero no era el mismo José que fue a la universidad con el sueño de convertirse en Ingeniero de Sonido, ni el que era un as en la bicicleta y que nadie, ni siquiera en moto, podía ganarle haciendo una entrega a domicilio, ni el que vivía con unos padres a los que siempre amó. Tampoco era el que vio como su vida se derrumbó en unas horas, cómo la mezquindad y el miedo terminaron poniéndolo en la calle, como a la basura que sacan de la casa los lunes y los jueves, cuando el camión recolector pasa por ella. Ese José murió.
Hoy entendió que había muerto y que en este día estaba naciendo otra vez, No dejaba de ser José, pero ya no era aquel José. Su corazón seguía lleno de recuerdos y nostalgia por sus papás, el amor por ellos seguía presente dentro del músculo cardiaco, no sabía sin en los ventrículos o en las aurículas, pero estaban allí. Pero a pesar de estos resabios de su vida pasada, hoy era un hombre nuevo.
Entendió también que la muerte no es solo lo que sucede cuando alguien apaga el interruptor de tu cuerpo y tu alma deja el despojo de polvo y huesos para irse a las moradas eternas. Morir era también cerrar un ciclo, una vida, una eternidad, para iniciar una nueva. Hoy era una nueva vida.
(continuará…)
Obsequio a Cristian por su cumpleaños 23.
© Esta historia es propiedad de C.J.M.M.
Escrita el 14 de octubre del 2020.

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