Las flores de tía Rosa
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| Foto por Micheile Henderson |
Apenas regreso del funeral de tía Rosa. Han sido unos días muy difíciles; hace tan solo una semana fue al hospital y le diagnosticaron un cáncer de hueso en la cadera derecha, que había hecho metástasis por todo su cuerpo. Nunca tuvo problemas de salud más allá de un resfrío o algún malestar estomacal, pero tenía días de sentir que se le estaba haciendo una bola al lado derecho del abdomen. No quería ir al hospital pero mi mamá le insistió en que era mejor que se dejara examinar, para prevenir cualquier problema grave. Cuando llamó para avisar que la internarían para hacerle unos exámenes de emergencia, mi mamá fue directo al hospital a acompañarla. Por la noche ya tenían el resultado del TAC y del Gamma Óseo.
Cuando fui por mi mamá esa noche, estaba devastada. Los doctores le daban a mi tía a lo sumo una semana de vida y mi mamá sentía que era su culpa lo que estaba sucediendo. No había forma de explicarle que no tenía ninguna razón para culparse, ella sentía que la empujó a encontrarse con la muerte.
Al día siguiente mi tía regresó a la casa, apesadumbrada, pero tranquila. No puedo ni imaginarme lo que pudo pasar por la cabeza de mi tía en esos días, teniendo una sentencia de muerte sobre su cabeza, sin realmente tener dolores o molestias graves, solo la aparente certeza médica de que moriría.
No quiso comportarse como desahuciada, eso no iba con ella. Regañó a mi mamá por verla como si ya se hubiera muerto y ella hizo su mayor esfuerzo para contener su tristeza, porque tía Rosa amenazó con echarla de la casa si venía a empezar su velorio antes de tiempo.
Esos días mucha gente vino a verla y todos estaban advertidos de que no podían tratarla como moribunda, porque ella insistía en que no lo era. También nos llamó uno a uno a sus sobrinos. Nunca se casó ni tuvo hijos, por lo que siempre fue como una mamá alcahueta con nosotros. Su única hermana viva era mi mamá, pero tenía muchos sobrinos de los hermanos que ya habían fallecido.
Cuando me invitó a tomarme un té con ella por la noche, primero me pidió disculpas por llamarme tan tarde, pero según decía esa era la única hora a la que la gente metiche y morbosa dejaba de llegar a tocarle la puerta para ver si seguía viva. Siempre fue así, directa, franca, sin dobleces, y ahora que estaba viendo a la santa muerte a los ojos, no iba a cambiar.
- Mirá güila, tu mamá se va a morir al día siguiente de que yo me vaya si no hacemos algo para salvarla. No me digás nada, vos sabés mejor que yo como es ella y se culpará por toda la eternidad por presionarme para ir al hospital, como si ese solo acto me hubiera explotado esa porquería por dentro. Ella es muy sensible, pero yo la adoro. La quiero demasiado como para quedarme sin hacer nada cuando la veo abandonando voluntariamente su vida. Pude pedirle esto a alguien más, pero güila, vos sabés que todos tus primos son unos culindingos y si les pido ayuda con algo tan serio, es capaz que se van para el otro lado primero que yo. La única que tiene los pies bien puestos en la tierra sos vos. Te confío una misión crucial para salvar la vida de tu mamá.
Igual de franca que era, adoraba el suspenso. Su escritora favorita era Agatha Christie, creo que se leyó todos su libros por lo menos dos veces. Cuando le regalé un libro de Stephen King, lo adoró y empezó a comprar y a devorar sus libros. Eso estimulaba su imaginación y la hacía alguien tan interesante, que pensar en no tenerla cerca me dolía muy profundamente.
Me dijo que cuando mi mamá iba a nacer, mi abuela se puso muy mal de salud, no sabían bien por qué.
- Ay güila, en aquellos tiempos había una unidad sanitaria que era más pequeña que esta sala. Si tenías el brazo partido en tres partes, o un ojo afuera de su cavidad, por un pleito de machetes, ellos se encargaban de arreglarlo lo mejor que podían. Yo siempre pensé que no eran una oficina de salud, sino un taller de corte y confección para el cuerpo humano. Pero para algo como lo que mamá tenía, no tenían ni la menor idea de lo que era.
Afortunadamente siempre hubo en el pueblo una vecina versada en medicina natural, que a punta de tés de zacate y paños de ruda, la iba sosteniendo más o menos viva. Incluso hoy en día algunas de sus nietas atienden una tienda de productos naturales que es muy popular en el pueblo.
Según tía Rosa en esos días su papá tuvo un sueño en el que vio un hermoso rosal de flores grandes, llenas de pétalos, de un color rojo sangre. En el sueño un hombre al que no pudo verle la cara le explicó que para salvar la vida de su esposa y de su hija, debía sembrar un rosal frente a la casa, con la semilla que encontraría bajo su almohada. El hombre en su sueño le aseguró que al día siguiente tendría una flor de color rosa, que la cortara y la llevara a la cama de su esposa, para que la tuviera ahí a su lado.
- Vos conociste a mi tata, güila, y sabés lo serio y severo que era, no era un hombre que se fuera por las ramas, yo salí a él, por eso se que cuando me contó el secreto del rosal, lo hacía con sinceridad y convencimiento, no como un delirio de alguien débil de mente.
Mi abuelo encontró la semilla bajo su almohada al despertar y la sembró en el jardín frente a la casa. Pasó todo el día espiando el jardín para ver si algo pasaba, pero no vio nada. Pensó que era un imbécil por estar cayendo en estos trucos de la mente, pero al día siguiente había un rosal de algo más de un metro de altura, con una única rosa. No podía dar crédito de lo que veían sus ojos, por lo que llamó a doña Eugenia, la vecina de arriba que le ayudaba a cuidar a mi abuela, le preguntó si veía un rosal con una rosa en el jardín y ella se carcajeó y le dijo: don Rogelio, no me venga con bromitas, que ya ve como estamos aquí.
Siguiendo las instrucciones de su sueño, cortó la rosa y la puso en un banco junto a la cama de mi abuela, en un vasito de casco con un poco de agua. Durante el día la flor empezó a cambiar de color, a iluminarse, a llenarse de fuerza, pasando de su rosa original a un rojo inflamado que parecía estar a punto de convertirse en un tizón ardiente. El cambio en la rosa durante el día se acompañó con un cambio súbito de la condición de salud de mi abuela, que al final del día estaba completamente recuperada.
Al día siguiente la rosa estaba marchita y el rosal estaba lleno de flores rosadas, hermosas, grandes, con un olor embriagante. Mi abuelo volvió a soñar con el mismo hombre, a quien no pudo ver el rostro, que le dijo que ese rosal era la medicina para mi mamá, que cuando enfermara solo tomara una rosa y la pusiera a su lado, para que sanara.
- No sabés cómo tuve que contenerme para no estallar en carcajadas cuando mi tata me contó este cuento. Y no era un tema de respeto, sino que estaba segura de que si me reía, mi tata era capaz de vaciarme los dientes de la boca de un solo manazo. Nunca me había pegado, ni lo vi castigar así a ninguno de mis hermanos, pero tenía la seguridad de que esta sería la primera vez. Pero cuando él falleció y tu mamá se puso muy mal, porque decía que no podía vivir si él y de nada sirvió que yo me burlara de ella toda una semana, decidí probar si aquello del rosal no era una broma. Corté una rosa y la puse junto a su cama. Tu papá estaba muy intrigado, pero ya sabés que me tenía miedo, así que nada me dijo. Al día siguiente tu mamá se sentía mucho mejor, pero la flor se había marchitado, así que le llevé otra y esto se repitió por cinco días, cuando según mi criterio experto en humores femeninos, consideré que ya estaba bien.
Entonces se puso muy seria, como nunca la había visto, y me dijo:
- Tienes que hacer lo mismo cuando yo muera, debes ponerle las flores cada noche, todas las noches que sea necesario, hasta que ella se recupere. Y ya sabés que si no me hacés caso, soy capaz de venir a jalarte las patas, y el pelo para que te duela más.
No tuvo que repetirlo más, le prometí que haría lo que me pidió y nos terminamos el té viendo una película de suspenso en su pequeña tele en blanco y negro.
Ahora que lo pienso, creo que el rosal no tenía flores durante estas últimas semanas, pero ahora que regresamos del cementerio, lo vi de lejos y estaba repleto de rosas. Seguro vi mal o perdí la memoria por alguna neurona borracha que no puso atención. Pero tal como me ordenó tía Rosa, hoy le llevaré la flor a mamá por la noche.
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Llevo tres días de poner una rosa en la mesita de noche de mamá, tal como lo hizo alguna vez tía Rosa y como antes lo había hecho el abuelo Rogelio. No puedo asegurar qué es lo que pasó, porque yo misma no me lo explico, pero les aseguro que hoy mi mamá se despertó con su ánimo normal, como si la depresión en la que había estado hundida los últimos días, se le hubiera borrado por completo.
Hoy incluso hablamos de tía Rosa.
- Mami, ¿por qué tía Rosa nunca se casó?
- Bueno, no es que no tuviera oportunidad. Cuando éramos jóvenes, los muchachos del colegio la perseguían, porque siempre fue la más guapa del pueblo, pero ella no creía en eso de ser la esposa de alguien, siempre me dijo que si alguna vez se casaba, sería con un hombre que la respetara como alguien igual a él, y bueno, eso no era muy común hace cincuenta o sesenta años. Pensándolo bien, hoy tampoco salen en el Corn Flakes…
- ¿Entonces todos los pretendientes eran machistas de hueso colorado?
- Igual que tu tía, no tenés paciencia para escuchar lo que una tiene que contar, calláte y te sigo la historia. Una vez llegó al pueblo un maestro nuevo a la escuela del centro, porque la niña Flory falleció, el doctor dijo que era por su edad, yo pienso que ya se había muerto hacía por lo menos diez años, pero nadie le contó que era hora de irse.
Mamá siempre ha tenido este sentido del humor maravilloso que tía Rosa adoraba. Cuando mamá hacía alguna broma de estas, ella reía tanto que hasta lágrimas se le venían a los ojos.
- Pues el maestro no era nada feo y además era muy inteligente. Ellos se enamoraron desde que se vieron, a la distancia, él en la puerta de la escuela y tu tía Rosa en la ventana de la pulpería que tenía hace años. Yo no tengo claro cómo se desarrolló su relación, porque tu tía siempre fue muy discreta sobre el tema, a pesar de que yo le rogaba por horas que me contara, y además no me parecía que tuvieran tiempo de verse, porque ella siempre estaba ayudando a mi mamá o en la pulpería, pero la cosa es que si se hicieron novios. Pero Rosa tenía una suerte de perros para los hombres, al menos eso decía ella y un día, mientras bajaba a unos chiquillos que se subieron a un árbol a bajar jocotes, una de las ramas en la que estaban encaramados se rompió y se trajo medio árbol abajo, con la mala suerte de que las ramas más altas se trajeron enredadas los cables de la luz y se los pusieron al maestro de corbata. Ahí mismo quedó tostado… uy no, mejor aclaramos esto, porque Rosa es capaz que viene a jalarme las mechas por burlarme de su único amor. La cosa es que el muchacho tenía un problema cardiaco y el golpe eléctrico le paró el corazón. Y se los paró a los dos, porque tu tía nunca más volvió a ver a nadie de esa forma. Ella decía que no le hacía falta, yo creo que se resignó a vivir sola, pero bueno, no es un tema que a ella le gustara tratar.
Tenía razón, así era la tía Rosa.
Me alegró mucho que mamá se recuperara, no se si fue por las flores de la tía Rosa, pero me gusta pensar que así era. Además empezar a repasar los recuerdos de tía, con mi mamá, para acomodarlos en un lugar especial en nuestros corazones, realmente era un regalo para mí.
Por cierto, ahora que me fijé en el rosal, no tiene ni una sola flor. Debe ser una especie extraña que tiene flores temperamentales que salen cuando quieren y se van cuando les da la gana. Ay tía Rosa, ¡te extrañaré mucho, pero mucho!
Obsequio a Lucy por su cumpleaños 41.
© Esta historia es propiedad de L.G.V.
Escrita el 22 de octubre del 2020.

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