Mat y los tomates
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| Foto por Deniz Altindas |
Hoy cumplí once años, pero también hoy es un cumpleaños mucho más importante. Desde hace un año que empecé la huerta comunitaria y realmente ha sido lo mejor que me ha pasado en toda la vida.
Hace un año, para mi cumpleaños, mi abuelo Juan no pudo venir a la fiesta, porque se enfermó. Unos días después murió en el hospital. Según mi mamá, lo que pasó fue que su corazón no pudo latir más. A mi me entristeció mucho que muriera, yo lo quería mucho y disfrutábamos hacer cosas juntos.
Unas semanas antes de que enfermara, habíamos empezado una huerta en el patio de mi casa. Él me trajo algunas herramientas de su casa y me enseñó a usarlas. Luego me enseñó a preparar la tierra y a planificar los cultivos, para que aprovechara al máximo la tierra que mi mamá aceptó cedernos en el patio. Ella no estaba muy convencida de nuestro proyecto y pensó que me aburriría en una semana y le devolveríamos su patio, pero pasaron tres semanas y seguíamos trabajando nuestro huerto.
Cuando murió, no supe que hacer. Por varios días no quería salir al patio y una semana después del funeral, mi papá me pidió que le trajera la manguera al frente, para lavar el carro y entonces vi que nuestra huerta estaba marchitándose. Le llevé a mi papá la manguera y le conté que la huerta del abuelo se estaba muriendo, igual que él. Y me puse a llorar.
Mi papá me abrazó, dejó que me tranquilizara y entonces me dijo que el abuelo no se había ido, solo que ya no estaba físicamente con nosotros. Yo ya había escuchado esas cosas, pero no me hacían ningún sentido. Entonces me dijo lo de que está en mi corazón y en el de todos los que lo queríamos, lo cual tampoco me decía mucho, mi corazón no se sentía diferente desde que él se fue. Solo estaba triste y lo extrañaba mucho.
Entonces, terminó con algo que si me sonó bien: ‘El trabajo de tu abuelo en la huerta, contigo, fue una obra de amor y el amor que él puso en ese proyecto, sigue ahí. Vos no tenés ninguna necesidad de continuar con esa huerta si no te sientes bien al hacerlo, ya ambos hicieron algo muy bueno juntos, pero si el proyecto te llama la atención, aprovecha todo el amor que tu abuelito te dejó ahí, en la tierra, en las plantas, en las herramientas y en tus manos. Disfruta de ese proyecto con él, en tu memoria y en tu corazón”.
Y si quería seguir con la huerta, así que fui a revisar lo que le pasaba, porque vi algunas hojas amarillas y mi abuelo me había dicho que eso no era bueno, que significaba que no la estábamos alimentando bien. Claro, con solo ver la tierra me di cuenta de que en estos días no había llovido y yo no les había regado agua, así que fui por la regadera y les di un buen baño.
Sembramos varias plantas, pero mi abuelo me había dicho que lo primero que podríamos cosechar, sería el culantro y los rabanitos. Le advertí a mi mamá que preparara la ensaladera, para que hiciera algo bien rico con lo que le iba a traer de la huerta de mi abuelito.
Todos los días antes de ir a la escuela salía a la huerta a regarla y a quitarle las malas hierbas, que mi abuelo me había enseñado a reconocer. Por la tarde, cuando regresaba de la escuela, volvía a revisar las plantas y si les hacía falta agua, las volvía a regar. También aprendí en mi clase de Conductas Verdes de la escuela, que algunas cosas que mi mamá botaba a la basura, porque ya no las ocupaba, me servían para ponérselas a la tierra y que mis plantas crecieran más fuertes. Así empecé a capturar las cáscaras de verduras y frutas, las cáscaras de huevo y la brosa del café, picaba bien lo más grande y lo mezclaba para echárselo a mi huerta.
Tras tres semanas y media desde que mi abuelo murió, el culantro y los rabanitos estaban listos para cosechar. Tenía un calendario pegado en la pared de mi cuarto, que mi abuelo me ayudó a hacer, con cartulina y pilots, donde anotamos todas las plantas que habíamos sembrado y lo que tenía que esperar para que estuvieran listas para cosechar. También me explicó que en esos mismos espacios podía resembrar el mismo tipo de planta para que siempre tuviera la tierra ocupada.
En una era sembramos la mitad de culantro y la mitad de rábanos, que se siembran echando las semillitas con cuidado en un canalito y cubriéndolo. Jamás me imaginé la cantidad enorme de culantro y rábanos que salieron. Cuando los tenía todos en la pila de lavar y llamé a mi mamá, ella tampoco podía creerlo. Lavamos bien todo y ella lo llevó adentro para hacer la ensalada. Ese día comimos ensalada de rábanos con culantro. Estaba deliciosa.
Pero era tanto lo que tenía, que mamá me sugirió regalarle a los vecinos. Papá intervino y me dijo que mejor los vendiera y así me compraba algo. Entonces recordé que junto a la Iglesia que está por la escuela, había un Hogar de Ancianos, donde los abuelitos, como mi abuelito Juan, vivían cuando no tenían una familia que los chineara. Me pareció que mi abuelito hubiera querido que lo llevara ahí. Yo no necesitaba nada, tenía muchas cosas y siempre que ocupaba algo, mis papás me lo conseguían, pero ellos seguro no tenían culantro y rábanos recién cosechados.
Mi papá me acompañó al Hogar y entonces le entregué las bolsas a la cocinera. También visitamos a los ancianos y eran muy viejitos, algunos no oían bien, o no veían nada, o no hablaban. Los tenían a todos sentados en una sala grande donde veían televisión. Cuando llegué no sabía que hacer y papá me dijo que me acercara a alguno y le hablara. Había un viejito con la cara llena de arrugas, que seguro tenía como doscientos años. Al acercarme me sonrió y no tenía dientes, pero su sonrisa era hermosa y me animó a acercarme más. Le tomé la mano y le dije mi nombre. Él solo sonreía. Volví a ver a mi papá y él me hizo señas de que siguiera conversando con él, así que le conté donde vivía y le conté de la huerta y del culantro y los rábanos, de mi abuelito y de las herramientas, y la regadera, y la ensalada que hizo mi mamá y de mi clase de Conductas Verdes de la escuela y entonces oí a mi papá llamándome, me dijo que ya era hora de regresar a la casa.
Me despedí del abuelito que se parecía al mío y una señora que les estaba trayendo café, me dijo que se llamaba Juan Manuel. Casi como mi abuelito. Traté de darle un abrazo pero no lo alcancé, pero él si me abrazó la cabeza y me dio un beso en el pelo. Yo creí que no me entendía mucho de lo que le decía, pero parecía que si me había escuchado. Me sentí muy bien, era algo extraño, algo adentro que se calentaba. Le conté a mi papá de regreso a casa y me dijo que así se sentía el amor de mi abuelito en mi corazón, que seguro se había alegrado mucho por haber visitado a aquel otro abuelito.
Nunca entendí lo de que las personas que uno ama y se mueren, se quedan en el corazón de uno para siempre, hasta ese día. Fue muy lindo.
Desde entonces, seguí dándole mantenimiento a la huerta. Mi hermanita empezó a ayudarme hace como seis meses. Cada vez que cosechamos algo, lo usamos para comer en la casa y lo demás lo llevamos al Hogar. A veces vamos una vez a la semana o una vez cada dos semanas, pero siempre hay algo que llevar, porque la huerta se ha vuelto muy buena haciendo crecer las plantas y yo he tomado práctica.
Les hemos llevado apio, chiles, espinacas, lechugas, camotes, perejil, vainicas, ayotes tiernos y un día de estos cosechamos los primeros tomates. Me costó mucho, la primera cosecha no creció y los tomates no se maduraron, pero esta salió con unos tomatotes muy hermosos.
Pero lo que más he disfrutado es visitar a mi nuevo abuelito Juan Manuel. Nos tenemos mucho cariño, creo que tanto como el que tenía con mi otro abuelito. Ahora vamos todos, papá, mamá, mi hermanita y yo. Visitamos el Hogar, hablamos con los otros abuelitos y abuelitas, pero yo siempre paso más tiempo con mi abuelito nuevo. Le cuento cómo va la huerta, lo que hago en la escuela, las notas de mis exámenes, los paseos, en fin, todo. Él nunca me ha dicho nada, pero siempre me abraza la cabeza y me besa el pelo.
Hace un año no sabía que pasarían tantas cosas, pero estoy muy feliz de que mi abuelito Juan me acompañe y de que me ayudara a llevarle tomates a mi nuevo abuelito Juan. Iremos por la tarde y les llevaremos queque de cumpleaños.
Gracias abuelito.
Obsequio a Matías por su cumpleaños 11.
© Esta historia es propiedad de M.M.C.
Escrita el 14 de octubre del 2020.

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