Regresando a mi camino

Foto por John Thomas

Tenía varios meses de sentirme muy deprimida. La vida me daba de trompadas a diario y realmente no entendía lo que estaba haciendo mal. No me considero una mala persona, no creo que esto sea algo que yo merezca, pero igual, un día si y otro también, se me estremece el corazón por los dardos envenenados que le disparan a todas horas.

Siempre he creído que la vida es lo que una misma se construya, pero realmente hay situaciones que me superan, que van más allá de mi comprensión.

El psicólogo que me está ayudando con la depresión, me ha recomendado que cuando me siento mal, vaya a caminar, para que mi mente se refresque y así no le de vueltas mil veces a las razones de que pasen las cosas que pasan. Siguiendo el consejo, más por disciplina que por convencimiento, tengo casi dos semanas de ir todas las tardes a caminar al parque que queda cerca de mi casa. Me he propuesto hacer la caminata aunque llueva, lo cual es casi un evento diario en estos días de invierno, pero mojarme con la lluvia siempre me gustó y además, lo normal es que el agua desintegre casi por arte de magia, a todas las personas que a veces atiborran los senderos del parque, así que me gusta todavía más, porque no hay nadie y puedo dejar que mi mente deje de caminar a mil por hora y al final siento que las tormentas internas se tranquilizan.

Pero desde hace dos días me he encontrado a un señor bastante mayor, haciendo su caminata, despacio, cuidando donde pone cada pie, bien abrigado, con un gran paraguas en una mano y la otra con un bastón de madera rústica. Antier me causó mucha curiosidad ver a alguien tan mayor caminando solo bajo la lluvia, en estos senderos que tienden a ponerse resbalosos, así que cuando lo alcancé, quise preguntarle si ocupaba ayuda. Para mi sorpresa, el anciano no me dejó pronunciar palabra, cuando estaba a su lado volvió su hermosa cara surcada por las marcas de la experiencia, con unos ojos negros que te dejan la impresión de que son todavía más viejos que el mismo anciano, como si fuera una de esas almas viejas a las que Facundo Cabral cantaba hermosos poemas musicalizados. Y en cuanto clavó esos ojos profundamente sabios en los míos, me dijo: ‘Creí que no te vería hoy, llevo varios días viendo como caminas apurada, preocupada y adolorida y he buscado encontrarte para conversar, se que lo necesitas’. 

Ese día realmente me asusté. No es que creyera que ese señor tan mayor pudiera hacerme daño, pero la sorpresa de cómo me habló y sobre todo de esa mirada intensa que me dio escalofríos en el corazón mismo, me sacó de balance y sencillamente aceleré el paso y lo dejé atrás.

Pero ayer cuando estaba por llegar a la entrada del parque, ahí estaba él, de pie junto a una de las columnas del arco de acceso al sendero principal, el que yo utilizaba diariamente, con su paraguas, su bastón y un abrigo muy grueso. Dudé si seguir adelante, pero sentí su mirada atrapándome y atrayéndome, pero no como un jalón violento o que me provocara miedo, sino como un abrazo cálido que envolvía mi corazón y me llamaba sin una sola palabra. Sentía la necesidad de acompañarlo y para mi sorpresa, sin darme cuenta, ya me encontraba a su lado.

Esta vez se me quedó viendo y me invitó a iniciar el camino por el sendero, yo sencillamente me puse a su lado y ajusté mi paso a su avance cuidadoso y pausado, sin decir nada. Tras unos pasos me di cuenta que él tampoco había dicho nada. No con palabras.

Cuando estaba en ese debate mental de si es posible que lo escuchara en mi interior y no a través de mis sentidos, sentí nuevamente su voz. Era dulce, grave, pero con una sonoridad cálida. Estaba segura de que la voz resonaba en mi interior. Sentía sus vibraciones en mi pecho, en mi cara y en mi cabeza. ¿Me estaba volviendo loca? ‘No estás loca, hoy no amanecí muy bien de la garganta y prefiero cuidarla para no enfermarme, así que, si no te molesta, te hablaré así’. Yo pensé que no era ningún problema para mi y él de inmediato me contestó ‘gracias, muy bien’.

Estaba un poco confundida, pero algo en mi interior, algo mío, no su voz, sino mi propia voz interna, me tranquilizaba y me decía que confiara. No recuerdo haber escuchado mi voz interna nunca antes; tuve muchas corazonadas o presentimientos, pero esto era como si algo me hablara desde muy adentro, y no era con palabras, eran pensamientos que entendía de forma inmediata, como si me hubiesen dicho muchas palabras, era una voz realmente interna y de verdad que la llamo voz, por no saber de qué otra forma llamarla.

Solo unos pasos después él empezó a hablarme. Directo a mi interior.

- Has abandonado tu camino – me dijo serenamente, no como un regaño, sino más bien como una observación evidente… y si que lo era –, no es que sea algo sorprendente, todos alguna vez se desvían, se pierden y tienen que volver sobre sus pasos para encontrar su propia senda, pero cuando empiezas a brincar de sendero en sendero, tratando de recuperar tu camino sin que en realidad hagas ningún esfuerzo válido para lograrlo, parece que algo no está bien.

- Pero yo no me he perdido – le dije sin mayor convicción –, lo que pasa es que mi camino se ha puesto cuesta arriba.

No había terminado de pronunciar ese pensamiento cuando mi voz interna intervino y tomó el control de la conversación, a la que mi mente racional quedó relegada a un banco al fondo, desde donde solo podía observar y callar.

- Claro que no estamos en nuestro camino y lo sabemos. Pero nos aterra regresar a lo nuestro, recuperarnos, tomar el control de nosotras mismas.

- Precisamente eso es lo que me temo – dijo otra vez con mucha calma y no pretendiendo darme un sermón, sino, algo preocupado por mi condición, pero una preocupación amorosa – y en estos temas tenemos que intervenir de inmediato.

Una luz muy fuerte llegó de pronto, desde adelante, por el sendero, pero extendiéndose por todas partes. Me detuve en seco y mi acompañante me tomó por el brazo y me animó a seguir adelante. No se cómo hizo eso, porque sus manos seguían empuñando el paraguas y el bastón, pero sentí su mano tomándome con suavidad, y moviéndome hacia adelante con cariño.

Entonces la luz empezó a dejar ver otra vez el camino, pero ya no era el sendero que había caminado tantas veces, era otro camino. Primero era una especie de trocha embarrialada, donde se me pegaban los pies y me costaba dar cada paso.

- Por qué caminas por aquí si te provoca tanto dolor.

- Tenemos miedo.

Nuevamente mi mente racional estaba de espectadora en un gran estadio, sola, en el asiento de una gradería que se perdía entre el vacío, casi desapareciendo, pero con una vista privilegiada de lo que sucedía en la cancha.

- ¿Y a que temes?

- No queremos quedarnos solas.

Eso de hablar de mi misma en plural, me hizo algo de gracia, pero nuevamente mi mente racional fue mandada a callar.

- Nadie está nunca solo. Todos tienen en su interior a su verdadero ser, una presencia trascendente y divina, que los acompaña desde su primera bocanada de aire y hasta el último suspiro de vida. Además ese espíritu inmortal se conecta con los espíritus de todos los demás seres vivos, los de ahora, los de ayer, los de mañana, los de aquí, los de otros lados, con todos, porque los espíritus son solo gotas de un gran mar, del que salieron para acompañar la existencia de un ser vivo y al que regresarán cuando esa existencia cese.

- ¿Y por qué nos sentimos solas?

- Porque te has desconectado de tu interior, de tu verdadero ser, de tu camino. Has preferido posponer tu existencia en función de la de otros y eso es una herida que duele a todas horas, que te impide ver la vida con esperanza y te paraliza en un punto de tu propio camino.

Mientras toda esta discusión transcurría en mi interior, en el exterior los caminos iban variando, unos llenos de piedra, otros tapizados de un asfalto hirviente que quemaba mis pies, y alguno ni siquiera se distinguía entre la maleza que lo rodeaba.

En algún momento el camino empezó a bifurcarse, una y otra vez. Entonces me vi tratando de estar en todos los caminos al mismo tiempo, retorciéndome yo misma como si estuviera jugando una partida de ‘twister’ que me exigía tener diez brazos y quince piernas. Era imposible mantenerme en todos porque eran demasiados, entonces empecé a buscar los que tenía más cerca, para poder alcanzarlos estirándome lo más que podía, pero entonces no podía avanzar, solo me dejaba golpear por lo que pasaba por cada camino, me revolcaba, me herían y terminaba tirada en alguna vereda, moreteada y llorando de dolor.

De pronto entendí que cuando estaba más adolorida y vulnerable, mi único pensamiento era que alguien pasara y me salvara. Entonces un príncipe azul sobre un hermoso corcel blanco, vestido en armadura de plata y oro, brillando bajo el sol, pasaba junto a mí y mi corazón brincaba de alegría, porque mi salvador había llegado; pero no se detiene, no baja de su montura para levantarme en sus brazos y llevarme en las ancas de su caballo hasta su castillo… va a seguir adelante sin ni siquiera alzarme a ver. Y ahí decido que tengo que esforzarme si quiero vivir junto a mi príncipe azul y me aferro a una de las patas del caballo, llevando más golpes mientras avanza a todo galope por un camino que no reconozco.

Estoy golpeada y más adolorida que antes. No puedo soportar más en estas condiciones, por lo que me dejo caer, otra vez tirada a la orilla del camino, no sin antes recibir los duros golpes de los cascos del caballo de mi príncipe, mientras me atropella para seguir su camino. Y otra vez estoy esperando que alguien me salve.

- ¿Te das cuenta de lo que haces? Tienes mucho tiempo de rebotar de camino en camino, pero ninguno es tu camino, solo buscas compañía en caminos ajenos, en las sendas de otros, incluso de gente que te quiere, pero que no por ello dejan su propio sendero.

- ¿Pero podríamos transitar un camino juntos sin que estemos abandonando nuestro propio camino?

No podía opinar, pero sabía que esa pregunta no me traería respuestas fáciles.

- Cuando caminas por tu sendero, por tu camino de vida, encontrarás muchas personas que caminan contigo por un tiempo, a veces largo, otras por solo un instante. Los caminos se cruzan infinitamente, tu camino puede llevarte a través de millones de caminos diferentes, pero no es lo mismo compartir el camino, a lo que has hecho todo este tiempo, que es dejar tu camino abandonado para tratar de asumir como propio el camino de otro, lo cual es imposible y lo único que te provoca es tristeza y mucho dolor.

- ¿Y como hago para saber si estoy en mi propio camino?

- Solo tienes que ver el camino, pero no afuera. No tienes que ver si te ves bien en el espejo, si las fotos en tus redes sociales te muestran feliz y plena o si tienen mucho apoyo. Tienes que ver hacia adentro. Si cierras los ojos y logras encontrarte a vos misma, esa voz interna te dirá si el camino por el que vas es el tuyo o si tienes que tener cuidado porque te estás perdiendo en un camino ajeno.

De pronto todo volvió a la aparente normalidad, seguíamos caminando por el sendero del parque, mientras caía una lluvia tenue pero constante. Caminamos un gran trecho y en una bifurcación del sendero, que llevaba al quiosco del centro del parque hacia la izquierda, o a una salida lateral a la derecha, que era la que siempre tomaba para regresar a mi casa, mi sabio acompañante me habló. Esta vez si era su voz la que mis oídos escucharon.

- Que tengas una linda noche, disfruté mucho nuestra caminata y sobre todo nuestra conversación. Espero que encuentres tu camino.

Y sin más, se volteó hacia la izquierda y lo vi alejarse, lentamente, a ese paso quedo pero firme que lo movía como por una banda eléctrica, llevado por el camino, sin mayor esfuerzo, pero con mucho cuidado. Y se perdió tras una curva del camino, por lo que retomé mi camino hacia la derecha.

Era demasiado lo que había vivido como para asimilarlo por completo, por lo que decidí irme a dormir temprano, para descansar y dejar que mi cerebro se tranquilizara.

Hoy por la mañana, en cuanto abrí los ojos, tenía una claridad impresionante. De pronto entendía que estaba en el camino equivocado, que permití por mucho tiempo que mi vida estuviera al servicio de otros, cumpliendo los deseos de otros, dando por satisfechos los cánones de vida de alguien más, que me decía cómo debía vestirme, cómo hablar, a qué podía aspirar, cuál era mi destino… y no quería más eso en mi vida.

Me bañé, me vestí, hice mis maletas y me fui a casa de mis padres. Para reencontrar tu camino a veces necesitas deshacer tus pasos hasta un lugar seguro, y para mí ese lugar era la casa donde crecí, junto a gente que me amaba y que me brindaría un entorno apropiado para recuperarme a mi misma, para recordar quien soy y qué quiero para mi vida.

Hoy empiezo a caminar mi camino otra vez. Con cuidado, despacio, vigilando cada paso que doy, con lentitud probablemente, pero con firmeza. Como el anciano que me salvó en el parque.

Me gusto, me quiero y merezco ser feliz.

Obsequio a Ale por su cumpleaños 34.
© Esta historia es propiedad de A.G.V.
    Escrita el 20 de octubre del 2020.

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