Sanando el alma del mundo

Foto por knt

 - Abuelo, ¿por qué dice mami que usted es pobre por bruto?

Luego de una sonora carcajada.

- No fue por bruto, pero si fue por elección.

Cuando le hice esa pregunta a mi abuelo, no logré dimensionar correctamente la maravillosa historia que acompañó a su respuesta, pero tras tantos años de repasarla en mi mente y seguramente adornarla y acomodarla, porque nada podemos hacer con esa parte traviesa de nuestro cerebro, que juega con la memoria, lo cierto es que cada día le admiro más.

Hoy le iremos a celebrar su cumpleaños 93 y él sigue tan lúcido, fuerte, afable y lleno de vida como hace quince años, cuando fui tan irreverente que le pregunté por su brutez. Todos los primos decidimos llevarle un regalo hecho por nosotros mismos. Yo hice un poco de trampa, le llevaré la historia que me contó tal y como la recuerdo hoy. Este será mi regalo:

Martín es un hombre bueno, es un héroe moderno, pero sobre todo, es un faro de amor en un mundo de tinieblas de miedo.

Fue el único hijo varón de su familia, por lo que su papá siempre dio por un hecho que él se haría cargo del negocio familiar, cuando tuviera edad para ello. Su familia tenía varias generaciones dedicados a la construcción y en ese momento tenían una de las empresas constructoras más importantes del país. Cuando cumplió su mayoría de edad, su papá le regaló un viaje a Europa para que se distrajera y regresara con renovadas fuerzas a tomar su lugar en la empresa. Él partió a su viaje dando por un hecho que regresaría a cumplir los deseos y las expectativas de su padre, porque toda su vida le habían dicho que era su destino y su obligación y en esos días, la palabra paterna, era santa palabra.

Mientras viajaba por Francia, se unió a un grupo de muchachos de su edad, que estaban construyendo viviendas para familias sin techo, sobre todo inmigrantes de algunos países del este de Europa y de África. Sin saber a ciencia cierta cómo sucedió, cuando se dio cuenta estaba en un tren que lo llevaría hasta Georgia, donde el grupo de voluntarios pretendía ayudar a una comunidad que perdió todo por una avalancha que literalmente barrió con el pueblo, que se escapó de morir aplastados por un jovencito que cuando vio los primeros movimientos de nieve en lo alto del Cáucaso, dio aviso a sus vecinos, que rápidamente huyeron sin nada más que la ropa que llevaban puesta, pero tras el que ahora se conocía como el ‘milagro del Cáucaso’, toda esta buena gente estaba alojada en un almacén abandonado, a los pies de la montaña, mientras se lograba reubicarles en un nuevo sitio. Las autoridades municipales empezaron a construir un nuevo pueblo desde cero, en la localidad de Gudauri, donde habían unas ruinas de un castillo que mandó a construir allí el Rey Jorge III, por lo que se buscó aprovechar los zócalos de piedra que aun permanecían intactos y sobre los que se podía levantar el pueblo.

Martín no lo pensó dos veces cuando le pidieron ayuda para levantar estas casas y como tenía mucha experiencia por trabajar todas sus vacaciones, desde que tenía memoria, en la empresa constructora de su familia, fue un valioso elemento de las compañías de voluntarios que acudieron al llamado del municipio.

En ese lugar había un saliente de la montaña, a más de 2000 metros sobre el nivel del mar, desde el que se podía ver con claridad la frontera rusa y parte del Mar Negro. La vista era impresionante, al punto de quitar el aliento al observador. La siempre nevada cima del Cáucaso y valle impresionante que descendía en un crisol de colores que iban del blanco al negro, al verde, al azul, al gris, al blanco de nuevo, era impresionante.

Uno de los compañeros de Martín le contó que en ese lugar, en el año 1181, el Rey Jorge III llevó a su hija primogénita, Tamara, para que viera aquella vista impresionante. Le explicó que aun y cuando su familia y su pueblo han vivido en medio de guerras, desde hacía cientos de años, defendiéndose de unos y de otros, desde los romanos de Bizancio, hasta los armenios y los saltúkidos de Anatolia, pero los georgianos vivirían en paz, porque esta tierra, que se veía desde este lugar especial, merecía progresar, crecer y ser felices en un ambiente propicio para ello, sin conflictos, sin matanzas sin sentido, labrando sus tierras, cuidando sus animales y pescando en las ricas aguas del Mar Negro. Con lágrimas en sus ojos el valiente rey, viendo a su hija fijamente y tomándole con cariño su cara entre sus manos marcadas por la violencia que había infringido y que infringieron sobre él, le dijo: ‘niña, yo ya no podré ver los mejores tiempos de nuestro reino, pero bajo tu mando, como la reina más maravillosa que habrá visto el mundo nunca, esta paz que respiras, será el mismo aire que respire todo el reino’. Mandó construir un monumento a la paz y un castillo en el pueblo cercano. Su hija Tamara lo sucedió en el trono y aunque logró que su pueblo avanzara y se desarrollara en un ambiente mayormente pacífico, las guerras en sus fronteras nunca acabaron y para Georgia se venían cientos de años de conflictos en el futuro.

Cada invasión por el Cáucaso atropellaba el monumento a la paz, que era reconstruido una y otra vez, hasta que con la anexión al Imperio Ruso en el siglo XVIII, los zares consideraron lo consideraron una ofensa y prohibieron su reconstrucción bajo pena de muerte.

A finales de los 70’s, un activista por la liberación de Georgia de la URSS, fue condenado a muerte por el gobierno pro-soviético, logrando escapar de su encierro, instalándose en las ruinas de Gudauri. Como su vida de ermitaño  le impedía ayudar a su pueblo, decidió reconstruir el monumento a la paz de Jorge III, desde sus mismos cimientos, porque nada quedaba de aquel símbolo de una Georgia libre, más que los restos de su zócalo. Él tampoco tenía mayores medios para hacerlo, por lo que utilizando las piedras de las ruinas del castillo, y un mazo herrumbrado que encontró entre los muros destrozados que ahora eran su casa, moldeó cada piedra para que encajara en un gran rompecabezas que poco a poco, sumaba milímetros a su objetivo final. Este hombre fue Zviad Imeretinski y murió antes de terminar su obra.

En 1985 encontraron su cuerpo entre las ruinas del castillo y además su monumento. En su lecho de muerte, entre piedras, tierra y nieve, encontraron una carta en la que Zviad escribió su testamento a Georgia. En este último grito por la libertad, recordó a sus conciudadanos que no es posible alcanzar la libertad, mientras no liberemos primero nuestras mentes. Decía que mientras en sus pensamientos siguieran sintiéndose parte del régimen invasor, no habría fuerza alguna en el planeta que pudiera darles la libertad. Invitó a todos a recuperar la cultura autóctona de sus antepasados, de sus valientes ancestros, de quienes fueron parte de un pueblo georgiano libre e independiente. Los animó a usar el arte como el arma para rebelarse contra los opresores, porque según dijo, nadie puede arrancarte la pasión artística del corazón, ni un fusil, ni una bota enemiga, ni una cárcel, cuando tu pasión está pintada con poderosos trazos de sangre en tu alma, ya eres libre. Dejó como legado a su patria, a la que amó hasta el último momento, un puñado de piedras que rezarían por él, para que la paz anhelada por Jorge III, se hiciera realidad.

El monumento construido por Zviad era una puerta de tres arcos, sostenida por piedras que encajaban una en otra y en cada piedra estaba gravada la palabra მშვიდობა, mshvidoba, paz. Utilizó aproximadamente veinte mil piedras para levantar la puerta, ajustando cada piedra para ensamblarla junto a las demás, ya que no contaba con morteros ni otros medios para mantenerlas unidas.

Su carta de despedida o testamento, como se le llamó en su momento, circuló masivamente entre la población, era el símbolo de la libertad y de la paz que tanto anhelaba Georgia, pero el gobierno soviético estaba pasando serios problemas para mantener el poder, por lo que eran implacables frente a cualquier muestra de rebeldía. La carta y el monumento que Zviad construyó, eran enemigos del estado, por lo que a la primera la declararon material subversivo y se prohibió su posesión o circulación, mientras que el movimiento fue dinamitado y sus restos fueron arrojados al precipicio. Pero la semilla ya estaba plantada. El pueblo recuperó sus antiguas tradiciones, vestidos, danzas, música, pintura, nada podía hacer todo el poder militar de Moscú para impedir que la gente se sintiera nuevamente orgullosos de ser georgianos. Tras la caída de la URSS y la independencia, un artista local construyó un hemiciclo compuesto de arcos de piedra, que en la parte superior tiene murales que cuentan una historia de paz y amistad entre los pueblos.

Martín no pudo mantenerse insensible al sacrificio de amor que presenció en ese lugar, y más que verlo, lo que sintió al estar en este lugar, donde un hombre con un sueño, reconstruyó una nación, así que cuando regresó al país, le comunicó a su papá que no tomaría las riendas de la empresa familiar, que quería estudiar artes y que se dedicaría a rescatar la cultura autóctona de los pueblos olvidados del país. Su papá no pudo soportar la desobediencia y fue tal su enojo, que vendió la empresa y repartió su riqueza entre sus hermanas, dejándolo sin herencia y amenazando a toda su familia para que olvidaran que Martín existía, ya que para él había muerto.

Aunque esto le dolió mucho, su misión era clara. No pudo estudiar artes, porque sin el apoyo familiar era imposible seguir una carrera universitaria, así que se dedicó a trabajar en lo que sabía, como maestro de obras, construyendo casas, reparando paredes, pintando techos, cualquier trabajo era bueno para él, porque esas actividades eran solo medios para poder cumplir su misión, el rescate de la cultura autóctona. Así, cada momento libre de su vida, lo dedicó a recuperar el arte olvidado, la cultura enterrada y apedreada por los espacios oficiales.

Y tras 72 años dedicado al arte y a la cultura, Martín es el referente más importante de los pueblos originarios de este país. Académicos, especialistas, estudiosos, todos vienen a consultarle, todos leen sus libros, todos admiran sus trabajos y muchos de ellos han salido de los grupos de estudio y talleres de trabajo que por tantos años ha dirigido, mantenidos solo con el fruto de su trabajo como constructor.

Este hombre maravilloso al que tanto admiro, cumple hoy 93 años, pero parece de 50. Martín, abuelito, te amo.

Espero que mi abuelo lo disfrute.

Obsequio a Libia por su cumpleaños 53.
© Esta historia es propiedad de L.d.S.M.J.B.
    Escrita el 24 de octubre del 2020.


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