Sofía y el tigre

Foto por Keyur Nandaniya

Si alguien conociera a Sofía, podría decir que es una persona normal, amable, simpática, muy inteligente. Si la conociera más a fondo diría también que es de ideas claras, disciplinada, trabajadora e independiente. Pero nadie, ni la gente más cercana a ella, saben del tigre que habita en su mente.

Sucedió un día en que jugaba en el parque, probablemente tendría cuatro o cinco años, estaba concentrada siguiendo a una ardillita que bajó de uno de los árboles del fondo, a recoger una frutilla que cayó de alguno de los arbustos cercanos y rodó hasta ahí. Estaba fascinada de ver a la ardilla bajar por el tronco del árbol, como si tuviera patas engomadas, para regresar a las altas ramas, escalando nuevamente el tronco utilizando algún poder especial que ella no comprendía. Le encantó su cola, que parecía ser de algodón y sus pequeñas manitas, con las que recogió la frutilla y se la comió en un santiamén, como previniendo que alguien pudiera aparecer de pronto para arrebatársela.

Sofía estaba muy quieta, porque no quería asustar a la ardilla y cuando la perdió de vista en lo alto del árbol, sintió que algo se movía al fondo, en los matorrales que bloqueaban la vista hacia lo profundo del bosque que colindaba con el parque. Siguió quieta en caso de que fuera otra ardilla, para que no se asustara, pero algo grande se movió hacia ella, sintió que algo no estaba bien y trató de levantarse para correr hacia la protección de su mamá, pero no pudo, trastabilló y cayó de espaldas. Entonces lo vio, era un enorme tigre que estaba sobre ella.

Estaba dispuesta a gritar con todas sus fuerzas, pero entonces vio los enormes ojos amarillos del tigre, que la veían con firmeza, pero de alguna forma con una ternura que la tranquilizó de inmediato. Sintió como toda la adrenalina que recorrió su cuerpo ante el peligro, de pronto desapareció y se sentía tranquila y en calma.

Con una de sus enormes patas ayudó a Sofía a levantarse y entonces le habló, con una voz fuerte, grave pero no agresiva, sino apacible, como abrazando con cada nota y envolviendo con cariño, con verdadero interés de entablar una conversación. Claro que Sofía no lo sabía en ese momento, solo sentía que la voz del tigre le gustaba y se sentía invitada a conversar.

Tampoco sabía Sofía en ese momento, que el tigre viviría con ella de ahí en adelante.

Pasaban los años y Sofía quería ponerle nombre a su tigre. Probó muchos nombres, Julián, Sebastián, Eduardo, Carlos, Peque, Gatito… muchos nombres, pero ninguno le gustaba a su tigre, así que un día en que perdió la paciencia, le preguntó por qué no le gustaba ningún nombre y el tigre le contestó: ‘Sofi, vos no podés ponerme ningún nombre, porque cuando nombras algo, creas una relación de posesión y yo no te pertenezco. Si yo quisiera tener un nombre, me lo pondría a mi mismo, pero no me interesa.

Sofía se quedó muy triste, sobre todo porque el tigre le había dicho que ella no era su dueña y eso le provocó una sensación horrible, como cuando su mamá le quitaba su juego de química para castigarla y ella sentía que de qué valía ser dueña de un juego de química si tu mamá puede venir en cualquier momento a quitártelo. Eso mismo sintió con las palabras del tigre, sintió como que de pronto se lo arrebataron de las manos y ya no era de ella.

Otro día, unos años después, recordó aquel dolor de pérdida y le preguntó al tigre que si ella no era su dueña, por qué se quedaba siempre a su lado. El tigre le explicó que él estaba a su lado, porque quería estarlo. Le contó cuando su jefe Barachiel le asignó la misión de ser su ángel de la guarda, él aceptó de inmediato, pudo haber rechazado la encomienda, porque los ángeles también tienen la virtud de elegir su camino, pero él se sintió de inmediato enternecido por ella y dijo si. Sofía, que creyó haber entendido mal, le preguntó con sorpresa: ‘¿ángel de la guarda?’.

-       Si Sofi, yo soy tu ángel de la guarda.

-       Pero si sos un tigre, los ángeles no son tigres, son ángeles.

-       Seguro es lo que vos creías, pero en realidad los ángeles de la guarda asumimos la forma que nos guste y que se adapte mejor a la misión que se nos encarga.

-       ¿Y por qué escogiste la forma de un tigre?

-       Porque sabía que era tu animal favorito y además que lo escogiste porque siempre quisiste tener a un tigre que te protegiera.

-       ¿Pero por qué te veo? La gente no ve a sus ángeles.

Esta pregunta era realmente importante. Sofía tuvo una vida muy compleja porque desde que el tigre se vino a vivir con ella, trató de explicar su presencia a todos, a sus papás, a sus hermanos y hermanas, a su maestra del kínder; pero lo único que logró fue que la llevaran con un psicólogo que le explicó lo que le pasaba y le dijo que era normal, que todos los niños tenían amigos imaginarios y que eso no la hacía diferente o enferma, pero que debía entender que los amigos imaginarios pertenecían solo a ella y nadie más entendería nada de esa relación imaginaria.

-       Primero el tigre me dice que no me pertenece y ahora Raúl dice que es un amigo imaginario y que era solo mío.

El tigre, que siempre estaba a su lado, la tranquilizó y le dijo que no se preocupara, que él no era de ella, pero si la acompañaría toda su vida. Claro que eso no evitó las burlas y los sobrenombres que le decían cuando la encontraban conversando sola en un pasillo o incluso en clases.

-       Me ves porque tu corazón me abrazó desde que te conocí en aquel parque. Me verás mientras esa relación de cariño entre tu corazón y mi espíritu se mantenga. Cuando no me veas, si es que eso llegara a pasar, o significa que ya no esté contigo, porque como te he dicho muchas veces, nunca me separaré de vos.

Y nunca se separó de ella. Pero jamás le sugirió qué hacer, o le cuestionó sus decisiones. Tampoco la juzgó por lo que hacía o dejaba de hacer. El tigre se limitaba a apoyarla cuando requería de su compañía, a escucharla, a advertirle la inminencia de un peligro y a darle mucho amor, como todos los ángeles de la guarda, su principal misión junto a las personas, es amarlas, que se sientan amados, que no sientan que están solos, que no permitan al miedo tomar el control de su corazón.

Cuando se graduó de la universidad, Sofía le preguntó por qué había gente que perdía la batalla entre el amor y el miedo y cedía a los falsos refugios que el miedo y su hijo primogénito, el odio, brindaban a las personas que se sentían en desamparo. Se graduó de psicóloga, por lo que no era extraño que tuviera estas reflexiones casi axiomáticas sobre la vida.

El tigre le recordó que la lucha entre el amor y el miedo nunca la gana el miedo. A veces tiene victorias parciales, pero el amor no puede desterrarse del corazón de las personas, porque la esencia de los seres humanos, su composición primigenia, la chispa que les da vida desde el primer respiro en el mundo, hasta el último de sus vidas, es el amor. A veces el desamparo hace creer a las personas que nada tiene sentido, que están solos, que el amor les ha cerrado la puerta. Es triste verlos, porque son personas que se han desconectado por completo de su verdadero yo, de su esencia, de su realidad trascendente.

Un día, cuando Sofía caminaba muy despacio, porque los pies no le permitían moverse como cuando era joven, y hasta aprovechaba para sostenerse en el lomo del tigre que fue su compañero de vida, le preguntó a su amigo más cercano:

-       Yo se que mi vida está apagándose y quiero saber qué pasará con vos cuando ya no esté aquí.

-       Aquí no es ningún lugar; estar no ocurre nunca en el tiempo. Vos nunca has estado aquí. Siempre has estado donde perteneces, en la casa grande donde todos caben. Cuando dejes este cuerpo que ya está cansado de caminar el mundo, serás libre de regresar al lugar del que nunca te fuiste.

-       Seguro los años me han hecho lento también el pensamiento, porque no entiendo ni una sola de tus palabras.

-       Tu pensamiento no es lento Sofi, es agudo como siempre lo fue. Pero lo que te he dicho no es un mensaje para tu cerebro, sino para tu corazón.

El día que murió, el tigre que la acompañó siempre se aseguró de que regresara al lugar del que nunca se fue y con un beso se despidió de ella para ponerse nuevamente a las órdenes de Barachiel, que le asignaría un nuevo compañero de vida. Esa era la vida de los ángeles de la guarda y a él le apasionaba hacer su trabajo.

Obsequio a Miriam por su cumpleaños 66.
© Esta historia es propiedad de M.R.C.
    Escrita el 27 de octubre del 2020.

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