Tus besos
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| Foto por Vadim Sadovski |
Recordar no siempre es un ejercicio agradable o terapéutico. A veces solo es echar sal a una herida que no ha sanado, o sentir el vacío de un hueco en tu corazón que sigue sin llenarse, o incluso un escalofrío que cuando recorre una a una tus vértebras, te trae a la mente imágenes que te provocan nuevos escalofríos, de situaciones horrorosas que has gradado en un cofre a cal y canto, pero que como ejercicio de cinismo mental, tu cerebro busca cómo abrirlo para que lo revivas.
Pero lo cierto es que la mayor parte de las veces, los recuerdos son hermosos. Normalmente guardamos las experiencias positivas en urnas de cristal finísimo, en las que reciben los colores de la luz que emite el alma y se adornas, se llenan de luces y de tonalidades que no estaban ahí; también en su infinita identidad juguetona, a veces guarda los recuerdos revueltos, para que cuando los evoquemos tengamos serias dificultades en identificar dónde empieza uno y dónde empieza el otro, o cuál parte realmente pasó y cuál es solo una elaboración que se incluyó a la hora de guardarlo. Y claro, hay experiencias poco agradables que guardamos con traductores incorporados, para que al retrotraerlas a nuestra pantalla mental, solo veamos las partes menos oscuras y dolorosas y así no nos duelan más.
Ahora bien, hay recuerdos que sencillamente es difícil, casi imposible, identificar si nos alegran, nos tranquilizan, o nos duelen. No sabemos qué nos pasa con ellos, porque encierran tantos sentimientos diferentes, que son como las esferas de recuerdos multicolores de la película Inside-out. Eso me pasa con tus besos.
Lo peor es que los recuerdos están enraizados en tantas otras experiencias, que se me disparan en cualquier momento, sin previo aviso, solo porque si.
Cuando me siento insegura y recuerdo como me tomabas la mano y me la besabas, diciéndome con suavidad que no me preocupara, que todo saldría bien; o cuando tengo miedo y recuerdo tu cálido abrazo y tu beso tranquilizador sobre mi oreja, mientras me susurrabas, sos mucho más valiente que eso, nada puede contra vos, yo creo en vos y mi amor siempre te acompaña. Este particularmente suele sacar alguna lágrima furtiva que corre por mi mejilla mientras me calienta toda la cabeza y luego el calor baja por el cuerpo, por el amor que no solo me acompañaba en el recuerdo, sino que sigue acompañándome siempre.
Al ir a dormir es imposible no recordar tus besos en mi frente y en mi mejilla, deseándome una linda noche, asegurándome que dormiría soñando con los angelitos, arropándome y abrazándome hasta que sentía que me quedaba sin aliento. Esos abrazos y esos besos duermen conmigo cada noche, viajan a mi lado en el mundo de los sueños y te encuentran entre los locos recuerdos que se mezclan con sueños, donde sos el sol y extiendes tus brazos para alzarme y llevarme a tu regazo, mientras me cantas alguna hermosa canción de cuna, de las que te encantaba regalarme. ¡Qué hermosos sueños!
Pero los besos que más me emocionan cuando los recuerdo, son los que me dabas cuando llegaba a tu casa, a la hora que fuera, el día que fuera, y me besabas y abrazabas y me ofrecías café o chocolate, galletas o algún pan que tenías recién horneado. Entonces nos sentábamos en la cocina a conversar, te contaba todo lo que me había pasado en el día, te preguntaba todas las dudas que tenía atoradas y que solo bajo tu amparo podía sacar afuera y escuchaba con atención tus siempre sabias respuestas, llenas de todo lo que el tiempo y el amor te habían enseñado a vos misma.
Y cuando crecí un poco, trataba de visitarte casi a diario, porque me contabas tus historias de vida, lo difícil que era la vida en el campo, especialmente para las mujeres, los conflictos que tuviste con tu papá, cuando no quisiste casarte con un muchacho de buena familia que te habían conseguido, o cómo caíste profundamente enamorada de quien luego fue tu esposo. Me encantaba que me recordaras siempre y en cada uno de los episodios de tu vida, que ser una mujer no significaba que fuera débil, que tuviera que ser madre o que mi misión fuera apoyar a mi esposo.
El día que te presenté a mi primer novio serio, cuando entré a la universidad, te le quedaste viendo y entonces creí que dirías algo por su pelo largo, por sus uñas pintadas de negro o por el pantalón de mezclilla roto. Pero solo le preguntaste si sabía hacer arroz. Daniel se quedó en blanco, no sabía que contestar, ni siquiera creo que supiera realmente qué le preguntaste, pero casi de inmediato le dijiste que un hombre que no fuera capaz de hacerse su propia comida, lavarse su ropa, cambiar la cama y limpiar el piso, no me merecía en su vida. Salí en su auxilio porque creo que en el resto de la tarde no pudo recobrar el habla, y te expliqué que si hacía todo eso, aunque no lavaba mucho la ropa, lo cual nos causó tanta risa, que hasta lágrimas se nos vinieron a las dos.
Gracias a todo lo que me aconsejaste supe que después de que me levantó la voz para reclamarme porque no había hecho algo que esperaba tener listo, no me costó nada mandarlo a volar, porque tantas veces me dijiste que la violencia no solo es detestable en la vida, sino que es inaceptable en las relaciones y que nadie tenía por qué tratarme mal, gritarme y menos aun lastimarme, que cuando pasó, estaba tan lista, que dejé a David otra vez con la boca abierta.
Te fuiste tan pronto, que no pudiste ver con quien decidí formar un hogar. Seguro que no hubieras visto ningún inconveniente en que no quisiéramos casarnos, y tampoco habrías encontrado difícil entender que no quisiera tener hijos. Debiste hablar más con María José, para que el cerebro no se le atrofiara de tanto dejar de pensar, pero claro, ella nació mucho tiempo después que yo y no pudo aprovecharte como yo lo hice, aun cuando así lo hubieras querido.
Verte en cama tantos años, me partía el corazón. A veces llegaba a verte y estabas realmente descompuesta, con la cara desencajada, y hasta ahí me enseñabas. Recuerdo cuando me dijiste que nunca tuviera miedo de decir que estaba cansada o que me sentía enferma, que yo no tenía la obligación de estar siempre disponible para nadie, ni siquiera para mi misma. Cuando salía del hospital y regresaba a mi cuarto en la universidad, iba llorando, porque hasta en la debilidad, hasta atosigada por el dolor, eras la mujer más valiente que jamás conocí.
Y por eso tus besos me causan tantas emociones, me traen tantos recuerdos, pero sobre todo me siguen empoderando y fortaleciendo, como la mujer plena e independiente que siempre quisiste que yo lograra ser.
A la distancia y a través del gran abismo que separa a los vivos, de los que ya disfrutan su pensión en el otro lado, te abrazo y te beso querida abuela. Sabes que te amo y yo se que me amas, los corazones no mienten cuando el amor es tan puro. Pero no dejo de extrañarte.
Gracias por los besos y por todo lo que les pusiste de aderezo. Gracias.
Obsequio a Valeria por su cumpleaños 24.
© Esta historia es propiedad de V.C.M.
Escrita el 5 de octubre del 2020.

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