Una mecánica en el espacio


Hace tantos años, cuando era una niña, nunca hubiese pensado que estaría hoy aquí, con esta maravillosa vista, con tanta grandeza al alcance de la mano, con el Universo a mis espaldas, protegiéndome, pero también planteándome una infinidad de interrogantes y de retos, para que vaya más allá, para que explores sus confines, para que siga ampliando los pequeños horizontes de mi mente, que ante tanta inmensidad, te deja sin aliento.

Mi ventana me deja ver el contorno de la Tierra, sus azules, sus blancos y sus grises. Veo el resplandor del sol que está a punto quedar totalmente cubierto por el planeta, como una luz tan brillante que no te deja verla, pero a su vez tan contrastante con el negro profundo del Universo a su alrededor. No me canso de ver por mi ventana, nunca se ve la Tierra igual, o el Sol como el día anterior. Nunca las estrellas brillan igual, ni les encuentras la misma forma a sus conjuntos. En todo este tiempo he encontrado por lo menos unas cien constelaciones diferentes a las doce tradicionales, solo con tomar las estrellas y agruparlas diferente. Es un juego que me entretiene y me deja crear figuras imaginarias, como si fuera un ciudadano griego comiendo uvas y viendo el firmamento.

Tengo siete meses de estar acá arriba. Aunque lo primero que entiendes en el espacio, es que no existe ni el arriba, ni el abajo. No hay puntos de referencia claros y la falta de gravedad hace que el piso tampoco sea un espacio real. Los primeros días son muy graciosos, porque tu mente sufre de cortos circuitos continuos, mientras procesa la falta de peso en el cuerpo, la ausencia de referentes para el equilibrio y sobre todo la realidad escandalosa de flotar, cuando nunca has flotado antes. Pero tras pasar el ajuste, la mente aprende rápido y acepta la nueva realidad, la abraza y aprovecha sus infinitas posibilidades.

Nunca tuve el sueño de viajar al espacio. Mi pasión eran las herramientas, me entretenía horas en el taller que mi papá tenía en el patio, desarmando la licuadora, la olla arrocera y el radio-cassette, para ver que tenía adentro. La mayor parte de las veces lograba dejarlos funcionando de nuevo, aunque a veces me sobraban unas cuantas piezas. Con el tiempo me hice muy hábil y recuerdo que en el colegio pedí que me dejaran estudiar Artes Industriales y no Educación para el Hogar, solicitud que no le hizo ni pizca de gracia a la Directora, que consideraba que esa materia era solo para hombres. Pero mis papás me apoyaron y fui mejor que todos mis compañeros, incluso la misma directora me mandaba chunches descompuestos para que se los arreglara… claro, ni un cinco me pagaba, pero a mi no me importaba.

Recuerdo cuando me dijo que le arreglara el polígrafo, que era un aparatón enorme con un rodillo entintado en el que se ponía un estarcido, al que previamente se le habían hecho agujeritos, normalmente con la máquina de escribir o con un estilete, para que luego el rodillo diera vueltas imprimiendo la imagen del estarcido en papeles que un alimentador le iba pasando a gran velocidad. Por aquello y para que no me vean feo, al polígrafo le llamaban también mimeógrafo y al estarcido, esténcil.

La cosa es que la embarrada de tinta vieja y polvo de esténcil que me quedó en la mesa del taller, hizo que la directora casi callera de espaldas cuando llegó a ver cómo me iba. Pero ese mismo día por la tarde le arreglé el chunche y quedó mejor que nuevo. Claro, de saber que le urgía para imprimir una circular a los padres de familia para que nos regañaran porque alguien se robó el examen de matemáticas del escritorio de la secretaria y al parecer ni siquiera sabían cuántos copiaron las respuestas de ahí, pero suponía que éramos todos o casi todos, mejor me hubiera declarado incapaz, aunque la verdad, nunca podría rechazar un reto así.

En la universidad estudié Ingeniería Mecánica y luego me becaron para sacar una Maestría en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, que al terminar me llevó, sin haberlo previsto, pero con una emoción que transpiraba desde mi interior por cada poro de mi cuerpo, a trabajar a la NASA. Eso fue a mis 28 años, por lo que no fue sino hasta ese momento en que me plantee por primera vez, la posibilidad de convertirme en astronauta. Pero los años pasaban y yo iba de un proyecto a otro, siempre como líder mecánica en tierra, así que en algún momento ya lo había descartado.

Ni siquiera me dolía o me causó alguna angustia, porque realmente no era algo que me terminara de convencer, mientras que el trabajo en cada misión espacial, creando equipos, trajes, naves, cohetes, era realmente impresionante. Cuando me asignaron al Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) fue realmente el mejor día de mi vida. Durante año y medio trabajé con un equipo de genios realmente, para crear los cohetes de fusión fría, que utilizaría la NASA en todos sus proyectos espaciales desde entonces. El día que el cohete cumplió las pruebas técnicas, fue talvez el mejor día de mi vida. Nunca tuve hijos y no puedo saber lo que eso es para una mujer, pero para mí, creo que esto fue lo más cercano a tener un hijo.

Hace año y medio, cuando acababa de cumplir 50 años, me llamó a su oficina el Mayor Taylor, de talento espacial, para informarme que pensaron en mi para una misión a la Estación Espacial Internacional, para un proyecto de reparación y reconstrucción del laboratorio de biología que enviaron los italianos y que había sufrido graves daños por una lluvia de meteoritos que lo impactó directamente. No supe que decir, quedé en shock como nunca me había pasado antes. El mayor me dijo que podía pensarlo y darle la respuesta la siguiente semana, pero yo volví en mí y reaccioné de inmediato, salté de mi silla al cuello del mayor, lo abracé y le di las gracias y miles de bendiciones en español. Al final el que quedó en shock fue él.

Tras el entrenamiento, volé en uno de los transbordadores que usaban el cohete que diseñamos en mi laboratorio y me sentí como viendo a mi hijo graduarse y lloré de la emoción.  El vuelo fue realmente bueno, una de las ventajas de los cohetes de fusión fría es que reducen casi por completo los efectos de los cambios en la presión atmosférica de la aceleración necesaria para salir de la atmósfera terrestre, por lo que fue un viaje tranquilo y sin mayores contratiempos. Al llegar a la estación, y luego de la adaptación necesaria, empecé a trabajar en el módulo italiano y si, fue como cuando arreglé el polígrafo de la directora, un desastre lleno de suciedad, de líquidos flotando por todas partes, de grasa y de muchos pedazos de todo.

Tardé dos meses reparando el módulo y una semana después llegaron dos astronautas italianos a volver a habilitar los equipos biológicos que se destruyeron en el desastre de los meteoritos. La idea era que tras concluir la reparación regresara a la Tierra, pero habían tantas cosas por reparar en esta estación, que vivir aquí de verdad era como vivir con una bomba de tiempo amarrada al cuello. Me pidieron ayuda con ‘algunos arreglillos’ y bueno, son ya siete meses y mi trabajo no termina. Se que por recomendación médica, no deberíamos pasar más de doce meses aquí, así que espero que antes de esa fecha ya haya podido terminar todos los arreglos.

Mientras tanto, sigo disfrutando de la inmensidad del espacio, de las fabulosas herramientas que tengo que usar y de las que voy inventando cada vez que alguna se vuelve insuficiente para lo que la necesito y además siento que la vida me ha premiado talvez sin merecerlo, pero me ha dado la mayor satisfacción que alguien podría darme, ser una mecánica en el espacio.

Obsequio a Karen por su cumpleaños 30.
© Esta historia es propiedad de K.M.A.R.
    Escrita el 4 de octubre del 2020.

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