Y se perdió en el mar

Foto por Jack Leonardis

Nunca me gustó mucho el mar. No porque en realidad me disgustara, pero si hay algo que no soporto es el calor. Me vence, me desmaya, me hace perder las ganas de todo. Pero hace unos años, una de mis mejores amigas se fue a estudiar a Islandia y cada día me enviaba fotografías de sitios mágicos que realmente yo no daba fe de que fueran ciertas. Eran tan hermosas que veía mucho más factible que fueran montajes realizados por computadora a que fueran realmente sitios reales.

Las auroras boreales, las colinas, las piedras, el césped, las casitas, los picos nevados… era un álbum de fantasías. Pero un día me envió las fotografías que tomó del viaje que hizo con su flamante y nuevo novio francés, que conoció en la universidad, a una playa de arena negra de nombre impronunciable. Me contó que el lugar era realmente mágico, que el mar parecía un espejo imponente del que salían algunos picos de piedra contrastando con aquel paisaje imposible y brindando al lugar un ambiente espectacular. Ah, además me contó que hace tanto frío que bañarse en el mar no era una opción.

Esa era mi playa, ese es el lugar al que quería ir de vacaciones, donde pudiera disfrutar del mar, del sol, de la brisa salada y de la arena en mis pies, sin que me quemara la piel con solo exponerme al exterior por quince minutos. Y es que mi piel es tan sensible al sol, que hasta cuando voy a hacer mis mandados al centro, tengo que taparme de pies a cabeza como si me hubiese unido a alguna secta ultraconservadora que me exigía ocultar todo menos los ojos.

Ahorré por varios años y un día me di cuenta de que ya tenía suficiente para hacer este viaje soñado. Mi intención era hospedarme con mi amiga, en Reikiavik y desde ahí hacer viajes cortos a las playas que pudiera, ya que según me contó mi amiga, Islandia es relativamente pequeño, con un poco más de 100 mil kilómetros cuadrados en su isla principal; pero cuando se lo mencioné me dio la noticia de que ya se regresaba, porque había terminado sus estudios y quería que su novio conociera a su familia, pero me ayudó a orientar mis sueños, aterrizándolos en la realidad islandesa.

La playa soñada por tantos años, se llama Reynisdrangar, por lo que junto a mi amiga busqué hospedaje en algún lugar cercano. El pueblo más próximo es Vík í Mýrdal, pero para estirar al máximo mi presupuesto, encontramos un hospedaje no lejos de Vík, así que hice las reservaciones y me fui. Era realmente una aventura. No solo me encontraría con un sueño que ha ocupado mis noches por años, una fantasía tan idealizada, que tenía miedo de que al llegar, mis expectativas hubiesen superado ampliamente a la realidad, sino que me armé de valor para ir sola, en mi primer viaje fuera del país, en mi primera vez en un avión y sin la menor idea de lo que me encontraría al llegar allá, incluyendo el idioma islandés, que parecía formado por letras lanzadas al azar sobre una mesa.

El viaje fue larguísimo. Tardé dos días en llegar, trasbordos, nueve aeropuertos, incluso en Dinamarca tuve que quedarme una noche en un hotel cercano, porque el vuelo a Islandia salía hasta el día siguiente. Pero llegué. Mi amiga me recibió en el aeropuerto, llevando gruesos abrigos para que no muriera congelada al dar un paso fuera de la terminal. Ella regresaría justo al día siguiente, por lo que coordinamos mi viaje para que pudiera ubicarme en mi traslado hasta Vík y de ahí al lugar donde pasaría mis vacaciones más largas en toda mi vida. Me preparé para quedarme dos meses, pero mi amiga me apostó, entre risas, que no duraría más de una semana.

Alquilé una pequeña casa amueblada, en un lugar que se llama Casa de Huéspedes Hvammból, en las afueras de Vík. Llegué por la tarde, pero ya estaba muy oscuro. Afortunadamente la dueña del lugar, una hermosa viejecita, que junto a su esposo y un hijo adminsitraban el negocio, hablaba perfectamente inglés, lo cual a pesar de mi asombro es algo común a toda la población islandesa, que mayoritariamente habla con propiedad al menos tres idiomas: islandés, inglés y danés. Así pudimos comunicarnos con relativa facilidad, porque para mi vergüenza y la de las monjas de mi colegio que aseguraban haberme dado una educación bilingüe, mi inglés apenas daba para comunicarme, es más, si no fuera por las señas que empleando mi mejor imaginación hacía con manos y cara, no creo que me hubiese entendido.

El apartamento era verdaderamente pequeño, pero cálido y con una temperatura muy agradable. Aproveché para dormir lo que pudiera, porque realmente estaba cansada. Al día siguiente Sunna, que era el nombre de la maravillosa mujer que me recibió la tarde anterior, me invitó a desayunar con su familia. Conocí a su esposo Jóhann y a su hijo Hákon. Eran realmente agradables, su trato amable y su genuino interés por mi y mis planes, me hicieron sentirme en casa, justo lo que ofrecen a los turistas: ‘un verdadero ambiente familiar’.

Mis anfitriones me explicaron las reglas principales para no morir en los primeros días, casi como un curso rápido de prevención de emergencias. Me dieron detalladas explicaciones de cómo usar la ropa de invierno, cuáles piezas utilizar (por ejemplo los zapatos ‘burros’ que según yo eran lo más apropiado para aquellos lares, estaban vetados, tenía que usar zapatos con forros internos de piel, porque era muy fácil que se me congelaran los dedos de los pies y literalmente ¡se me quebraran y los perdiera!), a qué horas era preferible salir, para aprovechar el poco tiempo que el sol estaría acompañándome, y sobre todo cómo llegar a la playa idílica que tanto había añorado.

Ese mismo día, tras el desayuno y luego de ponerme la ropa adecuada, según las reglas locales, Hákon me llevó en su automóvil hasta mi playa, aprovechando que tenía que ir a Vík a hacer algunas diligencias. Antes de dejarme me dio mil explicaciones de cómo regresar a la Casa de Huéspedes caminando por la playa, se aseguró que tuviera su teléfono celular y el de sus papás, en el prepago que mi amiga me había comprado y creo que me encomendó a Odín y toda su prole para que me protegiera y no me convirtiera en una Ana, como la de la canción de Mecano Naturaleza Muerta, solo que en lugar de estatua de sal, sería una de hielo, que a juzgar por la descripción del clima que me hicieron en la mañana, no me derretiría jamás.

Estaba tan ansiosa por llegar a mi playa que los escasos cinco o diez minutos que Hákon tardó dándome instrucciones, me parecieron meses. Al final se despidió con un ‘cuídate’ que me sonó más a ‘no mueras hoy’. Seguramente les parecía una lapa roja, que había vivido toda su vida en el trópico americano y de pronto apareció en la tundra nórdica, sin saber nada de cómo cuidarse y corriendo todos los riesgos posibles y los que nadie se imaginó también.

Tras unos pocos pasos, encontré mi playa.

Era impresionante.

No puedo decir que mis expectativas se quedaron cortas, porque eso mismo sería quedarse corto. El lugar era realmente un paraíso. Cuando las leyendas nórdicas se referían al Vahalla, solo describieron este lugar, no tuvieron que imaginar nada.

La playa era una extensión de arena negra que se fundía con un mar azul profundo sin poder decir con certeza donde terminaba la arena y empezaba el agua. Era como si en la misma superficie convivieran la tierra y el mar con toda armonía, sin fronteras definidas, sin necesidad de leyes naturales que demarcaran sus terrenos, solo estaban ahí, viviendo felices y en paz.

El negro de la arena se antojaba como un gran manto de terciopelo que daba pena pisar, porque temía desgarrar su majestuosa belleza. Al otro lado de esta unión de fuerzas naturales en connivencia, se alzaban formaciones rocosas que realmente parecían haber sido esculpidas por los mismos dioses de Asgard. Nunca había visto una montaña así, con rocas de formas casi cuadradas o cilíndricas, acomodadas unas sobre otras, como un gran castillo de cubos de madera. Se me pareció muchísimo al risco que Moana y Maui tuvieron que escalar, para entrar a Lalotai y rescatar el gancho mágico de Maui, del caparazón de Tamatoa, solo que las piedras eran de un gris oscuro, casi negro, haciendo juego con la arena a sus pies.

Y en el mar vi lo que me había atrapado en las fotografías de mi amiga: unas formaciones que salían del agua, con forma de grandes colmillos, como si el mar estuviera enseñando sus dientes. Su presencia en aquel mar calmo y profundamente azul, era realmente inquietante, no parecían encajar en todo ese reino armonioso, pero quedaba claro que la magia de aquel lugar no podría completarse sin esos dientes asomando sobre el espejo de agua.

Estaba totalmente absorta asimilando tanta belleza y no me di cuenta de que se acercó por un costado, caminando lentamente, como cuidando el terciopelo de la playa para no romper el ambiente armonioso imperante. No lo vi hasta que me habló y no me sobresaltó su presencia, era como si fuera parte de todo aquello, como si fuera solo otro colmillo más que salió a pasear. Es impresionante cómo desde aquel momento supe, aun en mi más profundo inconsciente, que su naturaleza se conectaba a ese lugar de una forma que jamás entendería, pero que resultaba evidente.

- Este lugar es mágico, veo que ya lo sentiste. Las leyendas locales cuentan que en el mar de esta playa vivían dos troles muy traviesos y un poco malvados, cuyo placer era raptar a los visitantes solitarios y llevarlos a sus dominios subacuáticos, de donde nunca jamás saldrían. Un día raptaron a una hermosa joven que caminaba con su mente en el cielo y sus pies tanteando la posibilidad de levitar para no dejar huellas en el hermoso manto de arena dorada. Se llamaba Kona. Su esposo Eiginmaður era un poderoso mago que al enterarse de la fechoría, llegó hasta el borde de la playa y ordenó al mar replegarse, dejando descubierta la guarida de los troles. Les mandó liberar a todos los captivos, pero su esposa no estaba ahí. Los troles no pudieron explicar dónde estaba, por lo que el mago, enfurecido y lastimado por el dolor de la pérdida, pidió a Odin que su hijo Thor hiciera justicia. El dios del trueno bajó y convirtió a los troles en piedra, tal como lo pidió Eiginmaður, quien al ver las grandes agujas que quedaron sobre el mar, sintió una momentánea satisfacción, que muy pronto se apagó, al comprobar que eran tres las protuberancias sobre el mar. Uno de los rescatados le explicó que Kona estaba amarrada en la espalda de uno de los troles, por lo que al caer el potente rayo de Thor, quedó convertida en piedra, como sus captores. Presa de dolor y culpa, Eiginmaður se castigó a si mismo, convirtiéndose en piedra. Pero su dolor era tan grande, que el monolito en el que se convirtió no soportó más la pena y estalló, pulverizando la piedra y tiñendo la arena de Reynisdrangar para siempre de negro, como el luto que acompañaría a Eiginmaður por toda la eternidad. Por cierto, me llamo Álfur.

No supe qué decir, no sabía si era mi imaginación, estaba atónita y además esta presencia tan desconcertante en un lugar que embriagaba de belleza, me tenía aturdida.

Luego de un largo rato en que ambos nos quedamos en silencio, viendo las agujas que salían del mar, por fin mi cerebro regresó al mundo de los vivos y empecé a procesar todo lo que estaba pasando.

- ¿Hablas español?

- Hablo. Si me entiendes me doy por satisfecho.

- ¿Alfonso?

- Álfur, significa duende.

- Tu historia es muy triste.

- No es mía, yo solo la escuché, de alguien que la escuchó antes, de otro que también la escuchó y que probablemente viene de una línea de muchas generaciones de chismosos. Pero si, como todas estas leyendas de amores trágicos, es algo triste. Aunque la idea de que los restos de Eiginmaður nos permitan vivir la experiencia de esta playa negra, es algo que agradezco al mismo Thor.

Álfur me cayó muy bien. Caminamos un poco más, seguía impactada por la belleza del lugar y también por este desconocido al que sentía como un familiar al que conocía desde siempre. Me acompañó hasta mi apartamento y se despidió, perdiéndose en el horizonte.

Cada día, mientras hacía mis obligadas caminatas al paraíso, me encontraba a Álfur en alguna parte y compartíamos el resto del día, en la playa o en Vík, donde me enseñaba cada día un lugar nuevo donde comer y compartir con los habitantes del lugar, a los que conocía por su primer nombre y a los que saludaba con un fuerte apretón de manos.

Creo que después de un mes paseando con Álfur, me sentía muy enamorada. Pero él no parecía quererme de ese modo. Una tarde se me quedó viendo y me lo dijo.

- Te he tomado mucho cariño, pequeña lapa roja.

Le había contado cómo me sentí el primer día, tras los miles de consejos de seguridad de mis anfitriones y a él le pareció tan gracioso, que solo así me decía, ‘pequeña lapa roja’.

- Pero debes entender que mi presencia aquí terminará muy pronto. Cuando me llamen de regreso a mi tierra, tendré que irme y se por experiencia propia, que las despedidas de gente a la que amas son demasiado difíciles y si además le sumas sentimientos más complejos, la dificultad se transforma en dolor, y no quiero causarte ninguna pena.

- No te entiendo, ¿de dónde eres?, ¿a qué lugar tienes que regresar?

De inmediato cambió de tema de conversación, aprovechando que unos conocidos suyos pasaron junto a nosotros a saludarle.

Los días pasaron y yo seguía perdidamente enamorada. Sus advertencias habían quedado tan perdidas en el pasado, que ya no las recordaba y, aunque nunca pasamos de dar largos paseos por la playa y el pueblo, yo no podía evitar planear mi vida junto a este maravilloso ser humano.

Cuando faltaba menos de una semana para que terminaran mis dos meses de vacaciones y yo empezaba a considerar seriamente la posibilidad de quedarme a vivir aquí para siempre, Álfur vino a buscarme. Nos sentamos a la orilla de la piscina de aguas termales que estaba cerca de la Casa de Huéspedes, y mientras nos tomábamos un delicioso capuchino que nos obsequió Sunna, me dijo que esa tarde tenía que partir.

Yo no supe qué decir, me sentí triste, enojada, desconcertada, con mucho miedo, eran demasiadas emociones y no sabía cómo manejarlas, así que mientras empezaban a asomarse las lágrimas a mis mejillas, me levanté y me fui a mi cuarto, donde me encerré, me tumbé en la cama y lloré por siglos.

Por la tarde, sin saber si había dejado de llorar o solamente se me habían secado las fuentes de mis ojos, decidí ir a buscarlo, para que me llevara con él. No estaba dispuesta a perderlo, mi vida no podía explicarse sin Álfur en ella.

Fui al pueblo, busqué en varios sitios, en algunas casas de sus amigos y nadie supo darme razones de su ubicación. Entonces corrí a la playa, y ahí estaba, frente a los colmillos del mar, sobre el terciopelo negro, viendo al horizonte con una mirada perdida.

Sin darse vuelta me dijo que hubiera preferido que no estuviera ahí, pero que no me pediría que me fuera. Traté de comprender lo que pasaba, le hablé de mi firme intención de irme con él, de viajar hasta los confines del planeta a su lado, pero él me disuadía con convicción.

- Yo pertenezco al mar. No puedo quedarme más y no puedes venir conmigo. Somos de dos mundos diferentes. Me entristece mucho dejarte, porque te he tomado mucho cariño, pero ya no puedo permanecer más aquí. Cuando el sol se ponga en el horizonte, el mar me regresará a casa.

Quise preguntar mil cosas, argumentar otras mil. No podía aceptar que se fuera, no entendía sus palabras, pero a donde fuera que lo llevar el mar o la policía o quien fuera, yo iría con él. Un silencio cada vez más grande se instaló en esa playa, lo sentía, me oprimía y me dejaba sin aliento. El sol alcanzó el horizonte y Álfur dio unos pasos dentro del mar, solo unos pasos. No sabía que decir, no podía decir nada, era como si el evento que estaba sucediendo hubiese robado todas las palabras del mundo.

Una especie de torbellino, mezcla de agua y arena negra empezó a dar vueltas alrededor de las piernas de Álfur, empezó a subir cubriendo sus caderas, el torso y antes de que llegara a su cabeza, lo escuché decir que jamás me olvidaría, entonces el torbellino lo terminó de cubrir, justo en el momento en que el sol era devorado por un lejano y desconocido mar hambriento. Entonces todo se detuvo y cayó de nuevo al mar, pero Álfur ya no estaba.

Yo estaba paralizada en la playa, no podía mover ni un músculo y así continué por varios minutos. Entonces recuperé el control de mi cuerpo y caí sobre la arena, descompuesta de dolor y llanto. Vi una luz muy tenue acercarse a mi, eran Sanna y Jóhann, quienes me levantaron y me llevaron a su automóvil. No recuerdo nada más hasta que abrí los ojos en la cama de mi apartamento. Junto a mi estaban mis anfitriones. Sanna, con una voz muy baja, como si no quisiera perturbarme, me explicó que llevaba dos días inconsciente.

No tuvo que explicar nada más. De pronto entendí, sin saber cómo, lo que había pasado y las razones para que Álfur no pudiera quedarse. Entendí quien era en realidad, un duende del mar, que pertenece al océano, que se escapa de cuando en cuando para confirmar que la humanidad tiene esperanza y regresa a su mundo, a su universo inalcanzable para nosotros los mortales. Saber todo esto no me aliviaba ni un poco el dolor en mi corazón. Era como si hubiese muerto algún familiar muy querido.

Cuando por fin me incorporé en la cama, vi algo en mi brazo izquierdo, era una pulsera de cuero, con una figura roja de una lapa volando. Detrás solo decía ‘búscame en el mar’.

El día que tenía que dejar Hvammból, fui a darme un último paseo por Reynisdrangar y cuando me acerqué al mar, mi lapa brilló, no era una luz potente, solo un destello escarlata que salía del ave. Y entonces lo oí. Nunca te olvidaré. Búscame en el mar, siempre estaré aquí.

Y así fue.

Nada me pudo haber preparado para lo que viví en esos dos meses, pero siento como si hubiese ido al cielo, me enamoré de un ángel y ahora estoy de nuevo en la tierra, pero con una parte de mi corazón para siempre conectada con mi enamorado celestial. No puedo explicarlo y no me interesa. Vivo mi sueño, vivo mi vida, vivo ligada para siempre con aquel que una tarde solo se perdió en el mar.

Obsequio a Wendy por su cumpleaños 39.
© Esta historia es propiedad de W.M.A.B.
    Escrita el 21 de octubre del 2020.

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