El camino del amor

Foto por Francesco Perego

Está lloviendo.

Toda esta semana ha estado así el clima. Llueve desde la madrugada y no se detiene hasta ya entrada la tarde. El sol se asoma tímidamente justo antes de acostarse en el horizonte y la noche arremete con vientos fríos, como si fuera diciembre. Pero estamos en marzo.

Me cuesta levantarme con el clima así. El sonido de la lluvia cayendo y repiqueteando en el techo, aunado a la baja temperatura, casi me adhieren a la cama, pero el día empieza y no puede una defraudarlo.

Tengo cinco años de vivir en medio de este hermoso bosque y esta es la primera vez que me toca un marzo lluvioso. Mis amigos me cuentan que antes, hace un siglo o más, era usual que lloviera en marzo, porque este valle era mucho más húmedo y de verdes más profundos, pero con el calentamiento fue reduciéndose el tiempo de lluvias.

Seguramente tiene que ver con La Partida. Ahora, con tan pocas personas que quedamos en el planeta, supongo que es lógico que la naturaleza se vaya recuperando y reclame para sí, los espacios que por tantos miles de años le arrebatamos.

Y a mi me encanta la lluvia. Pero en estos tiempos no puedo darme el lujo de perder tiempo de luz. Aun y cuando vivo sola, es mucho el trabajo para obtener lo que necesito para mantenerme viva. Afortunadamente este bosque es realmente desprendido y nunca me hace falta nada.

Por las mañanas salgo al huerto a revisar las plantas y a recoger lo que ocupo para la comida del día. También tengo que revisar los bancos de semillas y retoños, para tener siempre plantas de sustitución para el huerto. Por último me ocupo de las aves que mantengo en el corral, que en estos días es una gallina y dos patas, que ponen huevos casi todos los días, por lo que me dan toda la proteína que necesito para mantenerme sana.

A media mañana salgo a caminar por el bosque, a conversar con mis amigos, pero sobre todo a escucharlos. Siempre tienen unas historias maravillosas. Me entretienen, me pintan universos diferentes, épocas idas, realidades que nunca conocí, pero que tras sus experiencias se convierten en imágenes vivas en mi memoria. Aprovecho el paseo para recoger ramas, que mis amigos siempre dejan caer para mí. Esto es imprescindible, porque este bosque es frío, más en las noches, por lo que el fuego no puede apagarse nunca. No puedo arriesgarme a que se apague y cuando vaya a encenderlo las ramas se hayan humedecido y no enciendan. El día que eso me pasó, tuve que quemar algunas prendas de ropa, porque ya no soportaba el frío. Mis amigos se preocuparon tanto que, incluso con el pavor que les da el fuego, se acercaron a comprobar que estuviera bien. Los quiero mucho.

Las tardes las dedico a cocinar, a leer, o mejor dicho a releer, porque los pocos libros de los que dispongo, los he leído varias veces. También escribo. Al principio escribía en mi portátil, porque afortunadamente encontré un cargador con celdas solares que me sostenía la batería de la computadora, pero desde que se dañó, ya no pude usarla más. Lo peor es que ya no puedo acceder a todo lo que escribí.

Tampoco tengo mucho papel, así que uso cortezas de algunos amigos que son apropiados para usar carbón sobre ellos. Me las agencié para afilar los carbones y son casi como un lápiz. Las cortezas las almaceno en una cueva cercana, que alguna vez debe haber usado algún animal para hibernar, no tiene filtraciones, por lo que es lo suficientemente seca para mantenerlas en buen estado. Algunas veces me gusta leer los cuentos que escribo, así que me traigo las cortezas para leer en la noche, junto al fuego.

También me gusta crear cosas, con materiales que encuentro en mis paseos. Hago desde objetos que me faciliten la vida, hasta juguetes o adornos… y hasta obras de arte. Estoy segura de que en varios kilómetros cuadrados a la redonda, no hay más arte que el creado por mi, lo cual me hace una artista relevante… Soy como la Vanessa Bell de este bosque.

Bueno y también tengo mucho público que aprecia mis obras. Cuando las termino, me las llevo a las caminatas y se las enseño a todos mis amigos. Claro, después de que los más cercanos a mi hogar las ven, todos los demás ya las conocen, pero no desaprovechan la oportunidad de darme su opinión. Y no son espectadores fáciles o complacientes, algunos de ellos, sobre todo los siempreverdes, tienen una honestidad apabullante, pero les agradezco a todos su honestidad.

Por las noches me pongo un poco nostálgica. Recuerdo a mis papás, que murieron cuando yo estaba en el colegio. Sus imágenes en mi memoria son muy surreales, se confunden, se difuminan, se me escapan, pero no quiero dejarlos ir, los traigo de regreso y juego con ellos, al punto que a veces me da la impresión de que ya no se parecen en nada a mis recuerdos originales y son solo creaciones de mi imaginación, pero no me importa, yo los siento presentes, aunque no se vean iguales, calientan mi corazón y eso es suficiente para mí.

Mis pensamientos también me llevan a mis hijos, Anika y Viktor. Ella tiene ahora 9 años y él 12. Cuando abordaron el navío el día de La Partida, mi tía Catalina tuvo que arrancarlos de mis brazos. Yo sabía que era la decisión correcta y que ellos lograrían sobrevivir a la catástrofe planetaria que estaba acabando con la humanidad.

Tras La Partida, fui la única que quedó atrás en este país. Las muertes de nuestros conciudadanos fueron incontables. En menos de un semestre la población había quedado reducida a una tercera parte, y las muertes no se detuvieron. Cuando por fin terminaron de habilitar los navíos de salvamento, ninguno era para esta tierra, no éramos importantes, éramos muy pocos y no podíamos pagar un rescate. Pero algún benefactor anónimo desvió su navío hasta nuestro país. De quienes se supo que seguían vivos, solo un poco más de 2500 personas lograron llegar al Campo Marte para abordar al Nabucodonosor II, que era el nombre del arca salvadora. Las instrucciones eran claras, solo 750 personas. Cada familia hizo lo que consideró mejor, priorizando a niños y jóvenes con algún cuidador. Mi familia éramos solo mi tía, mis niños y yo. No había que discutir, sabía perfectamente que mi tía no lo lograría, así que me quedé yo.

Cuando la nave partió, muchos solo se sentaron a esperar la muerte. Otros regresaron a sus pueblos, pero el asesino estaba en los caminos, en las ciudades y en los pequeños pueblos.

Yo fui guiada por mis amigos hasta el centro mismo de este bosque, donde me instalé. No tengo una casa, no la necesito tampoco. Solo tengo una estructura que me protege, un fogón de piedra bien protegido y un galpón donde apilo las ramas que recojo en mis paseos. Junto al fogón está el encierro donde viven las aves que me ayudan a vivir, y a unos pocos metros está el huerto, bien protegido por algunos de mis amigos que muy amablemente han extendido sus frondosas ramas para formar una especie de invernadero.

Motivé a algunos de los abandonados a que me acompañaran, pero ni ellos, ni yo, estábamos en condiciones de insistir. Yo sentía que me habían arrancado el corazón del pecho y estaba segura de que los demás sentirían algo similar. Muchos de ellos ni siquiera se quedaron voluntariamente, a varios los bajaron a rastras de la nave, otros fueron seriamente lastimados para que se quedaran o entre ellos mismos, luchando para ganar un lugar. Los malheridos fueron atacados inmediatamente por el asesino, lo cual reavivó el miedo de todos los que estaban de pie, impulsándolos a huir sin control. Yo también tenía mucho miedo del asesino, pero mis amigos me tranquilizaban y yo confiaba en ellos.

Desde muy niña, antes incluso de empezar a hablar, conversaba con los árboles. Les llamo conversaciones porque no encuentro una mejor palabra para describir los diálogos que sostenemos, pero no median palabras, no podría transcribir una conversación, solo podría describir una aproximación. La sensación tranquilizante de sus voces me acompañó toda mi vida, su sabiduría me acuerpó cuando crecía y sobre todo al enfrentar la ignorancia de quienes me calificaban de loca por ‘hablar con los árboles’. Mis papás vieron mi comportamiento con preocupación, pero no tuvieron tiempo de materializar su miedo, porque partieron pronto. En cambio tía Cata era una mujer maravillosa, que cuando supo mi ‘condición’, solo me sonrió y me dijo: “M’hija, si yo hablo con San Gabriel, no veo por qué vos no podés hablarle al palo de cases que está en el patio”, y no volvió a tocar el tema.

Tras La Partida, solo fui capaz de sobrevivir gracias a mis amigos y por medio de ellos también he encontrado paz y mucho amor.

Ellos son seres maravillosos. Como todos, pero su evolución ha sido limpia y luminosa. Son los entes más evolucionados del Reino de la Flora y su evolución los ha hecho sabios y poderosos. Son todos parte de una misma sociedad, de un mismo cuerpo vital, porque entendieron que el polvo de estrellas con el que fuimos hechos, es igual para cualquier ser viviente, en cualquier lugar del Universo, de éste y de todos. Por eso, lo lógico era crear vínculos en torno a lo que nos une, a nuestro mismo fundamente. No fue fácil y no lograron incorporar en su fuente a otras especies o a otros reinos. Evidentemente no lo lograron con los humanos, que a pesar de ser el ente más evolucionado del Reino de la Fauna, nos dejamos vencer por la envidia, el odio y la mezquindad.

Una vez que me asenté en medio de este bosque, ellos me explicaron que no solo son una unidad con todos los árboles del planeta, sino que también crearon el mismo vínculo con los árboles de todo el Universo y además de cualquier otro Universo. Son seres manifestados en cualquier espacio y en cualquier tiempo. Su existencia es eterna. Cuando un árbol muere, su esencia se conserva en la fuente y se adhiere a un nuevo árbol en el lugar donde él quiera injertarse.

Fue así como a pocos meses tras La Partida, me contaron que la nave llegó a un nuevo planeta y que se estaban instalando exitosamente. También me contaban cómo estaban mis niños y también me informaron que mi querida tía Cata falleció en el viaje. Cuando conmemoré un año desde que mi corazón se fue en una nave hacia el espacio lejano, mis amigos me hicieron el mejor regalo, me permitieron ver a mis niños.

En un camino donde los árboles se cierran en el cielo, formando una especie de bóveda, que solo te deja ver una luz brillante en la lejanía, señalando el camino, se llenó de una bruma espesa y ahí, como si fuera una pantalla de un autocinema, pude ver a mis niños, los ví riendo, jugando con otros niños, asistiendo a clases, escribiéndome cartas… fue tan real que quise correr a alcanzarlos, a abrazarlos, a llenarlos de besos, pero mis amigos me contuvieron y me explicaron que solo era una proyección, que no cediera a los deseos de mi cerebro de engañarme con una realidad equivocada.

Pero ya los veía. Regularmente, durante mis paseos matutinos, mis amigos me permitían ver a mis niños. Con los días, mi corazón regresó a mi pecho. El camino de amor que mis amigos me regalaron, trajo de vuelta, célula por célula, a mi músculo cardiaco para no tener más el pecho vacío.

La vida tras La Partida no es sencilla, pero es plena, llena de amor, de gente a la que amar y que me ama. No puedo quejarme. El amor con nosotros.

 

Obsequio a Adri por su cumpleaños.
© Esta historia es propiedad de A.C.V.
    Escrita el 5 de marzo del 2021.

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