El camino del amor
Está
lloviendo.
Toda esta
semana ha estado así el clima. Llueve desde la madrugada y no se detiene hasta
ya entrada la tarde. El sol se asoma tímidamente justo antes de acostarse en el
horizonte y la noche arremete con vientos fríos, como si fuera diciembre. Pero
estamos en marzo.
Me cuesta
levantarme con el clima así. El sonido de la lluvia cayendo y repiqueteando en
el techo, aunado a la baja temperatura, casi me adhieren a la cama, pero el día
empieza y no puede una defraudarlo.
Tengo
cinco años de vivir en medio de este hermoso bosque y esta es la primera vez
que me toca un marzo lluvioso. Mis amigos me cuentan que antes, hace un siglo o
más, era usual que lloviera en marzo, porque este valle era mucho más húmedo y
de verdes más profundos, pero con el calentamiento fue reduciéndose el tiempo
de lluvias.
Seguramente
tiene que ver con La Partida. Ahora, con tan pocas personas que quedamos en el
planeta, supongo que es lógico que la naturaleza se vaya recuperando y reclame
para sí, los espacios que por tantos miles de años le arrebatamos.
Y a mi me
encanta la lluvia. Pero en estos tiempos no puedo darme el lujo de perder
tiempo de luz. Aun y cuando vivo sola, es mucho el trabajo para obtener lo que
necesito para mantenerme viva. Afortunadamente este bosque es realmente desprendido
y nunca me hace falta nada.
Por las
mañanas salgo al huerto a revisar las plantas y a recoger lo que ocupo para la
comida del día. También tengo que revisar los bancos de semillas y retoños,
para tener siempre plantas de sustitución para el huerto. Por último me ocupo
de las aves que mantengo en el corral, que en estos días es una gallina y dos
patas, que ponen huevos casi todos los días, por lo que me dan toda la proteína
que necesito para mantenerme sana.
A media
mañana salgo a caminar por el bosque, a conversar con mis amigos, pero sobre
todo a escucharlos. Siempre tienen unas historias maravillosas. Me entretienen,
me pintan universos diferentes, épocas idas, realidades que nunca conocí, pero
que tras sus experiencias se convierten en imágenes vivas en mi memoria.
Aprovecho el paseo para recoger ramas, que mis amigos siempre dejan caer para mí.
Esto es imprescindible, porque este bosque es frío, más en las noches, por lo
que el fuego no puede apagarse nunca. No puedo arriesgarme a que se apague y
cuando vaya a encenderlo las ramas se hayan humedecido y no enciendan. El día
que eso me pasó, tuve que quemar algunas prendas de ropa, porque ya no
soportaba el frío. Mis amigos se preocuparon tanto que, incluso con el pavor
que les da el fuego, se acercaron a comprobar que estuviera bien. Los quiero
mucho.
Las
tardes las dedico a cocinar, a leer, o mejor dicho a releer, porque los pocos
libros de los que dispongo, los he leído varias veces. También escribo. Al principio
escribía en mi portátil, porque afortunadamente encontré un cargador con celdas
solares que me sostenía la batería de la computadora, pero desde que se dañó,
ya no pude usarla más. Lo peor es que ya no puedo acceder a todo lo que
escribí.
Tampoco
tengo mucho papel, así que uso cortezas de algunos amigos que son apropiados
para usar carbón sobre ellos. Me las agencié para afilar los carbones y son
casi como un lápiz. Las cortezas las almaceno en una cueva cercana, que alguna
vez debe haber usado algún animal para hibernar, no tiene filtraciones, por lo
que es lo suficientemente seca para mantenerlas en buen estado. Algunas veces
me gusta leer los cuentos que escribo, así que me traigo las cortezas para leer
en la noche, junto al fuego.
También
me gusta crear cosas, con materiales que encuentro en mis paseos. Hago desde
objetos que me faciliten la vida, hasta juguetes o adornos… y hasta obras de
arte. Estoy segura de que en varios kilómetros cuadrados a la redonda, no hay más
arte que el creado por mi, lo cual me hace una artista relevante… Soy como la
Vanessa Bell de este bosque.
Bueno y
también tengo mucho público que aprecia mis obras. Cuando las termino, me las
llevo a las caminatas y se las enseño a todos mis amigos. Claro, después de que
los más cercanos a mi hogar las ven, todos los demás ya las conocen, pero no
desaprovechan la oportunidad de darme su opinión. Y no son espectadores fáciles
o complacientes, algunos de ellos, sobre todo los siempreverdes, tienen una
honestidad apabullante, pero les agradezco a todos su honestidad.
Por las
noches me pongo un poco nostálgica. Recuerdo a mis papás, que murieron cuando
yo estaba en el colegio. Sus imágenes en mi memoria son muy surreales, se
confunden, se difuminan, se me escapan, pero no quiero dejarlos ir, los traigo
de regreso y juego con ellos, al punto que a veces me da la impresión de que ya
no se parecen en nada a mis recuerdos originales y son solo creaciones de mi
imaginación, pero no me importa, yo los siento presentes, aunque no se vean
iguales, calientan mi corazón y eso es suficiente para mí.
Mis
pensamientos también me llevan a mis hijos, Anika y Viktor. Ella tiene ahora 9
años y él 12. Cuando abordaron el navío el día de La Partida, mi tía Catalina
tuvo que arrancarlos de mis brazos. Yo sabía que era la decisión correcta y que
ellos lograrían sobrevivir a la catástrofe planetaria que estaba acabando con
la humanidad.
Tras La
Partida, fui la única que quedó atrás en este país. Las muertes de nuestros
conciudadanos fueron incontables. En menos de un semestre la población había
quedado reducida a una tercera parte, y las muertes no se detuvieron. Cuando
por fin terminaron de habilitar los navíos de salvamento, ninguno era para esta
tierra, no éramos importantes, éramos muy pocos y no podíamos pagar un rescate.
Pero algún benefactor anónimo desvió su navío hasta nuestro país. De quienes se
supo que seguían vivos, solo un poco más de 2500 personas lograron llegar al Campo
Marte para abordar al Nabucodonosor II, que era el nombre del arca salvadora.
Las instrucciones eran claras, solo 750 personas. Cada familia hizo lo que
consideró mejor, priorizando a niños y jóvenes con algún cuidador. Mi familia
éramos solo mi tía, mis niños y yo. No había que discutir, sabía perfectamente
que mi tía no lo lograría, así que me quedé yo.
Cuando la
nave partió, muchos solo se sentaron a esperar la muerte. Otros regresaron a
sus pueblos, pero el asesino estaba en los caminos, en las ciudades y en los
pequeños pueblos.
Yo fui
guiada por mis amigos hasta el centro mismo de este bosque, donde me instalé.
No tengo una casa, no la necesito tampoco. Solo tengo una estructura que me
protege, un fogón de piedra bien protegido y un galpón donde apilo las ramas
que recojo en mis paseos. Junto al fogón está el encierro donde viven las aves
que me ayudan a vivir, y a unos pocos metros está el huerto, bien protegido por
algunos de mis amigos que muy amablemente han extendido sus frondosas ramas
para formar una especie de invernadero.
Motivé a
algunos de los abandonados a que me acompañaran, pero ni ellos, ni yo,
estábamos en condiciones de insistir. Yo sentía que me habían arrancado el
corazón del pecho y estaba segura de que los demás sentirían algo similar.
Muchos de ellos ni siquiera se quedaron voluntariamente, a varios los bajaron a
rastras de la nave, otros fueron seriamente lastimados para que se quedaran o
entre ellos mismos, luchando para ganar un lugar. Los malheridos fueron
atacados inmediatamente por el asesino, lo cual reavivó el miedo de todos los
que estaban de pie, impulsándolos a huir sin control. Yo también tenía mucho
miedo del asesino, pero mis amigos me tranquilizaban y yo confiaba en ellos.
Desde muy
niña, antes incluso de empezar a hablar, conversaba con los árboles. Les llamo
conversaciones porque no encuentro una mejor palabra para describir los
diálogos que sostenemos, pero no median palabras, no podría transcribir una
conversación, solo podría describir una aproximación. La sensación
tranquilizante de sus voces me acompañó toda mi vida, su sabiduría me acuerpó
cuando crecía y sobre todo al enfrentar la ignorancia de quienes me calificaban
de loca por ‘hablar con los árboles’. Mis papás vieron mi comportamiento con
preocupación, pero no tuvieron tiempo de materializar su miedo, porque
partieron pronto. En cambio tía Cata era una mujer maravillosa, que cuando supo
mi ‘condición’, solo me sonrió y me dijo: “M’hija, si yo hablo con San Gabriel,
no veo por qué vos no podés hablarle al palo de cases que está en el patio”, y
no volvió a tocar el tema.
Tras La Partida,
solo fui capaz de sobrevivir gracias a mis amigos y por medio de ellos también
he encontrado paz y mucho amor.
Ellos son
seres maravillosos. Como todos, pero su evolución ha sido limpia y luminosa.
Son los entes más evolucionados del Reino de la Flora y su evolución los ha
hecho sabios y poderosos. Son todos parte de una misma sociedad, de un mismo
cuerpo vital, porque entendieron que el polvo de estrellas con el que fuimos
hechos, es igual para cualquier ser viviente, en cualquier lugar del Universo,
de éste y de todos. Por eso, lo lógico era crear vínculos en torno a lo que nos
une, a nuestro mismo fundamente. No fue fácil y no lograron incorporar en su
fuente a otras especies o a otros reinos. Evidentemente no lo lograron con los
humanos, que a pesar de ser el ente más evolucionado del Reino de la Fauna, nos
dejamos vencer por la envidia, el odio y la mezquindad.
Una vez
que me asenté en medio de este bosque, ellos me explicaron que no solo son una
unidad con todos los árboles del planeta, sino que también crearon el mismo
vínculo con los árboles de todo el Universo y además de cualquier otro
Universo. Son seres manifestados en cualquier espacio y en cualquier tiempo. Su
existencia es eterna. Cuando un árbol muere, su esencia se conserva en la fuente
y se adhiere a un nuevo árbol en el lugar donde él quiera injertarse.
Fue así
como a pocos meses tras La Partida, me contaron que la nave llegó a un nuevo
planeta y que se estaban instalando exitosamente. También me contaban cómo
estaban mis niños y también me informaron que mi querida tía Cata falleció en
el viaje. Cuando conmemoré un año desde que mi corazón se fue en una nave hacia
el espacio lejano, mis amigos me hicieron el mejor regalo, me permitieron ver a
mis niños.
En un
camino donde los árboles se cierran en el cielo, formando una especie de
bóveda, que solo te deja ver una luz brillante en la lejanía, señalando el
camino, se llenó de una bruma espesa y ahí, como si fuera una pantalla de un
autocinema, pude ver a mis niños, los ví riendo, jugando con otros niños,
asistiendo a clases, escribiéndome cartas… fue tan real que quise correr a
alcanzarlos, a abrazarlos, a llenarlos de besos, pero mis amigos me contuvieron
y me explicaron que solo era una proyección, que no cediera a los deseos de mi
cerebro de engañarme con una realidad equivocada.
Pero ya
los veía. Regularmente, durante mis paseos matutinos, mis amigos me permitían
ver a mis niños. Con los días, mi corazón regresó a mi pecho. El camino de amor
que mis amigos me regalaron, trajo de vuelta, célula por célula, a mi músculo
cardiaco para no tener más el pecho vacío.
La vida tras
La Partida no es sencilla, pero es plena, llena de amor, de gente a la que amar
y que me ama. No puedo quejarme. El amor con nosotros.
Obsequio
a Adri por su cumpleaños.
© Esta
historia es propiedad de A.C.V.
Escrita el 5 de marzo del 2021.

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