La Doctora Johnson
Este fin
de semana tuvimos una fiesta musical en el campus de mi universidad (University
of Georgia), o al menos eso era lo que mis amigos y yo, y temo que casi todos
los estudiantes que asistimos, creímos que nos habían organizado.
Se trató
del reconocimiento con un doctorado honoris causa a una mujer afroamericana de
avanzada edad. Se contaba en los pasillos que varios artistas al saber que se
realizaría esta ceremonia, se ofrecieron a presentarse gratuitamente como parte
del evento. Bruce Springsteen, Dolly Parton, Beyonce y alguien dijo que hasta
Bono vendría a cantar.
Claro que
en un campus tan poblado como el nuestro, jamás nos negaríamos a participar en
una fiesta gratis, en una oportunidad de olvidar las presiones de los estudios
y en un pretexto para tomar cerveza. Así que el interés estudiantil por la
ceremonia empezó a crecer muy rápido, como levadura bien activada (no me
juzguen, estudio Química), incluso cuando la rectoría no confirmó ninguna
participación musical en el evento, pero para evitar tumultos peligrosos,
trasladó la ceremonia del Old College hasta el Stegeman Colliseum, la casa de
nuestro equipo de básquet los Buldogs.
Por lo
que supe, las diez mil entradas que se ofrecieron gratuitamente entre la
población estudiantil se acabaron el mismo día en que se abrió la tiquetera electrónica.
Yo me aseguré de tener mi entrada, porque mi mamá, que siempre pasó enamorada
de Bruce, y que llenó mi memoria con sus canciones, jamás me perdonaría que no
fuera a escucharle.
Ayer fui
con mis amigos bien temprano, para pasar por el área de comidas antes de que se
llenara y esperar con tranquilidad el inicio del concierto.
La cancha
se había transformado en un elegante escenario en tonos azules y negros, sillas
finas y un atril. No parecía que hubieran instalado ningún escenario y por un
momento me asusté, ya que en realidad nunca nos confirmaron que el concierto
fuera real, ni tampoco vimos nada oficial en redes, solo chismes, pero al rato,
Phil, mi compañero de cuarto que estudia periodismo y se mete en todo lado para
saberlo todo siempre, pasó por el Training Center antes venir al Coliseo y nos
contó que tienen el escenario listo para montarlo después de toda la aburrida
ceremonia. Solo tendríamos que ser paciente.
Con la puntualidad
que caracteriza los actos oficiales de la Universidad, las autoridades e
invitados especiales, ocuparon sus asientos en el área de la cancha. Vi a una
hermosa anciana, vestida con gran elegancia, caminando con gran dificultad, con
la ayuda de un bastón, pero que en varias ocasiones la vi molesta, rechazar que
le ayudaran. Me gustó. Phil me aclaró que ella era la homenajeada, se llamaba
Jolene Johnson. Se sentó en la parte principal, detrás del atril.
En algún
momento vimos un gran movimiento de personal de seguridad, inconfundible, con
sus trajes y anteojos negros, movimientos ensayados y caras petrificadas.
Algunos llevaban perros que pasaron por los pasillos principales de las
graderías. James, uno de mis amigos, estaba nerviosísimo, porque si venían a
detectar drogas, de fijo encontrarían los pitillos de marihuana que siempre
llevaba con él. Pero no, al parecer no eran drogas lo que buscaban.
Cuando
llegó la hora de inicio, apareció en una de las puertas Kamala Harris. Fue una
gran sorpresa y el coliseo entero se levantó a aplaudirle, silbarle y vitorearle.
Ella vino al campus varias veces el año anterior, la conocíamos y hablaba un
idioma que podíamos comprender sin mucho esfuerzo. Era una verdadera
celebridad. También vimos en las sillas frente al atrio a varios músicos, lo
cual empezó a calentar nuestras ganas de gritar y corear su música. Todo
sucedió muy pronto y el Rector Blackwood ya estaba en el atril abriendo la
ceremonia, por lo que no hubo tiempo de gritar y hacer desorden. Las luces del
coliseo se apagaron y solo habían algunas sobre el área principal y una luz
cenital que alumbraba el atrio.
Algunas
personas siguieron al rector, hablando sobre la invitada y por qué merecía el
doctorado que se le otorgaría, pero creo que no estábamos poniendo mucha
atención, ansiábamos que terminara esta aburrida ceremonia, para empezar la
fiesta.
Entonces
sucedió.
El rector
llamó a la invitada y le colocó con mucho cuidado la toga, la muceta de
doctorado, y el birrete con su borla a la derecha. El espectáculo era
cautivante. La entereza y fortaleza de esa pequeña y anciana mujer, siendo
revestida con los ropajes ceremoniales nos quitó el aliento a todos.
Pero
cuando se acercó al atril y empezó a hablar, quedamos mudos. Nos contó su
historia, una historia sencilla, dolorosa, como otras que conocemos en textos y
películas, pero ver a esta mujer hacernos vivir con ella lo que le tocó pasar, ablandó
nuestros corazones y marcó nuestras almas.
Este fue
su discurso:
“Hola
jóvenes,
Está
aquí frente a ustedes alguien con casi un siglo de edad. Los años no me han
hecho más sabia, pero si me han enseñado que tanta gente joven no vendría
voluntariamente a ver a una anciana como yo, ni siquiera si lo mereciera.
Sus
maestros y directores me han asegurado que no les han pagado dinero por venir y
que tampoco les han ofrecido ventajas académicas. Eso me confundió mucho, pero
cuando vi a sus estrellas de la música sentarse rápidamente en los asientos de
enfrente, antes de que empezara la actividad, tranquilicé mi mente, porque
entendí la razón de que estuvieran aquí.
Teniendo
claro que sus mejores esperanzas son que yo hable poco y me vaya pronto, o que
me muera, lo que suceda más rápido, para poder empezar con su fiesta musical,
los complaceré.
Yo
también fui joven y también tuve mis héroes. Cuando cumplí quince años, mi mamá
me llevó a la Iglesia Bautista Ebenezer, en Atlanta, porque unos años antes,
cuando vivíamos en Tennessee, un cantante de gospel pasó por el pueblo y quedé
prendido de su voz. Era Martin Luther King Sr., quien hizo un viaje espiritual
con su familia por los estados del sur del país y pasó por mi pequeño pueblo,
Johnson City. En esa ocasión conocí a su hijo, un niño hermoso de tan solo un
año, que se llamaba como su padre: Martin Luther.
Johnson
City fue el hogar de mi familia desde mis tatarabuelos. Como se imaginarán, ellos
no atendieron una invitación para mudarse a la ciudad, fueron arrancados de sus
hogares en diferentes territorios africanos y traídos hasta América como
esclavos. Cuando nací en 1923, habían pasado más de cincuenta años de la
cruenta guerra que desgarró al país, para que al final todos reconocieran que
no existen seres humanos de segunda clase y que la esclavitud es una aberración
contra la humanidad.
Entonces
nos dejaron de llamar esclavos, pero seguimos siendo tratados como tales.
Mi
mamá nació en un patio de la casa grande del amo Bernard Johnson y aunque nació
libre, siguió llamando a amos a los dueños de la hacienda y los seguía sirviendo
con la humillación propia de un esclavo. Pero ella sabía que eso no estaba bien
y siempre me rogaba con lágrimas en los ojos, que nunca creyera que yo era una
esclava, que siempre tuviera mi frente en alto y defendiera mis derechos. He
tratado de hacerlo toda mi vida, aunque sigo llevando el apellido Johnson,
herencia del pasado esclavista del que provengo.
No
vivimos mucho en ese lugar, porque en un evento muy doloroso, las dos hijas y
el bebé de Bernard murieron de sarampión. Unos días después su esposa Helena se
quitó la vida en la bañera, cortando sus venas y sumergiéndose en un baño de
sangre que llevo grabado en mi memoria hasta hoy. Tras tanto infortunio,
Bernard culpó a los malditos negros de las desgracias de su familia, lo cual no
tenía ningún sentido, porque ninguno de los hijos de los sirvientes de su casa,
habíamos muerto. Eso no le importó nada. Mandó a su pandilla de matones, o
capataces como él los llamaba, a quemar todo: los sembradíos, los establos,
nuestras casas, la iglesia bautista negra donde escuché la maravillosa voz del
Reverendo King Sr., y por último, en un acto supremo de locura, quemó su propia
casa.
Todos
tomamos rumbos diferentes, solo con lo que llevábamos puesto. Bernard creía que
todo lo que teníamos en su propiedad le pertenecía, por lo que ordenó quemarlo,
sin dejarnos sacar nada. Mi mamá escuchó de algunas de sus amigas, que la
situación en Georgia era mucho más propicia para la gente de color, así que
terminamos en un pueblito casi olvidado por el mundo, llamado Ambrose, a casi
doscientas millas de este lugar. No puedo culpar a mi madre, ese era el nombre
de mi papá y su corazón debe haberla guiado.
Por
supuesto que aquello de un lugar más propicio para nosotros, era solo un poco
de esperanza envuelta en locura. Ambrose y en general todo el sur del país,
vivía en una burbuja de realidad en la que las personas que teníamos color en
la piel, éramos basura. No puedo decirlo más apropiadamente. Lo aprendí a la
mala, una vez que caminando con mi mamá por la calle principal, una señora
blanca, venía hacia nosotros con una carriola, con un blanquísimo bebé que
jugaba con un oso de trapo, que justo al pasar a nuestro lado, se le cayó al
suelo y cuando lo recogí y traté de devolverlo al bebé, sentí un manotazo tan
fuerte en mi mejilla, que me lanzó al piso, desde donde le escuché llamarme
basura y amenazarme de nunca jamás tratar de tocar a su hijo. El oso sigue en
una repisa de mi casa, para recordarme lo bajo que puede caer la humanidad.
Con todo
y la discriminación deplorable a la que nos sometía lo que yo llamaba “la gente
normal”, la vida en Ambrose era mucho más tranquila que en la hacienda de
Johnson City. Había mucho trabajo en el campo y nos contrataban sin importar nuestro
color de piel. No nos pagaban mucho, pero era suficiente para vivir sin hambre.
Con los días se formó una comunidad entre nuestra gente y éramos muy
autosuficiente. En todo caso no teníamos acceso a los doctores, farmacias,
bibliotecas, escuelas o cualquier otro servicio comunitario de la ciudad. El
almacén de abarrotes ideó una forma de vender, porque nuestro dinero no tenía
color, así que era igual de bueno que cualquier otro, sin molestar a sus
clientes de la ciudad: llevaban un almacén móvil a nuestro barrio, montado en
un carretón jalado por caballos.
Las
otras necesidades las resolvíamos entre nosotros. Mi mamá era una mujer de
medicina, una doctora. Su conocimiento proveniente de su madre, su abuela, su
bisabuela, su tatarabuela y una línea que nos conectaba con las primeras
mujeres de medicina en la historia de la humanidad, se transmitía de boca a
oído. Era mi legado, pero tras unas semanas de instrucción, ella entendió que
lo mío no era la sanación, entonces tomó dos aprendices entre las muchachas del
barrio a las que enseñó todo lo que supo.
Cuando
regresamos de Atlanta, y tras conversar con Martin Luther Jr., quien en ese
momento tenía solo nueve años, vine convencida de las posibilidades que
teníamos como pueblo, que la educación era la llave y que dependía de nosotros
que como colectivo, Martin era un alma vieja, tenía nueve años, pero su
pensamiento era de un anciano de ochenta.
Ni mi
mamá, ni mis vecinos sabían leer o escribir. No era propio que gente de nuestra
“clase” se educara, en todo caso ¿quién en su sano juicio lleva una bestia de
carga a la escuela?, pero yo tuve suerte. La hija mayor de Bernard, Susan, se
hizo muy amiga mía. Salíamos a escondidas a jugar al bosque, al lago, entre las
plantas de algodón, todo era una aventura para nosotras. Cuando llovía, nos encerrábamos
en el ático a leer. Ella era feliz leyéndome los cuentos que su mamá le leía
por las noches y pronto terminé aprendiendo a leer y a escribir.
Durante
el viaje de regreso le comenté a mi mamá mi intención de formar una escuela entre
los niños del barrio y enseñarles a leer y a escribir.
Ya en
la casa, después de comer estofado de conejo, que la tía Mirtle nos preparó
como bienvenida, mamá aprovechó el mesón de la tía para hablar conmigo muy
seriamente. Niña, me dijo, estoy segura de que lo que sea que te propongas, lo
lograrás, porque sos mi hija, se cómo te he educado y te he visto crecer hasta
convertirte en la mujer que ya eres, pero educar a otra persona es abrir su
mente, revolver sus pensamientos y crear burbujas que se convertirán en hermosos
sueños. No podés hacer eso y dejarlo tirado. Es una traición al alma de tu
hermano.
Esa
noche me costó dormir, pero cuando lo logré, tuve muchos sueños locos. Al día siguiente
tenía tantas ideas en la mente, que me costaba concentrarme. Rumiaba mis
pensamientos como la cabra que teníamos en la troja, pero al mediodía lo tenía
claro. Educar era mi verdadero legado. Mamá era educadora, como lo era su madre
y su abuela y su bisabuela y todas las mujeres que transmitieron su
conocimiento de generación en generación. Yo no transmitiría mis conocimientos
en medicina, como mamá lo hacía, pero podía transmitir lo que si sabía: leer y
escribir.
Por la
tarde fui a la casa de todos los niños y jóvenes del barrio y los invité a
venir al gran roble junto al lago, con sus lámparas. Inauguraríamos una escuela.
Aunque
no me extrañó lo rápido que aprendieron mis amigos, porque a diferencia de la
creencia oficial, no éramos tontos, pero si me sorprendió lo rápido que creció.
Pasadas unas semanas ya daba tres turnos de clases y recibía no solo a los
niños y jóvenes, sino a sus papás y hasta a sus abuelos.
Conseguimos
libros, algunos los pedíamos y nos los regalaban porque eran viejos y rotos,
así que también nos hicimos expertos en repararlos y encuadernarlos y muchos
otros los robábamos de las bibliotecas de los viejos ricos del pueblo y de los
pueblos vecinos, que tenían enormes bibliotecas, más grandes que todo nuestro
barrio, heredadas de varias generaciones de viejos ricos como ellos y cuyos
libros eran más adornos que otra cosa.
Unos
días antes de cumplir veinte años, mamá enfermó seriamente. Y esta vez ni sus
propios conocimientos pudieron salvarla. Antes de morir me dijo algo que jamás
olvidaré: Cuando enseñas, no le regalas a otros algo que es tuyo, como una
dádiva o un acto de solidaridad. Cuando enseñas, cumples tu papel de mensajera
del conocimiento, tu única obligación es transmitirlo desde donde lo obtuviste
hasta las mentes ávidas de los receptores, para que ellos construyan con ese
regalo de sabiduría, las bases de su propio pensamiento, para que lo
desarrollen y para que vayan más allá de donde llegaste vos. No lo olvides,
enseñar es servir, no regalar.
Y con
estas palabras de mi querida madre, que han guiado mi larga vida, quiero
terminar, no sin reconocer que les he mentido. No hablé poco. Nunca supe cómo
hacerlo, así que tuvieron que soportarme. Solo espero que mi vida sirva para
motivarlos a construir una vida maravillosa, para ustedes y para todos los que
los rodean. Somos una gran familia y todos merecemos ser felices.”
Tras su
última palabra, tomó firmemente su bastón y regresó a su asiento, lentamente,
con pasos cortos pero seguros, mientras su audiencia seguía en absoluto
silencio su caminar, porque con cada uno de sus pasos, enormes represas se
rompían en nuestras mentes y liberaban la fuerza de nuestros pensamientos.
Cuando se
sentó, la emoción se desbordó y todos aplaudíamos de pie, gritábamos,
llorábamos. La ovación duró una eternidad.
Habíamos
presenciado un milagro.
No se si
hubo concierto después de eso, pero yo no podía pensar en nada más que en cómo
contribuir con los demás, cómo transmitir lo que se, cómo hacer honor de la dura
vida de una mujer de 98 años que, sin pretenderlo, había cambiado la vida de
diez mil estudiantes en el Coliseo Stegeman.
Obsequio
a la profesora Lisbeth, por su pasión para enseñar.
© Esta
historia es propiedad de L.S.A.
Escrita el 3 de mayo del 2021.

Comentarios
Publicar un comentario