La sabia y la manzana
Foto por Andrik Langfield Extraño a mi abuela. Era una vieja sabia, con la cara llena de arrugas, pero de una dulzura tal que con solo una sonrisa, iluminaba al mundo. Su risa era contagiosa y siempre la veías alegre y dispuesta a compartir su optimismo y su gozo por vivir, por ser quien era, por tener la vida que tenía. Una vez le pregunté si todo en su vida había sido bueno, porque yo la veía tan feliz, que no parecía haber tenido dolores, conflictos o desconsuelos. Ella, con la sabiduría que la caracteriza, se sentó en su sillón favorito mientras se carcajeaba de mi pregunta, me llamó con la mano para que me acercara. Me encantaba sentarme a sus pies, en la alfombra, para escucharla contar sus historias de vida. Cuando por fin pudo superar el ataque de risa, me vio con una mirada seria tan poco acostumbrada en su hermosa y alegre cara, que me hizo gracia y a ella igual. No podía ponerse seria, seguro tenía una imposibilidad genética para hacerlo y yo lo agradezco, porque...